Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
¿Debe irse el niño con ellos?
Ku Wuji · Creación con IA · 10948 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
A principios de julio, el ritmo que A Sheng sacaba del tambor parecía una gallina que no lograba alcanzarse a sí misma. Cai Heng le enseñó a dar un golpe a la izquierda y dos a la derecha. Mientras escuchaba, al niño se le iban las manos tras la melodía de aquel trozo corto de bambú y acababa dando una ristra de golpes fuertes y flojos que no venían a cuento. El tamborilero puso la mano en el borde del tambor y le preguntó qué quería aprender de verdad. El niño, por miedo a equivocarse, se apresuró a decir que las dos cosas, aunque seguía mirando hacia el alféizar.
Qin Xiaoman cosía unas cintas interiores a su lado y enseguida le dijo que se concentrara. El niño dijo que sí y al poco rato volvió a perder el ritmo. Cuanto más lo miraba, más se impacientaba. Pensaba que, en su día, por no haber aprendido pronto un oficio en el que pudiera valerse por sí misma, le había tocado hacer de todo en el barco de la compañía. Ahora que su hijo tenía un buen maestro de tambor, ¿cómo podía tomárselo como un juego de dar unos golpes al azar? Cai Heng, sin embargo, recogió las baquetas y dijo que por ese día habían terminado. A él aún le quedaba practicar y no iba a quedarse sentado esperando a que al niño le volviera la atención.
Xiaoman se disculpó y, al volver al cuarto, lo primero que quiso hacer fue reñirlo. A-Sheng no dijo palabra. Se fue por su cuenta a escribir a la mesa baja y apretó más que de costumbre, hasta casi atravesar el papel. Xiaoman vio la vieja ranura del costado de la mesa, la que había dejado Lu Zheng. Tenía en la punta de la lengua decirle cómo era su padre de niño, pero se detuvo de pronto. Su hijo tenía los ojos puestos en su propio papel y ella ya le estaba poniendo delante a otra persona para que corriera tras ella.
La carta de su madre llegó justo ese día. Decía que, si en verano andaba muy ocupada, podía mandar a A-Sheng a vivir un tiempo a Liuwan. Un maestro de la calle vecina recibía niños para enseñarles los caracteres y en el cuarto de atrás de la tienda de faroles también había sitio. No tendría que escribir siempre encorvado junto al escenario. Al leer «maestro», a Xiaoman se le animó el corazón. Al llegar al cuarto de atrás, se le hundió otra vez. El arreglo tenía su lógica. Entre bastidores hacía calor, había ruido y siempre había trajín. Varias veces habían despertado al niño a mitad de un verso. Si de verdad había una mesa en un lugar tranquilo, ¿qué iba a tener eso de malo?
Pero su madre había vuelto a buscar primero a la persona y el cuarto que hacían falta para ese plan, y solo entonces se lo había consultado. Hasta podía imaginarse a A-Sheng viviendo allí, atendido durante el día y con comida caliente por la noche, mientras ella ya no tendría que salir a escena preocupada por dónde andaría su hijo. La idea de aquel descanso le hizo respirar aliviada, pero enseguida le pareció una traición. Como si, después de haber preferido perder su casa con tal de cantar, ahora tuviera por fin que mandar a su hijo a aquel sitio más seguro y concederle a su madre que tenía razón.
Le fastidiaba mucho pensar así. Su hijo no era un papel que decidiera quién había ganado aquella discusión de años atrás, y su madre bien podía querer algo más que recuperar lo perdido. Pero si decía que no, en ese momento no le resultaba fácil distinguir si era porque al niño le convenía estar con la compañía o porque temía que, una vez allí, su hijo prefiriera quedarse al lado de su abuela. Dobló la carta sin responder enseguida con un «de ninguna manera».
Al verla distraída, Azhao preguntó si pasaba algo en Liuwan. Xiaoman le tendió la carta y fue a sacarle agua a Asheng. Después de leerla, Azhao dijo que desde luego estaba bien que allí hubiera un sitio donde aprender a leer y escribir, aunque convenía preguntar primero al niño y al maestro. A Xiaoman, sin saber por qué, le molestó oírlo y le preguntó si ella también creía que no estaba criando bien al niño en la compañía. Azhao alzó la vista, con un destello de enfado por verse acorralada por la pregunta. Solo entonces se dio cuenta Xiaoman de que había descargado en quien tenía al lado el disgusto que le había causado una carta.
