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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Aquella ventana de la tienda de faroles

Ku Wuji · Creación con IA · 11107 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

La puerta de la tienda de lámparas de los Qin era más estrecha de lo que A Zhao recordaba. Antes siempre iba detrás de su padre y lo que veía eran las lámparas que se balanceaban por encima de su hombro. Esta vez llevaba ella misma el libro de cuentas y por fin vio que a la derecha de la puerta se amontonaban tres armazones de pantallas aún sin forrar y a la izquierda había un taburete alto. Si no pasaba de lado, se le engancharía el borde de la falda en las tiras de bambú.

Nadie respondió tras el mostrador. Del fondo llegaba un leve ruido de raspado. La abuela Qin rebajaba con un cuchillo pequeño el borde de una tira de bambú, con un delantal viejo sobre las piernas y engrudo seco entre los dedos. Al oír a A-Zhao, dejó primero bien asentado el cuchillo y salió apoyándose en el mostrador. A-Zhao quiso apartarle las cosas de junto a la puerta, pero la abuela Qin le dijo que no las tocara. Los armazones estaban ordenados por tamaños y, si se los descolocaba, tendría que volver a buscarlos por la tarde.

A-Zhao le acercó el libro de cuentas. No dijo que viniera a cobrar una deuda, solo que en la última página su padre había dejado anotado un farol sin indicar adónde había ido a parar. La abuela Qin no tomó enseguida el libro. Primero palpó la cubierta y preguntó si era el mismo que él seguía teniendo junto a la almohada cuando enfermó en invierno. A-Zhao asintió y, al ver que ella seguía cabizbaja, abrió el libro por la página de la anotación para ahorrarle buscar desde el principio.

La abuela Qin terminó de leer y dijo: «Me lo prestó a mí».

Lo dijo tan bajo que parecía haber ensayado la frase y, sin embargo, cuando alguien vino de verdad a preguntar, apenas le alcanzó la voz para decirla. A-Zhao miró instintivamente a su alrededor. De las vigas colgaban más de diez faroles de distintos tamaños. Algunos tenían pantallas lisas recién forradas, otros llevaban flores pintadas en tonos suaves y junto a la puerta había un montón de papel por cortar. ¿Cómo era que alguien que hacía faroles pedía prestado uno al embarcadero año tras año? No llegó a preguntarlo en voz alta, pero no alcanzó a disimular la mirada.

La señora Qin sacó de debajo del mostrador un viejo farol de bambú. Las tiras del asa eran mucho más oscuras que las de los armazones nuevos. El broche de cobre estaba bien pulido y una grieta en el borde de la pantalla se había reparado con tiras finas de bambú. Vista de cerca a la luz, la reparación parecía una juntura de huesos más apretada. Azhao reconoció aquel tipo de pantalla alta que había usado su padre. Después habían colgado en la barca otras más ligeras y las antiguas apenas se veían. Tendió la mano para recogerlo, pero la señora Qin aún lo tenía agarrado por el asa. Dijo primero que el año anterior había querido reparar la pantalla y devolvérselo, pero que su padre le había dicho que tenía otro que podía usar, que se tomara su tiempo. Y así había quedado pendiente.

«Me lo llevo a la barca», dijo Azhao. Al oírse, le pareció que apremiaba a la anciana a soltarlo y se apresuró a añadir: «No me corre prisa usarlo».

Solo entonces la abuela Qin puso el farol sobre el mostrador, sin entregárselo en la mano. Dijo que tenía una pantalla alta y que, si se ponía junto a la ventana que daba al río, se veía desde la otra orilla. Los faroles de la tienda también alumbraban, pero por entonces se había acostumbrado a aquel, y cuanto más se acercaba la primavera, más le parecía el indicado. Dio la vuelta al delantal y se sacudió de las manos las escamas de engrudo. Un polvillo fino le cayó en las mangas y ya no se lo quitó.

Azhao sabía que los Qin habían tenido una hija. Se llamaba Xiaoman, como uno de los períodos solares. De niña solo había oído hablar de ella unas pocas veces. Unos decían que Xiaoman se había ido a aprender teatro y otros que se había fugado con alguien. Las versiones cambiaban, pero todos bajaban la voz al terminar, como para que los niños no siguieran preguntando. Ya tenía veintidós años y, al oír aquellas palabras, todavía recordaba cómo enmudecía de pronto la mesa, aunque no recordaba quién había visto de verdad a aquella muchacha.

«El año en que se fue, tú apenas llegabas hasta aquí». La abuela Qin puso la mano a la altura de la esquina del mostrador y enseguida la bajó. «Y yo siempre me acuerdo de ella como si apenas te llevara unos años».

