Ir al contenido principal

Buscar en CooLWJ

选择搜索范围,输入关键词后按回车。

Idioma

Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Responder después de verlo

Ku Wuji · Creación con IA · 10803 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

En la puerta trasera de Qingxingtai no figuraba el nombre de la compañía. Solo había una escalera larga puesta del revés. Al rodear los pies de la escalera, A-Zhao estuvo a punto de chocar con una mujer que llevaba ropa mojada. La mujer protegió primero la palangana y después le dijo riendo: «Para ver la función, por delante. Por aquí solo hay vapor». A-Zhao dijo que buscaba a Liang Qiu. La mujer llamó hacia el otro lado de la cortina y se llevó la palangana. En el patio había dos hileras de varas para tender, con los trajes azules, la ropa interior y los paños para el sudor cada uno en su sitio. Tal como le habían dicho, era muy distinto de la cuerda de Chunhe, donde se amontonaba todo.

A-Zhao llevaba preparado todo un discurso sobre lo que había hecho, pero al entrar no tuvo ocasión de decirlo. Liang Qiu estaba descosiendo una prenda que apretaba demasiado de hombros; otras dos personas sostenían un lado cada una y nadie tenía tiempo de levantar la cabeza. Le indicó que se lavara las manos y le pasó una bandeja poco honda para que primero recogiera los hilos cortos que iba sacando. A-Zhao obedeció con la mirada baja. La vio palpar primero el forro intermedio y deshacer después la costura más interior; así las piezas de los hombros podían separarse sin tener que desmontar primero las mangas enteras.

El dueño de la prenda bostezaba a un lado. Era un actor aún más joven que Gu Ming. Azhao reconoció su nombre del programa de anteayer y se puso un poco tensa, temerosa de que él viera hasta los cabos de hilo caídos sobre sus rodillas. Le preguntó a Liang Qiu cuándo estaría lista la prenda. Ella le dijo que fuera a comer, que volviera al terminar y que no hiciera por tercera vez la misma pregunta en nombre de otros. Él se marchó riendo y enseguida los jóvenes hicieron un par de bromas sobre su bostezo.

“¿Le tienes miedo?”, preguntó de pronto Liang Qiu. Azhao dijo que no, demasiado deprisa. Liang Qiu solo le pidió que se acercara y tocara aquella pieza del hombro. La tela nueva era gruesa y suave; en cuanto pasó los dedos, supo que era mejor que el forro que ella había usado con tanto cuidado en junio. Liang Qiu dijo que una buena tela también podía estropearse al confeccionarla; quien debía dar vueltas en escena, fuera primera figura o suplente, sufría igual si la ropa le apretaba. Viniera quien viniera, primero debía explicar dónde le tiraba, sin tener que cantar un fragmento en el vestuario para demostrar quién era.

A-Zhao recordó cuánto le había halagado que Gu Ming la llamara «maestra He». Le dio vergüenza y ganas de reír a la vez. Liang Qiu no siguió con la lección. Le pidió que probara a coser el broche oculto que habían quitado, aprovechando los agujeros originales. A-Zhao se desvió en la primera puntada y se quedó con la mano en el aire, por miedo a estropear la tela al sacarla. Una muchacha de cara redonda que estaba al lado le dio una lámina fina para que la pusiera debajo al levantar el hilo. Luego tomó un lado de la prenda y, mientras trabajaba, le preguntó en qué sitio de Lanting eran generosos con las ciruelas en la bebida de ciruela ácida.

Aquellas manos eran rápidas, aunque no todas tanto como las de Liang Qiu. A la muchacha de cara redonda se le olvidaba a menudo apartar el platillo y por poco tiró todos los cierres con el codo. A-Zhao se lo sujetó al vuelo. La otra enseguida le pidió que la tapara un poco y recuperó a escondidas el cierre más pequeño. Al gran taller de semblante severo y orden impecable que A-Zhao se había imaginado se le saltó de pronto una esquina, y por allí asomaron personas parecidas a ella.

A mediodía, el taller paraba un rato. Llevaban al patio comida para todos según cuántos fueran, de modo que los trabajadores no tenían que turnarse para cocinar. Liang Qiu le enseñó los estantes de materiales junto a la pared y le explicó las condiciones. Seiscientos wen al mes, cuatro días libres, dos comidas y sitio en el dormitorio común. El trabajo nocturno urgente se pagaba por separado cada vez. Probarían un mes y seguirían si ambas partes querían. El taller pagaba el viaje en barca a Xuncheng. También podía venir dos días a ver cómo era, pero no tenía sentido esperar que le guardaran el mismo puesto hasta el invierno.

