Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
La placa de cobre y la barca vacía
Ku Wuji · Creación con IA · 11120 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El día siete del segundo mes, apenas amaneció, Ding Quan llegó con el cepillo de carpintero. A-Zhao había secado la tabla húmeda de la popa la noche anterior. Por la mañana, un hilo de agua volvía a atravesar en diagonal el viejo remiendo, que tenía el tamaño de una palma. Ding Quan dejó el cepillo, bajó primero al interior de la barca, presionó con el pie a cada lado y le pidió que mirara si la junta se abría al hacerlo.
Azhao no quería que nadie supiera que la noche anterior había vuelto a palpar el tablón y se apresuró un poco al responder: «Solo es este poquito».
Ding Quan tampoco la puso en evidencia. Solo dijo que aquello era lo que se veía en ese momento y que, para saber cómo estaba la madera por debajo, habría que quitar la capa de masilla vieja. Azhao fue a buscar la espátula de hierro, pero él le dijo que terminara antes los cruces de la mañana. La barca podía seguir a flote durante el día. Por mirar aquella pizca de agua, no iba a dejar plantados también a los pasajeros. Dicho esto, se sentó bajo el sauce con el remo de espadilla en brazos y se puso una viruta rizada bajo la nariz, como si hubiera venido solo por su remo nuevo.
En el primer cruce solo iban dos personas. Tao Laoliu, el vendedor de verduras, dejó como siempre la carga en la proa y se sentó en el centro de la barca, dispuesto a correrse un poco para hacer sitio a la mujer que venía detrás. Antes A-Zhao nunca le había dado importancia al gesto. Hoy vio enseguida que la carga pisaba la amarra y le pidió que la echara un pie hacia atrás. Tao Laoliu se rio y dijo que desde que era dueña de la barca mandaba cada vez más, que su padre nunca le había preguntado siquiera dónde ponía los cestos de verduras.
«Porque se acordaba de que tú mismo lo ibas a apartar», dijo A-Zhao.
Tao el Sexto bajó la vista y se apresuró a apartar la carga. Del fondo de los cestos se le cayó un ajo tierno. La mujer lo recogió y, una vez en la mano, le dio pena devolverlo a la cesta embarrada. Al llegar al centro del río aún discutían si aquel ajo contaba como regalo. A-Zhao los escuchaba mientras remaba y de pronto recordó que, cuando vivía su padre, aquellas pequeñas cosas también lo hacían reír. Que hubiera menos voces en la barca no significaba que todos los que subían a ella se hubieran convertido en recuerdos.
Al cobrar en la orilla, Tao Laoliu se rebuscó un buen rato en la manga y dijo que se había olvidado de la sarta de monedas, que pagaría todo a la vuelta. A-Zhao retiró la mano e iba a anotarlo cuando la mujer de detrás ya había extendido en la palma también los cinco wen de él. Dijo que, cuando le compraba verdura, también se quedaba siempre debiéndole un par de monedas, y que ese día les venía bien cambiar de deudor. Tao Laoliu se rio de lo minuciosa que era con las cuentas. Ella replicó que, si no las llevara así, cómo iba a saber cuándo se le olvidaban aquellos dos wen. A-Zhao guardó las monedas en el tubo de bambú y no se puso a explicar una vez más las antiguas reglas de su padre.
Al volver a la orilla occidental, vio a siete u ocho personas apiñadas en la rampa y por poco creyó que aquel día tendría más pasajeros. Al acercarse supo que eran los vendedores de pasteles del puente nuevo, que usaban aquel espacio para apoyar sus cestos mientras esperaban que un carro de paso se los llevara. Al ver la barca vacía, varios comentaron con cariño que la señorita He seguía haciendo la travesía, pero nadie subió. Azhao pasó junto a ellos y olió los pasteles calientes de arroz. De pronto le entraron ganas de comprar dos. Metió la mano en el tubo de las monedas y volvió a sacarla.
Al verla con las manos vacías, Ding Quan le preguntó si no había ido a hacer el cruce. Azhao creyó que también él iba a comentar que no había habido pasajeros y le puso el tubo de bambú sobre la cubierta para que lo viera. Él ni miró el dinero. Le tendió media torta y dijo que Tao Laoliu había comprado de más y las había dejado bajo el árbol para recogerlas a la vuelta, así que él le había hecho el favor de comerse una. Azhao dio un mordisco y solo entonces recordó que Tao Laoliu acababa de decir que no llevaba dinero. Alzó de golpe la vista hacia él. A Ding Quan le temblaban los hombros de risa. Le dijo que no se apresurara a desenmascararlo, que eso de haber cambiado las virutas de cepillar el remo por una torta era un chiste que le había contado al vendedor. La torta sí la había pagado.
