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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Entregar el traje en mano

Ku Wuji · Creación con IA · 11095 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

El día que llegó Han Rong, lo primero que hizo fue meterse por la cabeza la túnica de Gu Ming. Se le quedó media cara atrapada en el cuello. No quiso esperar a que se lo soltaran y se agachó, como un animal que no consigue salir de su madriguera. Lu Heniang se rio y le abrió el borde del cuello de un tirón. En cuanto asomó la frente, él dijo: «Si este letrado no ha estudiado hasta los cuarenta, ¿cómo se le ha afinado tanto el cuello de tanto leer?». A-Zhao se apresuró a buscar la cinta de medir. Gu Ming se reía desde la puerta, sin tener que defender por una vez aquella pulgada menos en el puño de su manga.

Han Rong tenía cuarenta y dos años, los hombros anchos y la espalda corpulenta. De joven había cantado papeles de letrado y en los últimos años hacía sobre todo de notable acaudalado. Quería el papel del letrado Liu, y no solo por lo que podía ganar en aquella tanda de funciones. Azhao le preguntó con qué pie solía iniciar el paso. Dijo que con cualquiera y acto seguido dio una vuelta al escenario. Al girar se le notó una pausa en la rodilla derecha. Lu Heniang le dijo sin rodeos que subir al escenario no era ir a que lo vieran para concertar un matrimonio, que no lo escondiera. Solo entonces se apretó la rodilla y dijo entre risas que le dolía antes de llover, pero que todavía podía dar un paso.

Azhao no hizo los arreglos según las notas antiguas de Gu Ming. Los dos tenían distinta inclinación de hombros y distinta flexión de codos. Aunque ensanchara la túnica azul verdosa anterior, no bastaría. Por suerte, aún podía aprovechar la tela vieja del bajo para remendar el forro. Midió a Han Rong con el brazo levantado y le preguntó cómo daba el paso para subir a la barca. Han Rong levantó mucho la pierna, imitando a Gu Ming. Sonreía, pero tenía la nuca tensa. Azhao le pidió que diera su paso habitual. Cuando terminó de medir, sujetó el papel de Gu Ming en la página anterior, sin tacharlo y sin volver a imponerle aquellas medidas a Han Rong.

Gu Ming acompañó a Han Rong en los últimos ensayos. En uno de los giros, se suponía que Han Rong debía pasar con ligereza por encima de la cuerda. Él prefirió poner primero el morral de los libros en la barca y después agarrarse a la pértiga que le tendía Lu Heniang. En cuanto ella soltó, él se fue hacia atrás y por poco la arrastró también fuera de la orilla. Gu Ming sujetó la tabla y soltó que ese no era su paso. Han Rong se puso algo tieso y luego dijo que entonces no lo llamaran el mismo paso. El muchacho podía cruzar con garbo y el viejo letrado también tenía que pasar al otro lado del río.

Xiaoman probó a darle pie con una pregunta. ¿Qué llevaba en el morral que pesaba tanto? Él contestó que sus viejas composiciones, las que no le habían valido para aprobar el examen, y que, de haberlo sabido, habría traído dos paquetes de mijo. Lu Heniang replicó que hasta por el mijo se cobraba pasaje, mientras que aquellas composiciones solo servían para tapar una gotera. A un lado, Cai Heng dio un golpe de tambor y todos se rieron. Aquel pasaje no tenía gracia en el libreto, pero el temor del viejo letrado a hacer el ridículo acabó dando más verdad a la solicitud con que Aheng le protegía después el morral.

Pasadas las risas, Han Rong le preguntó en privado a Gao Shoucheng si podían conservar el giro de Gu Ming. Le parecía que, sin gallardía, no se parecía al estudiante Liu. El director tampoco quería que dijeran que, al cambiar de actor, a la compañía Chunhe solo le quedaba aire de vieja. Le pidió a A Zhao que viera si el vestuario podía ayudar en algo. A Zhao probó a levantar el faldón trasero. La silueta mejoró un poco, pero la vacilación de la rodilla seguía ahí. No se atrevía a decir que por saber coser pudiera borrar los años del actor. Cortó el hilván y les pidió que decidieran primero qué movimientos podía hacer.

Antes de irse de Lanting, Gu Ming le revisó una vez el cuello nuevo y de pronto dijo que antes tampoco le había gustado del todo girar de aquella manera, pero que, como oía los aplausos, después siempre quería llegar un poco más alto. A-Zhao quiso preguntarle qué haría si, al llegar a la compañía grande, los demás saltaban más alto que él, pero no llegó a abrir la boca. Él tenía su propio terreno que ganarse. Figurárselo ya cayendo de vuelta cuando ni siquiera se había ido era buscarse ella un consuelo demasiado fácil.

