Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua
Después de la floración
Ku Wuji · Creación con IA · 11554 caracteres · Aproximadamente 13 minutos
El día que abrió el almacén, solo quedaban unas flores en la rama este del ciruelo. Las demás no se habían marchitado todas a la vez. Algunas aún guardaban un poco de blanco, pero eran ya tan finas que dejaban pasar la luz y bastaba que arreciara un poco el viento para que se soltaran. Gu Qing recogió las flores caídas al amanecer. Antes de llevárselas a nadie, extendió un paño seco fuera del umbral para orear las que estaban mojadas. Al otro lado del muro, los Wen colgaron un cartel nuevo de tela de colores vivos. El alboroto pareció tapar aquel poco de color pálido que quedaba en el árbol.
Wen Jichang invitó a la gente a ver la puerta nueva, los espacios del almacén y si los carros podían entrar y salir sin dificultad. En el rótulo no puso nada de las flores del ciruelo. Aun así, entre los visitantes siempre había alguien que se había enterado de que habían conservado el árbol y quería pasar por el patio interior. Xu Tan los guiaba y, al llegar junto a la mercancía, les pedía que se recogieran las mangas para no enganchar y abrir los sacos nuevos. Gu Qing miraba por la rendija de su puerta y sentía que el árbol que veían los demás y el que ella regaba a diario no eran del todo la misma cosa.
Un cliente, después de mirar, dijo que había pocas flores y que mejor pondrían en el corredor una maceta con una camelia en plena floración. Wen Jichang asintió. Dijo que, cuando tocara dejar el patio vacío, lo dejarían vacío, y que para ver flores no dependían solo de aquel árbol. Gu Qing lo oyó al otro lado del muro. Al principio le molestó un poco, pero luego respiró aliviada. Si él presentaba el árbol que habían conservado como un atractivo capaz de traer clientes a diario, a ella quizá también le tocaría disculparse por la floración con cada persona que se fuera decepcionada.
Después de las fiestas de Año Nuevo, la mercancía llegaba al Mercado del Este con más lentitud que antes. Gu Qing repartió el papel de envolver que le quedaba en varias cestas. Quería orearlo antes de ponerlo en el estante. Dentro faltaba sitio y la mesa que acababa de meter ocupaba un buen trecho. Dejó de momento la cesta de más afuera bajo la tarima de madera junto al pozo, con idea de sacarla a la mañana siguiente. Vio que todavía quedaba medio palmo hasta la boca del desagüe y se dijo que aquello no era como apilar leña contra el muro y que tampoco había puesto el papel en contacto directo con el barro. Con eso se dio por satisfecha.
Tres días antes de abrir el almacén, la noche del trece empezó a llover. No llovía fuerte, pero por la mañana seguía lloviendo. Fue a ver la cesta y encontró el borde exterior de la plataforma de madera salpicado de barro. Empujó la cesta más adentro y puso delante una tabla vieja. Desde la habitación, Shen Su le pidió agua caliente con la voz un poco ronca. Gu Qing ya no se agachó a mirar la cuneta. Para cuando acabó de preparar el desayuno, había llegado el primer carro de arroz de los Wen. Las ruedas pasaron por la puerta sur y el agua turbia, con briznas de paja de las esquinas de los sacos, fue entrando despacio en el callejón por el umbral nuevo y más bajo.
Gu Qing enrollaba pétalos junto a la ventana cuando oyó llamar a la tía Chen. Al principio creyó que otra vez había que dejar pasar un carro. Dejó el pétalo que tenía entre manos, abrió la puerta y vio a la tía Chen sacando agua con un cucharón de madera. El agua subía al pie del muro entre las dos casas. Aún no llegaba al brocal del pozo, pero ya se extendía en una lámina somera por las juntas de los ladrillos secos. Gu Qing la tocó y encogió los dedos de frío. Lo primero que preguntó fue si la puerta nueva de los Wen había desviado toda la lluvia hacia allí.
La tía Chen dijo que ya habría tiempo de preguntar de qué casa venía el agua y que primero buscara algo para recogerla. Gu Qing volvió a buscar una palangana y, mientras la traía, más convencida estaba de lo que había dicho: antes no se mojaba tanto, y al arreglar la puerta y apisonar el suelo nuevo era natural que el agua cambiara de curso. Cuando dejó la palangana, Wen Jichang acababa de llegar con los bajos del pantalón llenos de barro. En el patio de los Wen estaban levantando la base de un saco de arpillera. Estaba claro que él tampoco se había quedado tan tranquilo en casa esperando que se mojaran los demás.
Los dos señalaron casi a la vez hacia el lado del otro. Wen Jichang dijo que, si la acequia estaba despejada, el agua de fuera del umbral no tendría por qué quedarse allí. Gu Qing dijo que a saber si al rehacer el muro no habían tirado cascotes dentro. A él se le ensombreció la cara y le preguntó si quería que desmontaran lo recién levantado para comprobarlo en ese mismo momento. A Gu Qing, una vez dichas sus palabras, le costó dar marcha atrás. Añadió que, si habían prometido dejar una acequia, con una raya en el papel no bastaba.
