Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
Una cebolleta puertas adentro
Ku Wuji · Creación con IA · 10545 caracteres · Aproximadamente 11 minutos
Al entrar en la tienda de faroles, lo primero que vio Qin Xiaoman fue un mostrador vacío. Recordaba que antes siempre había papel apilado allí. Para dejar un libro, tenía que hacerle sitio apartando un palmo escaso de papel y su madre le decía que no lo arrugara. Ahora habían subido el papel al estante de arriba y en la esquina del mostrador había una grieta nueva. Aquella grieta se parecía a los años que había pasado fuera más que cualquiera de los faroles.
Su madre salió del cuarto de atrás con la tapa de la olla en la mano. Junto a la cara, varios mechones se le habían vuelto del todo blancos. Xiaoman había pensado que primero la miraría a los ojos. Cuando por fin la tuvo delante, solo pudo mirar la gota de agua que había en el borde de la tapa. La gota cayó en la punta del zapato de su madre. Ninguna habló primero. Al final, A-Sheng tiró de la manga de Xiaoman y preguntó si aquella era su abuela.
Acercó un poco al niño y dijo que era Lu Sheng, y que saludara a su abuela. Al niño el saludo le salió entrecortado y su madre respondió dos veces, como si la primera respuesta no hubiera quedado firme y necesitara la segunda para sostenerla. Tendió la mano para tocarle a Xiaoman el nacimiento del pelo. A medio gesto, su hija se echó un poco atrás, así que se limpió la mano en el delantal y preguntó si les había llovido por el camino. Que entraran pronto, que no se quedaran en el umbral.
Xiaoman dijo que no había llovido fuerte. Luego señaló la tienda de instrumentos de cuerda que quedaba más adelante y dijo que ya había dejado allí el instrumento y lo recogería al volver. Su madre no sabía de qué instrumento hablaba, pero asintió. Xiaoman aún quiso explicar que era de la compañía, que no lo traía para que practicara el niño. Al ir a decirlo, sintió que ponerse a hacer distinciones tan minuciosas nada más entrar parecía una manera de cerrarle el paso a alguien. Le dijo a A-Sheng que se sentara, puso su bultito debajo del mostrador y enseguida volvió a acercárselo.
La cortina de la trastienda era de veras su antigua prenda. A la tela azul le habían añadido un poco de rojo oscuro, el ribete que antes remataba los puños. Ella misma había escogido ese color porque el que prefería su madre le parecía demasiado vivo. Ahora los colores habían palidecido y la costura seguía tiesa. Xiaoman alzó la mano y, al tocarla, sintió de pronto que le resultaba más extraña la ropa gris que llevaba puesta que la cortina. Ella recordaba cómo había querido hacerse los puños entonces. Su madre recordaba cuánta tela aún podía sacar de aquella prenda.
«La lavé y esperé a que se secara para colgarla», dijo su madre.
Xiaoman retiró la mano y dijo que se notaba. No preguntó enseguida por qué aún la conservaba. Si lo preguntaba ahora, temía que la primera comida se deshiciera antes de que llegara a la mesa. Su madre volvió a mirar la prenda gris que llevaba puesta y comentó que antes no soportaba vestir de aquel color. Xiaoman respondió que ahora le gustaba, tan deprisa que hasta ella supo que no sonaba a verdad. La prenda clara de Lanting seguía en el hatillo. Por el camino, temiendo que le preguntaran si había venido a menos, se había cambiado varias veces para acabar poniéndose primero algo que también daba pie a preguntas.
El ruido del agua en el fogón las sacó del apuro. Su madre entró a sacar el pescado. A-Sheng fue detrás para mirar, pero Xiaoman lo llamó al orden. El niño recogió las manos delante del cuerpo y se quedó demasiado quieto. Su abuela, en cambio, sonrió y lo dejó mirar, con tal de que no se acercara mucho al fuego. Xiaoman sintió de pronto una punzada. Cuando ella alargaba la mano junto al fogón, lo más probable era que su madre se la apartara de un manotazo. Ahora, con el niño, lo primero que hacía era sonreír.
Sabía que su hijo no había venido a compensarla por nada y, aun así, no pudo evitar la comparación. Le incomodó pensar así, de modo que buscó algo que hacer. Apartó los tres cuencos que había al borde de la mesa y secó el agua de una pasada. Su madre volvió, la vio con el trapo y dijo por instinto que aquel era para el mostrador, que para la mesa había otro. La mano de Xiaoman se detuvo. Luego dejó el trapo donde estaba y cogió el otro, como si volviera a ser la muchacha a la que siempre le decían que había cogido lo que no era.
