Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
La función cancelada
Ku Wuji · Creación con IA · 11325 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El segundo día del sexto mes, con el agua baja, el cauce de atrás dejó al descubierto círculos de barro negro socavado alrededor de las bases de los pilares, que ya no se veían firmes y parejas. Qin Xiaoman bajó tras el maestro Yu. Se le hundió un zapato de golpe y tuvo que tirar con fuerza para sacarlo y pisar la madera vieja. Desde arriba, la tarima parecía muy ancha. Desde abajo, parecía una mesa que solo quisiera dejarse ver por delante, con todo un revés que había que aprender a mirar por separado.
El maestro Yu hundió una vara larga junto al poste. Al sacarla, la punta apenas traía algo de arena suelta. Dio unos golpes en dos sitios y llamó a Gao Shoucheng para que mirara. Uno de los tramos de madera se había reblandecido y no iba a aguantar por mucho que volvieran a clavar bien las tablas del piso. Para usar el escenario con seguridad, habría que instalar puntales nuevos, cambiar varios travesaños y trabajar también bajo el barro. Entre mano de obra y materiales serían al menos mil seiscientas monedas de cobre, quizá más cuando desmontaran la parte dañada.
Gao Shoucheng preguntó primero si bastaría con sostenerlo aquellas pocas noches. El maestro Yu puso mala cara y respondió que su trabajo era lograr que se sostuviera, no decirle que sí. Xiaoman sabía que aquello sonaba áspero, pero no podía reprocharle que no quisiera decir cosas agradables solo porque hubiera aceptado venir. El dueño del patio de leña insistió en que también habían actuado allí años antes, así que el maestro abrió a golpes aquel pequeño tramo reblandecido por la humedad y le pidió que lo tocara él mismo. El dueño retiró la mano después de palparlo y dijo que el alquiler del lugar no incluía cambiarle a nadie un escenario entero por uno nuevo.
Mil seiscientos wen eran más que un renglón en una tablilla. Xiaoman tenía algunos ahorros, A-Zhao cobraba el alquiler de la barca y Gao Man tenía el dinero para comprar materiales. Si de verdad juntaban todo, quizá se acercaran a la cifra, pero estarían poniendo en aquellas pocas noches la comida y el sustento de varias personas para más adelante. Y, además, el maestro Yu había dicho que hacía falta tiempo para que llegaran los materiales, cambiar la madera y asentar los apoyos en el barro. Por mucho que pagaran hoy, mañana no podrían hacer como si nunca se hubiera estropeado nada.
Gu Ming seguía de pie en el tablado. Cuando acabaron de hablar, aún preguntó si podía invitar a alguien a ver su número aparte, solo en la parte seca de la orilla. Lu Heniang le respondió que él desde luego podía probar, pero que ella no podía pasarse cuatro horas con aquel traje en el barro del río sin un lugar donde cambiarse. Habló con aspereza. No le reprochaba que buscara una salida, pero para ella lo que acababa de esfumarse era el dinero del alquiler. Cada uno buscaba algo que aún pudiera recuperar, y desde fuera parecía que ninguno quería ceder primero.
Gao Shoucheng no los mandó dispersarse allí mismo. De vuelta en la Sala Sur, cerró la puerta un rato y los demás esperaron en el patio. Ni siquiera repartieron la comida enseguida. Xiaoman había creído que solo sentiría alivio. Cuando por fin se sentó, lo primero que le pesó en las manos fue un paquete de tela nueva de forro que había preparado para el niño. Se había atrevido a comprarla contando con aquella tanda de funciones. Ahora la devolvería si podía y, si no, aún tendría que coserla. La suspensión de la función no suspendía también la vida.
Gao Man separó primero el dinero de las ocho entradas anticipadas, ochenta monedas en total, y lo dejó en el mismo tubo. Ya habían pagado veinte al maestro Yu por aquella media jornada de inspección; cambiar el programa y trasladar las cosas también había costado unas monedas que no recuperarían. Habían calculado que, si se llenaba la función, quedarían unas seiscientas después de descontar lo debido. Ahora no había llegado ni una de esas seiscientas; no significaba que ya se las debieran a nadie, pero varias personas ya les habían encontrado un destino en sus pensamientos.
Cuando volvieron a abrir la puerta, Gao Shoucheng dijo que no actuarían en Houhe. Nadie aplaudió. Lu Heniang fue la primera en preguntar si podrían concertar dos pequeñas funciones privadas para los últimos diez días del mes. Gu Ming preguntó qué les diría a quienes ya había invitado. Otro actor contratado por funciones dijo que, si ya no contaba con aquellas noches del sexto mes, tendría que buscar trabajo en otra parte. Al oírlo, a Gao Shoucheng volvió a cambiársele la cara. Preguntó por qué todos pensaban ya en marcharse si él todavía no había hablado de disolver la compañía.