No esperó a que la otra se explicara. Se apresuró a decir que no iba contra ella. A Azhao no se le distendió del todo la cara. Se limitó a devolver la carta a su sitio y volvió a mirar la prenda que tenía en las manos. Viéndola de espaldas, Xiaoman pensó de pronto que su madre, cuando había querido doblar una pieza de tela azul en Lanting y le habían dicho que no la tocara, seguramente también había sentido que estorbaba. A veces la otra persona ni siquiera te reprocha nada. Basta con tener dentro un sitio que no soportas que te toquen para que se lleve un golpe cualquiera que se acerque.
Por la tarde el niño cogió por error una tablilla de retirada de materiales: leyó tres chi donde ponía dos. Gao Man no lo regañó; le pidió que comprobara él mismo los caracteres. Cuanto más miraba, más se confundía, hasta que admitió que solo recordaba la longitud de las tablillas y no reconocía todos los caracteres. Xiaoman escuchaba desde la puerta y sintió que le ardía la cara. Enseguida se enfadó consigo misma: ¿por qué convertía siempre que el niño supiera o no leer en un examen sobre si su propia vida iba bien? Gao Man volvió a escribir los caracteres breves y le dijo que empezara cada día por aprender unos cuantos que realmente necesitara, que no creyera saber leer todos los libros por conocer solo su propio nombre.
Más tarde llevó al niño a ver a Shen Feng. Shen Feng había tocado la flauta y los instrumentos de cuerda en varios teatros. Hacía un par de años que no quería andar de embarcadero en embarcadero todos los días y se había quedado en Lanting, donde afinaba instrumentos pequeños y enseñaba a unos cuantos niños a leer partituras. Xiaoman ya lo había visto, pero nunca le había pedido consejo en serio. Antes daba por hecho que A-Sheng debía seguir primero el camino de su padre. Ahora, al abrir la puerta, vio que los demás ya estaban sentados, cada cual leyendo lo suyo, y que nadie empezaba por preguntarles qué oficio tendrían de mayores.
Shen Feng miró el trozo de bambú y se rio primero. Si todavía no tenía bien puestos los agujeros, ¿cómo pretendía sacarle ya una melodía larga? A-Sheng dijo que una vez lo había hecho sonar y quiso probar otra vez, orgulloso, pero solo salió un soplido de aire. El maestro no buscó pretextos para llamarlo prodigio ni tiró el bambú. Sacó una flauta corta ya terminada, le hizo escuchar dos notas y después le pidió que las repitiera con la boca. El niño no las imitó con precisión, pero acercó mucho el oído. Se veía que estaba más dispuesto a esperar que cuando se sentaba junto al tambor.
Xiaoman los miraba con un punto de despecho. También el tambor tenía sus honduras. ¿Cómo podía ser que al niño le dijera menos el oficio al que su marido había dedicado media vida que aquel ligero tubo de bambú? Shen Feng le preguntó qué quería que aprendiera. Estuvo a punto de decir que un oficio que le diera de comer. Pero cuando ya iba a decirlo, recordó la mano de Cai Heng sujetando la baqueta y contestó que primero aprendiera a leer y también a reconocer el ritmo. No había prisa por decidir por él de qué iba a vivir el resto de su vida.
El maestro asintió. Le dijo que daba seis clases por cada diez días, a treinta monedas la decena. De noche no recibía a nadie, que él también tenía que descansar. Si la compañía salía y no podían asistir a todas, que avisaran con tiempo. No iba a tener a varios niños atados al mismo sitio esperando. Al oírlo, Xiaoman se quedó algo más tranquila. Aquel hombre estaba dispuesto a hacer lo que estaba en su mano y sabía cuándo parar. No era alguien que de pronto se ofreciera por bondad a criarle al niño. Pagó los primeros diez días sin dar por hecho que, en cuanto se le acumulara el trabajo, el maestro se haría cargo de todo.
El maestro le dio además un trozo de papel usado. Le pidió que empezara copiando 水 y 木, «agua» y «madera», y que no lo llenara de dibujos de flautas de bambú a la primera. A-Sheng arrugó el papel al apretarlo y luego lo alisó él mismo despacio.
De vuelta, A-Sheng preguntó si entonces aún iba a aprender a tocar el tambor. Xiaoman dijo que podía aprender. Si decidía no hacerlo, de todos modos tendría que saber reconocer cuándo marcaban la entrada. No podía sentarse al borde del escenario y hacer que los demás se encargaran siempre de recoger lo suyo. El niño asintió y al cabo de un rato preguntó si el maestro de donde vivía su abuela era más estricto. Xiaoman lo miró y solo entonces descubrió que no había pasado todo el camino pensando únicamente en la flauta. La tienda de faroles de Liuwan también tenía ya un lugar en su imaginación.