Al oír la cifra de seiscientos, A-Zhao hizo las cuentas enseguida. Era más de dos meses de alquiler de la barca y además no tendría que descontar lo que costara reparar las tablas. No quiso fingir que aquellas cifras no le atraían. Liang Qiu tampoco le pintó el taller como un lugar donde se prosperaba de golpe. Los primeros meses se trabajaba sobre todo con ropa interior y se descosían y arreglaban prendas viejas. Había que aprender qué materiales guardaba cada armario, y nadie podía cortar una tela sin haber trabajado antes con ella. Cuando la mano se volviera segura, podría participar en la confección de prendas enteras. El tiempo dependía de cada cual y nadie prometía un cargo nuevo en un solo otoño.

«Si lo que quieres es encargarte de un traje entero nada más llegar, aquí no puedo ofrecértelo», dijo. A-Zhao recordó cómo Lu Heniang había extendido la prenda ante ella y asintió. Liang Qiu le mostró luego una túnica vieja que había arreglado principalmente una trabajadora que antes solo sabía lavar ropa. En varios puntos del forro le había dado holgura con mucha precisión. Ahora ya podía supervisar a dos principiantes. No era preciso tomarle personalmente las medidas al actor cada vez, aunque quienes medían y quienes cosían sí se veían. A las pruebas tenían que acudir todos.

También se deshizo la objeción que A-Zhao se había imaginado. No podía decir que allí trataran a las personas como agujas y las tuvieran todo el día sin ver a quienes se ponían los trajes. Lo que vio fue precisamente que había quien preparaba todas aquellas menudencias para que los costureros pudieran terminar su trabajo con calma. Preguntó si podría seguir haciendo los encargos que consiguiera por su cuenta. Liang Qiu le dijo que en sus días libres podía coser lo que quisiera, con tal de que no usara materiales del taller. Si los encargos de fuera la dejaban rendida y eso afectaba a su trabajo allí, tampoco podía decirse que al taller no le incumbiera.

Después de comer le pidieron que se quedara a ver un cambio de escena. De delante llegaba el canto. En el vestuario, una persona avisaba de cuántos versos quedaban, otra soltaba el cuello y otra sujetaba el tocado. La ropa que se quitaba iba a una cesta con compartimentos marcados. A-Zhao no daba abasto con los ojos y no logró retener el orden en que se iban pasando cada cosa. La manera de soltar las cintas que había descubierto en la compañía pequeña era allí una entre muchas. También hubo un cierre que se negaba a abrirse. Liang Qiu lo buscó en cuclillas un buen rato y soltó una palabrota que hizo reír al suplente que aún no había salido a escena.

Después del cambio de escena, Liang Qiu le preguntó si estaría dispuesta a marcharse de Lanting con la compañía. Azhao no respondió enseguida. Solo preguntó si aún estaba a tiempo de volver a casa y pensárselo una noche. Liang Qiu dijo que aún venían varias personas a hacer la prueba y que diera una respuesta en un plazo de tres días. Aquellos tres días no eran una deferencia. El taller tenía que dar una cifra y contaría con quien se comprometiera primero. Antes de irse, Azhao repasó la hilera de broches ocultos que había cosido. Dos seguían desalineados, y Liang Qiu le dijo que los descosiera ella misma, sin dar por bueno aquel pequeño trabajo.

Al salir, el calor subía desde el pie de los muros. A-Zhao se sentó un rato al borde de la calle, compró un cuenco de bebida de ciruelas ácidas y se acordó de la pregunta de la muchacha de cara redonda. Solo al probarla se enteró de que en aquel puesto la hacían demasiado dulce. No quería volver enseguida a decirle a Xiaoman que ya había visto el taller. Le parecía que en cuanto Xiaoman le preguntara qué tal, ella iba a callarse algunas de las ventajas por no herirla. Tampoco quería que Gu Ming pensara que la oferta le interesaba por él. Pero, si de verdad lo pensaba, se sorprendió deseando que eso lo alegrara un poco.

Gu Ming salía justo entonces por la puerta lateral del teatro Qingxing, con el vestuario que le había prestado la nueva compañía para la prueba. Al verse, los dos sonrieron un poco cohibidos. Él le preguntó qué tal y ella le habló del pago, de las varas para tender y del broche oculto que se había estropeado. Gu Ming la escuchó aún más atento que cuando le había dicho que su traje estaba listo. Al final preguntó: «Entonces, ¿en invierno todavía podremos estar juntos?». Azhao oyó dos sentidos en la pregunta y el corazón le dio un vuelco.

