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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

Las flores que quedaron en la mesa

Ku Wuji · Creación con IA · 10584 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Cuando las últimas cuarenta ramas llegaron a la tienda de los Yao, el sol aún no había rebasado el muro del este. Gu Qing dejó la caja en el sitio de siempre, en el patio trasero. No se acercó a la mesa donde iban a revisar las flores. Tan pronto miraba la ventana como sus propias manos vacías. Esta vez había hecho la entrega un día antes que la vez anterior, con margen para rehacer unas cuantas ramas. Aun así, temía oír que cerraban la tapa de la caja ahí dentro.

La señora Han salió a llamarla. Primero tomó la etiqueta del interior y comprobó las dos líneas con los nombres. Luego le enseñó las cuatro hileras de flores ya dispuestas. Había veinte ramas de pétalos planos y veinte de pétalos curvados. Al doblar los pétalos para probarlos, ninguno había quedado con marcas blancas. Solo en una rama sobresalía demasiado el cabo de hilo detrás del broche, y se podía acortar allí mismo. Gu Qing sacó una aguja y se sentó a arreglarlo. Cuando retiró aquel trocito de hilo y vio que la base de la flor seguía firme, se le fueron secando poco a poco las palmas.

Yao Liao pagó doscientos cuarenta wen, sin añadir nada por encima de lo acordado. Gu Qing estaba ensartando las monedas cuando Yao Liao le pidió que esperara. Sacó de otro sitio el papel del pedido original de doscientas ramas y trazó una raya debajo de las cifras aceptadas: cuarenta y cuatro del primer lote y cuarenta de cada uno de los otros dos. Los ciento sesenta del adelanto habían quedado descontados íntegramente en el primer lote. Ya no quedaba deuda y Gu Qing seguía haciéndose cargo de las flores defectuosas. Cada una se quedó con una copia. Gu Qing vio al lado los nombres de otros dos proveedores de flores y no se puso a calcular si, de haber hecho las doscientas, su nombre estaría el primero.

De regreso se desvió hacia la tienda de adornos para sombreros y le dijo a Xiaoman que habían aceptado las veinte flores. Xiaoman estaba cambiando un broche oculto de un sombrero negro. Sin detener las manos, respondió que ya sabía que aquella parte no se rasgaría; lo único que temía era que Gu Qing no pudiera resistirse a añadir otra capa. Gu Qing la fulminó con la mirada. Xiaoman alzó los ojos, sonrió un momento y le pidió que cogiera un retal para ayudarla a sostener el otro lado. Se sentó en un taburete y lo sostuvo un buen rato, sin apuntar por esa pequeña ayuda quién debía algo a quién ni usarla para descontar los salarios que tendría que pagar después.

Del veintiséis al veintiocho del tercer mes, durante los tres días de la feria de flores de primavera, Gu Qing llevó flores corrientes al Mercado del Oeste, sin alquilar una mesa adicional en el salón gremial. Allí se mezclaba todo tipo de gente y el humo aceitoso de los puestos de tortas atraía a los clientes antes que los colores de sus bandejas. Usó una tabla delgada para protegerse del viento y solo expuso las flores pequeñas de ocho monedas. De las flores más elaboradas para las cintas de la ropa se limitó a guardar las muestras, sin acumular piezas acabadas. Una mujer que compraba hojas de mostaza escogió y volvió a escoger, pero dijo que el blanco se ensuciaba enseguida. Gu Qing le preguntó para qué quería la flor y, al saber que era para coserla a un gorro infantil, sacó una roja de las antiguas para que probara a apretarla.

La niña que venía con la mujer no quiso llevar rojo, quería amarillo. Gu Qing le enseñó el amarillo y a la niña se le fueron los ojos al verde de al lado. Su madre la apremiaba por detrás. Gu Qing quiso ahorrarle el trabajo de elegir, levantó la mano y se contuvo. Al final la niña escogió aquella primera rama de rojo apagado, como si se hubiera olvidado de que antes había dicho que no la quería. Gu Qing se rio con un suspiro y le cobró las ocho monedas de siempre, sin hacerle pagar más por toda la vuelta que habían dado hablando.

En tres días vendió diez flores. De los ochenta wen, dieciocho se fueron en el alquiler breve y unos veinte en material. Quedaban cuarenta y dos, y aún estaba lo que había andado ella en tres días de idas y venidas. No era un gran triunfo. Daba para comprar arroz e hilo, y para saber que, lejos de las mesas de la feria, todavía había quien quisiera lo que hacían sus manos. A fin de mes cobraría otros doscientos por las primeras diez flores de caja de Luo Yi. Descontados el material, la mano de obra y el diseño de ese lote, volvía a quedar solo algo más de la mitad. Gu Qing extendió todo lo cobrado antes de repartirlo en tres bolsitas, una para la casa, otra para el negocio y otra para el viaje.

