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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

El viento pasa tras la cortina

Ku Wuji · Creación con IA · 11023 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Cuando llegó el paquete de los Qin, Xiaoman estaba cantando. Azhao lo recogió por ella. Vio que iba bien envuelto y lo dejó a la cabecera de la cama, sin saber si traía comida u otro par de zapatos. Solo al abrirlo al anochecer, cuando asomaron juntos la tela azul y el borde rojo oscuro, reconoció la cortina vieja de la trastienda de Liuwan. Estaba lavada y seca, aunque en los bordes todavía se notaban los años de los remiendos.

La nota que había metido la abuela Qin era muy breve. Decía que en la tienda había más tela y que, como aquella siempre había sido suya, podía usarla si quería, sin tenerla siempre colgada donde pudiera verla. En la nota no le pedía que volviera, pero lo que le había enviado ocupaba más sitio en el cuarto que una frase. Xiaoman se quedó sentada, palpando la tela un rato, mucho menos resuelta que la última vez, cuando solo había tomado un trocito del borde. Era como si, ahora que su madre le había entregado de verdad la cortina entera, ya no supiera por dónde cortarla sin volver a asestarle un tajo al pasado.

A-Sheng quiso usar primero la tela para cubrir la cama y que su perro de barro viviera detrás de la cortina. Xiaoman no lo dejó. Por vieja que fuera la tela, no era para echarla al suelo y pisarla con los zapatos. El niño preguntó si no había dicho que le haría una bolsa para los libros. Ella se acordó entonces de que sí lo había dicho y preguntó a A-Zhao qué cara convenía dejar por dentro si transformaban la tela. A-Zhao palpó una parte adelgazada de tanto lavarla y respondió que había que esquivarla y reforzar aparte los puntos de mayor tensión, porque, si no, se rasgaría antes de llevar dentro siquiera unos cuantos papeles.

Al oír la palabra «rasgar», a Xiaoman le cambió un poco la cara. Dijo que A-Zhao no tenía por qué intentar ahorrarle dinero en cuanto viera una tela vieja. A-Zhao iba a explicarle que estaba diciendo cómo usarla, no que hubiera que desecharla, cuando Xiaoman añadió que su madre siempre alababa sus puntadas y ahora aquel retal resultaba tan difícil de trabajar. El comentario era injusto. A-Zhao comprendió al instante que la pulla no iba solo contra ella, pero le dolió de todos modos y dejó caer el alfiletero sobre la mesa con un golpe seco.

«Si solo quieres que te diga que sí, también puedo hacerlo», respondió.

El cuarto quedó en silencio de golpe. A-Sheng se acurrucó a los pies de la cama abrazado a su perro de barro. Las dos mujeres lo miraron a la vez y ninguna se apresuró a seguir hablando. Xiaoman dobló la cortina y dijo que ya lo haría ella. A-Zhao salió con la cesta vacía. Pensaba comprar un retal para probar el forro, pero al llegar a la boca del callejón se dio cuenta de que ni siquiera llevaba el papel con la medida que necesitaba. Se quedó en mitad del camino, cada vez más convencida de que había salido solo para que los de dentro supieran que estaba enfadada.

Se dirigió primero a la tienda de telas antes de volver. El dueño le sacó varios trozos de cáñamo viejo de distintos colores y le dijo que eligiera. Azhao preguntó si podía comprar solo un tramo pequeño y pagar por ese tramo. El hombre dijo que sí, con tal de que al terminar no le dejara un montón de tiras estrechas que no pudiera vender. Se agachó a medir con cuidado y encontró una tela suave que no se deshacía. La compró para hacer una muestra y dejó intacta la tela de la compañía que guardaba Gao Man. Tampoco volvió a servirse de la ropa vieja de los Qin para demostrar lo que sabía.

A la vuelta hacía viento y una punta de la tela se le salió de la cesta. Al sujetarla, recordó de pronto que también su madre había cortado demasiado corta una prenda. Llevaba ya muchos años cosiendo. Un día llegó un cliente a meterle prisa y Shen Yun confundió las medidas de dos niños. Solo se dio cuenta cuando ya había cortado las mangas. Azhao tenía dieciséis años y ya sabía decirle que tendría que haber separado antes los papeles. A su madre le irritó que se lo dijera allí plantada. Se dio la vuelta, descosió por su cuenta una tela vieja para hacer un añadido y se pasó medio día sin pedirle que la ayudara.

Después casi nunca había vuelto a pensar en aquel episodio. En su memoria, las puntadas que le había enseñado su madre eran siempre firmes, como si, por haber muerto ella, cada puntada que dejaba tuviera más razón que las de los vivos. Pero aquel día su madre se había equivocado al cortar y tampoco había querido reconocérselo enseguida a su hija. Eso no borraba nada de lo que le había enseñado. También quien enseña a coser puede impacientarse y querer conservar ante sus hijos esa pequeña fama de saber hacer las cosas.

