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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

El precio de los zapatitos

Ku Wuji · Creación con IA · 11153 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Cuando Asheng se puso los zapatos nuevos, no dijo que le quedaban pequeños. Dio primero dos pasos por el cuarto y dijo que los de la abuela brillaban más que los de mamá. Xiaoman frunció el ceño al oírlo. De ordinario era el que más protestaba por los zapatos nuevos y hoy tenía prisa por elogiarlos. Se agachó, le apretó la puntera y le pidió que relajara los dedos. El niño no pudo. La sonrisilla se le fue convirtiendo poco a poco en una súplica para que no le preguntara más.

La abuela Qin extendió la mano y dijo que se ablandarían con el uso. Xiaoman no se puso a discutir. Le pidió a su hijo que se quitara los zapatos y, en efecto, le habían dejado una marca tenue en el costado del pie. Pensaba decírselo con calma, pero vio que el niño seguía mirando a su abuela, temeroso de disgustar a los mayores si decía que no le gustaban. De pronto se le endureció la voz. Le dijo que si le apretaban, lo dijera, que no tenía por qué aguantar dolor en los pies para contentar a nadie. Asheng bajó la cabeza y la abuela Qin también detuvo la mano.

La anciana dijo que había dejado un margen según cómo lo había visto la última vez. Solo habían pasado dos meses, ¿cómo podía haber tanta diferencia? Xiaoman miró por dentro y vio que el empeine estaba tenso y que al niño le crecía el pie hacia delante. Todo junto no iba a arreglarse por llevar los zapatos un día más. Se lo mostró a su madre, pero lo primero que esta preguntó fue por qué no le había mandado antes una medida exacta, si ella no tenía allí el pie del niño para medírselo.

«Tampoco te pedí que los hicieras a toda costa», dijo Xiaoman.

En cuanto lo dijo, supo que había sido demasiado dura. Los zapatos no eran un papel que la obligara a casarse. Su madre había hecho dos días de viaje por agua con algo que había cosido puntada a puntada para el niño. Pero si al final aquella buena intención exigía que él aguantara el dolor de llevarlos, volvía a oír aquello de que era lo más seguro, como si, por mucho que algo incomodara, lo primero fuera reconocer cuánto se habían esforzado los demás. Dejó los zapatos sobre la mesa procurando que la mano no fuera tan brusca como la voz.

La abuela Qin dijo que, si no se los ponía, pues que no se los pusiera. También a ella le salió la voz dura, como si a ninguna le importara que la otra aceptara nada. A-Sheng estaba entre las dos, solo en calcetines y con frío en los pies. Dio un paso hacia su madre, pero se detuvo a medio camino. Al verlo, Xiaoman le dijo que fuera con Gao Man a escribir los caracteres del día anterior, que se pusiera antes los zapatos viejos y que no tenía por qué quedarse allí escuchando. El niño salió corriendo y solo entonces sintió ella que en el cuarto había un par de ojos menos sufriendo por las dos.

Su madre recogió los zapatos nuevos y buscó las tijeras. Xiaoman supuso que quería zanjarlo de un tijeretazo y volvió a tomar los zapatos. Dijo que aún podían arreglarse, que primero había que descoser el lado interior para no estropear también el empeine. Se tocaron los dedos y las dos se detuvieron. La abuela Qin le dijo en voz baja que siempre había sido así, que se negaba a aceptar primero lo bueno y tenía que decirlo todo de una forma que a los demás se les hacía imposible de oír.

A Xiaoman se le contrajo el pecho. Iba a responder que era porque ella solo escuchaba lo que quería oír, pero al volverse vio junto a la ventana el farol de uso común que esperaba reparación. Su madre ya había preparado por la mañana las nuevas tiras de bambú, con una destreza impecable. Comprendió entonces que despachar todo con un “siempre has sido así” no sería más que otra forma de ahorrarse esfuerzos. No respondió a aquella frase; primero acercó el estuche de agujas para que su madre tuviera algo que hacer.

Pero la abuela Qin no se movió. Desde donde estaba sentada dijo que tampoco sabía siempre cómo le iban las cosas ahora. Había querido hacer los zapatos porque, durante aquellos días de visita, Asheng tenía que recolocarse los viejos cada dos pasos. Había querido venir a Lanting porque supo que su hija seguía preguntando si se le había pasado la tos. A veces quería hacer algo primero, por miedo a que, entre preguntar y recibir respuesta, pasaran otros tantos días. Y hablando llegó por fin a lo de antes. Después de marcharte, dijo, ni siquiera te molestaste en hacerme llegar como es debido unas palabras para decirme que estabas bien.