Sirvieron la comida. El pescado había quedado algo hecho de más, pero la verdura aún estaba fresca. Su madre quitó primero las espinas de un trozo para el niño. A medio camino con el cuenco en la mano, le preguntó si sabía quitárselas solo. Asheng enseguida dijo que sí, aunque su madre sabía que en la barca de pasajeros aún tenía que ayudarlo a buscarlas una por una. Lo dejó decir. Solo abrió el trocito y se aseguró de que no quedaban espinas finas antes de acercárselo.
Su madre preguntó si A Sheng aprendía a tocar la cítara. Con la boca llena de arroz, el niño negó con la cabeza: la cítara que cargaba era de uso común; a él le gustaba la flauta. Ella pareció no saber muy bien qué elogiar y dijo que tenía talento, como su padre. A Sheng alzó enseguida la cabeza y respondió que su padre tocaba el tambor, no la flauta. Xiaoman vio el breve azoramiento en el rostro de su madre y se adelantó a ayudarla: para todo había que empezar por tener buen oído; que tocara después de comer, no fuera a salirle el arroz por los agujeros.
A Asheng le dio tanta gracia que se rio a carcajadas. Su madre también se rio, y en aquellas risas cedió por fin la poca tirantez que quedaba. Xiaoman bajó la cabeza y dio un bocado. Las hojas de mostaza encurtidas sabían sorprendentemente parecido a las de antes. Saladas y luego algo picantes. Hacía muchos años que no comía a aquella mesa, pero su lengua reconoció el camino antes que el resto de ella. Estuvo a punto de alzar la cabeza y decir algo, pero cuando vio que su madre la estaba mirando, se tragó las palabras y se sirvió un poco más de verdura.
Su madre acercó un platito de tortas de alubias y le dijo que de niña le encantaban. Xiaoman miró el borde tostado y se acordó de la que A-Zhao había llevado a Lanting y su hijo había partido primero. De pronto comprendió que aquel leve olor a humedad del paquete también había pasado por aquel callejón. Dijo que ahora apenas comía de eso porque le costaba masticarlo. La mano de su madre se detuvo. Enseguida dijo que entonces lo dejara ahí y, si al niño le gustaba, que se lo diera a él. Xiaoman se había preparado para oír «Antes no eras así». Al no oírlo, ya no supo cómo suavizar sus propias palabras.
A Sheng vio en la esquina del mostrador un papel sin adornos con su nombre escrito. Saltó del taburete para verlo. Su madre lo siguió, llevó el papel a la mesa y le preguntó si era aquel 笙, el carácter shēng de su nombre. El niño lo examinó y señaló los dos puntos de arriba. Dijo que el radical de bambú estaba torcido y que a él, cuando lo escribía, un lado siempre le salía como una pata de gallina. Su madre se puso a mostrarle con el dedo, muy en serio, dónde sobraba un trazo y dónde estaban demasiado juntos. El niño no se dejó convencer y los dos empezaron a discutir en voz baja por un solo carácter.
Xiaoman escuchaba y aquellas pocas palabras que tenía delante le sonaban extrañísimas. Su madre también sabía leer y escribir antes y ayudaba a los clientes a escribir los nombres de los faroles, pero rara vez le había dicho a ella que, si algo le salía mal, podía volver a escribirlo. Pensó que quizá por entonces ella misma no había tenido la paciencia de esperar a oír esa frase, y enseguida se enfadó por haberlo pensado. ¿Acaso por volver tenía que buscarles una explicación hasta a las palabras amables que nunca se habían dicho? Cogió un trozo de pescado con los palillos. Cuando se enfriaba un poco, costaba aún más quitarle las espinas, así que bajó la cabeza y miró con calma.
Alguien llamó desde fuera para recoger un farol. Su madre se levantó y dijo que aún quedaba uno en la viga. Xiaoman había pensado que cerraría primero la puerta para proteger aquella comida que llevaba dieciséis años esperando. Su madre fue a buscar el encargo, comprobó el dinero como siempre y, como siempre, advirtió al cliente que no diera con la pantalla en el marco. Asheng estiró el cuello desde la silla y preguntó si su abuela ganaba todos los días un puñado de dinero así. Xiaoman dijo que aquello era lo que el cliente pagaba por el farol y que solo una parte era ganancia. Al oírse decirlo, sintió de pronto un pequeño lazo con su madre, que seguía atareada de espaldas.
