Novela de viajes y vida social ambientada en una antigüedad ficticia
Obra nueva en el Salón Sur
Ku Wuji · Creación con IA · 11236 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Al llegar a Lanting el veinticuatro del segundo mes, Azhao fue primero a ver si habían cambiado el cartel de Nantang. Junto a los antiguos caracteres rojos habían pegado dos hojas nuevas que anunciaban escenas de prueba de «La barca del paso de los juncos». Debajo, una línea en letra pequeña indicaba al público que, en caso de lluvia, entrara por la puerta lateral. Azhao leía despacio. Llevaba tanto rato en la entrada que quienes acarreaban los bancos le pidieron paso, y solo entonces retrocedió con el baúl en brazos hasta la pared.
Gao Man la reconoció y preguntó cuántos días se quedaría esta vez. A-Zhao dijo que, si había trabajo, quería quedarse hasta que terminara aquella tanda de actuaciones. Gao Man no dijo si aceptaba; solo señaló el patio trasero y dijo que Xiaoman estaba tendiendo ropa interior. La cuerda del patio estaba más baja que antes y una tela mojada colgaba a la altura de la frente. A-Zhao estuvo a punto de chocar con ella, pero alzó la mano para apartarla. Ya no pensó que debía quedarse esperando a la puerta porque nadie hubiera salido a recibirla. Rodeó la ropa tendida y fue directamente a buscar aquellas manos conocidas.
Al verla, Qin Xiaoman preguntó primero si había vendido la barca. A Zhao le dijo que aún la tenía y que Ding Quan se ocupaba de ella. Quería contarle todo lo que había pasado en casa en esos días, pero Xiaoman señaló el montón de cintas que había en el cubo y le pidió que la ayudara a sacarlas, que no podían estar mucho en remojo. A Zhao se arremangó y metió las manos. El agua estaba más fría de lo que esperaba y, en cuanto sacó las cintas, una se le enredó en la muñeca. Hablaron mientras las escurrían. Que ya no había compromiso de matrimonio, que el papel ya se había quemado, todo fue a dar en el chapoteo de medio cubo de agua.
Xiaoman escuchó hasta el final sin darle las gracias ni sonreír. Azhao creyó que no la había oído bien y repitió que la abuela Qin no pensaba llevar aquel papel a ningún sitio para hacer valer el compromiso. Xiaoman terminó de escurrir la cinta que tenía entre las manos. Dijo que lo que quería saber era si su madre estaba aún dispuesta a soltar aquello por dentro. Poco le importaba a quién pudiera comprometer el papel. Azhao recordó los días en que la abuela Qin se había quedado junto al fogón, pero no habló por ella ni dijo que ya lo hubiera soltado todo. Solo dijo que contaba lo que había oído y que lo demás tendría que preguntárselo la propia Xiaoman.
«Yo tampoco le pedí que lo quemara para que yo lo viera», dijo Xiaoman.
A-Zhao sintió de pronto un frío por dentro. En todo el camino no había tomado la noticia por un mérito suyo y solo al llegar allí comprendió que, en el fondo, todavía esperaba oír que esta vez sí bastaba. Pero Xiaoman no se lo había dicho a ella. Sacudió la ropa mojada para abrirla, se puso de espaldas al viento para contenerlo con los hombros y la tendió con cuidado en la caña de bambú. A-Zhao se apresuró a sostener el otro extremo. Entre las dos evitaron que el faldón volviera a barrer el barro, y aquel gesto apartó por un momento el frío de antes.
Por la tarde, Gao Shoucheng le enseñó dos chaquetas cortas y le preguntó cuántos días tardaría en arreglarlas. A-Zhao preguntó primero quién iba a ponérselas. Gao Shoucheng señaló al patio. Uno acababa de levantarse de dormir y el otro se estaba acabando medio cuenco de arroz. Tendría que esperar a que los dos estuvieran libres para probárselas. No podía dar un plazo doblando un poco la tela sobre la mesa. El director de la compañía se impacientó. Si solo había que mover una cinta y poner un parche, ¿a qué venía tanto trámite? Xiaoman no salió en defensa de A-Zhao ni la apremió de parte de Gao Shoucheng. Tomó la ropa, la cotejó un par de veces y solo entonces dijo que en efecto había que probársela.
Azhao calculó dos días, a doce monedas por cada arreglo pequeño. Gao Man le dio la vuelta a la tablilla y le dijo que una de las prendas solo necesitaba un remiendo, que no podía cobrarlo como una reforma entera. Cada una señaló la prenda para defender lo suyo. Por un momento, Azhao sintió que volvían a tratarla como a una recién llegada a la que podían mandar cualquier cosa, y se le encendió la cara. Cuando quedaron claras las cuentas, doce por una, ocho por la otra y dos más por lavar las cintas, asintió despacio. Aquello distaba de un generoso «Si quieres quedarte, te tomo». Al desglosarlo, hasta cada costura tenía su precio.
