Ir al contenido principal

Buscar en CooLWJ

选择搜索范围,输入关键词后按回车。

Idioma

Un volumen en las manos

Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia

El ruido de una tabla de cama

Ku Wuji · Creación con IA · 10816 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

La tabla de la cama del cuarto de atrás era aún más estrecha que la de la posada. A Zhao dejó el baúl a los pies de la cama e hizo el gesto de medir si, al tumbarse, podría estirar las piernas. Enseguida retiró la mano por miedo a que Xiaoman la viera y pensara que, el primer día de llegar, ya se quejaba de que no había sitio. Pero A Sheng ya estaba junto a la tabla y dijo que aquello hacía ruido por la noche. Bastaba con darse la vuelta para que el soporte vacío del tambor que había debajo hiciera «clonc».

A-Zhao bajó la vista y vio que habían metido el soporte debajo del tablón de la cama. Qin Xiaoman le quitaba el polvo y le decía al niño que no empezara siempre por lo malo, mientras envolvía con dos trapos viejos los puntos que podían chocar. Lo hacía con tanto cuidado que a A-Zhao le dio reparo preguntar si podían sacar el soporte fuera. Era lo que había dejado Lu Zheng. La última vez estaba junto al baúl de la ropa. En cuanto ella se instaló allí, tuvo que cederle el sitio y acabar debajo de la cama.

Ya caía la tarde cuando llegó a Lanting el veintiocho de marzo. Esta vez la barca de pasajeros no se había retrasado. A-Zhao conocía ya todo el camino desde el embarcadero y podía entrar en la sala del Sur sin preguntar a quién debía mencionar en la puerta. Pero a la hora de dejar de verdad el baúl, se sintió menos cómoda que cuando paraba en la posada. Allí, si la cama era estrecha, solo podía achacárselo a lo poco que daban de sí ocho wen. Ahora también estaban allí Xiaoman y el niño, y antes de estirar las piernas, cualquiera de los tres tenía que mirar si había alguien al lado.

Xiaoman le preguntó si quería probar a tumbarse, y ella se apresuró a decir que no hacía falta, que cabía de sobra. Asheng se tumbó en su lugar enseguida. Los talones le dieron justo en la esquina del baúl y él dijo ufano que, como podía ver, todavía le sobraba un buen trecho. Azhao lo levantó y contestó entre risas que eso era porque tenía las piernas cortas. El niño, disconforme, volvió a estirarlas para enseñárselas. Su madre se acercó deprisa a decirle que no pisara la cama con los zapatos llenos de barro. Por primera vez hubo en el cuarto tanto alboroto que parecía que Azhao de verdad se había instalado allí y no que estuviera sentada esperando que alguien le encargara un trabajo.

El alquiler era de cuarenta y cinco wen al mes, con leña y agua incluidas; las comidas se pagarían aparte, compartiendo los gastos de la olla común. A Zhao sacó el dinero. Xiao Man no lo rechazó ni dijo que, recién llegada, no hacía falta. Lo contó, lo guardó primero en su bolsita y luego le enseñó el rincón junto a la cabecera donde podía poner el tubo de las agujas. A Zhao había temido que cobrarle pusiera a alguien en un aprieto; al ver que lo aceptaban con tanta naturalidad, sintió más bien un pequeño vacío, como si, por haber traído dinero suficiente, debiera haber podido comprar también la desaparición de toda incomodidad.

Junto a la ventana había una mesa baja donde llegaba más luz que al lado de la puerta. Allí estaban las suelas de Xiaoman, su libreto y un paquetito de hilos aún sin separar. A-Zhao echó un vistazo y dejó su papel en la parte oscura. Xiaoman le preguntó si allí veía bien, y contestó que sí. Pero al enhebrar la aguja tuvo que acercar un poco más los ojos. El aire que entraba por la rendija empujaba una y otra vez la punta del hilo fuera de sus dedos. Le fastidió haber respondido tan deprisa y ya le daba reparo decir que en realidad no veía bien.