Cuando se fue el cliente, su madre se acordó de preguntar si le guardaban comida a Azhao. Xiaoman dijo que seguía llevando los cestos de verduras y que no hacía falta esperarla. Su madre asintió y retiró el cuenco vacío que ya estaba en el borde de la mesa. Xiaoman lo vio y supo que en efecto había preparado cuatro cuencos, quizá después de cambiarlos de sitio varias veces antes de su llegada. No quiso sentir que aquel detalle la obligaba a corresponder a su afecto. Aun así, cuando su madre se sentó, acercó un poco el plato de pescado hacia ella.
Había cebolleta en la sopa y A-Sheng acabó por probarla. Primero frunció el ceño y luego miró a su abuela, como si quisiera tragársela a la fuerza, pero al segundo bocado no hubo manera de que volviera a tocarla. Al verlo apartar el cuenco entero, Xiaoman se inquietó enseguida. Temía que su madre dijera que en la compañía lo habían criado sin modales, así que se adelantó a responder por él que no le gustaba y que en adelante no se la pusiera. Aún no había acabado cuando su madre dijo que, si no le gustaba, apartara la cebolleta y dejara el cuenco de comida en su sitio.
Lo dijo con el mismo tono que usaba a diario para pedir que no apretaran el papel de los faroles. No había en ello especial ternura ni parecía que se estuviera tragando el enfado. Xiaoman miró el cuenco de sopa y de pronto soltó una risa ronca que la sorprendió hasta a ella. Una sola cebolleta flotando en el caldo se había interpuesto en todas las defensas que traía preparadas, y ya no pudo echar mano de ellas enseguida.
Su madre iba a quitarle la cebolleta al niño, pero Xiaoman sujetó primero el cuenco y dijo que lo haría ella. Las manos de las dos se encontraron y se detuvieron un instante. Al final su madre soltó el cuenco y la dejó hacerlo. Asheng, impaciente, preguntó si podía servirse primero un trozo de pescado sin cebolleta. Xiaoman le dijo que si tampoco estaba dispuesto a quitarle las espinas al pescado, bebería solo agua. Él se volvió sonriente hacia su abuela en busca de ayuda. La abuela miró a su hija y, para su sorpresa, no la contradijo.
La comida llegó a su fin sin que nadie dijera que, después de todo, dieciséis años no eran más que aquello. Su madre le preguntó si seguiría cantando. Xiao Man respondió que sí, y que también seguiría haciendo ropa: el niño aún era pequeño y no podía descuidar ninguna de las dos cosas. Su madre le dijo que al cantar no forzara demasiado la voz. A Xiao Man le sonó a que intentaba disuadirla y los hombros se le pusieron rígidos sin querer. Solo al levantar la cabeza vio que su madre se había limitado a acercarle el agua tibia que tenía al lado, sin continuar con un «si lo hubieras sabido entonces».
Aún se resistía a tranquilizarse de inmediato. Tomó el agua, bebió un sorbo y la dejó de nuevo. A-Sheng ya había comido y sacado el trozo corto de bambú; lo iba comparando con cada agujerito de la mesa. Su madre preguntó si él mismo había hecho aquel agujero. Xiaoman se adelantó a contestar que aún no le había dado permiso para agujerear cosas a su antojo y luego se quedó inmóvil. Volvía a parecerse a aquella persona que antes respondía por ella: ya había interpuesto la mano ante el niño cuando su madre ni siquiera había terminado de preguntar.
Retiró la mano y dejó que A-Sheng hablara por sí mismo. En cuanto tuvo ocasión, el niño se lanzó a un relato larguísimo. Empezó por dónde había encontrado el bambú y quién le había dicho que podía hacerse una flauta, y acabó contando que Gu Ming todavía no le había dado la tablilla sonora que le prometió. Su madre no entendía bien algunas cosas, pero escuchó asintiendo, sin preguntar con cada nombre si se trataba de alguien decente. Sentada a su lado, Xiaoman sintió por primera vez que una comida podía durar tanto que no hubiera adónde escapar y tan poco que no diera tiempo a aclarar nada.
Al recoger los cuencos al atardecer, su madre le dijo que fuera a descansar, pero ella levantó primero el cubo y dijo que los lavaría. No era una muestra de sensatez ni una compensación: necesitaba estar un rato junto al pozo, sin seguir frente a aquellos ojos que siempre querían mirarla un poco más. Al tirar de la cuerda, subió un agua muy fría. Hundió el primer cuenco y oyó a A Sheng preguntar dentro por qué las lámparas tenían huesos. Su madre respondió que, para mantenerse en pie, una lámpara necesitaba un armazón. Xiao Man no se volvió; solo giró lentamente el cuenco una vez dentro del agua.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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