Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
El sitio vacío junto al tambor
Ku Wuji · Creación con IA · 11068 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Cuando Gao Man le entregó las doce monedas, Azhao las contó con mucho cuidado. Qin Xiaoman observó aquellas manos y recordó de pronto que, cuando cobró por primera vez por actuar, también había contado las monedas una a una. Al terminar le sudaba la palma, pero no quiso secársela en la ropa por miedo a que alguien lo viera. Ahora solo quería que se terminara de pagar aquel dinero para que Gao Man no volviera a preguntar a nombre de quién apuntar cada uno de los encargos pequeños y ella pudiera sacar un rato más para ejercitar la voz.
En el patio, A-Zhao y Gu Ming hablaban en voz baja. Gu Ming hizo un ademán con media pértiga y A-Zhao se apartó riendo, como si lo que esquivara no fuera la punta del bambú. Al oírlos, Xiaoman pensó primero en lo fácil que les resultaba a los jóvenes divertirse. Luego se acordó de que esa tarde aún quedaba un forro a medio rehacer y sintió cierta irritación. Sabía que A-Zhao ya había trabajado lo suficiente por hoy, pero aun así quiso decirle que no se quedara tanto rato donde daba el viento. Antes de abrir la boca, ya no sabía si temía que cogiera frío o si le molestaba que todavía tuviera ánimo para reírse.
Por la noche ensayaron el comienzo de 《芦花渡》 («El embarcadero de los juncos en flor»). La madre debía impedir que su hija bajara de la barca. Xiaoman dio dos pasos adelante y extendió la mano demasiado rápido. Lu Heniang aún no se había vuelto cuando ya la tenía cogida por la manga. Gao Shoucheng dio unos golpecitos en la mesa y mandó parar. Le dijo que su madre parecía querer llevársela de verdad a casa, que le dejara un respiro, que la otra aún tenía que cantar. Lu Heniang se frotó la muñeca y le dio la razón. Por un momento casi se había creído que de veras no le quedaba salida.
Los demás se rieron. Xiaoman también, con un poco de retraso. Lo que tenía que cantar en aquella escena no era fácil. Tenía que transmitir la preocupación sin reducirlo todo al llanto. Antes había probado el papel principal, el de la barquera. Entonces se movía con ligereza y bastaba que fingiera batir el agua con la pértiga y se volviera para que el público quisiera seguir mirándola. Ahora dedicaba los días de más trabajo de la compañía a los arcones de vestuario y siempre dejaba para más tarde el calentamiento de la voz. Si de veras le pidieran cantar de nuevo el papel principal desde el comienzo, sabía que no lo tenía tan bien ensayado como Lu Heniang.
Saberlo y resignarse eran dos cosas distintas. Lu Heniang dijo que quería cambiar un poco la última escena. Que Aheng no soltara el remo en cuanto recibiera la buena noticia. Al fin y al cabo, había ensayado con tanto empeño los pasos de la barquera de principio a fin para acabar cambiándose de traje para la boda. Gao Shoucheng contestó que a los invitados a un banquete de bodas les gustaba ver un cambio de ropa vistoso, y que si al final cada cual seguía por su lado, quién iba a darles una propina de buena gana. Gu Ming intervino para proponer que añadieran su danza de espada al regreso y que, una vez animada la cosa, volvieran a discutir la última escena.
“En cualquier escena puedes añadir un número tuyo.” Lu Heniang lo miró.
«Si queda bien, lo añado».
«Primero practica ese paso por la puerta sin enseñar la suela.»
Gu Ming levantó la pértiga como si fuera una espada y les enseñó adrede la suela del pie a todos, con lo que las risas arreciaron. Xiaoman también quería decir que la última escena podía cantarse de más de una manera, pero con la interrupción se le cortó el hilo. De pronto le fastidió que en aquel patio cualquier asunto serio pudiera dejar de parecerlo por un rato en cuanto a él se le ocurriera hacer reír. También sabía que en escena hacía falta esa habilidad, y que no todo el mundo tenía por qué ser como ella y apretar los labios cuanto más peso llevaba encima.
Terminada la discusión, Lu Heniang sacó enseguida del estuche una sarta de cuentas nuevas y le preguntó a Xiaoman si podía cosérsela al cuello para ver cómo quedaba. Las cuentas pesaban lo suyo. Xiaoman las levantó y las balanceó un poco, y Lu Heniang dijo que era solo una prueba, que si no quedaban bien siempre podrían descoserlas. Le gustaba aquel destello y se le suavizaba la mirada al contemplarlo. Xiaoman la observó y recordó que ella también había trabajado dos noches de más por una sola cuenta roja. No le echó en cara lo que acababa de decir sobre tirar la pértiga a cambio de un traje vistoso.