A-Sheng se acercó abrazado a su trozo de bambú y le preguntó si tenía en el baúl una aguja fina de hierro con que agujerearlo. A-Zhao dijo primero que no, pero el niño veía perfectamente el alfiletero y alargó la mano para tocarlo. Ella apartó el estuche y le dio una varilla fina de madera que no había usado. Le dijo que primero la utilizara para calcular dónde irían los agujeros y que, cuando de verdad quisiera abrirlos, buscara a alguien que supiera, no fuera a rajar el bambú de tanto apretar. El niño no quedó muy satisfecho, pero aceptó la varilla y se sentó junto a la cama a medirla contra su propio brazo.

Desde el patio la llamó Gu Ming para preguntarle si la maestra He quería ver la tela nueva. Al oír que la llamaba maestra, Azhao alzó la cabeza demasiado deprisa y la aguja se le escurrió entre los dedos y se perdió en un pliegue. Xiaoman estaba al lado. Al verla buscar dos veces, le sujetó la tela con la mano y le dijo que fuera más despacio. Azhao quiso explicar que solo tenía prisa por recibir el encargo, pero antes de decir nada ya había tirado al suelo un retal que estaba en el borde del baúl.

La tela azul verdosa que había traído Gu Ming era la que Gao Man acababa de recoger en la tienda. Brillaba más que la túnica vieja y, al desplegarla, tenía un tono parecido al agua fría. Él se la echó por los hombros y preguntó si, vestido así, Liu Sheng parecería dispuesto de verdad a luchar por una vez. A Zhao bajó la cabeza y acarició la tela. Le parecía mucho más hermosa que la ropa que había arreglado para los vecinos del pueblo y respondió también que sí. Gu Ming sonrió y dijo que ya sabía que ella tenía buen ojo.

Xiaoman llegó por detrás. No le pidió que dejara de mirar. Solo le preguntó a Gu Ming si traería también el traje viejo para probárselo. Gu Ming dijo que claro, que en los próximos días quería sacar adelante la segunda mitad del acto y que no podía dejar a Liu Sheng otra vez plantado en la orilla, hablando. Xiaoman frunció el ceño y preguntó qué parte pensaba añadir ahora. Él dijo que hablarían cuando consiguiera ensayarla y, al final, volvió a ponerle la tela verde azulada en las manos a A-Zhao y le pidió que no hiciera caso a quienes siempre decían que solo sabía armar jaleo.

A-Zhao abrazó la tela con una alegría ligera, como si flotara. Sabía que aquello no significaba que él la tuviera en especial estima. Gu Ming usaba ese mismo tono para ganarse a los niños y a los clientes o para que Lu Heniang dejara de reñir. Pero, cuando le tocaba a ella, costaba no creérselo un poco más. Dejó la tela junto a la mesa. Por primera vez, lo primero que pensó fue en cómo brillaría aquel giro en escena si el traje llegaba a hacerse, antes de pensar que la pieza era de la compañía y no podía cortarla a su antojo.

Repartieron la cena junto al fogón pequeño. Gao Shoucheng andaba preocupado porque le faltaban dos mesas para la próxima función. Al verla también de pie con un cuenco, le dijo que se sentara bajo el alero y no dejara que se le enfriara la comida. A Zhao se sintió aliviada al saber que no tendría que buscar un sitio donde cenar por su cuenta. Solo cuando Gao Man trajo las tablillas de las raciones se dio cuenta de que se anotaría lo que correspondía a cada cual. Le parecía razonable llevar la cuenta. Solo que, a la luz de las cifras, aquel calor que se parecía al de volver a una casa seguía siendo real y a la vez ofrecía menos seguridad.

Al terminar de comer, Xiaoman se fue a la parte delantera a ensayar un pasaje cantado. En el fondo del cuenco de A-Sheng aún quedaba arroz. Cuando A-Zhao recogió la mesa, iba a tirarlo de paso, pero el niño se apresuró a quitárselo. Dijo que se lo comería luego, que su madre le había dicho que no se olvidara de comer solo porque hubiera gente fuera. Decía eso, pero ya tenía los ojos puestos en las tablillas nuevas de percusión del patio. A-Zhao tapó el cuenco, lo mandó primero a lavarse las manos y llevó al pozo los cuencos vacíos que había junto al fogón.

