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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Quién cierra la ventana de noche

Ku Wuji · Creación con IA · 10815 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Por la noche, la abuela Qin guardaba los faroles en la habitación de fuera cuando oyó a Asheng quejarse de dolor en el cuarto de atrás. Dejó enseguida el armazón de bambú que tenía en las manos y entró. Xiaoman estaba deshaciendo un nudo en el pelo del niño, sujetándole la cabeza con una mano y con el peine en la otra. Tenía el pelo mojado y varios mechones muy enredados. Cuanto más se quejaba, más se movía. La abuela Qin acercó un banquito de madera, le dijo a su nieto que se sentara quieto y se ofreció a hacerlo ella.

Xiaoman no le pasó el peine. Dijo que cada vez que se movía le daba un tirón y que esperara un poco. La mano que la señora Qin había extendido se quedó en el aire. De pronto se irritó un poco. Al fin y al cabo, ella también había criado a una hija, como para que ni siquiera supiera peinar a un niño. Pero al bajar la vista vio que Asheng se aferraba a la ropa de su madre y que ya había retorcido la tela entre los dedos hasta hacer un ovillo. Acabó sujetando con el pie una pata del taburete para que Xiaoman tuviera las dos manos libres.

En cuanto acabaron de desenredarle el pelo, A-Sheng ladeó la cabeza, vencido por el sueño. Durante el día se había aguantado sin dormir en la barca y después había hablado mucho en aquel sitio nuevo. Por fin el cansancio le alcanzaba el cuerpo. La abuela Qin quiso darle un trocito de torta antes de acostarlo, pero Xiaoman dijo que ya había cenado bastante y que, si tenía sueño, no le diera más de comer. La anciana vio que al niño aún le quedaba un grano de arroz junto a la boca y pensó que un trocito de torta tampoco era gran cosa. Al final se limitó a quitarle el grano con cuidado con un paño húmedo.

La cama era la que había usado Xiaoman. Le habían añadido al lado un tablón estrecho para que madre e hijo pudieran dormir sin apretarse. La abuela Qin lo había probado varias veces y había escogido tacos de madera de la misma altura para calzarlo. Aun así, al ver que su hija cargaba el peso encima, no pudo evitar preguntarle si estaba firme. Xiaoman lo probó sentada y dijo que sí. Aquella sola palabra le resultó más tangible que todo un relato de lo que pasaba fuera, como el que había oído de día. Se apresuró a llevarse su propia ropa de cama a la habitación de delante.

Xiaoman la llamó para decirle que no hacía falta que le cediera todo el cuarto de dentro. La abuela Qin respondió que fuera también se podía dormir y que, como siempre madrugaba, así no despertaría a nadie. La verdad era que jamás había tendido un jergón junto al armario. Del suelo subía frío y a medianoche costaba hasta darse la vuelta. Se cuidó de que su hija no se diera cuenta y sacudió primero la manta, como si aquel fuera su sitio de siempre. Xiaoman se levantó enseguida y la ayudó a llevar la tabla a un rincón apartado de la puerta.

Cada una a un lado de la tabla, hicieron fuerza por primera vez con la naturalidad de dos personas ocupadas en una tarea corriente. Pero justo al final, cuando la abuela Qin quiso que su hija levantara más las manos, Xiaoman giró primero hacia su lado y una esquina de la tabla golpeó el armario. Las dos se detuvieron a la vez. La abuela Qin dijo que ya de pequeña le decía que esperara a oír la indicación antes de moverse, y a Xiaoman se le cerró la cara de golpe. La anciana supo que había metido la pata y quiso añadir que la tabla no se había estropeado, pero ya no era un momento que pudiera recomponerse añadiendo la frase adecuada.

Una vez colocada la cama, su hija se quedó bajo la cortina de la puerta. A la señora Qin le pareció que quizá aún quisiera hablar, así que le preguntó de dónde era el padre de Asheng y si todavía le quedaba familia. Xiaoman dijo que era de la zona de Danxi, que tenía un hermano mayor y que en las fiestas llevaba al niño a saludarlo. Le preguntó si el hermano se ocupaba de ellos. Xiaoman dijo que cada familia tenía su propia vida y que con poder saludarse ya estaba muy bien. A oídos de la señora Qin, aquella respuesta cerraba de golpe una puerta por la que aún se podía empezar a hablar.

«Si hubiera sabido entonces lo difícil que era para ti cuidar de un enfermo, aquí yo todavía habría podido…». No había terminado cuando Xiaoman volvió la vista hacia ella.

«¿Cómo sabes que lo único que le faltaba era un poco de dinero?»