El veintiséis del octavo mes, Gu Ming devolvió la espada de madera de la compañía Chunhe junto a la barca de pasajeros. Gao Shoucheng buscó la borla roja que se había arrancado de un roce y volvió a atarla. Con el mismo tono con que se entrega algo de la compañía, le dijo que pasara a verlos cuando tuviera tiempo. Gu Ming dijo que sí y luego explicó que en la compañía nueva él no podía decidir cuándo parar. Lu Heniang le metió prisa para que subiera y no hiciera esperar a nadie el primer día. En cuanto él se dio la vuelta, se secó un rabillo del ojo y maldijo el calor, que hasta le metía el sudor en los ojos.

A-Zhao cobró doce monedas por el último ajuste que le había hecho en el cuello del traje. Al recibirlas, sus dedos tocaron los de él. Gu Ming dijo que la prenda le quedaba más holgada, que al final no era que hubiera comido demasiado. Ella sabía que quería hacerla reír y se rio para que la viera, sin aprovechar para tragarse del todo la pena de despedirse. Cuando la barca se apartó de la orilla, él saludó desde al lado de sus nuevos compañeros. No parecía que lo hubieran echado y menos aún que marcharse le impidiera estar contento.

Después fijaron en ciento cuarenta wen el arreglo completo del traje de Han Rong. La tela saldría aparte del armario de la compañía. Azhao dejó la holgura de la espalda en un pliegue interior y recortó un poco el bajo del lado derecho, ajustándolo a Han Rong en vez de tratarlo como si aún llevara el traje de Gu Ming. Ella y Xiaoman decidieron qué había que hacer primero en el cambio de escena y dejaron extremos de distinto tacto en los nudos, para poder encontrarlos a oscuras con las manos. Cai Heng vino a probar a echar una mano y desató un extremo equivocado. Azhao simplificó aún más la señal: solo la cinta que había que desatar primero llevaría un extremo largo.

Lu Heniang, en cambio, llevaba dos días sin conseguir que le sonara clara la voz al cantar. Decía que tenía la garganta como envuelta en ceniza. La primera vez aún pudo bromear, pero la segunda se detuvo a mitad del canto y volvió la cara para beber agua. Al principio el director de la compañía dijo que se le pasaría en cuanto se le bajara el calor. Al oír que la voz seguía áspera cuando volvió a abrir la boca, la mandó al médico y le dijo que descansara la voz el tiempo que este le indicara. Azhao no sabía tratar aquello. Cuando le cambió el vestuario, solo le preguntó dónde le apretaba en el cuello. Coser una cinta no le daba modo de arreglarle la garganta.

Los dos días que ella pasó sin cantar, Xiaoman la sustituyó recitando el texto. Mientras la escuchaba, Gao Shoucheng dijo de pronto que quizá Xiaoman pudiera quedarse con el papel de A-Heng. El libreto se le quedó quieto entre las manos. Claro que quería. En aquel mismo instante hasta recordó cómo entraba a escena de joven. Pero probó un fragmento y vio que respiraba en puntos distintos de Lu Heniang y que el traje viejo le estrechaba los hombros. Aquello distaba mucho de ser un plato que pudiera servirse tal cual.

Lu Heniang estaba sentada al lado, con mala cara. Preguntó si solo iba a descansar dos días o si, cuando acabara el descanso, hasta el traje habría dejado de ser suyo. El director se apresuró a decir que no era eso lo que quería decir, pero Xiaoman cerró el libreto y admitió que por un momento sí había querido cantar. Las dos se miraron un rato. Lu Heniang soltó primero una risa poco dulce: «Al menos eres sincera». Xiaoman le dijo que su sinceridad no le iba a descansar la voz, que aquella noche tendría que hablar poco y dejar de discutir con ella.

Por eso no podían aceptar demasiadas actuaciones de otoño. Una taberna los había invitado a cantar una escena la víspera de la función principal y ofrecía pagar. Gao Shoucheng ya había contado con ese dinero para la comida; renunciar de golpe no era cuestión de decirlo. Intentó acortarla y luego pensó en hacer que Lu Heniang solo apareciera sin cantar. Finalmente, al oírla toser un buen rato detrás de la cortina, se sentó a reorganizar la obra completa en dos noches, con un día de descanso entre ambas, sin intercalar la actuación de la taberna.

Lu Heniang sabía que con una función menos también cobraría menos y que el alquiler del que tanto había hablado seguía pendiente. No se apresuró a elogiar la consideración del director. Se limitó a devolver el adorno nuevo para el pelo que pensaba comprar y le dio a Gao Man uno viejo para que se lo arreglara. Gao Man no iba a poner dinero de su bolsillo para la comida de su padre. Le dijo que dejara de repartir tres veces el mismo dinero de las funciones de otoño, que aún no habían cobrado. El director se irritó y quiso soltarle una imprecación. Al final solo dijo que lo anotara ella y que él miraría.

