Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
El último hilo de las funciones de otoño
Ku Wuji · Creación con IA · 11436 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Al atardecer del veintitrés del noveno mes, un espectador se sentó en la primera fila del Salón Sur con una jaula en brazos. Gao Man le pidió que la dejara junto a la puerta, pero él se negó. Había pagado veinte wen para ver la obra y no quería que, al acabar de verla, alguien le hubiera echado el ojo a su gallina y se la hubiera llevado. La gallina aleteó dentro de la jaula. Entre bastidores, Han Rong, que se estaba probando el tocado, encogió los hombros del susto y se le torció el gorro. Desde el otro lado de la cortina, Lu Heniang dijo entre risas que Liu Sheng todavía no había cruzado el río y ya había oído anunciar el alba.
Al final dejaron la jaula debajo de la mesa de cobro. Gao Man prometió vigilarla y solo entonces accedió el cliente a sentarse. Azhao oyó el tira y afloja desde detrás de la cortina y de repente se le aflojaron los hombros, que llevaba medio día en tensión. Antes de la función había imaginado muchos contratiempos: que se soltara un extremo de cinta, que a Lu Heniang se le cerrara la garganta, que el pie derecho de Han Rong se quedara en la junta de los tablones. Nunca pensó que el primero sería una gallina que no iba a quedarse fuera. Cuando la gente se reunía en la sala, cada cual traía consigo la vida de otra parte.
Aún sobraba medio cun de hilo en el borde del cuello nuevo de Han Rong. Azhao dio la última puntada, cortó el cabo, repasó todos los puntos siguiendo su cuaderno y al final le preguntó si todavía le molestaba algo. Él dijo que lo que le molestaba lo llevaba por dentro. Ella alzó la vista y él sonrió. Dijo que, de haber sabido el miedo que iba a pasar ahora, se habría ahorrado la fanfarronada de hacer de letrado. Azhao le acercó el agua tibia que le había dado Xiaoman. Dejó sin respuesta si podía arreglarle aquello con una puntada. Cuando terminó de beber, le pidió que se sacara las monedas de cobre que aún llevaba en el bolsillo, para que no tintinearan a mitad del acto.
Bajó la cabeza, se palpó y de veras encontró dos monedas. Lu Heniang dijo enseguida que las había oído un momento antes y que había creído que era un acompañamiento musical nuevo para el letrado. Las risas de la sala llegaron amortiguadas. Antes de que arrancara el tambor, todavía hacía falta un poco de charla al margen de la obra para dominar el miedo. Xiaoman, a un lado, cerró los ojos un instante y esperó a que cayera el primer golpe del tambor de Cai Heng, sin volver a marcarle con el pie el compás de Lu Zheng.
A Zhao se retiró a donde se cambiaban de ropa, desde donde no se veía todo el escenario. El primer acto empezaba con A Heng llevando la barca en lugar de su padre. Un pasajero se quejaba del viento y Liu Sheng temía que se le mojara el morral. Han Rong apretaba tanto aquel fajo de viejos escritos que casi no le quedaba una mano libre para agarrar la pértiga. Lu Heniang, al verlo en apuros, alargó adrede un poco más la pértiga para que él decidiera qué hacer. Alguien del público gritó que soltara primero los libros. Otro preguntó a qué exámenes pensaba presentarse con los libros mojados. Han Rong levantó la cara, oyó las dos cosas y se limitó a inclinar la cabeza ante la barquera y suplicarle que lo acercara una pulgada a la orilla.
Al final, aquella escena salió sin los pasos altos de Gu Ming. El nuevo letrado Liu protegió primero el morral y solo después tendió la mano, torpe y con un orgullo que no quería admitir. Azhao oyó las risas y dejó de preocuparse por aquel instante en que se le trababa la rodilla. El cuerpo de él no había rejuvenecido, y la escena seguía teniendo vida propia. La manga de Lu Heniang se volvió junto al remo y cayó justo donde el forro ligero corría mejor. Azhao no buscó si alguien había reparado en aquella manga. Se fijó en si la intérprete podía enlazar con el verso siguiente.
El primer cambio de vestuario fue rápido. Gao Man esperaba al otro lado. Encontró al tacto el cabo largo de una sola hebra y deshizo el nudo sin esperar que A-Zhao se lo señalara. A-Zhao sostuvo la cinta del tocado, Lu Heniang se volvió y se quitó la capa exterior, le pasaron un paño para el sudor y guardaron el traje usado en el compartimento marcado. Solo una cinta del lado izquierdo se había pegado con el sudor a la nuca. Gao Man tanteó dos veces sin dar con ella. A-Zhao alzó la mano, aflojó la tela y el cabo cayó por su propio peso. Aquel pequeño retraso no llegó a sentirse en escena.
