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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

El jornal de medio día

Ku Wuji · Creación con IA · 10903 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

La primera vez que Dong Xiaoman entró en casa de los Gu, antes de mirar las flores de la mesa tanteó la cuerda donde se tendía la seda. Estaba tirante entre dos clavos viejos. La apretó con un dedo y el centro cedió medio cun. Gu Qing creyó que iba a decirle que tenía un lugar de trabajo muy rudimentario y se disponía a explicar que acababa de cambiar la cuerda de sitio por la obra del muro. Xiaoman solo preguntó si allí colgaban también toda la tela húmeda. Cuando Gu Qing le dijo que sí, Xiaoman se quitó la chaqueta y la puso en una barra más baja para dejar sitio a la tela.

Se la había recomendado la señora Ji. En invierno escaseaba el trabajo en la tintorería, aunque había que darse prisa con los encargos de Año Nuevo. Algunos podían descansar en casa. Otros, por cada día de descanso, perdían un día de comida. Cuando Gu Qing fue a comprar hilo, comentó que en la tienda de Yao querían probar más tipos de camelia y que a ella no le daban las manos. Por encima de media pieza de seda, la señora Ji le preguntó si buscaba a alguien que supiera trabajar o a alguien que la llamara maestra. A Gu Qing le extrañó la pregunta y respondió que, claro, lo que quería era que el trabajo estuviera bien hecho. Solo entonces la señora Ji llamó a la joven que estaba junto a la puerta, ayudando a atar un paquete.

Xiaoman era tres años más joven, pero no sonreía antes de hablar. Al oír que el trabajo era hacer flores, preguntó primero a quién le tocaba preparar la tela teñida y si podía trabajar una jornada entera o media. Gu Qing fue contestando a todo y al final dijo que empezaran con media jornada, que viniera temprano y podría irse antes de comer. En cuanto al dinero, iba a ofrecerle seis wen por media jornada. Miró el hilo nuevo que acababa de reponer, temió que la otra trabajara despacio y cambió la propuesta. Empezaría por forrar los tallos y repartir los pétalos, a dos wen por cada juego preparado. Tres juegos salían también a seis wen.

Xiaoman asintió sin decir cuál de las dos modalidades prefería. Solo preguntó qué contaba como una unidad. Gu Qing se lo mostró con una flor que ya tenía. Había que envolver bien el tallo bajo la corola y preparar el número de pétalos que llevaba cada flor. Ella no tendría que rematar el centro, que era lo más delicado. Xiaoman le dio la vuelta al tallo, se fijó en el sentido en que iba el hilo y lo dejó en medio de la mesa. A las dos les pareció que había quedado bastante claro y ninguna preguntó qué pasaría si una unidad salía mal ni cómo contar el rato que se perdiera al parar para cambiar el modelo.

Shen Su salió del cuarto y, al oír que se apellidaba Dong, preguntó si era de la tintorería del Puente Sur. Xiaoman dijo que sí y la saludó llamándola abuela Shen. La abuela hizo un gesto con la mano y le señaló un taburete junto a la mesa para que se sentara, sin cederle su propio sitio. Al ir a por el material, Gu Qing se dio cuenta de que a las tres se les estorbaban las piernas alrededor de la mesa que habían metido en el cuarto. Trajo un tablero de una puerta vieja para ampliar el otro extremo. Xiaoman dijo que no hacía falta tanto ancho, que le bastaba con un palmo libre junto a las manos.

El primer lote estuvo listo enseguida. Xiaoman no tenía la mano tan fina como Gu Qing, pero sí firme. Al enrollar el hilo, no torcía el tallo de bambú por precipitarse. Ordenó los pétalos blancos que había separado, del más ancho al más estrecho, cuidando de que los dos menores no quedaran debajo de los grandes, como en la tintorería, donde al tender la seda se reconoce primero qué lado va a beber un poco más de color. Gu Qing la miraba satisfecha, aunque le costaba decírselo tan abiertamente de entrada. Temía que luego Xiaoman no aceptara sus correcciones.

Del segundo lote sacó dos pétalos y dijo que estaban un poco finos por el borde. Xiaoman los levantó a contraluz y preguntó si el material ya era fino o si tenía que recortar ella el borde. Gu Qing dijo que las dos cosas contaban. Si un cliente encontraba un borde deshilachado, de todos modos le echaría la culpa a quien había hecho la flor. Xiaoman no respondió a eso. Cambió los dos pétalos y dejó los primeros en el platillo de los descartes, sin mezclarlos otra vez con los que estaban ordenados en la bandeja. Al verlo, Gu Qing no pudo evitar preguntar si podían guardarlos para hacer flores pequeñas. Xiaoman dijo que sí, que los pusiera aparte para no volver a contarlos como pétalos buenos la próxima vez.