Cuando Gao Man se alejó, Xiaoman le preguntó si aún le quedaba dinero para mantenerse. A-Zhao iba a decir que sí, pero pensó en los ocho wen por noche que costaba la posada y admitió que, si seguía haciendo tan poca labor como la vez anterior, no podría quedarse mucho tiempo. Xiaoman dijo que la otra vez se le había ido casi todo el tiempo en observar a los demás y que solo podía cobrar por aquellos pequeños arreglos. Si era capaz de hacer más, naturalmente habría más trabajo, pero ella no podía contarle por adelantado unos buenos ingresos por una labor que aún no había hecho. Dicho esto, acercó una bolsa de hilos sueltos y le pidió a A-Zhao que, ya que estaba allí, los desenredara, que iba a usarlos en un rato.
Azhao miró aquella bolsa y de pronto se resistió a cogerla enseguida. Xiaoman esperaba, como si no hubiera advertido lo que acababa de decir. Al final Azhao la tomó, pero solo separó los colores que iban a usar aquella noche y devolvió el resto a su sitio. A Xiaoman se le movió una ceja, aunque no dijo nada. Cuando Azhao fue a probar la chaqueta corta, ella misma desenredó los hilos restantes uno por uno, muy deprisa y muy disgustada.
Gu Ming entró entonces y le preguntó a la señorita He si esta vez le había traído media torta seca. Azhao apretó el envoltorio de las tortas de frijol y dijo que aquella vez no, que dejara de aprovecharse de cosas pasadas. A su lado, Asheng tendió enseguida la mano para proteger el paquete de su madre y dijo que todo aquello era de su casa. Gu Ming miró la cara de los dos y se dio por vencido entre risas. Luego sacó de la manga una pequeña carraca que acababa de comprar y se la enseñó solo al niño, sin querer dársela. Asheng salió corriendo detrás de él y en medio patio se armó un revuelo.
A Zhao los miraba y la cinta de medir se aflojó un poco entre sus manos. Xiaoman pasó junto a ella y le pidió en voz baja que terminara primero de tomar las medidas: quien iba a ponerse la ropa aún esperaba para comer su segundo cuenco de arroz. A Zhao se volvió y vio que, en efecto, el actor ya estaba impaciente de estar de pie, mientras ella seguía inmóvil con la punta de la cinta en la mano. Se apresuró a reconocer su error, aunque por dentro le parecía injusto: hacía un momento todos miraban al niño y, sin embargo, solo a ella la habían llamado aparte para que volviera al trabajo.
En el ensayo de aquella noche, Azhao se sentó por primera vez detrás del escenario a ver cómo la compañía entera convertía medio patio en un río. La barca eran solo dos tablas, y la orilla, una cuerda de cáñamo tendida a un lado. A Gu Ming le habría bastado alzar una pierna para pasar, pero en escena tenía que cruzar aquella agua invisible. Asheng quiso pasar corriendo por detrás y Xiaoman lo agarró del cuello de la ropa y lo sujetó junto al arcón de vestuario. El niño dijo que no había hecho ruido. Su madre le señaló el suelo y le dijo que, por muy suave que pisara, las tablas hablarían por él.
En la primera escena, el letrado Liu llevaba prisa. Cantaba que en una barca ligera haría el viaje en un día, pero Aheng le cortaba el paso para preguntarle primero por el pasaje. Gu Ming quería que el letrado pobre pareciera un hombre de posibles y se tomó su tiempo palpándose la manga. Lu Heniang se impacientó y alargó la mano para registrarle la otra. Algunos trabajadores que veían el ensayo desde abajo soltaron una carcajada. Gu Ming improvisó que el dinero estaba en sus sueños, y Lu Heniang contestó que entonces le pidiera a la barca de sus sueños que lo cruzara. Eso no figuraba en el libreto antiguo. Junto a la cortina, Gao Shoucheng frunció primero el ceño, pero al oír las risas acabó dejando que siguieran.
A-Zhao se dobló de risa con la aguja aún entre los dedos. Cuando cayó en la cuenta del peligro, se apresuró a guardarla en el alfiletero. De pronto comprendió un poco por qué Xiaoman, aun sabiendo que fuera de casa pasaría hambre y tendría que coser ropa, se resistía a hablar de aquel lugar como si solo estuviera allí por necesidad. Delante del escenario había gente de carne y hueso y, sobre las tablas, uno podía ser otro. Hasta cuando alguien exigía el precio del pasaje podía surgir una alegría distinta de la del embarcadero.
Pero, después de las risas, en cuanto salió el personaje de la madre, se hizo el silencio junto al escenario. Xiao Man cantó en un tono más bajo de lo habitual e hizo que aquel «no te vayas» no fuera solo ira. A Zhao miró la sombra detrás de su hombro y recordó de pronto la mano que no había respondido frente al mostrador de la abuela Qin. Enseguida sintió que no debía superponer siempre a aquellas dos personas. La madre de la obra no era la vendedora de lámparas de Liuwan, y la mujer que tenía delante era más que la hija que alguien había perdido durante dieciséis años.