A-Zhao aflojó un poco el paso. No volvió al cuarto a aconsejar a Xiaoman con aquella historia. Xiaoman tenía entre las manos su propia prenda vieja y quizá no necesitaba que le dijeran que todas las madres eran así. A-Zhao guardó en su baúl las muestras recién compradas y se puso primero a terminar el trabajo que tenía pendiente. Xiaoman tampoco le preguntó adónde había ido. Extendió la cortina, bajó la cabeza para medirla con el montón de papeles de A-Sheng y, por fin, entre sus manos empezó a tomar forma una bolsa concreta.

Cuando hubo cortado la mitad del paño, se detuvo y dobló la otra mitad. Dijo que con eso bastaba y que dejaría el resto a su madre para cortar el viento. En la tienda también podían servir las cosas que no eran de su hija. A-Zhao oyó que esta vez no lo devolvía por despecho y buscó papel seco para envolverlo, sin añadir por ella que ya la había perdonado. Xiaoman escribió unas líneas breves y encargó que las llevara de vuelta una barca de pasajeros que fuera a Liuwan. Puso la fecha junto a las medidas de lo que había cortado. Sobre lo escrito quedó una motita de engrudo seco que se había pegado al cortar.

Aquella tarde, A-Zhao cobró lo poco que había ganado cosiendo en abril. No recuperó lo de la túnica nueva entera, pero sí le contaron la tela que había podido rescatar al descoserla, los remiendos y las cintas. Gao Man separó lo que había quedado hecho de lo que no. Dijo que los nuevos encargos se contarían aparte, que por una prenda fallida no se borraría todo lo anterior, pero que tampoco se daría por entregada una labor solo por lo mucho que hubiera costado. A-Zhao escuchó y asintió. La sarta que tenía en la mano no era gran cosa, pero el alquiler de la barca ya no era lo único que le permitía seguir viviendo allí.

Apartó primero el alquiler de la habitación de mayo y reservó otra parte para reparar la barca. Quedaba poco, aunque todavía le alcanzaba para comprar la muestra que acababa de ver. No atribuyó aquel pequeño margen enteramente a su habilidad con la aguja. Sin la barca que le había dejado su padre, con aquellas doce monedas del principio no habría podido quedarse tanto tiempo. Cuando Ye Zhen vino a recoger la ropa para lavar, se ocupó de preguntarle cuánto habría que pagarle la próxima vez por lavar unos retales viejos a modo de prueba. Ya no dio por sentado que, por estar ella aprendiendo, los demás tuvieran que poner también su trabajo al servicio de sus pruebas.

Gu Ming vio la tela nueva y preguntó si por fin iba a hacerle otra prenda a Liu Sheng. A Zhao respondió que primero haría una pieza de forro, que no se apresurara a anunciarlo por todo el patio. Él seguía haciéndole latir el corazón y ella aún quería que vistiera ropa bonita hecha por sus manos, pero ya no deseaba acaparar tela en cuanto él mencionaba algo nuevo. Gu Ming aceptó sonriendo y volvió a extender la mano hacia la bolsa que Xiaoman tenía a medio hacer, preguntando si, atada a la cintura, no tendría también mucho aire de río.

Asheng irrumpió por la puerta, recuperó la bolsa de un tirón y anunció que era suya, que dentro irían caracteres y ningún letrado. Gu Ming dio adrede un paso atrás y dijo que, por lo visto, la gente valía menos que los caracteres. Azhao no pudo evitar reírse y Xiaoman también sonrió un poco. La tensión que aún quedaba en el cuarto encontró al fin una rendija por la que salir sin que nadie tuviera que forzarla. El niño, en cambio, temía de veras que le quitaran la bolsa. Se la llevó a la cama y la tapó con una punta de la colcha. Nadie podía mirarla antes que él.

Por la noche, Gu Ming vino a buscar las cintas del último acto y Gao Man le preguntó de paso si habían contestado de Xuncheng. Él dijo que antes del otoño la compañía Changqing vendría a instalarse en el Teatro Qingxing de Lanting. El encargado le había dicho que preparara primero un número que dominara y que ya lo verían entonces. La mano de Azhao se detuvo sobre el hilo. Así que no había añadido la espada ni ensayado aquellos movimientos todos esos días solo para que los del patio se rieran un poco con él. Se estaba buscando un escenario más grande, mientras ella había imaginado los trajes nuevos de la fiesta de otoño como si todos fueran a seguir allí.