La abuela Qin se quedó desconcertada y dijo que no quería decir eso. Al oír que su hija había perdido a su marido, se había acordado de cuando el suyo estaba enfermo. Temía abrir la puerta y encontrarse con alguien que venía a cobrarle las medicinas, y pensó que quizá su hija hubiera pasado por lo mismo. Pero lo que le salió fue que, con solo haber vuelto antes, se habría ahorrado aquel sufrimiento. Xiaoman se enrolló en el dedo un hilo suelto del borde de la cortina y le preguntó, sin alzar la voz, si ella también creía que llevaba aquella vida por haber tomado el camino equivocado.

La abuela Qin dijo que no. Le salió tan deprisa aquel no que ni ella misma se lo creyó del todo. Por supuesto que no quería que su hija sufriera. Pero desde que supo que Xiaoman había formado una familia, que tenía un hijo y que su marido había muerto, llevaba dentro una idea que se negaba a mirar de frente: si entonces le hubiera hecho caso, por lo menos no habría tenido que pasar penurias en una barca de teatro. Ahora, cuando su hija se lo preguntó de golpe, entendió que aquella idea no había ardido con el papel rojo.

Quiso hablar también de sus propias dificultades, de cómo sostenía sola la tienda por las noches, de los tres años que tardó en devolver los regalos de compromiso, de las habladurías. Pero en cuanto empezara a enumerarlas, su hija tendría que oírlas hasta el final y acabar diciendo que su madre tampoco lo había tenido fácil. Vio que Xiaoman ya se había enroscado con fuerza el borde de la cortina en la mano. De pronto recordó que, al final de la discusión de entonces, había hecho el mismo gesto. Su hija no sabía dónde poner las manos y acabó abriendo la puerta de un empujón.

«¿Por qué no quisiste esperar unos días entonces?», preguntó la abuela Qin.

Xiaoman la miró y, al cabo de un rato, dijo que sí había esperado. Había esperado hasta enterarse por los vecinos incluso del día en que debía conocer a aquel hombre. Su madre siempre decía que volverían a hablarlo, pero, si una conversación no llegaba a nada, para la siguiente ya habían entrado regalos nuevos en casa. No quería hablar de si alguien debía decidir primero cómo sería su vida. Al final, a la hija solo le quedó una cosa que podía hacer por sí misma: cruzar la puerta y marcharse.

Al oírla, la abuela Qin replicó para sus adentros que cuándo se había negado ella a escuchar, que solo le resultaba imposible quedarse mirando mientras su hija tomaba un rumbo tan inseguro. Abrió la boca y vio la prenda gris de Xiaoman, ablandada de tanto lavarla. Solo entonces pensó que su hija llevaba dieciséis años por aquel camino, lo considerara seguro ella hoy o no. Ya no podía responderle a aquella mujer, que había criado a un hijo y despedido a su marido al morir, como si siguiera siendo la muchacha que aún no había entrado en la casa de su esposo.

Ella bajó la cabeza y dijo que entonces tenía miedo. Xiaoman dijo que ella también lo tenía, sin añadir «ya lo sé». Se quedaron así, como si cada una sostuviera un extremo de una puerta de tablas y, si cualquiera se movía un poco más, pudiera pillarle los dedos a la otra. Fuera, el viento agitaba el papel del farol con un rumor fino y continuo. A Sheng se dio la vuelta en la cama y Xiaoman ladeó enseguida la cabeza para escuchar. Solo cuando volvió el silencio miró otra vez a su madre.

La abuela Qin no volvió a preguntar por qué no había encargado los dos mensajes a más gente ni por qué, estando tan cerca, no había venido en dieciséis años. Sabía que ella tampoco había ido a buscarla. Pero decirle a estas alturas «entonces no debí concertarte el matrimonio» era algo que aún se le atragantaba, como si con ello negara haberse valido de todos los medios a su alcance para encontrarle una salida a aquella familia. Vio que su hija también parecía estar esperando y al final apartó la mirada.

Xiaoman dijo que saldría temprano el día catorce: si el instrumento estaba reparado, lo recogería; si no, tendría que regresar igualmente a la compañía. Aunque la abuela Qin sabía que Azhao ya se lo había dicho, preguntó si no podía quedarse dos días más. Lo preguntó muy suavemente, casi queriendo fingir que era un comentario casual, pero el rostro de Xiaoman volvió a tensarse. Su hija respondió que no podía abandonar el trabajo sin más: los demás necesitaban vestirse y ella también necesitaba cobrar. La abuela Qin asintió, pero clavó una uña en los hilos de la manga.