Cuando acabó de contar la broma, levantó aquella capa de masilla vieja. Debajo, el tablón era más grueso de lo que Azhao había imaginado. Lo que de verdad se había reblandecido era un tramo pequeño junto a la junta. Ding Quan dijo que, si cambiaban la tabla exterior, aún podrían usar la barca. De momento sellaría la junta y, cuando encontraran un lugar seguro, decidirían sobre la reparación grande. Al oír que aún podía usarse, a Azhao le salió preguntar si tendrían que gastar otra vez una suma considerable. Ya no se atrevía a respirar tranquila por la barca, como si, en cuanto se permitiera hacerlo, el dinero tuviera que salirle de las manos.
«Mientras la barca siga en tus manos, siempre tendrás ese gasto», dijo Ding Quan. Señaló su remo nuevo. «Este también se estropeará, por muy bien cepillado que esté».
A Zhao se agachó a su lado, recogió en un plato viejo las raspaduras húmedas y le preguntó qué haría él si estuviera en su lugar. Ding Quan no respondió enseguida. Dio un par de pasadas al filo del cepillo y luego dijo que no tenía una barca tan grande, pero sí bocas que alimentar, de mayores y de niños. Si tuviera una, lo primero sería hacer que ganara lo que costaba repararla, aunque para eso tuviera que recoger y dejar pasajeros en otros sitios además de los escalones de piedra de siempre. Ahí se detuvo para ver si A Zhao iba a llevarle la contraria. Ella ladeó la cabeza y solo preguntó de dónde saldrían los pasajeros en el otro sitio.
Ding Quan dijo que a los leñadores del embarcadero oeste y a quienes iban al mercado temprano de Tongwei les ahorraría dos tramos a pie con solo cambiar el sitio de atraque. Pero tendría que probarlo él mismo. Decirlo no bastaba para que aparecieran los pasajeros. Luo Yan trabajaba el bambú, y de tanto ir y venir llevándole material, él conocía a varias familias dispuestas a tomar la barca. No pintó aquel tramo de agua como una vía de oro que recobraría su esplendor. Hasta dijo que, cuando hacía buen día, la gente seguía prefiriendo el puente. Pisaban firme y no tenían que esperar a que alguien los llevara.
A-Zhao se quedó pensando un rato y de pronto preguntó: «¿Quieres alquilarla?».
La cepilladora se detuvo en manos de Ding Quan. En vez de decir enseguida que sí, le pidió que pensara primero cuánto tiempo quería conservar la barca. Si dentro de tres días aparecía otro buen comprador, quedarían los dos en un aprieto. A la punta de su remo aún le faltaba una pieza de madera que encajara, y no había venido para quedarse de brazos cruzados esperando a que ella se decidiera. A-Zhao sintió que se le calentaba la cara. Su pregunta había sonado como si pudiera poner a cualquiera en el lugar de su padre y, una vez resuelto eso, irse tranquila a la ciudad.
Cerca del mediodía vio que le faltaba un manojo de cáñamo para reparar la junta y fue a buscarlo al cuarto de atrás. En el estante más alto del viejo armario de su padre estaban los pequeños útiles de barquero. En el de abajo, la ropa estaba doblada con más orden que la suya. Tras la muerte de su madre, su padre no le dejaba revolver allí y decía que él sabía dónde estaba cada cosa. Ahora el armario estaba abierto y nadie le impedía buscar, pero tardó mucho en encontrar un manojo de cáñamo. Por fin lo palpó debajo de un paquete de medicinas. En el papel del envoltorio aún quedaban dos caracteres que ella había escrito deprisa aquel invierno.
Sacó el cáñamo y bajó también el libro de cuentas. Entre la botica, la tienda de aceite y la maderería quedaban pendientes ciento ochenta wen. Cuando su padre estaba enfermo le temblaban los dedos y ella había anotado dos de aquellas partidas por él. Había pensado saldarlas juntas al vender la barca. Ahora seguía sin venderla y las cuentas seguían allí. Cada vez que abría el armario era como si alguien hubiera vuelto a pasar por allí. Contó las monedas que correspondían a cada deuda y las ensartó en tres hileras pequeñas, acortando un tramo la sarta original.
El boticario la reconoció, recogió las monedas y enseguida le preguntó si quería llevarse la manta vieja de aquella noche de frío. A-Zhao no recordaba haber dejado nada allí. Le costó un rato caer en que, cuando su padre fue a buscar las medicinas, había pedido prestada la tela gruesa con que envolvían los tarros para que no se le enfriara la vasija del remedio. Cuando el boticario la sacó, en una esquina se habían soltado los hilos y el resto había blanqueado de tanto lavarla. A-Zhao la miró y de pronto se rio. Dijo que era de ellos, que cómo iba a llevársela a casa.