En el segundo acto salió Xiaoman en el papel de la madre de Aheng. Debía disuadir a su hija de seguir acompañando al letrado Liu. Por los caminos de tierra no se iba y venía con la misma libertad que en la barca de la familia. El texto antiguo decía que, si la hija no hacía caso, tarde o temprano sabría lo que era el dolor. Xiaoman había cambiado la frase muchas veces. Al final dejó el dolor, pero preguntó primero a su hija si quería que la acompañara aquella vez. Lu Heniang respondió que no hacía falta, en voz más baja, sin cantar alto por obstinación. Xiaoman avanzó un paso y retrocedió. La prenda exterior que había remendado quedó en su mano.
A-Zhao recordó la primera vez que vio a Xiaoman, con los zapatos que estaba haciendo para su criatura al alcance de la mano. En aquel entonces solo había visto a una hija que no lloraba. No había visto que también podía envidiar a quienes estaban en el lugar más iluminado, que podía morirse por cantar el papel de A-Heng o decirle a su propia criatura palabras parecidas a las de su madre. Nada de eso se había borrado con el canto de la mujer que tenía delante. El público, sin embargo, ya se había quedado en silencio, y hasta la gallina de debajo de la mesa había acabado por encoger la cabeza.
En el breve descanso, un habitual vino a preguntar por qué el letrado Liu seguía sin llevarse a A-Heng. La última vez, dijo, no había oído la obra así. Gao Shoucheng sonrió cortésmente junto a la puerta y le pidió que esperara, que todavía quedaba un acto. Él mismo no las tenía todas consigo. Volvió la vista hacia la cortina y, cuando sus ojos se cruzaron con los de A-Zhao, ella apretó el estuche de agujas que tenía en la mano. No le dijo que el nuevo final fuera a ser mejor sin duda. Lo que habían hecho era ensayar para hoy el desenlace que querían volver a representar, y al público aún podía no gustarle.
La carta de Gu Ming había llegado de mano de alguien tres días antes. Azhao la había leído por la mañana y ahora la llevaba en la manga de su ropa de diario, lejos de la mesa para los cambios de vestuario. En Xuncheng había sustituido una vez a un actor enfermo. Decía que había cantado dos versos con demasiada prisa y que aun así le habían dado fecha para una próxima actuación en toda regla. Liang Qiu preguntaba si en invierno aceptaría algunos trajes viejos que le mandarían desde Lanting. Ya acordarían el precio según el trabajo. Al final de la carta bromeaba sobre el cuello que ella le había arreglado. Ahora que iba holgado, hasta le resultaba más fácil agachar la cabeza cuando lo reprendían.
Había pensado que quizá sintiera un alivio secreto si se enteraba de que a Gu Ming le iba mal. Al ver de verdad aquel pequeño orgullo en la carta, todavía sintió una punzada, pero también deseó que cantara con más firmeza la próxima vez. Que a él le fuera bien no había hecho que dejara de echarlo de menos de pronto; tampoco por haberse quedado tenía que demostrar en las funciones de otoño qué camino valía más. Cuando Lu Heniang se retiró por segunda vez, le recogió el puño de la manga, recordó aquella frase sobre el cuello holgado y se rio precisamente en el momento de más trabajo, hasta casi olvidarse de darle agua.
En el último acto bajaron la luz y dejaron iluminados solo unos cuantos puntos desde los que se distinguían los tablones y la cuerda. Liu volvió al antiguo embarcadero. Seguía llevando una bolsa de libros a la espalda, sin tocado alto ni séquito. Han Rong dejó la bolsa en el suelo y aquella pausa duró un poco más que antes. Parecía ver que la barca de Aheng había cambiado y que no se había quedado tal cual a esperarlo desde el día en que se fue. Lu Heniang tocó suavemente con la pértiga el borde del tablón. Se tomó el tiempo de terminar su verso antes de volverse y reconocerlo.
Primero hablaron de unas cuantas menudencias poco vistosas. El letrado preguntó cuánto costaba el cruce y la barquera si la humedad todavía le molestaba. Él respondió que a esas alturas ya había puesto sus escritos a secar muchas veces, y ella se rio. Gao Shoucheng había temido que el pasaje resultara soso, pero entre el público también hubo risas. Hasta el viajero que llevaba la jaula de gallinas intervino: si se moja, se seca. Tampoco es que sea tan fino. Han Rong hizo una pausa, le tomó la palabra y dijo que sí, que hasta una escoba vieja, por mucho cariño que se le tenga, hay que ponerla a airear. El público volvió a reírse.
Al final él le dijo que quería invitarla a bajar a tierra. La mano de Aheng se detuvo un instante sobre la pértiga. Era evidente que quería, pero volvió a mirar la barca. Nadie le explicó al público que aquello era lo que la hacía una mujer de carácter. La canción solo decía que a la mañana siguiente aún tendría a varias personas que llevar al otro lado, que a la vieja barca de su padre ya le habían cambiado un tablón y que quería seguir llevándola un tiempo más. El letrado Liu preguntó si al año siguiente podría cruzar con ella. Aheng dijo que dependería de si estaba allí aquel día y que cobraría lo de siempre.
