Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
Una puerta abierta en el armario de las lámparas
Ku Wuji · Creación con IA · 11151 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
La abuela Qin dio la vuelta al primer farol cuadrado que hizo A-Qiao nada más ponerlo en el mostrador. Le parecía que el nudo del bambú se veía demasiado en aquella cara y que quedaría mejor detrás. A-Qiao volvió a girarlo. El cliente lo había encargado con el nudo a la vista y ya le habían enseñado el dibujo que estaba al lado. La abuela Qin siguió agarrada al asa, a punto de decir qué iba a saber el cliente, cuando justo desde fuera alguien preguntó si aquel era el farol con el bulto que había pedido.
El cliente levantó el farol a la luz del día, dijo varias veces que estaba muy bien, pagó lo que faltaba y se marchó. Aqiao se limitó a limpiar el hueco que había quedado en el mostrador. La señora Qin separó su jornal de aquel puñadito de monedas, más despacio que de costumbre. Desde que regresó en el séptimo mes, había accedido a que Aqiao la ayudara media jornada en días alternos, aunque seguía pasando todo por sus propias manos. Cuando Aqiao no venía, pensaba en lo bien que le sentaba tener ayuda en la tienda. Cuando venía, recelaba de que aquellas manos no siguieran el camino que ella les había marcado.
La abuela Qin ya había pagado las consecuencias de no dejar que otros decidieran. A finales del séptimo mes volvió a desmontar un farol que Aqiao ya había reparado a la tarifa nueva. Al día siguiente tardó media jornada en encontrar otra vez el broche viejo del cliente. Más tarde Aqiao le dijo con toda claridad que, si solo le permitía cuidar la puerta, cobraría por cuidar la puerta. No iba a aguantar en su lugar las quejas de los clientes que esperaban con prisa. Ahora, al oír hablar del farol de bultos, a la abuela Qin se le encendió la cara. Solo atinó a preguntar cuántos faroles cuadrados podían hacerse en una noche, con ganas de escuchar de veras cómo lo hacía Aqiao.
A Qiao dijo que no se hacían deprisa. Los dobleces de las cuatro esquinas llevaban tiempo y, como por el momento pocos clientes los pedían, no convenía preparar varias decenas de golpe. La abuela Qin siempre había creído que a los jóvenes les impacientaba lo que tardaba el método antiguo y resultaba que A Qiao era la primera en frenar la producción. Tenía otros clientes para sus trabajos de papel y no podía pasar el día entero en la tienda de faroles. La abuela Qin le preguntó si estaría dispuesta a venir a diario y, apenas hecha la pregunta, añadió «Algún día tendrá que haber alguien que se ocupe de esta tienda». A Qiao alzó la vista y se cuidó mucho de no responder a lo de «algún día».
Tenía veintitrés años, quería abrir su propio puestecito de flores de papel y aún no había decidido si se casaría. Tampoco quería que ya la dieran por sucesora de la familia Qin. Cuando la abuela Qin acabó de oírla, había doblado demasiado la tira de bambú que tenía en la mano. Al soltarla, le saltó contra el dorso de los dedos. Ella se había adelantado a hablar de todas las ventajas del futuro, pero a oídos de la otra sonaba como si ese mismo día quisiera disponer de su vida entera. ¿Cómo era que antes nunca había oído eso?
Por la tarde, la tía Xu vino a pagar el aceite que debía. Trajo un pescado muy delgado y le dijo entre risas a la señora Qin que ahora que tenía aprendiza podría descansar un poco más. Aqiao estaba saliendo con un paquete de papel y dijo enseguida que solo venía a hacer unos trabajos, que no era aprendiza. La tía Xu soltó un «ah» y no preguntó más. Solo cuando cayó la cortina comentó que los jóvenes de ahora tenían mucho genio. La señora Qin también había querido decir algo así, pero acabó respondiendo que la muchacha ya sabía hacer el trabajo desde antes, que nunca se había hecho su discípula y que no podían dar por aceptados en su nombre todos los supuestos beneficios.
El pescado era tan fino que, quitadas las escamas, apenas quedaba carne. La tía Xu dijo que había salido barato y que era para que ella tuviera algo fresco que comer, que no pensaba dar un banquete para toda una compañía. La abuela Qin dejó el pescado y recordó de pronto la sopa de aquella noche en Lanting. Su hija le había servido un solo cuenco. No había puesto doce platos más para demostrarle que era bienvenida. Aún le dolía que Xiaoman no hubiera querido que se quedara más tiempo, pero también recordaba que, al decir que alojarla era fácil, ni siquiera se había fijado en cómo iban a disponer las dos camas del cuarto.