Solo entonces el boticario se dio una palmada en la frente. También él se había confundido. Dijo que aquel invierno, en cuanto se le mezclaban los días, ya no recordaba quién le había prestado qué a quién. Siempre había creído que el padre de A-Zhao había traído la manta de casa aquel día. Ella se la dobló, sin aprovechar la confusión para preguntarle qué había dicho entonces su padre. Empujó su pequeña sarta de monedas al interior del mostrador y vio cómo el boticario tachaba su nombre. Se le abrió un hueco por dentro, y había algo más que tristeza en él.
Cuando terminó de visitar las otras dos tiendas, ya asomaba una franja de sol por la tarde. A-Zhao no fue a la puerta de la ciudad ni preguntó por los carros hacia Ruancheng; solo compró material de cáñamo para reparar las juntas. Ding Quan ya había colocado el hilo para ajustar el remo y, al verla regresar, le hizo señas para que sostuviera un extremo. Ella lo sujetó como él indicaba y los dos examinaron la unión de la pala. Ding Quan dijo que al día siguiente aún tendría que secarse, que aquel día no podían probarlo en el agua. A-Zhao recordó su propia falda: por muy bonitas que quedaran las últimas puntadas, también había que ponérsela y agacharse una vez. Se le movieron sin querer las comisuras de los labios.
El último cruce, ya al anochecer, fue para un anciano que abrazaba una jaula con una gallina. Como el animal no se aquietaba, él le daba golpecitos en la cabeza con un dedo entre las tiras de bambú, y cuanto más lo tocaba, más chillaba. Azhao le dijo que parara y bajó el trapo viejo que cubría la jaula. Poco a poco, la gallina dejó de aletear. El anciano dijo que He Huaizhou también la tapaba así y la elogió por parecerse a su padre. Al oírlo, ella no supo si alegrarse. Se volvió a comprobar si la pasarela estaba bien asentada en la orilla.
Por la noche, al hacer las cuentas, apartó primero lo que había cobrado en suelto ese día y volvió al libro antiguo. Las tres partidas que sumaban ciento ochenta monedas estaban saldadas. Los círculos que había trazado el dueño de la botica eran distintos de los de su padre, redondos con una precisión un poco excesiva. Pasó a la última página pensando que quedaría algún pico por la madera, pero solo encontró una línea. Los trazos eran más sueltos que los anteriores y en la tinta se mezclaba un poco de gris claro.
Un farol prestado, aún por devolver.
Acercó la hoja a la lámpara y volvió a leerla. La letra era de su padre y lo que ponía era efectivamente 灯, «farol», no «bote» ni «aceite para lámparas». Debajo no había ningún nombre y al lado no figuraba cantidad alguna de monedas. Pasó las páginas de antes y de después y hasta palpó el borde del papel para ver si había otra nota metida entre ellas. A su padre le gustaba explicar hasta cómo anotar un viaje de ida y vuelta con una jaula de gallinas. Aquí, sin embargo, solo había dejado aquel renglón, como si la otra mitad nunca hubiera hecho falta escribirla para que alguien la leyera.
La lamparilla de barro de la casa estaba al alcance de su mano y el farol de la proa seguía bien colgado. Lo había limpiado por la mañana. Repasó uno por uno todos los faroles que podía contar en casa y no se le ocurrió que faltara ninguno. Si su padre había tomado prestado el de otra persona, a ella le tocaba devolverlo, pero él había escrito claramente que lo había prestado. Dio unos golpecitos con el nudillo en la página de cuentas. Recordó aquel retal viejo que había confundido en la botica y comprendió de pronto que la falta de un nombre no hacía que cualquier asunto pesara tan poco como para dejarlo correr.
Fuera de la ventana, Ding Quan estaba recogiendo el remo nuevo y la madera dio un golpe contra el suelo. Azhao lo llamó para preguntarle si su padre tenía otro farol de bambú de pantalla alta. Ding Quan se quedó pensando un momento. Dijo que le sonaba que los de la tienda de faroles se llevaban uno cada primavera, aunque él no se fijaba mucho en qué año se lo habían llevado ni en cuál lo habían devuelto. Al mencionar la tienda, Azhao vio por fin en su memoria las tiras de bambú del mostrador y a una anciana que, detrás de más de una decena de faroles, siempre sabía reconocer los pasos de su padre.
Cerró el libro de cuentas sin tachar aquel renglón. A la mañana siguiente iría primero a preguntar. La casa de los Qin quedaba mucho más cerca que Ruancheng, y no tenía que vender antes la barca ni prometerle nada a Ding Quan. Puso el cáñamo recién comprado en la parte seca del alféizar. La pequeña sarta de monedas sueltas que tenía en la mano se había enfriado. Solo cuando las fue devolviendo una a una al tubo, el embarcadero que aquel día se había quedado vacío pareció retirarse por fin al otro lado de la puerta.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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