Xu Tan llegó detrás con un listón fino de madera, sin responder a aquello. Lo metió en la acequia poco profunda hasta que chocó con algo y le pidió a Gu Qing que levantara primero la tabla vieja de junto al pozo. Al levantarla, una hoja de papel mojado del fondo del cesto, que se había pegado a la tabla, volvió a hundirse en el agua. Gu Qing la vio y se le encogió un poco el corazón. Enseguida pensó que solo era la hoja de fuera, mojada por las salpicaduras. El verdadero tapón tenía que estar más adentro. ¿De qué otro modo podía haber tanta agua?
En efecto, sacaron algo más que papel. Había restos de cal nueva y vieja, hojas secas, hierba caída de los carros y un poco de lodo negro de hacía años. Mojado y mezclado todo, nadie podía recogerlo con la mano y decir cuánto correspondía a cada casa. La pequeña abertura que He Fengqiu había dejado para limpiar la acequia resultó útil. Xu Tan le pasó la tira de madera a Wen Jichang. La señora Chen se llevó el barreño a vaciarlo y Gu Qing se acuclilló junto al pozo y fue apartando a puñados los restos que flotaban en la boca del desagüe.
El agua fue saliendo poco a poco y pronto dejó al descubierto medio ladrillo. Gu Qing tenía los puños empapados y las rodillas pegadas al suelo frío cuando oyó decir a Wen Jichang que por el momento bastaba con desatascar hasta allí y que mirarían bien el interior cuando escampara. Él no insistió en preguntar de qué papelera había caído aquel papel, y ella tampoco sacó el tema. Solo que, al recoger los barreños, se llevó a casa la papelera entera. El fondo mojado dejó una raya oscura al arrastrar por el umbral. Viéndola, costaba creer que hubiera bastado con mover la papelera medio palmo para evitar lo ocurrido.
Shen Su le buscó unos pantalones secos. Al tocar una mancha de barro en la rodilla, le preguntó por qué había gritado tanto antes. Gu Qing dijo que temía que el agua se metiera en el pozo. La abuela le recordó que el brocal era alto y que el agua aún no había llegado a tanto. Podía preocuparse sin dar por mal hecho todo el trabajo de los demás de un plumazo. Gu Qing iba a contestar que no se preocupaba por nada, pero vio la mano de su abuela tanteando despacio entre la ropa. Al final solo tomó los pantalones mojados y dijo que al día siguiente volvería a limpiar por dentro el desagüe.
Al día siguiente dejó de llover y Gu Qing fue a mirar, tal como había dicho. La boca de la acequia ya estaba limpia por encima y la vara de madera con que tanteó pudo avanzar. Decidió dejar para cuando de veras tuviera un rato libre lo que había pensado hacer ese día. Al fin y al cabo, el agua ya había corrido. La papelera se quedó dentro y el sitio junto a la mesa de trabajo quedó aún más estrecho. Cada vez que se sentaba, tenía que girar las rodillas hacia un lado. Cuando Xiaoman entró y vio cómo estaba todo, se puso el abrigo sobre las piernas y no preguntó por qué había en la habitación un olor nuevo a humedad.
En los primeros días tras la apertura del almacén de mercancías entraba y salía gente de toda clase; había más trajín que en las fiestas de Año Nuevo. Gu Qing había creído que ella y la familia Wen ya eran vecinos de confianza, pero ahora, al quedarse junto a la puerta, los empleados le pedían a menudo que se apartara un poco. También sabía que había mercancías en el paso y que nadie pretendía desairarla, pero, cuando le decían que dejara sitio, aún recordaba a los clientes del mercado occidental que le preguntaban primero de qué tienda era. Volvió al patio con el cesto vacío en brazos, sintiendo con más urgencia que antes el deseo de tener un negocio que de verdad le perteneciera.
Yao Liao fue una vez a llevarles dos flores para el pelo a las mujeres de los Wen y aprovechó para ver los modelos azules nuevos de Gu Qing. No se entretuvo bajo el ciruelo. Antes de entrar se raspó bien el barro de los zapatos. Xiaoman estaba haciendo un pétalo enrollado que se apartaba del modelo anterior. Yao Liao lo tomó y le dio media vuelta a contraluz. Dijo que, en un color cálido, una forma así quizá se vendiera bien como adorno para el pelo en la Feria de las Flores de Primavera. Gu Qing dijo enseguida que ya lo habían usado en las flores azules de ciruelo y que podían adaptarlo, aunque habría que ver cuántas querían.
Yao Liao no dio una cantidad en ese momento. Le preguntó si seguiría aceptando encargos en el segundo mes; si era así, ella llevaría una muestra dentro de unos días, que no aceptara solo por oír que era un pedido grande. Gu Qing dijo que, con la ayuda de Xiaoman, llegarían a tiempo. Al otro lado de la mesa, el hilo se detuvo en las manos de Xiaoman. No se opuso de inmediato, pero tampoco asintió. Solo guardó por separado, en su paquetito de papel, el pétalo que acababa de hacer y siguió cortando los pétalos corrientes que ya habían acordado.
