Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
Las puntadas que retienen a la gente
Ku Wuji · Creación con IA · 11231 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El traje nuevo de A-Heng empezó con una sola capa. A-Zhao unió los retales en tiras largas y le pidió a Lu Heniang que se lo pusiera y caminara. Sin cuentas en el bajo, se veía muy sencillo. Al mirarse al espejo, lo primero que dijo la mujer fue que, porque ya no pudieran actuar en Houhe, tampoco hacía falta vestirla de vecina que viene a pedir prestado un taburete. A-Zhao se ruborizó y se apresuró a decir que aquello era el forro, que la capa de fuera aún estaba por hacer y que no pensaba dejarla salir así.
Lu Heniang la escuchó, pero siguió sin conformarse con alzar el brazo como ella le decía. Quería rodear primero el escenario por un costado, subir luego a las tablas de la barca, girar hasta quedar en el ángulo menos favorecedor y solo entonces cambiar el remo de mano. Azhao siguió sus movimientos. El papel acabó con más marcas que cuando tomaba medidas, hasta que optó por dejarlo y tender sin apretar un trozo de hilo donde debían ir los adornos pesados. Cuando Lu Heniang giró, el codo arrastró primero el hilo y dejó a la vista el punto que Azhao había creído que no estorbaría.
Esta vez A-Zhao no cortó enseguida. Le pidió que repitiera el recorrido para verlo desde el otro lado. A la tercera, Lu Heniang se hartó y le dijo que, si ese día solo miraba y no hacía nada, al día siguiente tendría que ponerse el traje igual. A-Zhao admitió que quizá no pudiera acabarlo ese día. Quería ver bien primero aquel pasaje y evitar que, cuando Lu Heniang entrara tras la cortina, lo único que pudiera decirle fuera que se quitara el traje más despacio. Lu Heniang la miró. No volvió a burlarse de lo de la túnica de la otra vez, pero solo accedió a repetirlo dos veces más, que todavía tenía que ensayar el canto.
Xiaoman, que miraba desde un lado, le dijo que probara a poner los adornos pesados en la capa exterior y que, por el momento, los sujetara por separado con cintas, sin coserlos del todo. A Zhao lo hizo y vio que, si escondía mucho las cintas, aún tendría que buscarlas a tientas para quitar los adornos. Las cambió a un sitio al que se podía llegar con un solo gesto desde el puño. En el espejo se veía un nudo más. A Lu Heniang le parecía que afeaba el acabado, aunque tampoco quería volver a lo de antes, que tanto costaba quitar. Las tres probaron a moverlo de un lado a otro y al final dejaron el nudo en un pliegue de la ropa que ya tenía que recogerse.
El método nuevo no tenía nada de milagroso; todas eran soluciones que podían encontrarse entre las cosas de siempre. Lo difícil era colocarlas bien en aquella prenda, para aquella persona y en aquel movimiento concreto; no bastaba con decir que todo el vestuario teatral del mundo debía ser así. Aunque A-Zhao lo había probado con sus propias manos, aún tenía que esperar a probarlo de nuevo después de que Lu Heniang sudara: que resultara manejable con la tela seca no significaba que obedeciera al mojarse. Cuando Gao Man vino a meterle prisa, ya no prometió entregarlo aquel mismo día; se limitó a explicar con claridad el detalle que todavía faltaba probar.
Gao Man se disgustó. Dijo que las funciones pequeñas también tenían fecha y que prescindir del escenario grande no les daba todo el tiempo del mundo. Azhao estuvo a punto de comprometer todas las noches que quedaban, pero Xiaoman se apretó la base de un dedo, perdió la aguja y esta rodó sobre la tela. Azhao vio cómo se le iba el color de la cara por un instante y le preguntó si le dolía otra vez. Xiaoman dijo que era poca cosa, que podía seguir con otro dedo. Lo dijo con una soltura que dejaba ver cuántas veces lo había hecho ya.
A-Zhao tomó aquella mitad y dijo que esa noche la haría ella. Al principio quería de veras que Xiaoman descansara un poco. Pero al abrazar toda la tela le entró también la ilusión de que, por fin, podría encargarse ella sola de un traje entero. Si salía bien, todos sabrían que sabía hacer más que descoser, y Lu Heniang no tendría que seguir volviéndose a preguntar a Xiaoman. Ni siquiera el tropiezo de la otra vez logró quitarle del todo aquella idea. Trabajó aún más deprisa, como si, al ahuyentarla, pudiera ahorrarse admitirla.
La segunda noche le dolían ya los dedos, y al empujar la aguja con el pulgar sentía por momentos un entumecimiento. Fuera todos dormían, pero a ella aún le quedaban dos tramos por rematar y el forro que tenían que probar a la mañana siguiente seguía sin estar lavado y seco. Solo entonces comprendió que hacerse cargo no consistía solo en poner su nombre al frente de un traje, sino en asumir un montón de menudencias que la otra persona llevaba día tras día haciendo sin decir nada. Si se limitaba a ocupar el lugar de Xiaoman, quizá el traje saldría adelante, pero quien lo cosía acabaría igual de agotada.
