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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Quien descose las puntadas

Ku Wuji · Creación con IA · 10550 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

Nantang era más viejo de lo que Azhao se había imaginado. A la entrada había dos hojas de madera gris, una con el cartel de la función y otra lustrada a fuerza de patadas. En el patio no cantaba nadie. Solo se agitaban al unísono las mangas de la ropa tendida en las cañas de bambú, rozando el cordel como una multitud descalza que pasara con prisa por encima de su cabeza. Se quedó un momento allí con el farol en brazos y luego le preguntó a una muchacha que salía con agua por el trabajo de costura.

La muchacha miró el baúl de bambú a sus pies y, antes de invitarla a pasar, le preguntó quién la recomendaba. A-Zhao dijo que un pasajero que reparaba instrumentos de cuerda le había hablado de que faltaba gente en la compañía Chunhe, así que venía a preguntar. La muchacha le dijo que buscara primero a la señora Qin y añadió que, si solo sabía arreglar ropa de diario, quizá allí no pudiera hacer gran cosa. A-Zhao iba a preguntar cómo se llamaba la señora Qin cuando desde dentro gritaron que Gao Man no fuera dejando toda el agua por el camino. La muchacha respondió y se hizo a un lado para dejarle medio paso libre.

La compañía estaba en un pueblo a dos días de viaje por agua. Azhao llevó el farol y el baúl de bambú, y allí encontró a Qin Xiaoman descosiendo un traje de escena. La mujer era más joven de lo que se había imaginado y tenía a mano un par de zapatos que estaba cosiendo para su hijo. Al oír el nombre de su madre, no lloró ni preguntó por qué había tardado tanto en venir.

En una sala de la compañía teatral del pueblo, la joven dueña de una barca sostiene en brazos un viejo farol de bambú envuelto y un baúl, también de bambú. Está sentada frente a una mujer que descose un traje de escena y tiene a sus pies unos zapatitos de niño.
El viejo farol alumbra a quien cose

Se limitó a alzar la cabeza, echar un vistazo al papel que envolvía el farol y mirar después a Azhao. Dijo: «¿Todavía me tiene reservado aquel matrimonio?».

A-Zhao no se esperaba aquella pregunta. Quería hablar primero de He Huaizhou, contar después de dónde venía el farol y, al final, transmitirle lo que había dicho la abuela Qin. Ahora le habían preguntado antes que nada por lo que menos claro tenía y solo pudo responder que no lo había preguntado. Qin Xiaoman soltó una risa, sin decir si le parecía bien o mal, y bajó la cabeza para levantar con la punta de la aguja un tramo de costura bajo la axila. Parecía que la tela se había tragado el hilo. Tuvo que hurgar dos veces antes de poder coger una puntita entre los dedos.

Azhao puso el farol sobre un tablón seco junto a la puerta, pero siguió con el baúl de bambú en la mano. Sabía que Xiaoman solo le llevaba doce años. Al tenerla delante, se dio cuenta de que durante todo el camino había seguido pensando en lo que se decía en voz baja en Liuwan, como si, una vez fuera de casa, la hija hubiera de seguir andando para siempre con la misma cara que el día de la pelea. La mujer que tenía delante llevaba sudor en el nacimiento del pelo y las mangas arremangadas, pero las comisuras de los labios no siempre apuntaban hacia abajo. Junto a la mano tenía un perrito de barro con una oreja rota.

«¿Cómo es que el maestro He te mandó venir?», preguntó Xiaoman.

A-Zhao dijo que su padre había muerto de una enfermedad el invierno anterior y que había ido a la tienda de faroles al encontrar aquel en las cuentas. El hilo que Xiaoman acababa de sacar se rompió otra vez. Se detuvo un instante y preguntó si había sido cerca del Año Nuevo. A-Zhao asintió. Xiaoman dejó la aguja y contó que antes cruzaba a menudo en la barca de su padre. Cuando la veía abrazada al libreto, él siempre le preguntaba si llevaba el libro al revés, y ella se lo volvía cada vez para que lo viera. Al terminar pareció esperar que A-Zhao se riera. A-Zhao solo pensó que entonces su padre aún era joven y que Xiaoman recordaba cosas de él que ella desconocía.

De pronto, alguien en el patio soltó un grito lastimero y prolongado. A-Zhao se volvió sobresaltada, pero Qin Xiaoman solo suspiró y pidió a los de fuera que bajaran la voz. Aún no se habían llenado los asientos para la función de día y ya se iban a destrozar la garganta. Resultó que un actor ensayaba una caída y los demás se reían porque caía como un cesto de pescado al descargarlo. El hombre, picado, tiró además una palangana vacía, con tal estrépito que hasta el perrito de barro se estremeció sobre la mesa. Xiaoman lo apartó un poco del borde, como si aquello fuera lo más urgente de atender.

