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Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

Rechazar aquel billete de barco

Ku Wuji · Creación con IA · 11155 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Cuando la señora Qin compró dos billetes de vuelta, no le pareció que estuviera decidiendo otra vez por los demás. Su hija había dicho que ya fijarían el viaje en verano, así que todavía quedaba margen para acordarlo. Primero se informó bien sobre la barca de pasajeros. A la vuelta se encargaría ella de llevar al niño y le ahorraría a Xiaoman otro viaje de ida y vuelta. Había preguntado hasta en qué cuarto seco podían dormir en Sangqiao. Esta vez no era un plan que solo parecía bien atado porque lo había pensado en casa.

Dejó la tienda de faroles cinco días al cuidado de Aqiao. La joven tenía veintitrés años, solía repartir material para la papelería y aceptaba encargos breves de pegar el papel a las pantallas. Hasta entonces, la abuela Qin solo le había pedido que le pasara el papel. Nunca le había confiado de veras el dinero del mostrador. Esta vez tenía que marcharse, así que anotó en un papel los precios habituales, le dio una llave y le encargó que de momento no pusiera precios nuevos. Si un cliente tenía prisa, que esperara a que ella volviera. Aqiao le preguntó qué hacer si el cliente no quería esperar. La abuela solo respondió que, si se lo explicaba con buenas palabras, acabaría esperando.

Llegó a Lanting el trece del séptimo mes. Esta vez no llevaba dos paquetes de comida, sino el papel con la medida del pie y un manojito de tiras finas de bambú para que el niño practicara. Al ver que su madre volvía, Xiaoman miró primero detrás de ella y preguntó si esta vez había avisado. La señora Qin contestó que en la carta habían quedado en volver a verlo, que ya había preguntado por la barca y que, si el niño quería, pasado mañana podían regresar juntos. Al maestro de la calle de al lado aún le quedaban plazas para el verano, así que no hacía falta demorarlo más.

El rostro de Xiaoman se ensombreció poco a poco. A la abuela Qin no le gustaba aquella expresión. No le había vuelto a decir a su hija con quién casarse ni le había pedido que dejara la compañía. Solo quería conseguirle al niño una mesa más donde estudiar. ¿Cómo era que, apenas se acercaba, ya parecía haber hecho algo mal? Sacó el billete de la manga para explicarle los detalles que había preparado, pero su hija puso primero la mano sobre el papel y le preguntó por qué había vuelto a comprarlo por adelantado.

«Para ahorrarte el viaje», respondió.

«Yo no he dicho que vaya a irse».

La abuela Qin se quedó sin palabras. A Sheng estaba junto a la puerta mirando las tiras de bambú. Al oír lo de irse, levantó enseguida la cabeza y preguntó si iban a ver el farol nuevo de la tienda de su abuela. Xiaoman le pidió que antes trajera los ejercicios de escritura de esos diez días. El niño fue a buscarlos mirando a una y a otra, sin saber todavía de qué lado lo habían puesto. Tenía ganas de ir y a la vez temía que decirlo disgustara a su madre. Pasaba la mano una y otra vez por el borde del papel y por un momento ni siquiera atinó a sujetarlo bien.

Xiaoman no siguió discutiendo delante del niño y primero lo mandó al frente con Gao Man. Pero la abuela Qin sintió aquel gesto como si también le quitaran al nieto de delante de los ojos y no pudo evitar decir que solo se trataba de quedarse unos días; si ella estaba ocupada, podía cuidarlo, no era que fuera a no devolvérselo nunca. Al terminar, su hija alzó la cabeza y preguntó si, cuando había decidido por ella años atrás, también lo hacía solo por su bien y tampoco necesitaba escucharla hasta el final.

Lo que más temía era que juntaran las dos cosas. Los zapatos eran una cosa y los estudios otra. Ya no impedía que su hija cantara, ¿por qué volver a lo de hacía dieciséis años? Estaba a punto de defenderse así cuando vio lo fuerte que Xiaoman apretaba el billete. Solo entonces entendió qué veía su hija de común entre las dos cosas. Ella siempre lo dejaba todo hecho y solo al final preguntaba si la otra persona quería, como si bastara con decir que sí para recibir todas las ventajas.

Seguía enfadada y dijo que, a su edad, no había hecho el viaje para discutir con su hija. Nada más decirlo, recordó que en la barca no había dejado que Zheng Qin la ayudara más que a los demás, por miedo a que la tomaran por vieja. Cuando la edad se le notaba en las piernas, se negaba a admitirla. En cambio, en cuanto la rechazaban, se apresuraba a sacarla a relucir, como si por estar ella cansada su hija tuviera que tragarse primero lo que iba a decir. Recuperó el billete, pero la mano aún le temblaba un poco.