«Quiero terminar la temporada de otoño», dijo ella. Él no volvió a preguntar por el invierno. De pronto supo que, si decía que se iba con él, podrían venir días muy luminosos, de trabajar, de comer y quizá hasta de tener a alguien que la esperara a que diera la última puntada. Todo eso podía ser verdad. En lo que él decía había algo más que palabras bonitas de muchacho. Pero aún quería ver con sus propios ojos a Lu Heniang cantar la obra entera con aquel traje. Quería saber si sería capaz de tomarle bien las medidas a alguien de otra complexión.

Gu Ming se pasó el vestuario a la otra mano y dijo que entonces ya verían después de las funciones de otoño. Llegaron a la bifurcación. Él se dirigió a la puerta principal y ella, al salón pequeño. Cuando se volvió, el hatillo de ropa le tapaba media cara. Le gritó que otro día le echara un vistazo al cuello de la prenda y enseguida añadió que le pagaría el trabajo. A Zhao aceptó entre risas. Allí en la calle ninguno de los dos comprometió los años venideros y, aun así, al separarse ambos tardaron un paso más que de costumbre.

Aquella noche tardó en dormirse. Xiaoman se durmió primero. A-Sheng se dio la vuelta en sueños y estiró un pie bajo la mesa. A tientas, A-Zhao recogió un zapato caído junto a la cama y no pudo evitar preguntarse si el dormitorio común tendría un sitio más ancho que aquella cama pequeña. Dejó que también se quedaran con ella aquellos pensamientos poco decorosos, sin obligarse a pensar solo en lo bueno que tenía estar allí.

Al día siguiente volvió al Teatro Qingxing y le dijo en persona a Liang Qiu que no se iría con ellas aquella vez. Liang Qiu lo lamentó un poco, pero no la retuvo todo el día tomando té. Puso el nombre de otra persona en la hoja de trabajo. Solo al ver que de verdad alguien ocupaba aquel sitio sintió Azhao que las seiscientas monedas a las que renunciaba ya no eran una comparación sobre el papel. Preguntó si podría volver a consultar más adelante. Liang Qiu dijo que sí, que si había trabajo harían una prueba y, si no lo había, se lo diría sin rodeos. Que no dejara a Gu Ming hacer promesas por ella.

Al volver al pequeño teatro, Gao Shoucheng estaba preocupado por añadir dos piezas breves a la programación de otoño. Al oír que no se iba, soltó de inmediato un suspiro de alivio y le pidió que se encargara primero de las cuatro prendas viejas. Azhao solo aceptó dos y le pidió que acordara las otras dos con Ye Zhen. Dijo que había que fijar días de prueba para los trajes completos de las funciones de otoño y reservar manos para los trabajos sueltos de última hora. En cuanto al invierno, quería aceptar algo de ropa de uso diario; no podía cargar de antemano sobre su costura todas las obras aún sin decidir. El jefe de la compañía se disgustó un poco, pero aun así anotó el día de prueba.

Al atardecer, Ye Zhen vino por las dos prendas. Cuando oyó que A-Zhao había rechazado seiscientos wen, no pudo evitar darse una palmada en el muslo. «Yo en tu lugar me habría ido». Lo dijo con franqueza. A-Zhao se sintió un poco defraudada al principio y luego se rio también. Ye Zhen no tenía el alquiler de una barca para cubrir el de su tienda, así que para ella la decisión era distinta. Compararon las piezas de las mangas y hablaron de pasarse encargos de ropa de diario, prenda a prenda, cuando flojeara el trabajo, sin prometerse un hueco en la mesa para toda la vida.

A-Zhao sacó el cuaderno nuevo y dibujó en una página lateral la secuencia de recepción de prendas que había visto aquel día en el taller, sin traerse muestras de materiales ajenos para hacerlas pasar por propias. En la primera página del cuerpo del cuaderno dejó un gran espacio en blanco para Han Rong: aún no sabía hacia qué lado se le inclinaban los hombros. Al verla inclinada sobre la mesa, Xiaoman le llevó un cuenco de sopa y lo dejó bien lejos del papel, sin preguntar si no se marchaba porque le costaba separarse de aquel lugar.

La cuerda de tender bajo la ventana seguía abarrotada. A-Zhao la miró un par de veces y le pidió a Gao Man que al día siguiente la ayudara a poner otra. Si quedarse significaba que tenía que llegar a querer hasta aquella cuerda atestada, eso no podía hacerlo. Gao Man dijo que sí, pero que primero había que preguntar a quien vivía al otro lado del muro si les dejaba poner un clavo, que no volviera a imaginar que, por pequeña que fuera una tarea, se hacía sola. A-Zhao lo apuntó. El taller espacioso seguía iluminado en su memoria, y por fin la luz alcanzaba también toda la superficie de su mesita.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

Sección de comentarios

Cargando comentarios…

← Volver a la estantería, leer la siguiente historia

Elige tu tema

El tema se aplica a todo el sitio.