Quiso decirle que allí también había trabajo, que en primavera la tienda se llenaba todos los años y siempre hacía falta alguien para atender a los clientes. Estuvo a punto de decirlo, pero la frenó aquella pregunta de por la mañana sobre si aún cantaba. Si ella podía arreglarlo todo, ¿para qué iba su hija a montarse una vida por su cuenta que durara más de dos días? Al final, solo le dijo que al día siguiente fuera temprano a ver al maestro Mo. Por la tarde él tenía que ir a un embarcadero río arriba a ver un instrumento y así no haría el viaje en balde.

Los hombros de Xiaoman parecieron relajarse un poco y respondió que entendido. Volvió junto a la cama para arropar a su hijo. La abuela Qin la siguió y dobló a los pies de la cama la esquina de tela que sobraba. Xiaoman lo vio y le dijo que no la metiera toda, porque él movía las piernas por la noche. La abuela Qin casi volvió a decir cuántas veces lo había arropado ella, pero su mano se aflojó primero y dejó aquella esquina libre. En efecto, el niño dio una patada. La manta no cayó; solo asomaron las puntas de sus pies.

La ventana seguía abierta. La abuela Qin no la había cerrado al anochecer. Al otro lado del río ya brillaban algunas luces dispersas. De tanto mirar desde el mostrador, siempre le parecía que, si cerraba, dejaría de oír hasta el último indicio de movimiento en la distancia. Xiaoman fue a cerrarla, pero se detuvo al tocar el gancho de madera y se volvió a preguntar si por allí todavía entraba aire. La abuela Qin recordó que la habían reparado dos veces en vida de su marido y respondió que, cuando soplaba fuerte el viento del norte, hacía ruido. Aquel día no soplaba mucho.

Su hija no siguió su mirada hacia el río. Dijo que A-Sheng dormía de aquel lado y podía coger frío con la corriente de la noche. La abuela Qin murmuró que sí, pero siguió de pie, como si aún no hubiera terminado de velar por alguien con la mirada. Fuera, alguien volvía tarde con una carga al hombro. La luz se balanceó un instante y desapareció junto a la pared. Solo entonces la abuela Qin alargó la mano, cerró despacio la ventana y encajó bien aquel gancho de madera que se resistía un poco.

Se desató una llave de la cintura y la dejó sobre la mesita junto a la cama. Dijo que la puerta trasera daba al pozo y que, si se levantaba de noche, usara aquella llave. Así no tendría que ir al cuarto de fuera a llamar a nadie. Xiaoman la miró y la dejó donde estaba, sin devolvérsela. La abuela Qin había querido decirle que la usara también si quería salir. Le pareció demasiado estudiado, como si estuviera esperando que su hija le asegurara que no volvería a marcharse. Se tragó el resto de la frase y solo le preguntó si quería más agua tibia.

Xiaoman respondió que aún quedaba agua y que podía servirse sola. La abuela Qin volvió al cuarto de fuera y solo al acostarse descubrió lo dura que era la tabla recién colocada. Por más que girara el hombro, no encontraba la hondonada de costumbre. Temía que el ruido al darse la vuelta delatara ante su hija lo incómoda que estaba por haberle cedido el cuarto, así que se quedó tiesa, escuchando. De pronto se oyeron pasos dentro. Xiaoman salió con una prenda echada por encima, miró debajo de su hombro y dijo que ella no solía dormir en aquella tabla. La abuela Qin iba a decir que sí, pero su hija ya le había puesto una chaqueta vieja doblada junto al codo para que se apoyara un poco al ponerse de lado. Por instinto temió estropearla y dijo que, si apretaba así la tela doblada, se arrugaría. Xiaoman respondió que de todos modos la lavaría al día siguiente. Ninguna volvió a dar las gracias ni a decir que no hacía falta. Xiaoman alisó el borde de la prenda y se marchó. La abuela Qin esperó a que cayera la cortina para volverse despacio hacia aquel lado. Debajo del codo se estaba, en efecto, más blando.

Al cabo de un rato, Xiaoman preguntó en voz baja desde el cuarto de dentro: «Mamá, ¿el humo estropea el papel del farol? Aparta un poco la lamparilla que tienes ahí».

Aquel «mamá» sonó tan llano que casi no estuvo segura de haberlo oído bien. Contestó que el humo no le haría daño al papel y que ya había apartado la lamparilla, pero aun así se levantó y desplazó la pequeña lámpara de barro otro palmo. Al volverse vio el viejo farol de bambú envuelto en el armario, sin un reflejo en el broche de cobre. Lo tocó y lo dejó donde estaba. La presencia de su hija en el cuarto no la apremió a sacarlo para demostrar que todos aquellos años de espera habían valido la pena. Fuera, el gancho de madera rozaba de vez en cuando el marco de la ventana. Lo escuchó un rato y al fin decidió no volver allí.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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