Cuando Xiaoman se marchó, Gu Qing se acordó de que, si aceptaba el modelo nuevo, necesitaría aquel pétalo curvado para compararlo. Salió tras ella con una caja a medio plegar en la mano. Al llegar a la entrada del callejón, vio que Xiaoman no había vuelto enseguida a la tintorería, sino que estaba ante un puestecito de adornos para sombreros. El vendedor le tendió un sombrero blando y ella, al cogerlo, aflojó primero una flor demasiado regular que llevaba a un lado. Después se sacó de la manga el paquetito de papel y lo puso sobre el sombrero, tanteando el ángulo.
Gu Qing aminoró el paso. Vista en la mesa de los Gu, aquella pieza azul parecía un sobrante de un modelo mal hecho. Ahora, junto al borde gris oscuro del sombrero, tenía una gracia que nunca se le habría ocurrido. Xiaoman se lo probó. El sombrero recogía el pelo, que llevaba algo suelto, y despejaba toda su cara. Al sonreír, tampoco necesitaba mirar primero si Gu Qing daba su aprobación. La vendedora decía algo y Xiaoman dobló el ala un poco más hacia abajo. Una clienta que estaba al lado también alargó la mano y tocó el borde de seda vuelto hacia fuera.
A Gu Qing le entraron de pronto unas ganas enormes de acercarse a preguntar de quién era, al fin y al cabo, la tela con que se había hecho aquel adorno. Hundió los dedos en la caja hasta dejar una marca. Levantó un pie y se detuvo al recordar que Xiaoman había dicho desde el principio que las pruebas fallidas correrían por su cuenta y quedarían fuera del recuento oficial. Si acababa preguntando, quizá solo conseguiría volver desagradable un asunto pequeño que no habían aclarado en su momento. A dos pasos de distancia, vio a la clienta inclinarse el sombrero hacia el otro lado. Sin esperar a que Xiaoman la viera, estrechó la caja contra el pecho y volvió al callejón.
De vuelta a la mesa, volvió a tomar la flor azul que se había visto en el reflejo de la palangana. Le dio media vuelta, pero seguía sin conseguir que pareciera tan ligera como el pétalo del sombrero. No la deshizo. Se limitó a devolverla a su sitio y a alisar con la yema del dedo la marca que había dejado al apretar la caja de papel. La marca nunca desapareció del todo. Le dio la vuelta a la caja para que no quedara de cara a la puerta.
Aquella tarde su abuela no volvió a sentarse a la mesa de costura y salió a tender con la tía Chen. Estrujaron la tela mojada hasta sacarle el último puñado de agua y la colgaron de las varas. Cada vez que pasaba el viento, parecía que varias puertas blancas se abrían y cerraban en el callejón. Gu Qing salió a llevarles té y oyó que la tía Chen le preguntaba a Shen Su si, en caso de que de veras fueran al sur, los pies le aguantarían la caminata. Shen Su dijo que si no podía andar mucho, podía ir en barco. No iba a darse por vencida antes de llegar a la orilla. Gu Qing quiso decir que ni siquiera habían reunido todo el dinero para el barco, pero al final se limitó a dejar el té.
Al volver, ordenó otra vez los modelos azules y apartó los que podían servir para la Feria de las Flores de Primavera. No todas aquellas flores vueltas hacia fuera habían salido solo de sus manos, pero juntas parecían la cara de un negocio nuevo. Probó a poner debajo una hoja blanca y escribió el carácter 顾 (Gu). A medio escribir el carácter 青 (Qing), temió que la tinta goteara sobre las flores y dejó el pincel. Fuera de la ventana, su abuela y la tía Chen seguían riéndose. Las telas tendidas amortiguaban las voces, que llegaban muy tenues al interior.
La mañana del dieciocho del primer mes cayó la última flor del ciruelo que tenían cerca. Cayó justo dentro de la curva del muro nuevo, sin llegar al patio de los Gu. Shen Su miró un rato al otro lado del muro sin pedirle a nadie que se la recogiera. Gu Qing pensó que le daba pena y le preguntó si quería pasar al otro lado. Su abuela negó con la cabeza y dijo que las flores de allí bien podían caer allí mismo. Luego recogió el paño viejo. Dentro, los pétalos caídos días antes se habían secado hasta formar un paquetito. Sus colores, antes más o menos intensos, se habían desvaído ahora casi por igual.
Gu Qing tocó el muro nuevo. En la superficie de los ladrillos quedaba algo del frescor de la lluvia. El muro había hecho una curva para dejarle sitio al árbol, pero no le había dado a las flores ni un día más. Todavía no se le ocurría qué más pensar de aquello. Se limitó a entrar, completar en el papel blanco el carácter 青 de su nombre, darle la vuelta al papel y calcular cuántas bandejas podría poner como máximo junto a su mesa si Yao Liao le traía una muestra grande.
· Fin del capítulo ·
Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.
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