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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

Un cuenco de comida que ya no está caliente

Ku Wuji · Creación con IA · 10625 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

Cuando Gu Qing despertó, el fogón estaba apagado. La noche anterior, al recoger la última bandeja de centros de flor, recordaba haber visto a su abuela junto a la lámpara, apartando hilos del color equivocado, y había supuesto que la anciana se levantaría primero como de costumbre. Se echó la ropa por encima y entró en la cocina. La tapa de la olla estaba fría. Sobre la mesa había medio rábano a medio cortar y, bajo el lomo del cuchillo, una tira de tela.

Shen Su estaba sentada al borde de la cama, frotándose un ojo. Tenía hinchado todo el párpado derecho y seguía apretando el trapo en la mano, como si a medio frotarse se le hubiera olvidado soltarlo. Gu Qing se lo arrebató y se acercó a la ventana para verlo. Había una aguja finísima, rota, sobre la tela. Su abuela dijo: «La encontré anoche. En la colcha no estaba. Anda, no te asustes así».

Gu Qing no respondió. Subió el alfiletero, los carretes y las tijeritas a un armario alto. Shen Su alargó la mano para recibirlos, pero ella apartó la suya y la esquivó. Sacó otra cesta de tallos gruesos y la dejó junto a la cama: «Estos días haz solo esto. No toques las agujas finas. De la comida me encargo yo; tú quédate sentada».

Fue ella quien encendió el fogón, pero las gachas quedaron tan espesas que la cuchara se sostenía de pie. A su lado, la abuela le dijo que añadiera medio cucharón de agua caliente. A Gu Qing le preocupó que estuviera en la corriente y solo se ocupó de empujarla hacia dentro. Cuando volvió a mirar la olla, el fondo ya se había quemado. Raspó la capa negra y trajo dos cuencos. Le echó sal al suyo y no dejó que la abuela se la echara al otro. Dijo que, con el ojo hinchado, le convenía comer más suave. Shen Su probó un poco, no dijo si le gustaba y llevó el cuenco a la ventana para que se enfriara.

Cuando acabó con el desayuno, Gu Qing salió a comprar papel basto. Al pasar por una pequeña botica, compró un paquete de hierbas para lavarle el ojo. Allí solo le dijeron que evitara trasnochar haciendo labores finas de cerca y que volviera si el enrojecimiento y el dolor no cedían. En casa, sin embargo, Gu Qing dijo que en adelante quedaban prohibidas todas las labores de aguja. Su abuela preguntó quién lo había dicho. Ella dio el nombre de la botica, dejó el paquete en la mesa y se apresuró a contar los pétalos del día anterior.

«¿Quieres que le vaya preguntando a ese señor cosa por cosa antes de que me dejes hacerlas?», dijo Shen Su.

Gu Qing sujetó con más firmeza la palangana de engrudo. «Es que me preocupa que te canses».

Lo dijo en voz baja, pero por dentro le ardía un fuego. En tres días tenía que dejar listo el material de base del primer lote de flores y Xiaoman solo estaba dispuesta a venir media jornada. Si la abuela se lastimaba el ojo, a Gu Qing le tocaría hacer todo lo demás, desde lavárselo con el remedio y calentar agua hasta vigilar la puerta. Temía que el ojo de veras se le estropeara y también que, en adelante, cada día se le partiera en trozos aún más pequeños. Apenas asomó aquel pensamiento, bajó la cara. Había apretado tanto el pétalo que le dejó una marca blanca.

El veintisiete, la tía Chen vino a buscar a Shen Su para ir al sur de la ciudad a ver a una vieja conocida. La anciana llevaba ya puesta su chaqueta acolchada de siempre y, encima, la que Gu Qing le había comprado y a la que le había arreglado el cuello. En la mano llevaba dos paquetes de frijoles tostados. Gu Qing se plantó delante de la puerta y dijo que la noche anterior había helado, que eran tres li hasta el sur de la ciudad y que a la vuelta le volvería a doler la rodilla. La tía Chen dijo que había contratado el carrito del burro de los vecinos, que pagarían el viaje entre las tres e irían en él todo el trayecto, sin andar a la intemperie.

Gu Qing insistió. «Espera a que se te cure el ojo. Tía Chen, no le sigas la corriente.»

A la tía Chen le temblaron un poco las cejas, pero no respondió a eso. Shen Su dejó las judías tostadas del lado de dentro del umbral y preguntó: «¿Cuándo sale el carro?».

«Dentro de medio cuarto de hora. Os espero a la entrada del callejón.» La tía Chen salió.