Cuando antes venía de visita, Xiaoman no le permitía lavar los cuencos. Ahora, al verla llevarlos, solo le gritó desde el otro lado del patio que no apilara el del fondo rajado con los demás, porque gotearía por todas partes. Se lo dijo con toda confianza, pero las manos de A-Zhao se detuvieron un instante. Acababa de pagar y le parecía que ya ni siquiera podía permitirse descansar una noche. Enseguida se avergonzó de pensarlo. ¿En qué casa se come juntos sin recoger los cuencos? ¿De verdad iba a esperar a que le llevaran todo hasta la cama?

Cuando volvió al cuarto después de lavar los cuencos, Asheng ya estaba escribiendo junto a la mesa, con un trozo de bambú sujetando el papel. Había empujado hasta el borde el libreto que Xiaoman dejó allí durante el día. Azhao estiró la mano para volver a colocarlo y vio que junto a una línea antigua alguien había añadido unas palabras con otra letra, muy menuda. No debía curiosear, pero no pudo evitar mirar un instante más el verso de despedida de la barca. En lo escrito no había nadie esperando a nadie y, sin embargo, al cantarlo podía dejar a todo un patio en vilo. Tenía muchas ganas de saber cómo había interpretado Xiaoman a Aheng en otro tiempo, pero temía que al preguntarlo pareciera que sacaba el pasado para burlarse.

Al niño le entró sueño mientras escribía. Se le venció la cabeza sobre el papel, pero seguía sin soltar el pincel. Azhao le apartó el platillo de tinta. Xiaoman volvió justo a tiempo para verlo y lo primero que dijo fue que no le consintiera escabullirse, que tenía que recoger él mismo lo que le tocaba. A Azhao volvió a dolerle que la trataran como a una ayudante y contestó que solo temía que volcara la tinta, con un tono más seco de lo que pretendía. Xiaoman se quedó desconcertada un instante y no siguió hablando. Primero despertó al niño para que guardara el pincel.

Se quedaron un rato sentadas, cada cual por su lado. Las voces del ensayo de fuera sonaban más animadas que el cuarto. Gu Ming y Lu Heniang probaban un paso con giro. A través de la pared parecía que discutían y al poco se reían a la vez. Azhao no conseguía enhebrar la aguja y le daba rabia que los dedos se le hubieran vuelto torpes de repente. Al alzar los ojos vio que Xiaoman también se frotaba la base de un dedo. Sus manos no estaban más ágiles que las suyas. Pero ver que la otra también estaba cansada no bastaba para que en aquel momento Azhao diera por sentado que a ella le tocaba aguantar su propio cansancio.

Al fin Xiaoman se levantó, recogió el paquete de hilo junto a la ventana y movió sus zapatos a la cabecera de la cama para despejar un trocito de mesa. Dijo que allí había buena luz y que, si quería coser de día, podía venir. Solo tenía que procurar no dejar los libretos debajo de nada húmedo. A-Zhao respondió y se acercó con el alfiletero, sin echarle en cara lo que había dicho antes sobre que veía bien. Las dos dejaron las cosas sin hablar del todo. A la luz de la lámpara por fin había sitio para otro par de manos.

Ya era tarde y A-Sheng no quería dormir. Soplaba por el trozo de bambú al que aún le faltaban agujeros y sacaba un sonido agudo como el quicio de una puerta. Xiaoman le mandó parar. Se detuvo una vez y volvió a probar. A-Zhao, tendida sobre la tabla nueva, también estaba molesta al principio, pero al oír al niño soplar más bajito a escondidas casi soltó una carcajada. Al contenerse se movió, y el soporte vacío bajo la cama dio un golpe seco. El niño, asustado, escondió el bambú bajo la colcha. Los dos se miraron en la penumbra y acabaron aguantándose la risa juntos.