No llamaba ganancia a cada wen que quedaba en las bolsas. En otro papel de desecho llevaba por separado las cuentas de las flores estropeadas, el material perdido, las ventas a crédito y el material recibido a cambio de media mesa desde principios de año. Los días de venta al detalle eran más irregulares. A veces salía dos veces sin vender una sola flor y otras, con algún vecino que compraba por encargo, entregaba tres en un día. Desde finales del segundo mes, cada noche anotaba solo una partida de ingresos y otra de gastos. Llevaba una cuenta aproximada, pero ya no se consolaba con el importe entero de un pedido que aún no había cobrado. Entonces había en casa unos cuatrocientos wen en efectivo. Al acabar el mes, fue entrando el dinero de los nuevos lotes pequeños y por fin la bolsa del viaje dejó de estar vacía.

La noche del veintiocho del tercer mes, cuando Gu Qing regresó, su abuela acababa de lavarse el pelo y lo llevaba blanco y medio seco sobre los hombros. De joven, Shen Su tenía el pelo espeso y con los años nunca quiso cortárselo. Cada lavado gastaba mucha agua y Gu Qing solía elegirle una noche en que hubieran acabado el trabajo. Esta vez la anciana se había lavado el pelo por la tarde y se lo secaba despacio junto a la ventana, con la parte húmeda envuelta en un paño claro y medio barreño de agua tibia ya usada a los pies.

Gu Qing guardó la última caja vacía y dejó cerrado por el momento el siguiente paquete de materiales. Sacó del armario tres flores para que su abuela eligiera, la blanca, la parda clara y la torcida de azul pálido que había escogido unos días antes. Shen Su dijo que aún tenía el pelo húmedo, que de momento no se pondría ninguna. Gu Qing se sentó a su lado, le separó un mechón de pelo blanco suelto y le preguntó si prefería que se lo peinara con suavidad o esperar a que se secara.

El espejo de bronce apenas tenía el tamaño de una mano. Las dos se apretaron ante él y ninguna se vio la cara entera. Gu Qing quiso sacarle brillo y Shen Su dijo que por más que lo frotara no iba a convertirlo en una ventana. Ella se empeñó en frotarlo con un paño suave. Después de un buen rato, las caras aún se veían de un amarillo apagado, pero en su propia frente se distinguía muy bien una pequeña mancha de tinte que parecía tinta. Su abuela le preguntó si había ido a casa de los Zhou y se rio de que, pudiendo imitar cualquier otra cosa, hubiera elegido embadurnarse la cara de hollín como ellos.

Gu Qing agarró la flor azul e intentó ponérsela a su abuela en la cabeza. Shen Su esquivó el gesto y la flor acabó colgada junto a la oreja de la propia Gu Qing. Las dos se miraron en el espejo. La flor era demasiado grande y le tapaba media cara a Gu Qing. Parecía aquel sombrero de verduras de primavera que habían visto en la exposición de muestras. Se rieron hasta que apenas pudieron sostener el espejo. A Shen Su aún le dolía la rodilla y, pasada la risa, seguía teniendo que mover la pierna despacio. Gu Qing apartó primero el barreño de los pies para que no lo pisara.

Al final la anciana escogió la flor de color pardo claro y dejó la azul clara. El pardo se parecía al color de su pelo y llevaba escondida una finísima hebra de amarillo cálido. Sin mirarla de cerca, parecía que no llevara adorno alguno. Gu Qing iba a decir que la azul le daba más viveza, pero al ver a su abuela girar la cabeza ante el espejo, pasó el alfiler y le prendió la flor con cuidado detrás de la oreja. Shen Su quedó satisfecha, aunque de pronto le sacó un defecto al alfiler que tenía Gu Qing en la mano. Brillaba demasiado y se vería por detrás. A Gu Qing le tocó quitarlo y poner en su lugar una presilla de hilo oscuro. Conteniendo la risa, dijo que aquella clienta sí que era difícil de contentar.

«¿Y yo he pagado?», preguntó Shen Su.

«Esta flor no se vende. Si sales con ella, tienes que decir que la hizo Gu Qing.»

Su abuela asintió muy seria y añadió: «Como el modelo no es de Xiaoman, puedo decirlo». Gu Qing, pillada en falta, alzó el paño para tapar el espejo. Shen Su lo protegió y dijo que ahora mismo no le debía a nadie el nombre de nadie. Al final, Gu Qing no lo tapó. Se quedó apoyada junto a la cama, con el paño apretado en la mano, y después de reírse se distendió de golpe, hasta que se le hundieron los hombros.