En realidad se llevaban doce años. A-Zhao hizo la cuenta mentalmente y no la corrigió. La abuela Qin contó que, dieciséis años atrás, Xiaoman había querido irse con una compañía de teatro que viajaba en barca. Ella ya le había escogido una familia. El hombre tenía un pequeño negocio y su parte en unas tierras, así que al menos podrían vivir sin andar de un lado a otro por el agua. Su marido acababa de morir y en la tienda quedaba una deuda por el papel. Cuando su hija abrió la boca solo para decir que quería cantar, la madre se enfadó como si la muchacha hubiera desdeñado de paso la vida que a ella le quedaba.

«Le dije que, si salía por esa puerta, no volviera a llamar a esto su casa». La abuela Qin apretó los dedos contra el cierre del farol. «Entonces creí que, si le decía eso, se asustaría».

Azhao no respondió por Xiaoman. Tampoco sabía si le tocaba sentir miedo por ella o no. Justo entonces pasó ante la puerta una mujer con un balancín al hombro. Al verlas de pie junto al mostrador, les preguntó en voz alta cuándo podría recoger la pantalla nueva. La abuela Qin cambió de tono al instante y contestó que por la tarde, que el papel aún no se había secado. La mujer no la creyó y se asomó medio cuerpo. Solo se fue cuando vio que la pantalla seguía puesta a secar. Al marcharse, aquella conversación sobre el pasado volvió a estrechar el espacio de la tienda. Azhao quiso buscar un taburete, pero temió que sentarse pareciera una manera de disponerse a escucharlo todo.

La abuela Qin le arrimó el taburete alto de la puerta y ella siguió de pie. Dijo que, cuando Xiaoman se marchó, descosió la prenda que había dejado en casa y la convirtió en cortina para la trastienda. Solo al acabar de cortar se dio cuenta de que las mangas eran cortas y no daban para un paño entero. A-Zhao siguió su mirada. Vio en un rincón de la puerta interior la tela azul unida por abajo a dos franjas de otros colores, tan gastadas que ya no se adivinaba si aquello había sido una prenda. No preguntó si le había dolido descoserla y la abuela Qin no siguió hablando.

Fue entonces cuando llegó la tía Xu con una aceitera medio vacía en la mano. Quería que le fiaran aceite para tres días. Al ver a A-Zhao, lo primero que preguntó fue si había vendido la barca. A-Zhao negó con la cabeza. La tía Xu dijo que aún contaba con ella para cruzar, porque si la vendía, a lo mejor quien viniera no querría llevarle el cesto de pescado. La abuela Qin tomó la aceitera y pesó el aceite mientras le decía que todavía no había saldado lo de la vez anterior y que no siguiera estirando tres días hasta convertirlos en medio mes. La tía Xu le contestó que, si a los peces se les podía decir que crecieran en tres días y obedecían, claro que ella podría pagar antes.

Azhao sonrió y ayudó a la señora Qin a sujetar la boca de la aceitera mientras el aceite caía en un hilo fino. Para salvar las apariencias, la tía Xu puso primero en el mostrador la mitad de lo que debía de la última vez. Luego volvió a mirar el farol viejo y comentó que Azhao lo llevaba con soltura. Su padre siempre temía que tuviera polvo y caminaba incómodo con el farol apretado bajo el brazo. Dicho esto salió con la aceitera y, al volverse, le dijo a la señora Qin que al día siguiente no se quedara trabajando hasta tan tarde. Mientras cortaba el pescado al otro lado de la pared, la había vuelto a oír toser.

Cuando se hizo el silencio a la entrada de la tienda, A Zhao se enteró de que su padre había ido a pedir prestado y a devolver aquel farol más veces que la única que figuraba en las cuentas. La abuela Qin limpió el aceite que quedaba en el borde de la aceitera. Dijo que cada año, por la fiesta de Shangsi, pasaba mucha gente por el río y que, si Xiaoman seguía viajando en barco, quizá algún día pasara por allí. Nunca le había pedido a He Huaizhou que dejara su trabajo para ir a buscarla. Solo le había encargado que estuviera atento y que, si de verdad se la encontraba, le dijera que volviera a casa a comer, sin mencionar lo de antes.

«¿Y si no hablas del pasado, podrá volver?», preguntó Azhao.

Apenas salió la pregunta, las dos se quedaron quietas. Azhao no había querido preguntar con tanta franqueza. Solo había recordado que a su padre, cuando estaba enfermo, también le gustaba decir que ya hablarían cuando se pusiera bien, como si, con tal de no hablar, quedara por delante un tiempo inagotable. La señora Qin bajó la vista y apretó el delantal entre los dedos. Pasado un buen rato respondió que no lo sabía. No dijo que su hija fuera cruel ni lo mucho que le habían costado aquellos años. Solo volvió a tocar el broche de cobre y le preguntó a Azhao si pensaba irse a la ciudad.