A-Zhao preguntó si llegaba en mal momento. Xiaoman dijo que todos los momentos eran malos, que se sentara, que si esperaban a no tener trabajo para hablar, en un año no cruzarían más que unas pocas palabras. Señalaba un taburete bajo que tenía el asiento lleno de cintas descosidas, así que A-Zhao empezó por ordenarlas en una bandeja de bambú. Xiaoman la dejó hacer y, cuando se sentó, le preguntó si pensaba llevarse la lámpara o prefería que ella la llevara a Liuwan.

«Me lo llevaré de vuelta», dijo A-Zhao. «También venía a preguntar por trabajo de costura».

Había pensado que, si primero contaba la vieja historia y luego preguntaba por trabajo, parecería que quería sacar partido del favor. Ahora que lo había dicho, no sonaba tan mal como había imaginado. Xiaoman alzó los ojos y volvió a mirarla. Le preguntó qué hacía de ordinario. Azhao respondió que arreglaba faldas, prendas forradas y pantalones de niño, que su madre le había enseñado y que también llevaba la barca del cruce. Xiaoman dijo que entonces tendría fuerza en las manos y le preguntó si sabía descoser. Azhao dijo que sí. Xiaoman le acercó el tubo de las agujas y tomó el zapato, para darles otro quehacer a sus dedos entumecidos.

El hilo de aquel tramo era tan fino que parecía blanco. Azhao vio un nudo y casi lo cortó por el medio con las tijeras. Entonces recordó que aún no sabía hasta dónde había que modificar la prenda y fue levantando las puntadas por donde iba el hilo viejo. Xiaoman la observó. Solo le señaló un remiendo y le dijo que no tocara aquella parte, porque en cuanto le diera la luz del escenario se vería hasta la tela de debajo. Azhao asintió y arrimó el baúl a sus pies. Dejó de tenerlo en la mano como si fuera a irse en cualquier momento.

Un niño salió de la habitación de dentro. Miró primero el farol viejo y luego a A-Zhao. Tendría unos ocho años. Llevaba el pelo revuelto de dormir por un lado y apretaba contra el pecho un trozo corto de bambú. Los agujeros ni siquiera estaban bien hechos y aun así se empeñaba en ponérselo de través en la boca y soplar. Xiaoman le dijo que primero se limpiara la cara. Él respondió que sí, pero la mano ya había llegado al paquete de tortas de alubias. A-Zhao se lo dio. Dijo que se había mojado una esquina por el camino, pero quedaba una torta en buen estado. El niño, al oírlo, escogió primero la buena, la partió y le ofreció una mitad a su madre.

«A-Sheng», lo llamó Xiaoman, «primero se pregunta y luego se cogen las cosas».

Solo entonces el niño levantó la cabeza para dar las gracias y preguntó si aquella muchacha vivía en la casa donde vendían faroles. Antes de que A-Zhao contestara, Xiaoman dijo que no, que era del embarcadero. A-Sheng hizo un «ah» como si los dos lugares quedaran lejísimos y preguntó si los faroles de aquella casa flotaban de verdad. Xiaoman dijo que los que él había visto se soltaban por Shangyuan, la Fiesta de los Faroles, pero que no se echaban al agua todos los de la tienda. Al oírlos, A-Zhao se enteró de que el niño sabía que su abuela vendía faroles, aunque nunca había visto aquel mostrador.

Cuando el niño se alejó, Xiaoman contó que su marido había sido el tamborilero de la compañía, que se apellidaba Lu y que había muerto de una enfermedad dos años atrás. Lo dijo con naturalidad, pero dejó la torta sobre el papel y no comió. A-Zhao no supo qué decir y le cortó primero un trozo de hilo viejo que se había enredado en el borde del zapato. Al verlo, Xiaoman le pasó el zapato y le pidió que apretara un poco la puntada de aquel sitio. Al niño le crecían tan deprisa los pies que el par anterior no había llegado a fin de año antes de que se le despegara la suela.

Azhao creyó que desde entonces Xiaoman solo se ocupaba del baúl de vestuario, pero Xiaoman le dijo que aquella noche aún tenía que cantar un papel secundario en una escena y que solo podía coser a toda prisa durante el día. Actuar no era como pensaba la gente de Liuwan, que bastaba cantar para que alguien te diera una propina. Aunque nadie escuchara, había que ensayar igual. Y menos aún era como pensaba su madre, que con embarcarse con la compañía se acababan para siempre las penas de casa. Al llegar ahí se rio de pronto y preguntó si, al decir esas cosas, sonaba como su madre en aquellos tiempos.