Gu Qing suspiró aliviada, creyendo que el asunto había terminado. Su abuela pasó junto a ella y entró en la habitación, vació la bolsita de tela donde solía guardar las agujas, metió una prenda ligera y un par de zapatos de suela blanda y sacó de junto a la almohada su propio monedero. Al verla enrollar incluso la toalla de lavarse la cara, a Gu Qing se le cayeron varias hojas de las manos.

“Me voy a quedar dos noches en casa de Qingniang”, dijo Shen Su. “Tiene una cama libre. Después de la visita volveré allí a dormir, sin tener que apresurarme para llegar antes de que oscurezca”.

«¿Por tan poca cosa te vas a quedar fuera de casa?»

Su abuela no respondió enseguida. Como no podía agacharse, se sentó en el taburete para calzarse. Tuvo que intentarlo dos veces para meter el pie derecho. Gu Qing no pudo evitar inclinarse y alargar la mano, pero la anciana ya había retirado el pie un poquito. «Espera un momento, que puedo ponérmelo.» Gu Qing se quedó allí, medio agachada, viendo cómo su abuela se subía despacio el talón del zapato. De repente sintió que aquella habitación en la que habían vivido tantos años era tan estrecha que ni siquiera ella tenía sitio.

Shen Su terminó de abrocharse el cuello antes de hablar: “No es por esta pequeña cosa. Si temes que me dañe los ojos, puedes guardar las agujas de momento. Pero adónde salgo, con quién voy y cuántas noches me quedo, eso también debes preguntármelo primero”.

«¿Y también es imprescindible ir a ver los lotos? En el barco se duerme mal, en un sitio desconocido tampoco hay agua caliente y esa rodilla tuya…».

Solo había querido mencionar algo que le preocupaba, pero al salirle de la boca las palabras se convirtieron en otra puerta. Shen Su levantó la vista hacia ella. Gu Qing siguió adelante y dijo que ese año no irían. Ya hablarían la primavera siguiente, cuando el negocio marchara con más seguridad y su abuela se hubiera repuesto. Tenía preparadas muchas razones para decirlo. La colcha, las tablas del barco, la posibilidad de enfermar por el camino, quedarse sin comer por cerrar el taller. Todas eran ciertas.

Cuando acabó de oírla, la abuela volvió a levantar el paquete de judías tostadas: «Yo todavía no había dicho que tuviera que ir este año. Te has adelantado a decir por mí que no voy».

Cuando se cerró la puerta, Gu Qing no salió tras ella. Recogió del suelo los papeles uno por uno, los apiló con cuidado y dio tres golpecitos con el montón contra la esquina de la mesa. Los bordes quedaron alineados, pero a ella le pareció que todavía no lo estaban y volvió a darles golpecitos. Solo cuando dejó de oír las ruedas a la entrada del callejón recordó que su abuela se había olvidado la rodillera. Corrió fuera. En el callejón un perro amarillo olfateaba con la cabeza gacha el agua de la escarcha derretida. El carro ya había doblado la esquina.

Pensó en llevárselas de inmediato, pero luego se dijo que si iba solo conseguiría que la tía Chen se riera de ella. Las rodilleras quedaron en la mesa, apretadas entre dos bandejas de piezas que había que encolar. Al mediodía llegó Xiaoman, la vio añadiendo agua a una olla de gachas frías y le preguntó si quería que le trajera dos tortas calientes. Gu Qing negó con la cabeza, pero enseguida la llamó y sacó cuatro wen. «Dos. No se lo cuentes a nadie.» Xiaoman hizo como si no hubiera oído la última frase y solo le preguntó si las quería con cebolleta.

Aquel día acabó los tallos gruesos más deprisa que de costumbre, porque nadie la apremió a levantarse a comer ni le preguntó si había agua caliente. Al caer la noche enderezó la espalda y a sus espaldas sintió un frío vacío. Había recalentado dos veces las gachas y todavía quedaban. El cuenco pequeño de su abuela estaba boca abajo sobre la mesa, con la mella del borde hacia dentro. Alargó la mano para volver la mella hacia fuera y luego la giró otra vez hacia dentro.

Al día siguiente acabó llevando la rodillera a casa de la señora Chen. La puerta estaba entreabierta y dentro se oían risas. Shen Su, sentada en el umbral luminoso, remataba con hilo grueso una almohada de tela. Al lado de sus piernas estaban los pastelitos de osmanto que había traído aquella vieja conocida del sur de la ciudad, y tenía migas en la ropa. No estaba haciendo flores para los Gu ni había dormido mal por estar fuera de casa. Gu Qing se detuvo fuera. Llevaba medio día esperando encontrársela desmejorada y, al verla tan bien, sintió una decepción que no sabía explicar.