Ella preguntó quién cantaría el papel de Liu Sheng, con una voz más serena de lo que se sentía. Gu Ming dijo que aún no estaba decidido, que él solo intentaba conseguir un lugar donde pudieran verlo, no que fuera a marcharse mañana. No parecía culpable al decirlo; incluso estaba algo entusiasmado y marcó con la espada de madera un giro de pies para la nueva obra. Azhao sabía que él no le debía quedarse, pero aun así recordó aquella noche en que se había rasgado la túnica azul verdosa y sintió que aquel poco de trabajo que apenas empezaba a tener entre las manos ya se alejaba con él.

Mientras recogía las cintas, Gao Man le preguntó si quería volver a anotar lo que haría falta para el traje de Gu Ming en la función siguiente. Solo entonces A-Zhao volvió en sí y dijo que de momento hicieran lo que tenían delante. Si de veras cambiaban de actor, habría que tomarle las medidas al nuevo. Lo que de verdad quería preguntarle era si, al irse, se olvidaría de todo aquello. Al final, solo preguntó por las medidas del traje. Gu Ming contestó que claro, que sus hombros no eran iguales a los de otro. Dicho eso, se fue con la cinta, y los golpes de espada en el patio sonaron más deprisa que antes.

Por la noche, Xiaoman le enseñó a A-Zhao el punto del fondo de la bolsa que más peso soportaba y le preguntó si bastaba con reforzarlo con una capa más. La pregunta le salió algo cohibida. A-Zhao respondió que dependía de lo que llevara dentro, que si la llenaba de piedras no bastaría. Xiaoman se volvió hacia su hijo y A-Sheng se apresuró a decir que no, con una rapidez sospechosa. A-Zhao tomó un papel para comprobar la medida y le señaló la esquina que había que coser. Solo explicó por dónde dar las puntadas, sin volver sobre lo que ya le había dicho.

Sacó también la muestra y le pidió a Xiaoman que la ayudara a ponérsela sobre el hombro para luego desatar ella misma la cinta. Xiaoman miró la dirección de dos tramos y le dijo que no los cerrara del todo todavía, que Lu Heniang se la probara a la mañana siguiente. Cada una siguió con lo suyo y, de cuando en cuando, le sostuvo a la otra una parte de la tela. No hablaron de cuánto había cedido cada cual. Que ya hubiera pasado lo de aquella tarde tampoco significaba que en adelante fueran a hablarse siempre con suavidad. Si A-Zhao cortaba el hilo donde no debía, Xiaoman todavía frunciría el ceño y ella se disgustaría igual.

Escribió la respuesta a Ding Quan dos días después. Aún no vencía el alquiler del quinto mes y A Zhao respondió primero a lo de la madera. Les dijo que no hacía falta empeñarse en que los pasajeros solo reconocieran el nombre de la familia He. Llegó a escribir «Ding Quan lleva la barca en nombre de la señorita He», lo tachó y lo cambió por «Ding Quan lleva la barca». Así quedó un poco más corto. Ella aún no había visto el nuevo embarcadero y al tomar el pincel seguía sintiendo un poco de inquietud, pero no hacía falta presentar a nadie con el nombre de su padre en cada travesía.

No escribió nada de la placa de madera nueva. Por eso, si más adelante llegaba a ver una placa de más, aún podía disgustarse. Por ahora solo había puesto por escrito aquello que estaba dispuesta a probar, sin creer que unas palabras bastaran para que su ánimo no volviera a retroceder ni un paso. Metió el papel entre las tiras de bambú. Iría por el mismo camino que la mitad de la cortina vieja que devolvían, pero como los destinatarios eran distintos, cada cosa tenía que ir en su paquete. Ella misma se cuidó de separarlos antes de entregárselos a una barca conocida que pasaba.

Unos días después, la señora Qin solo mandó decir que había recibido la tela y que la guardaría para hacer una cortina para la puerta de atrás. No preguntó por qué no se habían quedado con toda, ni le puso a aquella mitad un nuevo nombre que hablara de esperar el regreso de su hija. La bolsa nueva de Asheng ya estaba acabada. Ni su madre ni Azhao comprobaron qué fue lo primero que metió en ella. El niño aprovechó que nadie miraba para meter una piedra plana, que según dijo serviría de pisapapeles para que el viento no se llevara las hojas. El fondo de la bolsa cobró peso enseguida. Xiaoman lo vio desde lejos y le gritó que sacara la piedra. Él apretó la bolsa contra el pecho y echó a correr.

Azhao corrió tras él dos pasos y enseguida le dio tanta risa que ya no pudo correr. El viento levantó la cortina lisa de siempre junto a la ventana. La mitad de la vieja tela azul que había estado sobre la mesa era ya una bolsa que le golpeaba al niño la pierna a cada paso. Azhao volvió a la mesa, extendió otra vez su muestra y sujetó un hilo con el dedo. Dejó que pasara el viento sin apresurarse a cerrar a puntadas todo lo que seguía suelto.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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