Alguien vino al cuarto de atrás a recoger ropa, oyó que la abuela materna quería llevarse al niño para que estudiara y comentó que daba gusto contar con alguien mayor que cuidara de él, que así, aunque faltara el padre, no se quedaría desatendido. La abuela Qin alzó enseguida la cabeza y respondió que su hija lo cuidaba muy bien por sí sola y no necesitaba de ella para salir adelante. La persona no supo qué había dicho mal y se fue con una risita incómoda. Había defendido a su hija con sinceridad, pero eso no bastaba para que ella aceptara el billete. En el cuarto quedó un silencio que ya no había manera de recoger.

A-Zhao volvió en ese momento con un forro que acababa de secarse. Al verla, la abuela Qin pareció encontrar de pronto a alguien que conocía el camino a ambos lados. Le preguntó si no creía que allí el niño podría aprender los caracteres con más tranquilidad. La muchacha no contestó de inmediato. Dejó primero la tela en un sitio seco. Luego dijo que aquel lugar tenía sus ventajas y que aquí el niño también iba a clase. Ella no podía entregárselo en nombre de Xiaoman. Al oír aquel «no puedo», la abuela Qin sintió como si otra vez le cortaran el paso.

Estuvo a punto de decirles que, como ahora vivían juntas, todas barrían para el mismo lado. Azhao le vio la cara. Ya no andaba con los rodeos cautelosos de cuando llegó. Se limitó a decir que ella no había comprado aquel pasaje y que nadie le había pedido que respondiera en su nombre. Luego se volvió a rematar una cinta que debía entregar. Para ahorrarle un mal trago a la anciana, no iba a prometerle un futuro que ni ella misma podía decidir.

La abuela Qin se quedó de pie en el cuarto, con la sensación de haber viajado dos días para nada. También pensó que, si se marchaba así, en adelante le resultaría aún más difícil abrir la boca. Xiaoman acabó diciendo que ella se ocuparía de que el niño aprendiera a leer. Si más adelante iba a Liuwan, primero le preguntaría a él y lo llevaría ella misma. Que el billete de aquella vez ya estuviera comprado no decidía nada. Lo dijo con dureza, pero al final añadió que, ya que su madre había venido, se sentara a comer y no se quedara sin probar bocado por despecho.

Sí que tenía ganas de quedarse sin comer por despecho. Pero tenía el estómago vacío y apenas había comido en el camino. Si no comía, su hija tendría que cargar además con otro agravio que ella ni siquiera habría expresado. Se sentó y aun así agarró el cuenco con demasiada fuerza. El fondo golpeó la madera y Asheng, que lo oyó desde fuera, se asomó a hurtadillas. Ella aflojó la mano e invitó al niño a entrar y enseñarle los caracteres que acababa de aprender. Ya no empezó por preguntarle si de verdad quería irse con ella.

En aquella página estaban 水 (agua), 木 (madera) y un 舟 (barca) escrito torcido. El niño dijo que el maestro Shen podía soplar de un solo aliento durante mucho tiempo, cosa que él aún no sabía hacer. Primero leía todos los caracteres con el maestro y solo después le tocaba escuchar aquellas dos notas. La abuela Qin había pensado que allí todo era siempre un desorden, dentro y fuera del escenario. Al quedarse sentada hasta oírlo todo, vio que su hija sí le había buscado un sitio al que podía ir a una hora fija. Que no se le hubiera ocurrido primero a ella no hacía que valiera menos que una mesa en Liuwan que pudiera vigilar con sus propios ojos.

El día catorce siguió las indicaciones del niño hasta el callejón del maestro Shen. No fue primero a buscar a nadie al cuarto de atrás. Dentro había varios niños, cada uno sentado en su sitio. Asheng señalaba en el papel el carácter 水, «agua». Se equivocó de trazo y el maestro no leyó por él. Esperó a que volviera a mirar. Había una flauta junto a la ventana, pero nadie podía cogerla para jugar nada más entrar. La abuela Qin observó un rato desde la puerta, sin llamar con la mano a su nieto para que saliera ni entrar a anunciar que era su abuela. Venía con mucho que decir sobre cómo hacer que un niño estudiara en silencio, pero en aquel momento no encontró a quién decírselo.

Tenía los billetes de vuelta debajo de las rodillas. Fue a buscar a Zheng Qin y le preguntó si podía cambiarlos si viajaba un niño menos. La barquera dijo que contarían a los pasajeros al día siguiente antes de embarcar. Por el tramo que no se hiciera podían devolverle una parte, según las reglas. Lo de la señal del cuarto en Sangqiao tendría que hablarlo ella misma. Al oír que tendría que hacer otro viaje, volvió a sentir resentimiento. Enseguida recordó que lo había arreglado todo por adelantado ella sola. ¿Cómo iba ahora a valerse de eso para hacer sentir culpable a su hija?