Al atardecer fue a echar un vistazo a la puerta de la casa de los He. A-Zhao había encargado a los Ding que abrieran las ventanas cada pocos días, y Luo Yan salía justo entonces del patio con una colcha que había puesto a secar. Desde la puerta, la abuela Qin vio el farol alto de bambú en el estante de madera. La pantalla llevaba el papel nuevo que ella había puesto en el tercer mes y ya no pertenecía a ninguna ventana que alguien mantuviera siempre encendida. Preguntó cuándo volvería A-Zhao. Luo Yan dijo que en la carta hablaba de revisar primero las tablas en el noveno mes y volver a hablar del trato cuando venciera. No había prisa por resolverlo todo en una sola visita.
Luo Yan contó que Ding Sui había aceptado un encargo de borlas nuevas. Se quejaba a diario de que su madre combinaba los colores a la antigua, pero en cuanto acababa de protestar elogiaba la rapidez de sus manos. A la abuela Qin le entró la risa. Al volver a la tienda apartó dos mangos de faroles viejos que nadie había venido a buscar e hizo sitio en el mostrador para las florecitas de papel que estaba probando Aqiao. Después se preguntó si no le estaría cediendo demasiado terreno. Temió que al día siguiente le volviera cuadrados hasta los faroles redondos, así que guardó aparte el molde redondo que más usaba. No iba a dar por hecho de golpe que todo lo que sabía hacer estorbaba.
Al día siguiente, habló con A-Qiao para que en adelante viniera media jornada al día, por ciento ochenta wen al mes. Las flores de papel se pagarían por pieza, y si algún encargo urgente la retenía hasta tarde, lo hablarían en persona. Al reparar los faroles de uso corriente, A-Qiao podría decidir por su cuenta qué cambios hacer de los que pidiera el cliente. Para materiales caros o lotes enteros de faroles nuevos tendría que consultar. Al oírlo, A-Qiao preguntó primero si, cuando un cliente aún debiera dinero, le dejaría decirle que ese día no se fiaba. La abuela Qin pensó en varios conocidos de hacía años y le costó decirlo, pero respondió que, si alguien ya debía dos compras, tenía que pagar primero lo anterior. La regla valdría también para sus conocidos.
Una vez acordado el jornal, la abuela Qin adelantó medio mes a la nueva tarifa. Aqiao guardó el dinero, compró primero papel y luego llevó a casa un paquetito de sal. Al ver con qué claridad lo repartía, la abuela Qin comprendió que aquellos ciento ochenta wen también ayudaban a encarrilar la vida de otra persona. Por joven que fuera Aqiao y por cerca que viviera, no podía seguir diciendo que solo echaba una mano.
Le entregó una llave del mostrador. Aqiao se la ató a la cintura con un cordel. Al ponerse a trabajar no se volvió de pronto más parecida a una hija ni iba a llamarla mamá. Solo dijo al despedirse que a la mañana siguiente llegaría un cuarto de hora más tarde, porque antes tenía que llevar papel a otra tienda. La señora Qin sintió un pequeño vacío. Enseguida pensó que, si alguien tuviera que venir todos los días a llenárselo, por mucho que se afanara, seguramente no lo llenaría nunca. Sujetó la hoja de cuentas con un peso y por primera vez le pidió a Aqiao que se quedara media jornada al cargo mientras ella iba a sentarse un rato a la orilla del río.
Por el río pasaba una barca cargada de cestos de alubias. El barquero joven discutió desde el agua con alguien de la orilla y, tras unas cuantas palabras, los dos se rieron. La abuela Qin se acabó una torta caliente. Al principio, tener las manos vacías la incomodó tanto que varias veces estuvo a punto de volver a ver si algún farol había quedado torcido al pegarle el papel. Luego vio a lo lejos a un carpintero reparando una ventana y se quedó un rato de pie mirando. Le dijo que el travesaño debía quedar algo más estrecho. Él no le hizo del todo caso y pasó la sierra como pensaba hacerlo. Para su sorpresa, no se pasó el día enfadada por eso.
Al volver a casa sacó papel para escribirle a Xiaoman. Las dos primeras líneas fueron sobre las novedades de la tienda. Al llegar a Aqiao, escribió primero que la muchacha era muy juiciosa. Se detuvo, lo tachó y puso que trabajaba con delicadeza y hacía unos faroles cuadrados preciosos. Si la joven quería trabajar con ella, lo primero que merecía que se valorara era su oficio, por encima de si obedecía o no. Su letra era torpe y el tachón parecía un pegote de ceniza. Pensó en cambiar de papel, recordó que aún guardaba el de Asheng con los caracteres equivocados y siguió escribiendo.