Xiaoman levantó la cabeza y preguntó si había llegado el primer viajero que llevaba el recado por el río. El zapato osciló en la mano de su madre, que tardó en contestar. Aquella pausa le dolió más que si se hubiera negado a admitirlo. Xiaoman sabía que había acertado en parte, pero no quería saber la parte en la que a ella solo le quedaba haber esperado en vano. Miró a su madre y esperó a que dijera de su propia boca que sí había llegado.

La abuela Qin dijo que sí había llegado. Habían pasado dos años desde que Xiaoman se fue de casa y, en verano, llegó un barquero que traía aceite. Xiaoman le había encargado que dijera que seguía en la compañía, que tenía para comer y que su madre no se preocupara. La anciana recordaba cada palabra con una claridad que nada tenía que ver con aquel «no he tenido noticias» que llevaba años repitiendo. Xiaoman preguntó por qué entonces la única respuesta que le había llegado era que su madre no quería reconocerla como hija. Después de eso, ni siquiera supo cómo empezar el siguiente recado.

Su madre dijo que ella no había dicho eso. Lo que había mandado decir era que, si tenía agallas, volviera en persona y no le enviara un recado tan poco claro. Al llegar al final, ella misma se detuvo. En aquel entonces estaba devolviendo los regalos de los Zhou, y cada farol que hacía era como pagar por su hija una parte de la vergüenza que había pasado ante los demás. Al enterarse de que su hija se las arreglaba, lo primero que sintió no fue alivio. Lo primero que pensó fue: «Entonces, ¿por qué sigues sin querer volver a reconocerme como tu madre?».

«Yo no dije que dejara de reconocerte como hija». Lo repitió, con voz ya menos firme que antes.

Xiaoman respondió que con aquello ya se entendía bastante. Ese año solo tenía veinte años y temía que los demás la oyeran preguntar siempre si había respuesta de su familia. Cada vez que llegaba una embarcación de la ruta conocida, fingía preguntar de dónde traía la mercancía. Cuando aquel viajero fluvial le dijo que su madre quería que volviera para hablar, creyó que al regresar seguirían esperándola el mismo matrimonio concertado y la misma puerta cerrada; si no aceptaba primero, ni siquiera tendría dónde pronunciar la palabra madre.

La abuela Qin bajó la cabeza y acabó diciendo que había sido ella quien había hablado con dureza. El mensajero no había endurecido sus palabras. Al oírla, a Xiaoman le ardieron los ojos por un instante, pero las lágrimas no le cayeron enseguida. Había esperado demasiado. Ahora que por fin oía aquello, ya no era la de entonces, a la que le habría bastado una frase para volver corriendo. Su hijo aprendía los caracteres fuera del patio y su marido ya no estaba. Que su madre lo admitiera hoy no acortaría ni un solo día de todo el camino recorrido.

La segunda vez, la señora Qin sí se había quedado sin saber nada. Xiaoman dijo que había sido después de nacer Asheng. Lu Zheng había escrito el recado por ella, y se lo habían confiado a un pariente de la compañía que volvía a su tierra. Ella había creído que su madre lo había dejado de lado otra vez. La anciana negó con la cabeza muy despacio, sin aquella prisa de antes por justificarse. Dijo que, de haber recibido la noticia de que tenía un hijo, por terca que fuera, dieciséis años después no habría tenido que preguntarle cuándo se había casado.

Aquella frase no le permitía a Xiaoman averiguar qué había hecho cada persona a lo largo del camino. Tampoco quería seguir explicando tantos años con un recado perdido. Dijo que el hecho de que el segundo no llegara no borraba que su madre sí había oído el primero. Su madre asintió con un murmullo y dejó ahí las penurias que ella misma había pasado sola por entonces. Al cuarto solo llegaba el sonido tenue de la flauta que practicaban fuera. Asheng se equivocaba y se reía. Su risa paraba de golpe y volvía a empezar.

Xiaoman puso de nuevo los zapatos en el regazo de su madre y le dijo que descosiera primero el borde interior, que allí aún podían dejar algo más de holgura. No pretendía sustituir con el arreglo lo que aún no habían dicho. Es que aquella tarde tenía que actuar y, aunque se quedara sentada hasta que anocheciera, no iba a recuperar el mensaje de cuando tenía veinte años. La señora Qin tomó la aguja. Al principio le temblaron los dedos y tardaron unos instantes en asentarse. Fue levantando con cuidado las puntadas una a una, sin dar un tijeretazo para cortarlas de golpe.

La persona encargada de los faroles de la sala vino a buscar el que había arreglado. Al ver lo bien que había quedado el papel nuevo, le tendió unas monedas por el trabajo. La abuela Qin iba a rehusarlas, pero Xiaoman se adelantó a decir que lo había hecho ella y que se las diera a ella. La anciana miró a su hija y acabó aceptándolas. Le dijo al encargado que no levantara el farol agarrándolo de un solo lado, porque volvería a torcer la tira de bambú que lo sostenía. Al recuperar aquel tono de quien conoce su oficio, hasta pareció enderezar un poco la espalda. Volvía a ser algo más que una madre que había dicho lo que no debía y hecho unos zapatos que no iban bien.