«Iré cuando venda la barca», dijo A Zhao. Hacía apenas dos días que había rechazado una oferta por ella, y aun así lo dijo como si ya tuviera fecha.

La abuela Qin dijo que ya se había enterado. La tía Xu había hablado bien de ella varias veces a la entrada del callejón. Decía que la muchacha de los He cosía muy fino. Azhao se sintió cohibida sin saber por qué y se apresuró a decir que solo hacía arreglos. La abuela Qin le tomó el puño que había cosido la noche anterior y le preguntó si lo había remendado ella. Azhao asintió. La anciana dijo que había escondido bien el hilo por dentro. A ella, en cambio, en cuanto le caía engrudo, le quedaban unas puntadas tan bastas que ni la sombra del farol podía taparlas.

Azhao le vio un callo duro en un dedo y de pronto preguntó si Xiaoman seguía en el sur. La abuela Qin dijo que el mes pasado un cliente que había venido a comprar un farol le había contado que en Lanting había oído a una señora Qin que actuaba y también se ocupaba del vestuario. No se atrevía a dar por hecho que fuera ella solo por el apellido, pero no pudo evitar preguntar qué edad tenía. El cliente dijo que parecía rondar los treinta, y ella ya no preguntó más. Temía que fuera su hija y también que no lo fuera. A esas alturas hasta se había equivocado una vez con el precio del papel de la tienda.

Azhao dijo que Lanting quedaba a dos días por agua, que no era lejos. La abuela Qin se apresuró a responder que sí, que no era lejos. Pero después las dos se quedaron mirando el farol y ninguna salió por la puerta. Solo entonces entendió Azhao que para ella «no era lejos» significaba dos días de viaje que podía pagar con el precio de un billete. En boca de la anciana, parecía que antes había que encontrar una manera de hablar de lo dicho dieciséis años atrás sin volver a herir.

A-Zhao no se comprometió a ir a buscarla. La abuela Qin tampoco se lo rogó. Solo preguntó si, cuando llegara a Lanting, podía preguntar por Qin Xiaoman en caso de que de verdad le quedara de paso. A-Zhao dijo que podía preguntar, pero verla dependería de si la otra quería. La anciana asintió y luego, como si no hubiera podido contenerse, preguntó si, al llevar el farol, Xiaoman lo reconocería.

«He venido a recoger el farol», dijo A-Zhao despacio. «No puedo usarlo para hacer que alguien vuelva».

La señora Qin la miró un rato y al fin retiró la mano que seguía apoyada en el asa. Sacó del mostrador un cartel de teatro desechado, sacudió el engrudo pegado al dorso y envolvió la pantalla alta. En una esquina del papel se veían unas letras impresas en rojo desvaído que a Azhao le resultaron familiares. Iba a acercarse para verlas mejor cuando la señora Qin dobló ya el otro lado. Azhao no se empeñó en abrir el envoltorio. Solo al recibir el farol vio que debajo del papel había también un retal para evitar que el bambú viejo volviera a rajarse con el roce.

Estaba a punto de irse cuando entró otro cliente con un farol pequeño recién empapelado. Decía que el papel era fino y quería cambiarlo por uno más grueso. La señora Qin tocó suavemente el armazón con un dedo para mostrarle por dónde pasaba la luz y qué partes soportaban la tensión. Si lo forraba todo con papel grueso, le quedaría la mitad de luz. El hombre no la escuchó y volvió a estirar la mano para apretar el papel entre los dedos. La señora Qin recuperó de inmediato el farol, sin el menor rastro de la vacilación de hacía un momento.

«Si quieres probar algo, prueba el armazón. No pellizques el papel. Si estropeas este lado, también te cobraré por volver a forrarlo».

Azhao, de pie a un lado, la oyó detallar con claridad cuánto costaban el papel y la mano de obra, y de pronto respiró aliviada. Aquella anciana era capaz de interponer la mano para proteger una sola hoja de papel fino y también de mantener bien sujeto en el mostrador aquello en lo que creía. En la tienda de faroles quedaba algo más que una ventana desde la que esperar a alguien. Al final, el cliente no cambió el farol. La abuela Qin se lo envolvió, le cobró el precio de siempre y lo acompañó hasta la puerta, sin olvidar señalarle el armazón de bambú que estaba a punto de rozar.

Al salir, el viento hizo restallar el papel que envolvía el farol. Azhao sujetó el farol con una mano y apretó una esquina del papel con la otra. Al venir había creído que bastaba con dar con quien tenía el objeto para cerrar aquella cuenta. Ahora tenía el farol en la mano, pero aún no podía tachar el renglón. Se detuvo un momento al llegar a la boca del callejón. En vez de volver de inmediato al embarcadero, buscó primero un lugar seco y aflojó un poco el papel para ver qué nombre era aquel que le resultaba familiar.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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