Le preguntó si, cuando tuviera un hueco en el noveno mes, le apetecía ir a quedarse dos noches. Xiaoman podía elegir los días que le convinieran y ella se arreglaría con la tienda. No escribió que, a su edad, no sabía cuántas ocasiones más tendría, ni que si no venía daba igual. Conocía tan bien aquellas frases que, antes de tomar el pincel, ya se le habían unido en la cabeza. Al terminar añadió: Si Asheng tiene clase, no hace falta que lo traigas. Si quiere venir, le guardaré una mesa. No le dejaré los libros de clase tirados a la puerta de la tienda.
La carta no tuvo respuesta inmediata. Los dos primeros días preguntó una y otra vez a los que cruzaban el río. Al tercero le preguntó a Luo Yan, que le dijo que la ida y la vuelta llevaban su tiempo y que las cartas de Azhao nunca habían llegado tan deprisa. Algo cortada, volvió a la tienda y apartó medio paso el banco desde el que miraba el agua, para no sentarse a contar barcas otra vez. El trabajo de la tienda no se había detenido porque hubiera salido la carta. Un cliente de toda la vida que ya debía dos compras a crédito probó, como era de esperar, a pedirle que hiciera una excepción.
Aqiao ya había hablado, así que el cliente se volvió hacia la abuela Qin. Dijo que se conocían de hacía muchos años, que cómo no iban a querer darle siquiera el farol por adelantado. La abuela Qin apretó el libro de cuentas y por poco asintió, para parecer más generosa que su ayudante. Aqiao no dijo nada a su lado, pero tenía la cara tensa. Al final, la abuela Qin le pidió al cliente que saldara primero las dos compras anteriores. Su voz sonó más dura que de costumbre, en parte por hacerse valer y en parte porque no estaba acostumbrada a reconocer ante un conocido que la regla la había puesto ella.
El cliente se fue poco contento. A ella le quedó una opresión en el pecho y se volvió para preguntarle a Aqiao si no le había hablado con demasiada brusquedad. Nada más decirlo se dio cuenta de que volvía a querer hacerla responsable de aquel malestar. Aqiao dijo que, si le hubiera dejado llevarse el farol, en adelante ella ya no habría vuelto a mencionar la deuda. La abuela Qin calló un momento. Anotó en un papel lo que acababa de cobrar y dejó pasar la ocasión de buscar algún defectillo en el papel encolado para recobrar autoridad. Solo al anochecer reconoció que antes se había sentido un poco mal. Aqiao había hablado como debía.
Pasaron siete días antes de que la barca de Zheng Qin trajera la respuesta de Xiaoman. Proponía cruzar desde Tongxu el doce de septiembre, partir de regreso el catorce y llegar a Lanting el quince, a tiempo para las funciones de otoño que venían después. A-Sheng quería ir y ya había acordado con su maestro cómo recuperar las dos clases que se perdería. No hacía falta preparar gran cosa, y si había mucho trabajo en la tienda, ella podía ayudar a hacer una comida. La abuela Qin leyó aquellas líneas dos veces. Lo primero que pensó fue, aun así, que dos noches eran muy pocas. Solo después vio la flauta larguísima que el niño había añadido en el margen.
Respondió que quedaba enterada. No mencionó la ropa de cama que ya había preparado para una tercera noche, pero tampoco la enrolló enseguida para devolverla al armario. Cuando se espera algo con ilusión, las manos siempre hacen un poco más de lo que dice la boca. Le bastaba con no servirse de aquel cobertor para cobrarles un día más. Aqiao le preguntó si el doce convenía que viniera todo el día. Le dijo que no hacía falta, que por la mañana viniera como siempre y que dejarían repartido de antemano el trabajo de la tarde. Si surgía algún arreglo urgente, podía llamarla por la puerta de atrás.
Más tarde, la tía Xu le dijo entre risas que, ahora que por fin volvía su hija, cómo era que ni siquiera cerraba la tienda. La abuela Qin respondió que, si había trabajo, se hacía, y que de algo había que comer. Solo después recordó que dieciséis años atrás había usado esas mismas palabras para decirle a Xiaoman que no se fuera a cantar, como si solo contara como trabajo pegar papel de farol sobre su propio mostrador. Esta vez no fue detrás de la tía Xu a explicarse. Por la noche limpió la mesa y puso más adentro el cuenco de engrudo que más fácil era volcar, dejando un sitio para el papel y el pincel del niño.
En la ventana colgaba el farol redondo que había forrado de papel aquel año. Bastaba encenderlo un rato para probarlo antes de guardarlo. La abuela Qin bajó la mecha y oyó cómo se espaciaban los pasos en la calle. Ya no se levantó cada vez que sonaba un remo en el agua. Al día siguiente aún tenía que hacer dos faroles cuadrados. Las cuatro esquinas eran difíciles de plegar y le había prometido a Aqiao probar primero siguiendo sus indicaciones. Cuando llegara su hija, en aquella casa habría mucho del pasado. También tenía que haber algunas cosas nuevas que aún no hubiera visto.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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