Cuando el peine cayó en la palangana de bronce, Gu Qing volvió a hablar de la sala gremial. Alguien se había puesto la flor detrás del sombrero. Como ella estaba delante y no podía verla, creyó que el cliente había comprado una flor para nada. Shen Su dijo que antes también había quien se la ponía así. A los demás les parecía que la persona de delante iba sola, pero quien caminaba detrás era el primero en ver la flor. Al decirlo levantó la mano para indicar el lugar, con una agilidad en las yemas que no parecía de quien hacía un momento necesitaba que le cambiaran el lazo de hilo. Gu Qing le preguntó cómo se las ponía de joven. La anciana dijo que siempre las hacía para clientes. Con tanto trabajo, ¿de dónde iba a sacar tiempo?

«Entonces, ¿cómo sabes señalar el sitio con tanta precisión?», preguntó Gu Qing.

La mano de Shen Su se detuvo un instante. Ella fue la primera en reírse y admitió que una vez había llevado un modelo nuevo a un banquete en casa de un pariente. No tenía espejo y arrastró a la señora Ji media calle preguntándole si lo llevaba derecho por detrás, tantas veces que a la otra le entraron ganas de arrancarle la flor. Al oír el nombre de la señora Ji, Gu Qing no preguntó quién había hecho primero el modelo. Se limitó a desplazar un poco hacia atrás la flor de su abuela para que volviera a probar. Como no alcanzaba a verla en el espejo, la anciana le pidió a Gu Qing que se pusiera detrás y le preguntó tres veces seguidas si estaba derecha. A la tercera respuesta, Gu Qing ya sonaba un poco impaciente. Shen Su se volvió, cruzaron las miradas y las dos se echaron a reír al mismo tiempo.

Aquella noche comieron tofu con los bordes un poco tostados y un cuenco de sopa de cebolleta. Gu Qing tenía los palillos a medio camino cuando vio que en el plato quedaba el trozo más grande. Por instinto fue a cogerlo para su abuela, pero la anciana se adelantó a tomar uno pequeño y dijo que el grande era demasiado para ella. Gu Qing partió entonces el trozo grande y cada una se quedó con la mitad, sin pasárselo de un lado a otro para ver cuál cedía más. Al terminar dejaron las muestras de flores donde estaban, lavaron los platos y los cuencos y se sentaron en el patio a escuchar cómo cerraban los Wen.

Los ruidos del almacén ya seguían un orden. Primero paraban los carros, luego echaban el cerrojo y por último se oían los pasos de Xu Tan hacia el patio trasero después de encender las lámparas. Al ciruelo ya le habían salido las hojas, y sus sombras finas caían una tras otra sobre el muro curvo. De vez en cuando, Gu Qing todavía alzaba la vista y se preguntaba qué aspecto tendría aquel lugar si se llevaran el árbol, pero ya no tenía que pensarlo todas las noches. El árbol no desaparecía porque una noche ella no lo mirara, y ella tampoco se quedaba sin comer por dejar de trabajar una noche.

Ya entrada la noche, Shen Su se quitó la flor y, por miedo a aplastarla, buscó un plato llano y lo dejó en la mesa de comer. Gu Qing quiso guardarla en el armario de las muestras, pero su abuela hizo un gesto con la mano. Se la pondría al día siguiente, así que no hacía falta guardarla en un lugar ajeno. Gu Qing la dejó donde estaba. La flor parda descansaba junto al borde de porcelana blanca, al lado de dos cuencos de agua vueltos boca abajo, sin etiqueta ni precio. Fue a soplar la lámpara y volvió la cabeza para mirarla una vez más. Antes de que se apagara la luz, la flor pareció volverse un poco hacia ella.

La mañana del veintinueve, Luo Yi recogió la última caja de perfume de aquella tanda y quedaron en que vendría por la siguiente el día siete del cuarto mes. Después de acompañarla a la puerta, Gu Qing sacó las tarifas de los camarotes que había consultado en el embarcadero. Había guardado el papel entre los patrones de flores y se le había pegado algo de apresto en el borde. Desprendió despacio el apresto seco y puso el papel aparte, en la bolsa de viaje. Su abuela lo vio sin meterle prisa y siguió a la mesa arreglando la presilla de su propia flor. Gu Qing le preguntó si, en caso de que al día siguiente hiciera sol, quería probar primero un paseo en carro por las afueras. La anciana dejó la aguja, se lo pensó bien y dijo que quería llevar el sombrero que acababan de remendar.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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