Dejó dormir a Xiaoman en vez de despertarla para oírle decir que estaba haciendo un gran esfuerzo. Primero separó lo imprescindible para el día siguiente de lo que podía esperar. Por la mañana buscó a Ye Zhen en el mercado y le preguntó si podía entregar en tres días los dos forros y aquel trabajo de descoser y lavar. Por la noche no le metería prisa. Ye Zhen lo examinó y pidió treinta y seis wen. Trabajaría a su horario, avisaría de antemano si había algún borde estropeado y no asumiría con ella todos los encargos que la compañía añadiera a última hora.
Los treinta y seis wen saldrían de lo que A-Zhao cobraría por aquel traje. Hecha la cuenta, le costó un poco desprenderse de ellos. Ye Zhen no cobraba caro. Era que ella había creído que cuanto más hiciera, más entero le llegaría el pago, y ahora tenía que entregar primero una parte a otra persona para poder dormir lo suficiente, observar lo suficiente y hacer como era debido su propio trabajo. Asintió, quedaron en cuándo recogerlo y no volvió a pedirle que le rebajara algo por trabajar todas en la misma compañía.
Xiaoman vio justo cuando Ye Zhen se llevaba el cesto. Preguntó si había quedado sin hacer la mitad que le correspondía a ella. Azhao dijo que no, que nadie podía hacer tres cosas a la vez con una sola mano. Sonó como si quisiera sacarla del apuro, pero al decirlo se dio cuenta de que ella también necesitaba algo. Añadió que esta vez quería probar de principio a fin la parte que le tocaba a quien llevaría el traje, que no podía pasarse otra vez todo el tiempo hundida junto al cubo de agua. Xiaoman la miró un momento. Al final no le quitó la tela y fue a abrir el libreto.
A mediados del sexto mes el calor ya se había metido en el cuarto. La tela tendida se secaba rápido y la gente sudaba mucho. Lu Heniang se puso el traje nuevo e hizo una escena entera desde el principio. Al entrar tras la cortina, le pidió a A-Zhao que la asistiera tal como lo haría en plena función, sin esperar a que ella se quedara quieta para desatarle el traje. Las manos de A-Zhao aún no eran muy rápidas. Había escondido mal el extremo de una cinta y tuvieron que parar de nuevo. Aquella pausa no echó por tierra todo el trabajo. Corrigieron el punto equivocado y volvieron a hacer la prueba.
Una vez retirados los adornos pesados, todavía podía girar con la prenda interior puesta. Gu Ming observaba a un lado y preguntó si en la siguiente también podrían hacer que Liu Sheng perdiera medio compás menos atrapado en el vestuario. A Zhao respondió que primero entregaría aquel conjunto; si él quería otros cambios, debía decirlos todos de antemano. Gu Ming levantó la mano en señal de acuerdo y dejó adrede la espada de madera delante de ella, para que viera que ya había quitado del adorno del extremo las dos piezas que más se enganchaban. Ella no pudo evitar tocar aquel lugar. Aún sintió una pequeña alegría al ver que alguien lo había tenido presente, pero no por ello tomó en brazos otra pieza de tela nueva.
La capa exterior del traje nuevo seguía brillando. La pequeña hilera de cuentas que había elegido Lu Heniang quedó en diagonal, por delante, y se mecía al girar. El traje conservaba algo más que lo indispensable sin que todo lo bonito pesara sobre el mismo par de hombros. La mujer se miró un buen rato en el espejo. Dijo que ese detalle le gustaba, aunque la manga derecha aún quedaba algo larga. A-Zhao la dobló allí mismo y le pidió que volviera a tomar la pértiga. Esperó a que al bajar la mano la manga dejara de rozar de verdad y solo entonces anotó cuánto había que recoger.
Gao Man revisó los recortes del material de la compañía y preguntó a A Zhao cuánto quedaba aprovechable de las muestras que había comprado al principio. Ella creía que las había gastado todas en practicar y se quedó un momento perpleja al oír que podían anotarse entre los materiales del traje. Gao Man dijo que se anotara lo que de veras llevara el traje y que no se cargara a la compañía lo que no se hubiera usado. Que no se quedara con el enfado de sentir que todos se aprovechaban de ella para luego decir que no hacía falta en cuanto algo llegaba a manos de otro. A Zhao se sonrojó al oírla, pero le tendió aquel trocito.