Al llegar a la tercera tanda, Shen Su se puso a enhebrarle a Gu Qing el hilo fino. Probaba en el sitio más claro, acercando y alejando la aguja, hasta que por fin entró. Gu Qing iba a decirle que lo dejara, pero Xiaoman bajó primero el alfiletero y dijo que, si usaba una aguja de ojo algo más ancho, el cabo del hilo grueso no se deshilacharía tan fácilmente. La abuela alzó los ojos y dijo que una aguja ancha dejaba agujero en la seda fina. Xiaoman asintió, dejó la aguja donde estaba y no insistió en demostrar que ella también sabía del oficio.

Gu Qing notó cierta distancia entre las dos y se apresuró a coger la camelia nueva para pedirle su opinión a Xiaoman. El modelo venía de la tienda de Yao. Los pétalos exteriores debían ser tupidos y el centro no podía quedar tan despejado como el de la flor de ciruelo. Xiaoman lo miró y de pronto curvó un pétalo hacia fuera y lo sostuvo de lado. Parecía que se hubiera vuelto con el viento antes de acabar de abrirse. A Gu Qing le pareció hermoso a primera vista. Al mirarlo otra vez, le pareció que ya no se ajustaba al modelo de la tienda de Yao y le pidió que lo dejara y siguiera primero el original.

Xiaoman esbozó algo que quizá fuera una sonrisa y, como al descuido, se puso el pétalo enrollado junto a la vieja horquilla de madera que llevaba en la nuca. No se había recogido el pelo muy tirante y el pétalo se veía muy ligero contra el pelo negro. Parecía que se le caería en cualquier momento, pero no se cayó. Gu Qing quiso decirle que se lo quitara. Por pequeño que fuera el retal, no era cosa de ponérselo y llevárselo sin más. Ya iba a hablar cuando su abuela se adelantó y dijo que así no le tapaba la cara. Gu Qing tuvo que tragarse las palabras. Sacó otro pétalo para Xiaoman y le dijo que no pensaba descontarle el material, que solo temía que luego faltara una pieza en el pedido.

Xiaoman se quitó la flor y la devolvió al borde de la mesa. Dijo que aquel pétalo contaba como una prueba que le había salido mal y no entraría en la cantidad que debía entregar. Lo dijo con toda calma, pero a Gu Qing le entró una tristeza que no supo explicar. Era como si, antes de ser capaz de darle a otra persona para comer, ya hubiera aprendido a vigilarle las manos con la mirada. Sacó seis wen, esperó a que Xiaoman colocara en orden los tres lotes y dejó el dinero junto al borde, sin que faltara una moneda.

Xiaoman no cogió el dinero enseguida. Preguntó si volvía al día siguiente. Gu Qing le dijo que sí, a la misma hora que hoy. Si tenía que salir, le pediría a su abuela que se quedara a supervisar. Xiaoman miró a Shen Su antes de guardar las monedas en la bolsita del cinturón. Dijo que quizá llegara un poco tarde, porque antes tendría que ayudar a levantar una tina de material que estaban acabando en la tintorería. Gu Qing aceptó, calculando ya cuánto trabajo se perdería con el retraso, pero no le preguntó si por aquella tina le pagaban una tarea o media jornada.

Cuando se fue Xiaoman, la abuela recogió el pétalo curvado que había dejado y le dijo a Gu Qing que mirara el reverso. No había usado el molde viejo de los Gu. El borde tenía una ligera inclinación y, al volverlo hacia fuera, no parecía que se hubiera empeñado en formar un círculo entero. Gu Qing dijo que estaba muy bien, pero que la tienda de Yao no quería eso. Shen Su dijo que tampoco le había pedido que cambiara el modelo del cliente y dejó el pétalo otra vez en su sitio. A Gu Qing le pareció de pronto que sobre la misma mesa había dos maneras distintas de estar muy bien, solo que por el momento no tenía tiempo para ocuparse de la segunda.

No tuvo paciencia para esperar los cinco días acordados y a la tarde siguiente fue al Mercado del Este a ver qué había sido de las ocho flores. Yao Liao dijo que había vendido cinco y quedaban tres. A seis wen por flor, podía pagarle treinta aquel día. Gu Qing tomó el dinero. Era una suma más redonda que las que juntaba años atrás vendiendo flores una a una en la calle, pero no se sintió tan aliviada como esperaba. Ya había comprado material nuevo y pagado a Xiaoman, y todavía tenía que llevarse las tres que quedaban y cambiarlas por otro modelo. Tener aquella sarta en la mano no significaba que pudiera gastarla entera en otra cosa.