La bolsa de los libros quedó junto a la barca, tal como estaba previsto. Han Rong no se dio cuenta hasta llegar a tierra firme. Cuando se volvió, Lu Heniang ya había acercado la bolsa a la cuerda. Se tocaron las manos a través de la tela. Ella tardó un poco en soltarla y él tampoco se apresuró a cogerla. Al ver aquella pausa, A-Zhao comprendió de pronto por qué Lu Heniang había insistido tanto en los ensayos en que no bastaba con representar que A-Heng se negaba a irse. A ella también le gustaba aquel hombre, solo que ese afecto todavía no había decidido por ella cómo iba a vivir el resto de sus días.
Cesó el tambor. En la sala unos aplaudieron y otros preguntaron si ya se había acabado. Al pasar junto a la puerta, el cliente habitual insistió ante Gao Shoucheng en que le habría gustado más que al final él se la llevara a tierra. El director se enjugó el sudor y le dijo que volviera a verla la próxima vez. Lu Heniang lo oyó tras la cortina y lo fulminó con la mirada. Él se apresuró a aclarar que volviera a ver esta versión, que no había prometido reponer el final anterior. Solo entonces ella se quitó el tocado sonriendo. Al sentarse, aún le temblaban un poco las manos.
Xiaoman le trajo agua sin beber primero ella. Han Rong le pasó la cartera de libros a A-Zhao. Dijo que, si solo metían tela blanda, al llevarla abrazada no parecía tener cuerpo. ¿Podrían dejar dentro en adelante una tablilla fina? A-Zhao sopesó primero la madera, le envolvió los bordes y las esquinas y lo anotó en el cuaderno. La función había terminado, pero aún quedaban cosas por cambiar en el vestuario y la utilería. Haber podido abrir las puertas y cobrar hoy no significaba que a partir de entonces todo debiera quedar guardado en el fondo del baúl tal como estaba.
La segunda función se celebró según lo previsto, una noche más tarde, y en el día intermedio no metieron ningún encargo de la taberna. Lu Heniang había descansado. Su voz seguía sin tener el brillo de la primavera, pero cantó hasta el final. De las cuarenta localidades, la primera noche se vendieron treinta y seis y la segunda, treinta y ocho. La taquilla de ambas sumó mil cuatrocientos ochenta wen. Los ochenta wen de las ocho entradas de la escena de prueba de junio ya se habían devuelto uno por uno y quedaron fuera de las cuentas de la obra completa. Pagaron primero el alquiler de la sala, el aceite de las lámparas, a los porteadores y el trabajo de vestuario acordado. Se fueron setecientos. Los setecientos ochenta restantes aún había que repartirlos entre varias personas, dentro y fuera del escenario. No bastaban para dejar de preocuparse por el invierno.
A-Zhao cobró los ciento cuarenta wen del arreglo de la ropa de Han Rong y otros cuarenta por encargarse del vestuario las dos noches. Esos ciento ochenta ya estaban incluidos en los setecientos de gastos anteriores y no se descontaron otra vez del sobrante. Contó el hilo y los retales que debía reponer, se los entregó a Gao Man y guardó aparte su costurero. Ye Zhen había venido a ver la segunda función. Al irse dijo que, si un ingreso así solo llegaba cada año con las funciones de otoño, el resto del tiempo tendrían que seguir haciendo ropa de diario. A-Zhao asintió y quedaron en arreglar juntas dos chaquetas forradas en octubre para empezar.
Después de la función, Xiaoman fue primero a recoger a A Sheng, que descansaba en casa del maestro Shen. Lu Heniang se había puesto la ropa de diario y aún quería salir a comprar algo de cenar; Han Rong dijo que le dolían las rodillas y les pidió que le trajeran comida. Nadie había adquirido de pronto energías inagotables por haber representado la obra completa. Mientras recogía la mesa, A Zhao palpó en la manga aquella moneda de Sangqiao, la que Gu Ming le había dado por media torta. La juntó con las demás y, al comprar pasteles en la esquina, la añadió al pago. También llevó un paquete para quienes se habían quedado en la sala.
Cuando volvió, habían retirado más de la mitad de las lámparas. A-Zhao se sentó debajo de la cuerda nueva que había puesto para tender y dio un bocado pequeño al pastel. La ropa aún estaba húmeda. Gao Man le daría la vuelta por la mañana y ella partiría al norte al día siguiente. Dos días en la barca de pasajeros para volver a Liuwan y llegar a tiempo el veintisiete para liquidar el alquiler con los Ding. Anotó todo en el margen de un papel. Solo cuando el dulzor se le fue apagando en la boca oyó a Han Rong tararear el final en la sala vacía y equivocarse otra vez en un verso. Se lo recordó desde el otro lado de la cortina. Los dos se rieron y no volvieron a encender todas las lámparas.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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