Por aquel conjunto habían convenido de antemano un pago de doscientos wen. Le darían cien primero y los otros cien cuando cobraran la siguiente ronda de funciones pequeñas. Anotaron la fecha al dorso de la tablilla donde registraban la entrega y devolución del material, para que a los pocos días no recordaran únicamente quién había dicho que sí. A Zhao se aseguró de la fecha. Cuando acababa de llegar, habría aceptado sin más por miedo a quedar mal. Tampoco guardó los treinta y seis wen a escondidas, como si fueran un sacrificio que nadie conocía. Separó la parte de Ye Zhen y se quedó con el resto. Por primera vez pudo decir que colaborar era algo que el trabajo exigía, sin presentarlo como una noche extra que ella regalaba a alguien por bondad.
Al ver que podían hacer el cambio de traje, Gao Shoucheng quiso programar otra función. Dijo que, ya que tenían el vestuario, podían convocar al público una vez más si no llenaban. Lu Heniang fue la primera en negar con la cabeza. Llevaba dos noches con la garganta tensa. Azhao dijo además que quizá el forro no se secara para la noche siguiente y que el de repuesto aún no estaba del todo ajustado. Si añadían una función de improviso, tendrían que usar el modelo viejo. El director se irritó un momento y preguntó cómo podía haber ya otro impedimento si lo acababan de terminar. Ella le puso a mano las dos piezas, la seca y la húmeda, para que las tocara él mismo, sin abrumarlo con un discurso.
Después de palparlos, siguió a disgusto, pero no mandó a nadie ponerse la prenda mojada como si estuviera seca. Al final dejaron sin anotar la función extra, a la espera de acabar de verdad aquella tanda. A-Zhao sabía que, si vendían aún menos entradas, él volvería a preguntar y ella tampoco podía responder siempre que no. Anotó el forro de repuesto como un trabajo aparte, para calcular lo que cobraría cuando hiciera falta de verdad, sin coser ya ese día todas las noches que quedaban por venir.
El día de la función pequeña, Azhao se quedó junto a la entrada del vestuario, sin sentarse en el sitio más iluminado. Había menos público del que habían previsto para la función grande y fuera, al cabo de un rato, dejó de oírse el cobro de las entradas. Oyó a alguien decir que el traje seguía siendo del mismo color de antes y preguntar si no tendrían dinero para cambiarlo. Se le encogió el corazón y estuvo a punto de levantar la cortina para explicar qué partes eran nuevas. Justo entonces entró Lu Heniang. Con un movimiento de la mano, dejó caer en la palma de Azhao el extremo de la cinta nueva, mientras el aliento de la intérprete y el compás del tambor quedaban a la espera.
Ya no tenía tiempo de dar explicaciones. Quitó los adornos pesados y cambió el forro por uno seco. Al volver a salir, Lu Heniang solo le hizo un gesto con la cabeza. El hombro derecho ya no se le quedaba rezagado al arrancar. A-Zhao comprendió por fin que en ese momento bastaba con que lo supiera quien tenía que usarlo y que no hacía falta salir tras quien había hecho el comentario desde el público. Cuando Gu Ming entró tras la cortina en la última escena, le dejaron paso según lo acordado. Hasta A-Sheng sabía ya que no podía sentarse allí con sus tablillas de bambú y estorbar.
Al acabar la función, Lu Heniang devolvió el traje y señaló dos sitios que retocarían al día siguiente. Dijo que con aquel conjunto había podido moverse tranquila. No le dijo a A-Zhao que tuviera un don natural ni que en adelante todo el vestuario quedara a su cargo. Solo preguntó cómo colgar las cintas para que no se enredaran. A-Zhao sacó las notas breves que había hecho y, junto con Gao Man, separó las piezas desmontadas. Así podrían pasar a otras manos sin que ella tuviera que estar siempre al lado.
Cuando Ye Zhen vino a cobrar, Azhao le dio los treinta y seis wen acordados. La otra los contó, se los guardó y dijo que, si la próxima vez había que lavar igual, podían cerrar más tarde aquella costura de dentro. Así se ahorraría descoser dos veces. Azhao tomó nota sin sentir que aquella sugerencia invadiera su trabajo. Cuando Ye Zhen se fue, volvió a guardar lo que quedaba en su bolsita. Haber hecho el traje entero no exigía que se quedara con todo lo cobrado para sentir que había salido bien.
Por la noche ya no hubo ruidos bajo la cama, pero A-Zhao tardó en dormirse de la emoción. Xiaoman dormía profundamente, con la mano abierta fuera de la manta; aquel día no había vuelto a buscar la aguja justo antes de apagar la luz. A-Zhao le apartó hacia un lugar seco el estuche de agujas que había rodado hasta la esquina de la mesa, se acostó también y oyó a Gu Ming contar todavía en voz baja los pasos de espada en el patio. Quizá aquellos pasos no permanecieran para siempre en un mismo escenario. Se volvió de lado y no se levantó otra vez a prepararles un traje nuevo que nadie había pedido.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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