Azhao no se atrevió a decir que se parecía a ella, pero tampoco quiso mentir. Solo dijo que no había conocido a la mujer de entonces. Xiaoman la miró y su sonrisa se hizo un poco más franca. Le dijo que no tenía que andar con tanto cuidado, que no iba a echarla por oír algo que no le gustara. Aun así, Azhao oyó la dureza con que pronunció las últimas palabras, como si ni ella misma se creyera del todo que no lo haría.

Más tarde, Xiaoman preguntó si la abuela Qin había dicho algo más. A-Zhao repitió tal como las había oído sus palabras sobre pedir prestado el farol cada año en Shangsi, encenderlo un rato junto a la ventana y volver a casa a comer. No añadió de su parte que hubiera estado esperando todo aquel tiempo. Xiaoman apretó el zapato y preguntó si había dicho que no se hablara del pasado. A-Zhao asintió. Xiaoman dejó el zapato sobre la mesa y dijo que ella también había mandado recado dos veces desde fuera. La primera, por un viajero del río, y la segunda, por alguien de su tierra que viajaba con la compañía. Después, ninguna de las dos veces recibió respuesta.

«Quizá el recado se perdió por el camino», dijo A-Zhao.

Xiaoman levantó la vista. A-Zhao sintió enseguida que se lo había puesto demasiado fácil con aquella frase, como si bastara echarle la culpa al camino para que ni la madre ni la hija tuvieran que pensar más en ello. Admitió que no lo sabía y que ni siquiera había preguntado todavía por aquel compromiso. Xiaoman no insistió. Solo le pidió que no volviera a alzar el farol junto a la ventana. Allí ensayaban y podían chocarse con él. Luego bastaba con dejarlo junto a los arcones del vestuario.

Asheng volvió. Esta vez se había lavado la cara, pero solo de un lado. Quería enseñarle a su madre el trozo de bambú y dijo que al día siguiente buscaría a alguien que le hiciera otro agujero. Xiaoman le dijo que primero terminara de escribir los caracteres. El niño sacó enseguida a relucir a la abuela Qin y preguntó si su abuela, la que vendía faroles, también sabía leer. Xiaoman se quedó un instante desconcertada y respondió que sabía más caracteres que él. El niño pareció satisfecho y se fue abrazado al bambú, sin saber de quién era la mano que acababa de detener sobre el empeine del zapato.

Por la tarde, Gao Man llevó dos piezas de tela; no eran para A-Zhao, sino material común para la siguiente tanda de ropa nueva. Anotó en una tablilla el número de pliegues y le pidió a Xiaoman que no volviera a mezclar los sobrantes devueltos con los recortes de desecho. Xiaoman dijo que ya lo sabía, pero Gao Man aun así señaló una parte y no se marchó hasta que ella lo confirmó. A-Zhao alargó la mano para tocar la tela; volvió a surgirle aquel deseo que no había podido satisfacer antes en el barco, pero, al ver que Xiaoman la miraba, retiró la mano a toda prisa.

«Si quieres tocarla, tócala», dijo Xiaoman. «Pero no digas a primera vista que es buena tela. Hay una pieza tan vieja que se quiebra. Primero hay que abrirla y probarla».

A-Zhao entendió que le estaba ofreciendo trabajo de verdad. Xiaoman sacó una prenda vieja de color gris azulado y le pidió que a la mañana siguiente probara a cambiarle un detalle. Verían qué tal quedaban unas costuras y unas cintas y después hablarían del resto. A-Zhao preguntó si podía empezar ese mismo día. Xiaoman miró la luz que entraba de soslayo y le dijo que primero buscara dónde dormir y comiera hasta hartarse. Si empezaba por trasnochar, a los tres días no quedaría de ella más que alguien demasiado cansado hasta para hablar bien.

Cuando acabó de decirlo, apartó la media torta que no había comido y retomó el traje de escena que tenía a medio descoser. A-Zhao la miró sin señalar la contradicción. Se limitó a enrollar en un papel el trozo de hilo viejo que acababa de sacar para que no quedara suelto sobre la mesa. En el cuarto de al lado, el niño se equivocó al recitar un carácter. Su madre lo corrigió en voz alta sin detener la aguja.

Cuando Azhao salió de la Sala Sur, dejó el farol junto al baúl del vestuario y se llevó solo el baúl de bambú a la posada. No dio por seguro que la espera de la abuela Qin fuera a tener respuesta, ni tomó aquel pequeño arreglo de prueba por un puesto firme en la compañía. El posadero le señaló desde detrás del mostrador una tabla donde dormir. Esta vez ella preguntó primero si por la noche podía usar un rincón para coser. Luego dejó el baúl con cuidado. Aún conservaba la moneda de cobre que había recibido por media torta.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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