Le preguntó si quería ir. El niño dijo primero que sí y enseguida se apresuró a añadir que también quería volver a la Sala Sur, por miedo a perder un sitio en cuanto nombrara el otro. Dijo que en Liuwan la mesa no se movía y la abuela sabía contar cómo se hacían los armazones de bambú, pero en la Sala Sur estaban el perrito de barro, el tío Gu y también mamá. Lo último lo dijo sin especial ternura, como quien añade el detalle de todos los días que menos se puede olvidar. Al oírlo, a Xiaoman le ardieron los ojos más deprisa de lo que él había tardado en sacar su primera nota.
“Elegir hoy no significa que después no puedas cambiar”, dijo ella.
Apenas lo dijo, a ella misma le sonó extraño. De niña, si se equivocaba una vez al elegir, parecía que luego iban a pedírselo en cuentas durante mucho más tiempo. Irse con la compañía, casarse con Lu Zheng, tener a Asheng, todo parecía algo que, una vez elegido, no le daba derecho a cansarse jamás. Su hijo solo tenía ocho años. Si hasta decidir dónde aprender unos cuantos caracteres se convertía por obra suya en elegir un bando para toda la vida, ¿de qué le serviría que su madre no decidiera por él?
No le contó todo aquello al niño. Solo le dijo que primero tomaría diez días de clase con el maestro Shen y que, cuando se supiera el itinerario de la compañía, verían juntos cómo organizar el verano. A Asheng aquella respuesta no le pareció tan clara como un permiso para ir a Liuwan, pero tampoco se quedó del todo descontento. Volvió corriendo a por el trocito de bambú e intentó con toda seriedad imitar los dos sonidos que acababa de oír. Al cabo de un buen rato, por fin dejó de golpearlo como si anduviera persiguiendo gallinas.
En el cuarto, Azhao remataba una cinta nueva para Gu Ming. La compañía Changqing ya había llegado al teatro Qingxing y el encargado quería verlo interpretar un pasaje entero. Gu Ming había prescindido del vestuario nuevo completo de Chunhe. Solo le había pedido a Gao Man el traje viejo que ya figuraba en el registro, dejando por escrito cuándo lo recogería y cuándo lo devolvería. Xiaoman vio a Azhao trabajar con la cabeza baja y mucho cuidado. Lo primero que se le ocurrió decirle fue que no se fuera detrás de un hombre y entregara todo su camino porque él cantara un par de versos. Antes de hablar, le dolió reconocer en aquella frase un tono que conocía muy bien.
En vez de eso le preguntó a Azhao si a la mañana siguiente tendría algún rato libre. La joven dijo que primero tenía que entregarle un forro a Lu Heniang y que quizá podría salir antes del mediodía. Xiaoman había pensado pedirle que llevara al niño a ver al maestro. Al oírla, dijo que también podía ir ella misma. Podía dejarle algún rato libre a quien estaba dispuesto a ayudar. Azhao alzó la vista y sonrió un poco. Luego volvió a decirle a Gu Ming que no dejara otra vez el extremo de la cinta bajo la espada. Siguió trabajando, sin pararse a dar las gracias porque le hubieran ahorrado un recado.
Por la noche le respondió a su madre sin limitarse a decir que estaba ocupada o que no hacía falta. Le contó que A-Sheng llevaba diez días probando con el maestro Shen a leer caracteres y seguir el ritmo, y que el maestro de Liuwan también quería saber hasta qué frases habían llegado. Ya decidirían cuando supieran cómo sería el viaje de verano, sin hacer ir y venir al niño antes de tiempo. En la carta incluyó las medidas de sus pies, que había tomado dos veces para que su madre no volviera a hacer los zapatos estrechos guiándose por el recuerdo de la última vez. Al terminar, dejó que A-Sheng escribiera su propio nombre en la esquina del papel, sin enderezarle los dos trazos desiguales de bambú.
A punto de dormirse, el niño preguntó de pronto si a su padre le habría disgustado que no aprendiera primero a tocar el tambor. Xiaoman retiró la mano del borde de la manta y contestó que tampoco sabía qué habría dicho primero su padre si estuviera allí. Pero ese día estaban allí ella y él, y no podían pedirle a alguien ausente que diera su aprobación a todo. No lo dijo con mucha dulzura, pero el niño la escuchó con atención. Después puso el bambú corto sobre la mesa baja, al lado de la vieja ranura, sin esconder ninguna de las dos cosas.
Al soplar la lámpara miró aquellas dos cosas, una pesada y otra ligera, una vieja y otra nueva. Cabían apretadas en el mismo pedacito de mesa sin que ninguna tuviera que desaparecer. Xiaoman despejó el paso junto a la puerta. Al día siguiente tendría que levantarse temprano para llevar al niño a su primera clase y luego cantar en escena el papel de madre como de costumbre. Retuvo en la memoria aquellas dos horas distintas y dejó ambas en la mañana que ella misma podía despertar.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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