Shen Su vio las rodilleras y le hizo señas para que entrara a sentarse. Gu Qing dijo que tenía trabajo en casa y que no se quedaría. La tía Chen le tendió un cuenco de sopa caliente desde la puerta. Gu Qing olió el rábano y sintió de golpe una punzada agria en el estómago. Solo entonces cayó en la cuenta de que aquella mañana había vuelto a comer apenas medio panecillo frío. Aceptó la sopa y se sentó a un lado del umbral. La tía Chen no intentó reconciliarlas. Estaba descosiendo una sábana que se había rasgado al lavarla y le preguntó si podía sujetarle el otro extremo.

El borde de la tela quedó tirante entre las dos. Shen Su cortó por el medio y dejó una tira para remendar la ropa de cama y la otra para que la tía Chen envolviera la tela recién aprestada. Gu Qing tiró con demasiada fuerza y la tela vieja se rasgó un poco. Las tres se quedaron quietas. Ella fue la primera en hablar. «No vi que por ahí estaba fina.» Shen Su volvió el desgarro hacia dentro y buscó otra hebra de hilo, sin decirle que siempre había hecho lo mismo.

Antes de irse a casa, Gu Qing le preguntó a su abuela a qué hora volvería al día siguiente, para saber cuándo hacer la comida. Shen Su dijo que después del mediodía y que quizá pasaría primero un rato en casa de la señora Ji, así que no hacía falta esperarla para almorzar. Gu Qing aceptó. Llegó a la entrada del callejón y volvió sobre sus pasos para dejar la rodillera a los pies de la cama. Aún quería decirle que no se quedara sentada demasiado rato, pero lo que le salió fue: «¿Aquí se está lo bastante abrigada por la noche?». Su abuela señaló una esquina de la colcha, por donde asomaba un poco del algodón que acababan de añadir.

Entre aquellas dos noches, Gu Qing hizo además algo que no solía hacer. Calentó agua para lavarse la cara y llevó el cubo al pozo. Al ver media ventana reflejada en el agua, recordó que su abuela solía guardarle el último poco de agua tibia para que se quitara de los dedos el apresto seco. Antes, a ella siempre le estorbaba el barreño y lo ponía detrás de la puerta. Para cuando acababa el trabajo, el agua ya se había enfriado. Devolvió el barreño al lado interior del brocal, pero le pareció que así se quedaba esperando a que alguien volviera y le reconociera el gesto. Así que se lavó las manos ella misma.

Un fragmento rojo salió a flote en el agua. De las ochenta ramas que tenía que entregar para el día ocho, más de la mitad seguían siendo solo tallos y pétalos separados por grupos. Quitó mentalmente la parte que hacía su abuela. Había creído que solo eran unas cuantas bandejas de centros de flor, pero al reorganizar las horas descubrió cuántas tareas casi invisibles se escondían entre dos comidas. Trazó unas líneas horizontales con carbón sobre un papel de desecho y se detuvo al llegar a la cuarta. Su abuela, incluso de joven, solo había tenido dos manos. No siempre había podido hacerle brotar un día más.

Por la noche, la nieta pequeña de la tía Chen vino a pedir prestadas unas pinzas de bambú y trajo de paso medio pastelito de parte de Shen Su. Venía envuelto en un papel limpio y usado de los de las flores, con dos ciruelas agrias dentro. La niña dijo que a la abuela Shen le había parecido demasiado dulce y había pedido que se lo llevaran a Gu Qing. Para ella se había comprado ciruelas agrias. Al palpar los dos huesos duros, Gu Qing recordó que siempre le compraba a su abuela pastelitos blandos, por miedo a que lo agrio le hiciera daño en los dientes, y que casi nunca le preguntaba qué sabor quería. Se comió el medio pastel en dos veces y se guardó una ciruela para llevársela a la boca cuando le entrara sueño haciendo flores. El sabor agrio le subió hasta el entrecejo. Hizo una mueca y acabó riéndose, sin que hubiera nadie en la habitación para verla.

A finales del primer mes, la abuela volvió. El enrojecimiento del párpado había cedido un poco, pero aún evitaba fijar la vista en las agujas finas y por las mañanas se levantaba a caminar al cabo de un rato de estar sentada. Gu Qing bajó el costurero del armario alto y lo puso en un compartimento al alcance de su abuela, apartado de la lámpara. Ninguna de las dos mencionó los lotos y sobre la mesa seguían los pétalos que urgía acabar. Solo que, la noche del segundo día del segundo mes, Shen Su dijo que le apetecían fideos y Gu Qing no escogió gachas por ella. Echó un huevo, repartió una mitad para cada una y dejó hervir los fideos un poco más. Al sacarlos con los palillos, estaban más tiernos que de costumbre.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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