Xiaoman no se rio. Bajó de la cama, palpó el soporte del tambor y preguntó si lo había envuelto mal durante el día. Luego metió un poco más el paño. A-Zhao se calló de golpe. Sintió que hasta para darse la vuelta tenía que pedirle perdón a un pedazo de madera vieja. Xiaoman no sabía qué estaba pensando. Solo le dijo que durmiera, que al día siguiente aún tenían una prenda nueva entera que revisar. Al volverse, recogió los zapatos que A-Sheng había apartado de una patada y los puso al pie de la cama.

Solo cuando se apagó la lámpara recordó A-Zhao que la pieza de tela azul verdosa seguía en el cuarto de al lado. Hoy se había limitado a tocarla, sin medirla de verdad. Debería haberle preguntado a Gu Ming por todos los movimientos cuando él estaba dispuesto a probarse el traje, pero la había llamado «maestra He» y ella se había sentido como si ya supiera hacerlo todo. A oscuras, por fin asomó la inquietud que había debajo de aquella alegría. Encontró al tacto el papel de las medidas. Solo podía recordar qué renglón había quedado en blanco. Ahora ya no podía completarlo.

Más tarde, Xiaoman volvió a encender la lamparilla. Se había dejado una tira que hacía falta a primera hora. Al oír las tijeras, A-Zhao se dio la vuelta y preguntó si quería que la hiciera ella. Ya tenía mucho sueño, pero su boca se ofreció antes que el cuerpo, como si temiera parecer inútil nada más instalarse allí. Xiaoman le dijo que durmiera. Hizo una pausa y añadió que, si podía enhebrarle una aguja con un hilo largo, le vendría bien. A-Zhao se incorporó, se echó una prenda por encima y por fin consiguió pasar el hilo con aquella poca luz.

Le tendió la aguja enhebrada y vio que tenía el rabillo de los ojos enrojecido. Estuvo a punto de decirle que ella también debía dormir, pero recordó cuánto le había molestado que la apuraran durante el día y se calló. Enrolló bien el hilo sobrante y dejó su aguja corta en la esquina recién despejada de la mesa. Fuera, la luna ya había pasado por encima del alero y su luz no caía donde al principio había querido aprovecharla. Aun así, la poca luz junto a la mesa bastaba para que las dos distinguieran lo que tenían entre manos. Solo entonces sintió de veras que, al despertar al día siguiente, su arcón seguiría allí.

· Fin del capítulo ·

Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Tres ofertas por la barca
  2. La placa de cobre y la barca vacía
  3. Aquella ventana de la tienda de faroles
  4. El camino dentro del baúl de bambú
  5. Dos tramos por agua
  6. Quien descose las puntadas
  7. El traje en escena y sobre el cuerpo
  8. El sitio vacío junto al tambor
  9. El farol vuelve al mostrador
  10. El nombre de quien ya había formado una familia
  11. Obra nueva en el Salón Sur
  12. El billete de barca del noveno día
  13. Una cebolleta puertas adentro
  14. Quién cierra la ventana de noche
  15. Dos pies de tela aún por descoser
  16. Quince días para alquilar la barca
  17. El ruido de una tabla de cama
  18. Abrir otra vez la sisa
  19. La crecida del cuarto mes
  20. Un acto entero desde el público
  21. La segunda comida en Lanting
  22. El precio de los zapatitos
  23. El viento pasa tras la cortina
  24. La feria del templo se trasladó a la orilla
  25. La función cancelada
  26. Las puntadas que retienen a la gente
  27. Dos placas en la proa
  28. ¿Debe irse el niño con ellos?
  29. Rechazar aquel billete de barco
  30. Una vieja obra ensayada de nuevo en pleno calor
  31. Responder después de verlo
  32. Entregar el traje en mano
  33. Una puerta abierta en el armario de las lámparas
  34. Cruzar el río una vez más
  35. El último hilo de las funciones de otoño
  36. La lámpara no tiene que arder toda la noche

Sección de comentarios

Cargando comentarios…

← Volver a la estantería, leer la siguiente historia

Elige tu tema

El tema se aplica a todo el sitio.