También había que reorganizar el frente del escenario de Nantang. Gao Shoucheng quería añadir una fila de asientos. El maestro Yu midió el paso lateral y negó con la cabeza. Con cuarenta no cabía ninguno más. Los dos estandartes altos no se podían poner derechos bajo las vigas, de modo que A-Zhao devolvió al armario las fundas que había preparado. Lu Heniang no quería que un estandarte inclinado le golpeara el tocado al salir a escena. Sin ellos, solo quedaban tablas y cuerdas para figurar la barca y la orilla. Xiaoman, que antes sugería el viento con un gran giro de cuerpo, pasó a anunciarlo primero con el canto.

Al final del ensayo del último acto, Han Rong preguntó qué podía ofrecerle Liu al regresar a Aheng. Llevaba el traje recién ensanchado de hombros y, de pie entre los dos tablones, por fin ya no parecía vestido con ropa prestada por un joven. Gao Shoucheng dijo que, naturalmente, venía a llevársela. Así había sido siempre en la obra. Lu Heniang preguntó en qué lugar de la orilla podría Aheng dejar su barca. El director dijo que el libreto no lo decía, pero Han Rong palpó su bolsa de libros y se rio. «Soy un funcionario de poca monta que acaba de conseguir un puesto. Puede que ni casa tenga. Si encima le prometo un patio enorme, ¿voy a tener que pedirle que venda la barca?»

Esta vez se rio poca gente. Xiaoman buscó largo rato en el libreto y dijo que al principio se contaba que A-Heng cuidaba el embarcadero de su padre, pero que después nadie le preguntaba si quería marcharse. Lu Heniang no quería cantar el desenlace como un sermón al letrado. Solo quería una frase que pudiera decir una persona de verdad. Siguieron probando hasta después de cenar. Unas palabras sonaban demasiado duras y otras, al cantarlas, no parecían una despedida. A-Zhao, al lado, cosía la abertura de la funda de una bandera y los oía echar a perder un final bonito tras otro al ponerlo a prueba.

Al final dejaron que, antes de desembarcar, Liusheng le preguntara a A-Heng si podría volver a subir a su barca cuando cruzara por allí al año siguiente. A-Heng le decía que dependía de si ella estaba allí aquel día, que el pasaje se lo cobraría igual, y al volverse aún se notaba que le costaba despedirse. A Gao Shoucheng le pareció demasiado soso, así que Han Rong probó a dejarse la bolsa de libros al borde de la barca. A-Heng tuvo que correr tras él para devolvérsela y pudieron mirarse una vez más. El director de la compañía no dio nada por decidido. Solo les dijo que al día siguiente lo ensayaran desde antes, sin dejarse llevar por lo ingenioso del final.

Al final de la prueba, Han Rong todavía se resistía a quitarse la ropa. Se quedó junto a la puerta y le pidió a A Zhao, en voz más baja que antes, que mirara si el cuello resultaba demasiado anticuado. En un principio ella quiso decirle que la edad del actor no estaba en el cuello, pero, al verlo retraer un poco la barbilla, cambió de pregunta y le preguntó si prefería el ribete estrecho o el ancho. Probaron los dos. El estrecho le daba, en efecto, más viveza a la cara. Él también se dio cuenta y sonrió satisfecho. A Zhao comprendió entonces que admitir que a alguien le vacilaban las rodillas no obligaba a recortarle también las ganas de verse bien. Anotó lo del ribete y aun así esperó a que él relajara los hombros antes de decidir dónde dar la última puntada.

Cuando acabó el trabajo, ya entrada la noche, Azhao le dibujó a Gao Man cómo quitar y poner los dos trajes y le pidió que cerrara los ojos y buscara las cintas al tacto. Gao Man se equivocó una vez y, molesta, dijo que aquellos códigos seguían entendiéndolos solo ella. Azhao no discutió. Descosió aquella parte y volvió a coserla. Después de la temporada de otoño no podría quedarse para siempre al lado de cada traje. Solo habría terminado de veras el trabajo cuando los trajes siguieran sirviendo en manos de otros.

Cuando Xiaoman volvió al cuarto, A Sheng ya se había dormido apoyado en la mesita. En el papel había escrito un 舟, «barca», todo torcido. Ella lo llevó en brazos a la cama y pasó la mano por la pata de la mesa hecha con la madera del antiguo soporte del tambor. A Zhao terminó de cubrir el cuello nuevo y oyó que, al otro lado de la ventana, alguien tarareaba el final que acababan de cambiar. Se olvidó de media frase y siguió con la letra antigua, y otra persona lo corrigió entre risas. La temporada de otoño aún no había empezado, pero aquel camino nuevo ya empezaba a recorrerse, a trompicones, en boca de unos cuantos que se resistían a darse todos por vencidos.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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