Le preguntó a Zheng Qin si conocía a Xiaoman. La barquera dijo que sí, que la había visto en varios viajes. Como quien solo quiere conversar, la abuela Qin comentó que el niño andaba mucho de barco en barco por allí y preguntó si no le vendría bien pasar de vez en cuando a un lugar más estable. Zheng Qin no juzgó a nadie. Se limitó a sacar el billete sin usar y respondió que, si el niño todavía no estaba con ella, tampoco desde la barca podían ir a sacárselo de un callejón. Hasta cuando recibía mercancía exigía que se la entregaran en persona y que todo quedara claro. Con más razón tratándose de un niño que aún estaba al lado de su madre.

El quince de julio, Xiaoman acompañó a su madre al embarcadero. Traía un paquetito con la hoja que A-Sheng había escrito para su abuela. Al niño no lo llevó. Cuando la abuela Qin cogió el paquete, todavía tenía muchas ganas de preguntar qué día sería la próxima vez, pero se limitó a decir que conocía el camino y que no hacía falta acompañarla hasta la barca. Su hija no le hizo caso del todo. Esperó a que pisara firme para retirar la mano que sostenía una esquina del paquete.

En aquel viaje de vuelta a Liuwan se alojó sola en el cuarto de Sangqiao. Dejó en una esquina de la cama las pocas monedas que le habían devuelto del pasaje. Antes de contarlas, abrió el fardito para ver lo escrito. Asheng había puesto «Hoy ya reconozco 舟», el carácter de «barca». Debajo había dibujado algo que apenas se parecía a una barca, con dos farolitos al lado. Lo miró mucho rato. Sabía que el niño se acordaba de ella aunque esta vez no hubiera venido, pero seguía enfadada con su hija, que al hablar siempre parecía negarse a dejarle el menor margen.

Cuando regresó a la tienda el día dieciséis, Aqiao ya había reparado dos caras de faroles viejos y cobrado el precio que ella había dejado por escrito. Lo primero que preguntó la abuela Qin fue por qué no la había esperado. La joven respondió que los clientes tenían que marcharse y que tanto el arreglo del papel como el del armazón estaban anotados y se entendían bien. Al oír eso de que se entendían bien, la rabia que le quedaba de su hija pasó a una trabajadora eventual. Le pareció que, por unos pocos días de ausencia, ya había quien se le adelantaba a decidir en todas partes.

A-Qiao puso en orden el dinero y los materiales. Dijo que, si solo se le permitía sentarse a esperar, la próxima vez se lo dijera de antemano y se limitaría a cuidar la tienda, sin aceptar reparaciones. Ella no era Qin Xiaoman y no iba a suavizar sus palabras por ser su hija. La abuela Qin miró los dos faroles reparados sobre la mesa. El papel estaba liso y los bordes de los armazones seguían rectos. Al final, cambió el reproche que iba a hacerle por una pregunta: ¿dónde había reutilizado las tiras de bambú? Le pidió que se lo explicara.

Cuando acabó de explicarlo, la muchacha se marchó a su hora y cobró la jornada como de costumbre. No se quedó a acompañar a la anciana toda la noche porque esta estuviera disgustada. En el silencio de la tienda, la abuela Qin sacó la nota en que su hija le había dado esta vez las fechas del viaje y tomó una hoja en blanco. Quería escribir que en adelante tampoco hacía falta que se molestaran por ella. Al levantar el pincel, vio de pronto la frase de tantos años atrás, aquella de que, si no volvía, no llamara a aquello su casa. Dieciséis años separaban las dos frases y, sin embargo, podían escribirse con la misma intención.

Dejó el pincel y esperó a después de comer para escribir. Al final solo escribió que ya había llegado, que si la niña aún quería contarle algo de las clases de esos diez días podía mandarle unas palabras con alguien y que en adelante preguntaría antes de ir, sin comprarle de antemano el billete de vuelta. No escribió lo cansada que había acabado del viaje ni cuánto dinero había desperdiciado en el billete. Todavía no se le había pasado del todo el enfado. Dejó la carta bajo un peso toda la noche para evitar que por la mañana se le ocurriera añadir media línea que ablandara a su hija.

Antes de acostarse fue a ver la cortina nueva de la puerta trasera. La mitad de la tela azul que le habían devuelto alcanzaba justo para aquel sitio. Cuando entraba el viento, ya no daba de lleno en el papel de la lámpara. Cerró el gancho de la puerta, volvió al armario y guardó en su caja las tiras finas de bambú que había usado A Qiao, sin desmontar la cortina y hacerla de nuevo para quedarse tranquila. Por debajo del papel asomaba media proa de la barca que había dibujado la niña. La alisó con un dedo y se sentó un rato antes de apagar la lamparilla.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

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