Cai Heng, el nuevo tamborilero, estaba sentado junto a la cortina. Esperó a que todos acabaran de reír antes de dar el primer golpe. Marcaba un compás distinto del que usaba Lu Zheng. Xiaoman entró antes de tiempo y cortó la voz tan de prisa que se le quebró un poco al final. Cai Heng preguntó si repetían y a ella le salió decir que antes aquello no iba así. Cuando vio que él había dejado la mano quieta junto al tambor, recordó que aquel «antes» solo seguía sonando en sus propios oídos. El hombre que había llegado a ocupar el puesto jamás lo había oído y no le debía aquel compás de antes.
Le pidió que repitieran y esta vez lo escuchó tocar hasta el final. La segunda vez salió bien, pero la molestia seguía ahí, sobre todo al ver a A-Sheng mover la cabeza de un lado a otro para imitar el ritmo, sin acordarse en absoluto de cómo tocaba su padre. Por una parte, Xiaoman pensó que estaba bien que el niño tuviera cosas nuevas. Por otra, se preguntó cómo era posible que ni siquiera hubiera hecho una pregunta. Al cantar el último verso estuvo a punto de mirar hacia su hijo, pero se obligó a fijar de nuevo la vista en el hombro de Lu Heniang.
Al terminar el ensayo, Gao Shoucheng le pidió que fuera a ver el cuarto de atrás del salón sur. Dos baúles de ropa se apretujaban contra el viejo soporte del tambor y no había dónde poner las telas recién llegadas. El centro del soporte estaba vacío, pero la madera seguía buena: desmontada, serviría perfectamente para hacer dos estantes bajos. Xiaoman se apresuró a decir que aquello no sobraba. Gao Shoucheng no insistió; solo preguntó quién pondría las telas a secar al día siguiente si se humedecían esa noche. Lo dijo con suavidad, pero a ella le incomodó más que si hubiera insistido.
Lu Zheng ya había vendido su tambor viejo durante la enfermedad. Alguien dijo que lo vendía demasiado barato, pero él insistió en cobrar en el acto para que Xiaoman no volviera a endeudarse por los remedios. Vendieron el tambor y dejaron el soporte, al principio con la idea de montar otro y ponerle una piel nueva cuando él se recuperara. Después, cuando él faltó, el soporte pesaba menos que el tambor y, aun así, quienquiera que recogiera las cosas empezaba por rodearlo. Con el tiempo se convirtió en un espacio vacío por el que nadie quería ser el primero en preguntar.
Xiaoman limpió el polvo del travesaño del soporte y los dedos le encontraron una muesca desgastada. Lu Zheng la había hecho para recordar la tensión con que ataba el cuero; de pequeño, A Sheng la rascaba con la uña y decía que parecía un gusanito. Ella no podía ocupar el espacio de toda la compañía por aquella marca, pero tampoco podía permitir que, solo porque al día siguiente hiciera falta colocar telas, lo desarmaran hasta convertirlo en algo que nadie reconociera. Dobló el trapo una y otra vez y oyó a A Zhao preguntar fuera qué lámpara era de uso común.
A Zhao vino a recoger la vieja lámpara de bambú y dijo que la devolvería a la mañana siguiente; aquella noche la envolvería bien primero. Xiaoman le pidió que la acercara a la mesa para reparar una esquina rasgada del papel. La lámpara estaba apagada, pero el broche de cobre reflejaba la luz de otra lámpara de barro de la habitación y se veía incluso con más claridad que encendida. De pronto preguntó cuánto había durado la última enfermedad de He Huaizhou. A Zhao respondió que había empeorado de golpe en el duodécimo mes; antes aún repetía que solo era el frío y que con unos días de descanso se pondría bien.
Xiaoman asintió sin decir que aquello se parecía mucho a lo de Lu Zheng. Al final de una enfermedad, la gente siempre pronunciaba algunas frases semejantes, pero eso no hacía que quienes se quedaban supieran mejor qué hacer. Quiso preguntarle a A-Zhao si de verdad ya no volvería a llevar una barca, pero sintió que tampoco tenía derecho a retener a la hija en el barco porque el maestro He ya no estuviera. Solo le preguntó si volvería aunque aquellos días el trabajo de costura no resultara como esperaba.
A Zhao tardó en contestar. Pasó la mano por el cierre del baúl y dijo que volvería, aunque ya no se adelantaría a coser lo que nadie le hubiera indicado. Xiaoman le oyó todavía un punto de rebeldía y se le escapó la risa. Le dijo que tampoco tenía que convertirse ahora en alguien que no moviera un dedo sin preguntar. Si ella andaba ocupada, quizá no pudiera explicarle todos los detalles. Cuando algo no estuviera claro, que parara un poco y preguntara primero quién iba a ponerse la prenda, sin fijarse solo en sus propias puntadas.