Xiaoman lo vio con una mezcla de ternura y congoja. De niña le gustaba ver a su madre hacer faroles. Le asombraba que aquellas tiras de bambú que parecían tan rectas se curvaran en sus manos hasta convertirse en algo capaz de alumbrar. Más adelante, cuando se peleó por aprender teatro, había preguntado qué sentido tenía pasarse la vida cuidando de unos papeles de farol. La frase no había salido de la nada. Ella quería de verdad otra vida, pero también había tratado con demasiada ligereza aquello que su madre mejor sabía hacer.

No sacó entonces el asunto para que cada una reconociera su parte y así quedaran en paz. Solo esperó a que su madre terminara de arreglar un lado del zapato. Cambió el té frío que tenía a mano por té tibio y recogió los libretos que había dejado desordenados, para dejar un tramo más de mesa libre a aquellas manos que trabajaban en un lugar nuevo. La abuela Qin siguió trabajando con la cabeza baja. No le vio la expresión, o si se la vio, no dijo nada.

Por la tarde, Xiaoman salió a escena. Al cantar la frase en que la madre reconoce que no puede retener a su hija, se retrasó de pronto medio tiempo. Cai Heng la miró y ella retomó el compás enseguida. No podía hacer esperar a todos hasta que pusiera en orden lo que se había dicho ese día en casa. Frente a ella, Lu Heniang se desplazó un paso corto para darle un respiro. Al terminar le preguntó qué pasaba y si quería cambiar la frase. Xiaoman respondió que lo de hoy era asunto suyo y que, por el momento, dejaran el libreto en paz.

Su madre aguardaba entonces junto al escenario con los zapatos en brazos. El público se había ido y solo quedaban las dos tablas que hacían de barca. Preguntó si aquel verso ya estaba en la obra. Xiaoman dijo que sí, que la primera vez que lo ensayó también lo había cantado con rabia, pero que no podía seguir cantándoselo a una sola persona. La abuela Qin bajó la cabeza, tanteó con la punta del pie el borde de una tabla y dijo que de lejos sí parecía que pudiera balancearse, pero de cerca solo eran dos trozos de madera. Xiaoman tomó la pértiga, dio el paso más lento y le mostró dónde bajaba primero la mano. La anciana alzó la suya del mismo modo, sin mover el cuerpo, y fue la primera en reírse. Dijo que ella solo sabía curvar tiras de bambú, que no sabía curvar el agua así. Xiaoman recogió la pértiga sin explicarle más. Madre e hija se quedaron al borde del escenario vacío mirando juntas aquellas dos tablas viejas, bruñidas de tantas pisadas.

Al volver a la habitación trasera, A Sheng ya caminaba con los zapatos descosidos para darles holgura. Aún le molestaban un poco y esta vez aceptó decir que el izquierdo seguía apretándole. La abuela Qin lo tomó y respondió que entonces lo descosería un poco más, que no aguantara a la fuerza. El niño se relajó de golpe y le enseñó su tira de bambú, elogiando que la que su abuela había usado para reparar la lámpara se curvaba mejor. Ella dijo que cada bambú era distinto y que no todos podían doblarse de cualquier manera; no se le ensombreció por completo el rostro porque él hubiera vuelto a poner una pega.

Al atardecer, Xiaoman acompañó a su madre de vuelta a la posada y le llevó el hatillo. Su madre intentó varias veces quitárselo, pero Xiaoman lo cambiaba de mano para esquivarla. Por el camino solo hablaron de qué barco salía a la mañana siguiente y de qué posada de Sangqiao era menos húmeda. Ya no se preguntaron qué sería de ellas hoy si en aquel entonces hubieran hecho las cosas de otra manera. En la puerta, la abuela Qin sacó del hatillo el aceite para A Zhao y dijo que no volvieran a poner el frasco junto a las tortas. En el barco había creído tenerlo todo previsto y aun así había acabado por hacer que las dos cosas se impregnaran de olor.

Xiaoman lo tomó con una sonrisita. No le dijo que por fin lo entendía, y su madre tampoco le dijo que ya era hora de que comprendiera sus intenciones. Al pasar de unas manos a otras, el frasco de aceite resultó estar un poco resbaladizo y por poco se les escapó. Madre e hija alargaron las manos a la vez para protegerlo, se tocaron y luego aflojaron cada una un poco, hasta que el frasco quedó bien asentado en una esquina del bolso.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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