Al verla pendiente de las cuentas, Yao Liao preguntó si iba a dejar de hacerlo. Gu Qing negó con la cabeza y se apresuró a decir que no se quejaba del precio: era la primera vez que alguien la ayudaba en el trabajo y quería calcular cómo organizarse para seguir el ritmo. Yao Liao dijo que ella también hacía esas cuentas a diario. De las tres mujeres, una tendría que volver pronto a casa para cuidar a un enfermo, pero no podían faltar flores para las fiestas. Si de verdad podía suministrarle más, aceptaría tanto camelias como flores de ciruelo, aunque debían acordar primero los modelos de cada entrega; no podía hacerlas y luego quejarse de que los clientes no las aceptaran.

Gu Qing volvió a colocar las tres ramas que no había vendido. Una era corta y se había torcido un poco de tanto estar apretada contra el borde del mostrador. Cuando alargó la mano para enderezarla, la mujer de detrás le tendió un trocito de hilo y le dijo que no la forzara. Gu Qing le dio las gracias sonriendo. La otra sonrió también y le preguntó si la muchacha nueva de su casa se apellidaba Dong. Resultó que habían trabajado juntas en la tintorería. Al enterarse de que Xiaoman había pasado tiempo en otros lugares donde también la conocían, Gu Qing se sorprendió sin saber bien por qué, como si la persona que había contratado por media jornada debiera pertenecerle todo el día a su mesa.

El día quince, Xiaoman llegó un cuarto de hora tarde, tal como había previsto. Entró con una mancha azul oscura en la manga, aún húmeda de haberla lavado. Gu Qing le preguntó primero si había manchado la tela blanca que tenía allí. Xiaoman dijo que no la había tocado y fue por su cuenta a lavarse las manos. Al volver, Gu Qing le puso delante un lote de tallos de bambú de dos días antes. Dijo que dos estaban flojos y que tenía que rehacerlos. Xiaoman los palpó, no discutió y se limitó a quitar el hilo viejo, dejarlo en un platito y volver a envolverlos bien.

Aquella media jornada solo entregó dos lotes. Gu Qing sacó cuatro monedas, según la cantidad. Xiaoman alargó la mano, se detuvo un momento y preguntó si no se contaba el trabajo de los dos tallos que había deshecho. Gu Qing dijo que no estaban bien hechos al principio, que a ella también le pagaban así en la tienda Yao y que todo lo devuelto debía rehacerse. Xiaoman levantó la cabeza y la miró, como si tuviera una frase muy larga que decir, pero al final solo respondió que entendía. Guardó las cuatro monedas y limpió la mesa antes de marcharse. No dio un portazo ni exhibió su agravio ante la abuela.

Shen Su no había intervenido en toda la conversación. Esperó a que Gu Qing empezara a hacer los centros de las flores y entonces le preguntó si no sería que, dos días antes, ella no había explicado bien en qué sentido había que enrollar el hilo en aquellos dos tallos. Gu Qing dijo que había enseñado una muestra. Su abuela preguntó entonces si aquella rama no llevaba una vuelta más de hilo escondida en la base y si la había desarmado cuando se la enseñó a Xiaoman. Gu Qing detuvo la mano. De pronto recordó que la primera vez solo le había dado la vuelta para enseñarle el exterior y que, en efecto, no había deshecho el nudo de debajo del centro. Quiso salir tras Xiaoman para darle las dos monedas que faltaban. Vio que ya había más gente a la entrada del callejón y se dijo que hablar al día siguiente daba lo mismo.

Al día siguiente habría material nuevo y nuevos clientes preguntando por flores. Puso aquellos dos wen con el cambio que reservaba para comprar agujas y, al mover el material, se olvidó de a qué cuenta pertenecían. Xiaoman siguió llegando a su hora. A veces cambiaba de orientación la horquilla de madera que llevaba detrás, pero ya no se prendía cualquier pétalo nuevo que tuviera a mano. La muestra con el pétalo vuelto hacia fuera quedó aplastada bajo un cuenco vacío. Para cuando Gu Qing se acordó de ella, ya no se distinguía aquella ligereza de viento que tenía al principio.

Al atardecer del diecisiete, Gu Qing descubrió que su abuela había remendado seis centros de flor mientras ella estaba fuera. Las puntadas eran lentas y en uno se había equivocado en una hilera. Nada más verlo, Gu Qing quiso deshacerlo. Shen Su estaba sentada junto al brasero, con el dorso de las manos enrojecido, sin decir cuánto había hecho. Gu Qing acabó por dejar las tijeras donde estaban y apartó aquella flor. Primero le preguntó a su abuela si había comido. Dijo que medio cuenco de gachas, así que fue a la cocina a calentar la otra mitad, sin querer mirar aquellos seis centros ni reconocer en qué momento había empezado a quejarse de cómo la ayudaban y a esperar, al mismo tiempo, que siempre hubiera alguien a la mesa para terminar lo que le quedaba.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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