El actor contestó que no hablaba de disolver la compañía, que en su casa también había que poner la olla al fuego y no podían esperar a las funciones de otoño para comer. Xiaoman vio que no dejaba de apretar el borde de la ropa con las dos manos y que era evidente que no venía a armar bronca. Le preguntó primero qué día devolvería el tocado y la túnica vieja que tenía prestados, para no andar buscándolos cuando ya se fuera. Él respondió enseguida que esa misma noche haría el recuento. Al encauzar Xiaoman así la conversación, Gao Shoucheng ya no pudo presentarlo como uno de esos que solo quieren sacar provecho y ahorrarse las penalidades.
Gu Ming no aprovechó el momento para recoger su arcón. Dijo que quería pedir prestado un terreno llano al este de la ciudad y mostrar primero aquel fragmento. Aunque no hubiera obra completa, tampoco podía guardar todo lo que había ensayado. Sabía que quizá la compañía no quisiera pagarle el viaje, así que no lo pidió y sacó la mitad de lo que pensaba mandar ese mes. Xiaoman lo miró con un poco de disgusto y un poco de comprensión. De joven ella también había sido así y no quería que los avatares de todo el patio la retuvieran con los demás.
Azhao se quedó junto al baúl de vestuario sin mencionar en ningún momento que, cuando vio el agua, ya le había parecido que algo andaba mal. Solo sacó la lista de los pequeños arreglos que había terminado y preguntó si todavía contaban. Al principio Gao Shoucheng pareció a punto de decir que ya ni siquiera había función. Luego vio que Gao Man había separado lo acabado de las muestras y respondió que lo terminado contaba y que lo que aún no se había entregado lo discutirían. No iban a borrar de un plumazo el trabajo de todos por haber suspendido la función. Se le oía muy cansado, y tampoco tenía todo el dinero a mano para cumplir lo prometido. Aún habría que ordenar los pagos uno por uno.
Xiaoman dijo cuánto trabajo podía asumir, sin contar todas las noches que era capaz de pasar en vela. Si aceptaba más y más, en unos días tendría las manos tan rígidas que no podría enhebrar la aguja, y hasta el canto se resentiría. Gao Shoucheng la miró como si también aquella vieja compañera empezara a tratarlo con distancia. Al final se limitó a decirle que sacara primero lo que se pudiera vestir en los últimos diez días del mes y que no se echara encima otro traje enteramente nuevo, sabiendo que no le daría tiempo.
Por la tarde vinieron tres personas a devolver sus entradas. Gao Man les reembolsó el importe exacto. Hasta el que había dicho que podía ver la obra en el río de atrás tuvo que aceptar el dinero por el momento. Uno de ellos se enfadó y les dijo que la próxima vez confirmaran la función antes de vender entradas, que los espectadores no tenían por qué hacer viajes de más por el entusiasmo de la compañía. Xiaoman lo oyó desde un lado y no pudo pensar que aquel hombre ignoraba sus dificultades. Había reservado su tiempo con antelación y lo había perdido. Diez monedas no se lo devolvían entero.
La comida del patio fue más sencilla. Aquel día no compraron carne y en la olla había judías y verduras. Asheng dio dos bocados y preguntó si ya nunca habría funciones. Ella le dijo que sí las habría, que empezarían por las que pudieran hacer y que no irían a aquel escenario grande. El niño preguntó si él podría seguir aprendiendo caracteres como hasta entonces. Xiaoman iba a decirle que por supuesto, pero recordó la mesita que le había prometido comprar y vaciló. Le dijo que todavía no podían comprarla y que buscarían otra manera, sin dar por hecho que aquella madera que tanto tardaba ya venía de camino.
Por la noche sacó de debajo de la cama de Azhao el soporte vacío del tambor. La tela que envolvía las patas de madera ya estaba desgastada. Azhao pensó que había vuelto a darle un golpe de noche y se levantó enseguida para ayudarla, pero Xiaoman le indicó con la mano que no tenía que ver con ella. Quería ver si podía convertir el soporte en una mesa baja. Al oírlo, el niño abrió mucho los ojos y preguntó si aquello no era de papá. Ella le dijo que sí y le hizo tocar las dos ranuras antiguas de arriba. El soporte estaba vacío, y si lo usaban para poner el papel, él no tendría que escribir siempre tumbado sobre la cama.
Al decirlo, también a ella le dolió. El tambor de Lu Zheng ya se había vendido. Si transformaban hasta el soporte, parecía que en el cuarto ya no quedaría de veras nada tal como él lo había dejado, esperando su regreso. Pero sabía que no estaba esperando a alguien que aún pudiera volver, y que también eran reales las hojas en las que el niño tenía que escribir ese día. No habló por su difunto marido diciendo que seguro le habría parecido bien. Solo le preguntó a A-Sheng si le gustaba aquella altura. El niño se agachó para comprobarlo y dijo que, si quedaba un poco más bajo, podría meter las piernas debajo.