El veintiséis vinieron unas cuarenta personas a la primera función. Algunas se sentaron y otras se quedaron de pie. Las monedas de cobre al caer en el tubo de recaudación sonaban con más bullicio del que solía haber en el patio. Gao Shoucheng reconocía a los clientes de siempre en la puerta y al momento se daba la vuelta para mover un banco al que le faltaba una pata. Azhao había pensado que, una vez empezada la función, podría sentarse tranquila a coser. No esperaba que a cada llamada desde el escenario alguien entre bastidores tuviera que pasar una cinta, recoger un tocado o recibir un paño mojado. Solo hizo dos idas y vueltas y ya se le había enredado el ovillo dentro de la manga.
Al acabar la función, Lu Heniang tenía el cuello del traje empapado, más pesado que una prenda que hubiera pasado todo el día en remojo. Azhao extendió la mano para colgarlo. Lu Heniang le dijo primero que no dejara los adornos pesados encima del pliegue y luego se fue a beber agua. A mitad del cuenco la llamaron para que saliera a agradecer al público, y se lo devolvió de cualquier manera. Azhao lo atrapó un poco irritada, como si todo el mundo tuviera las manos más libres que ella. Para cuando quiso replicar, Lu Heniang ya sonreía y hacía una reverencia al otro lado de la cortina, sin que se le notara el cansancio en la cara.
A la hora de contar el dinero, tanta animación se parecía aún menos a una ganancia limpia. El dueño del recinto cobró primero el alquiler, había que devolver los bancos prestados y reservar algo para volver a tensar el cuero del tambor de Cai Heng. Gu Ming pidió un adelanto para mandarle dinero a su hermano menor y que comprara los libros de primavera. Gao Shoucheng le dijo que esperara dos funciones más. Gao Man llevaba la cuenta al lado. Por mucho que alguien dijera que en casa urgía el dinero, las cifras de las tablillas no crecían solas. Azhao escuchó de pie y poco a poco decidió dejar para otra ocasión lo de la tela nueva que había querido pedir.
A fin de mes llovió dos días y trasladaron la función al interior de la sala estrecha. Con la embocadura reducida, las mangas largas de Aheng barrían la columna lateral. Lu Heniang tuvo que acortar uno de los giros y se le puso muy mala cara. Al verla disgustada, Azhao pensó primero que le daba pena perder unos aplausos. Solo al trasladar los trajes descubrió que la columna tenía astillas y que, si Lu Heniang hacía el giro como siempre, el puño podía engancharse y rasgarse de verdad. Envolvió el canto de la columna con un retal. Dejó los movimientos en manos de quien los hacía y quitó de en medio aquel estorbo.
Lu Heniang se dio cuenta y alzó la barbilla hacia ella en señal de agradecimiento. Fue un gesto muy pequeño, pero a Azhao le dio una alegría que no podía despachar tan fácilmente como al recibir dos monedas. Tampoco quería admitir que se parecía a Gu Ming y a los demás que aspiraban a escenarios mayores. Todos esperaban que alguien se fijara en su trabajo, aunque solo fuera en una pequeña parte. Al volver por la noche a la posada, contó las veintidós monedas que le correspondían por aquellos dos días y no las gastó en comprarse nada que llamara la atención.
El segundo día del tercer mes, Gao Shoucheng dijo que aquella tanda de funciones duraría hasta el noveno. Si volvía el mal tiempo, cerrarían sin prolongarla más. Al oír la fecha, Azhao fue primero a preguntar por la barca de regreso. Ya sabía encontrar por su cuenta un sitio donde sentarse en Nantang y, cuando alguien llamaba a Azhao, sabía que se dirigían a ella. La próxima vez que saliera de viaje no sería como la primera, cuando solo llevaba un nombre por el que preguntar. Pero cuando Xiaoman habló de cruzar el río, siguió sin dejar que nadie fijara el día por ella.
Aquella noche, Azhao extendió la hoja usada donde anotaba las medidas. Junto a las palabras «prenda azul grisácea» había tres apuntes breves: quién la lleva, probar primero, preguntar antes de descoser. Le molestó que su letra pareciera la de una niña y pensó pasarla a limpio. Lo pensó un poco más y dejó la hoja vieja como estaba. Fuera, Gu Ming ensayaba la frase de despedida del letrado Liu, la que debía decirle a la barquera para prometerle un reencuentro. De pronto se atascó y preguntó a través de la pared si alguien había oído hasta dónde había cantado la frase anterior. Desde el otro lado, Lu Heniang le respondió que hasta donde volvía a intentar ahorrarse un pasaje. Azhao bajó la cabeza y se rio. Por eso el último punto de tinta se le fue de lado, y aun así no lo escribió de nuevo.
· Fin del capítulo ·
Este libro fue escrito con ayuda de IA y amplía 《春江花月夜》 (Noche de flores y luna sobre el río primaveral), de Zhang Ruoxu, y el relato original 《借灯还舟》 (Pedir prestado un farol, devolver una barca). Los personajes, la geografía y los acontecimientos son imaginarios; no es una traducción ni una adaptación del poema original, ni una biografía del poeta.
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