Solo al terminar se dio cuenta de que ya estaba dando lecciones otra vez. Azhao tomó el farol y le preguntó en voz baja si quería que llevara algún mensaje a la vuelta. Xiaoman la miró. En el patio oyó a Cai Heng guardar el tambor y a Asheng seguirlo preguntándole por qué no se podía tocar el soporte vacío. De pronto no quiso que aquella joven volviera a cargar con el farol en el viaje de regreso, pero ni siquiera tenía una frase concreta que pudiera llevarse.
«Cuando termine esta tanda de funciones», dijo, «me gustaría cruzar el río una vez con A-Sheng».
A Zhao alzó la cabeza. Se le iluminaron un instante los ojos y enseguida se contuvo. Preguntó cuándo. Xiaoman dijo que aún no lo había decidido. En Lanting pensaban seguir con aquel ciclo de funciones hasta los primeros diez días del tercer mes y, si luego cambiaba el programa, ella tendría que dejar bien entregados los trabajos de vestuario que tenía entre manos. Lo que había dicho era que quería ir. A Zhao asintió, sin insistir en saber si sería por la fiesta de Shangsi ni decirle que la abuela seguro se alegraría al enterarse. Xiaoman se relajó un poco.
Por la noche le lavó los pies a su hijo. De los zapatos nuevos solo había terminado uno, aunque ya había prensado la suela del otro. Asheng preguntó si al día siguiente podría subirse a la barca que salía en el farol. Al oír que ella quería llevarlo a Liuwan, preguntó enseguida si en casa de su abuela había barca, si había patio y si podía llevar el perrito de barro. Xiaoman respondió a unas cuantas preguntas y al final le dijo que no preguntara tanto por el momento, que aún no sabía qué día saldrían. El niño hizo un puchero y ella reconoció de golpe en sí misma la impaciencia que habría tenido su propia madre.
Eso no la volvió de repente más dulce. Siguió sujetándole el tobillo a su hijo para que no salpicara la cama a patadas. Solo cuando le secó los pies le dijo que allí había una tienda de faroles, con muchos faroles, y que no podía ponerse a jugar con ellos como si fueran barquitas giratorias. Asheng dijo que ya era mayor y preguntó por qué no habían ido antes. Xiaoman dejó el otro zapato al borde de la cama y contestó que había caminos que hasta a los mayores les costaba recorrer. El niño no lo entendió. Bajó la cabeza y se concentró en comparar de qué lado eran más anchos los zapatos.
Cuando Azhao se fue, Gao Man vino a buscar las tablillas para retirar la tela. Vio que el soporte del tambor seguía allí y ya no preguntó si iban a desmontarlo. Buscó dos cañas de bambú y las apoyó sobre el baúl. Pero al salir tuvo que pasar de lado junto al marco de la puerta y la pieza de tela que llevaba al hombro se marcó con una raya de polvo. Al verlo, Xiaoman se irritó aún más. Esperó a que Gao Man saliera y tomó un listoncito que había sobrado del cepillado. Quería calzar primero el soporte viejo, para que al menos las patas dejaran de rozar el suelo.
Mientras sostenía el soporte, Asheng asomó la cabeza por el borde de la cama y preguntó si le iba a guardar el tambor. Xiaoman estuvo a punto de decir que sí, pero lo que le salió fue que lo dejaran allí por ahora. El niño dijo entonces que quería poner también encima su flauta de bambú. El soporte era tan grande que cabrían muchas una al lado de otra. Al mirarlo, Xiaoman sintió de pronto que, a ojos de su hijo, aquel soporte tenía mucho más sitio del que ella imaginaba.
En la casa de al lado cocían fideos y el olor a aceite de cebolleta se colaba por las rendijas del muro. Solo entonces recordó que por la noche apenas había comido media torta de judías y tenía el estómago tan vacío que lo sentía frío. Cuando Lu Zheng vivía, a menudo se olvidaba también de comer, y si la veía atareada se ponía a refunfuñar. Decía que, si aquel baúl de ropa de verdad se comía a la gente, al menos podía empezar por alguien que tuviera algo de carne. Al recordar la cara que ponía, a Xiaoman se le escapó una risita. Temió que el niño la oyera y le preguntara por qué, así que se volvió a buscar un cuenco y fue a comprar una ración de fideos calientes a la casa de al lado.
El vendedor de fideos preguntó si les ponía cebolleta. Ella dijo que sí, se detuvo y pidió que pusiera poca. Asheng le tiró de la ropa desde atrás. Cuando se volvió, el niño dijo que también quería unos bocados, pero sin cebolleta. Xiaoman se la apartó con los palillos y, a mitad de hacerlo, se acordó de que ya ni siquiera sabía si en Liuwan seguían teniendo la misma olla. Repartió los fideos en un cuenco pequeño y se lo tendió primero a su hijo. Después se sentó junto al soporte vacío del tambor y por fin terminó el medio cuenco que le quedaba.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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