Al día siguiente, el maestro Yu vino a recoger sus herramientas y Xiaoman le pidió que examinara también aquel trabajo. Él preguntó qué usarían de tablero. Gao Man sacó la tapa de un baúl viejo que ya no usaban y se la ofreció. Acortar las patas y poner un travesaño se pagaría aparte, sin mezclarlo con las veinte monedas por revisar el escenario. Xiaoman contó las monedas con cierta lentitud. El maestro no la apremió. Solo le pidió al niño que se apartara y que no tomara aquello de rehacer la mesa por otro espectáculo al que se pudiera arrimar para jugar.
Al oír la sierra, Xiaoman se volvió a recoger la ropa, con la intención de no mirar. Dio dos pasos y volvió. El trozo cortado cayó sobre el polvo sin gran estrépito, igual que tantos pedazos de madera estropeada que solían desechar. Se agachó a recogerlo. Aún conservaba la muesca de antes, así que guardó aquel pedacito y dejó el resto al maestro para que lo usara de refuerzo. No hacía falta llevarse cada trozo de vuelta debajo de la cama.
A-Zhao ayudó a sostener el tablero con mano firme. Saber arreglar un poco la barca no la llevó a decirle al maestro cómo debía encajarlo. Al mirarla de perfil, Xiaoman pensó de pronto que, si no tuviera una barca para alquilar, probablemente estaría más apurada ahora que se había cancelado la función. Pero tener algo a lo que recurrir no le quitaba el derecho a tomarse en serio su trabajo. Cada cual tenía un respaldo distinto. Hasta en una misma habitación podían hacer lo que les correspondía sin tener que rebajar esos respaldos hasta dejarlos todos iguales.
En cuanto estuvo lista la mesa baja, Asheng volcó todos los papeles de su bolsa nueva de libros y rodó también una piedra plana. Xiaoman iba a preguntarle por qué volvía a guardar cosas a escondidas, pero vio que el carpintero la puso suavemente en una esquina de la mesa y que servía justo para sujetar el papel. Se calló. El niño, ufano al ver que no lo reñía, levantó el pie para darle una patada al soporte nuevo. Ella se lo paró en el acto. Dijo que podía sujetar el papel, que para probar la mesa no se usaban los pies y que, aunque la acabaran de dejar bien firme, tenía que cuidarla.
Al caer la tarde ensayaron para la función pequeña. Gao Shoucheng se quedó un rato mirando desde donde habían previsto representar la obra entera. Luego arrimó él mismo los dos tablones que hacían de barca. Lo hizo muy despacio, a regañadientes, y al acabar aún le preguntó a Xiaoman si podían cantar primero un acto sin que quedara demasiado pobre. Xiaoman tomó el libreto y contestó que dependía de cómo lo enlazaran. Si quitaban la mitad, había que cuidar cómo cantar la que quedaba. Gao Shoucheng no volvió a enfadarse. Llevó un taburete bajo al borde del escenario, se sentó y les dijo que lo hicieran una vez de principio a fin.
Con las tablas de la barca más juntas, Gu Ming dio el paso de siempre, pisó en falso con el pie de atrás y fue a sentarse en el borde. Lu Heniang iba a entrar cantando, pero, al verle aquella cara de haberse atragantado de verdad con el agua, se le escapó la risa y la nota se le quebró a medias. A un lado, Gao Shoucheng se dio una palmada en el muslo y les dijo que dejaran de reírse, aunque enseguida se rio él también. A Sheng se coló por la puerta para imitar la caída y su madre lo agarró por detrás del cuello de la ropa. Las risas arreciaron en el patio. Gu Ming siguió sentado, sujetándose el tobillo, y dijo que Liu Sheng aún no había aprobado los exámenes y ya le tocaba aprender a reconocer el suelo que pisaba. Xiaoman volvió a sentar al niño en el taburete y retomó ella misma la frase, con el aliento un poco más firme que antes.
En el cuarto ya no sonaba aquel golpe del soporte vacío contra la cama. Cuando A-Zhao se dio la vuelta por la noche, se despertó un instante de todos modos. Xiaoman la oyó, pero no preguntó nada. Bajó la vista hacia los papeles que A-Sheng todavía tenía extendidos. La vieja ranura seguía en el costado de la mesa baja, sin que el cepillo la hubiera borrado del todo. Al lado estaba el radical de bambú que había escrito el niño, aún torcido, aún para practicar mañana. Volvió a poner la piedra sobre el papel. No hizo promesas sobre cómo daría de comer a toda la compañía al día siguiente, pues ni ella sabía cómo cumplirlas. Solo dejó el montón de esa noche en un lugar donde no cogiera humedad.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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