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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

La víspera de Año Nuevo en casa ajena

Ku Wuji · Creación con IA · 10936 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Xu Tan las invitó a la comida de Año Nuevo el día cinco. Dijo que la víspera de Año Nuevo aún entraba aire por la puerta sur, que los dependientes habían tenido que vigilar la mercancía y no habían podido sentarse todos juntos. El año no iba a dejar de reconocerlos por unos días de retraso, así que celebrarían la comida ahora. A Wen Jichang al principio le molestó que se diera un banquete antes de abrir el almacén, pero antes de acabar la frase vio que dos dependientes acercaban a la lumbre las tortas secas que habían traído. Se guardó lo que iba a decir y salió él mismo a pedir prestada una mesa donde cupieran seis o siete personas.

Gu Qing y su abuela solo habían aceptado llevar un plato de salsa; no pretendían contar entre los invitados formales. Al oírlo, Xu Tan le dijo que no hiciera tantas distinciones: si venía de invitada, que se sentara; si quería ayudar, que primero se lavara las manos. Entre ambas cosas bien podía elegir por sí misma. Shen Su entregó el tarro de salsa y, para sorpresa de todos, se dirigió primero a la cocina, preguntando qué tarea había que no exigiera mucho a la vista. Gu Qing se apresuró a pedirle que se sentara a esperar, pero su abuela ya había cogido una palangana de verduras a medio limpiar y llevado un taburete junto a la ventana, donde no estorbaba.

El almacén era distinto de como se lo había imaginado. En la sala delantera se amontonaban los materiales. Detrás, una habitación servía provisionalmente de dormitorio a los mozos y otra era mitad vivienda y mitad depósito de los sacos recién llegados. El arcón de Xu Tan no estaba del todo abierto. Sobre la tapa había ropa que ya les quedaba pequeña a los niños, lista para descoserla y envolver porcelana. A Gu Qing le daba apuro mirar y quiso alargar la mano para doblarla, pero Xu Tan le dijo que no se molestara, que al día siguiente tendría que rebuscar otra vez. Ella misma levantó la prenda de encima, localizó una abertura remendada y recortó un trozo de tela justo del tamaño de la palma.

«¿También cortas un borde tan bueno?», preguntó Gu Qing.

Xu Tan le dio la vuelta a la tela para que la viera. Por fuera el color aún parecía nuevo, pero por dentro hacía tiempo que se había gastado hasta quedar muy fina. Dijo que, colgada fuera para el Año Nuevo, quedaba bien arreglada, pero que, si envolvías un cuenco con ella, se rasgaba al primer golpe. Había que saber para qué era buena. Gu Qing se acordó del cuello que le había comprado a su abuela para el abrigo acolchado. Sonrió con un poco de vergüenza y se puso a colocar los cuencos de barro basto. Dos de los seis eran de distinto tamaño. Xu Tan no le pidió que los cambiara. Solo dijo que a quienes tomaran sopa les sirviera un poco menos para que no se quemaran las manos al sostenerlos.

La cocina estaba llena de humo, que volvía por un respiradero que aún no tiraba bien. Wen Jichang se agachó a tapar una rendija del otro lado y, cuando levantó la cabeza, tenía la frente negra. La tía Chen llegó con un plato de judías en salmuera y se rio al verlo. El señor Wen había arreglado la puerta, dijo, pero el fogón seguía sin obedecerle. Él se frotó con un trapo húmedo y cuanto más se frotaba más se extendía la mancha. Al final Xu Tan le dijo que lo dejara y fuera primero a lavarse bien las manos, que los invitados seguían de pie fuera de la puerta.

Gu Qing se rio también y, al terminar de reírse, se dio cuenta de que allí sentada no tenía que calcular a cada momento cuánto debía hablar de negocios para que la tomaran en serio. Shen Su terminó de limpiar las verduras, dejó el cuchillo fino donde estaba y, con un cuenco vacío en la mano, se puso a hablar con Achun, el mozo joven, en el habla del sur. Achun había venido de Nanpu. Cuando la anciana le preguntó si aún quedaba el viejo embarcadero de Heze, dibujó el camino con dos palillos en una esquina de la mesa. Uno era el puente y el otro, la orilla donde paraban las barcas.

Shen Su miraba con mucha atención. Cuando los palillos llegaron al centro del agua, preguntó si allí seguían creciendo tan juntos los lotos. Achun dijo que sí, que a veces, al llevar mercancía por la orilla, se oía llamar a quienes recogían las cabezas de loto, pero las hojas los tapaban por completo. Gu Qing había querido decirle que dejara de hacer la demostración, pues aún faltaban cuencos y palillos por poner. Al ver que su abuela, con el cuenco vacío entre las manos, hasta se había enderezado para escuchar, no alargó la mano para retirar aquellos dos palillos.

Entró Wen Jichang, oyó hablar de Heze y preguntó a la señora Shen si había estado allí antes. La abuela tardó un poco en contestar. Dijo que aquella zona siempre había sido así, que era después de la lluvia cuando más se ensanchaba el agua. Achun asintió y contó que, de pequeño, había alargado la mano para arrancar una hoja de loto y su madre le había dado con una hoja mojada en el dorso de la mano. Todos se rieron. Gu Qing se rio también, aunque recordaba muy bien que su abuela le había dicho que nunca había llegado a Jiangnan y que hasta las calles de Nanpu solo las conocía de oídas.

No le preguntó allí mismo. Cuando trajeron la sopa, llenó hasta la mitad el cuenco vacío de la abuela y se lo devolvió. Shen Su extendió la mano, dejó un momento las yemas en el borde del cuenco y bajó la cabeza para beber, como si se tragara despacio con la sopa lo que acababa de decir. Gu Qing vio que la flor de ciruelo de seda, de un blanco algo desigual, le quedaba un poco torcida en el pelo. Quiso enderezársela, pero, como había tanta gente a la mesa, no alargó la mano enseguida.

A mitad de la comida llegó un primo mayor de la familia Wen. No venía a disputarle el sitio a nadie. Traía un paquetito de brotes frescos de bambú y lo primero que hizo fue disculparse con todos por llegar tarde. Wen Jichang lo llevó junto a la puerta y hablaron un poco de cuándo devolvería el dinero. No bajaron la voz deliberadamente, aunque tampoco hablaban para toda la mesa. Gu Qing, al recoger los cuencos de sopa, oyó que tenían que desalojar el almacén viejo, que en la casa nueva había más que reparar de lo previsto y que no quedaba más remedio que retener el capital prestado un mes más.

Gu Qing aminoró el paso. Wen Jichang no había comprado la casa y se había quedado con otro arcón de dinero a su disposición. También habían puesto allí el dinero de los materiales de la pequeña tienda que tenía Xu Tan, y después de Año Nuevo aún tendrían que esperar a los comerciantes. El primo suspiró. Dijo que, si de veras dejaba una parte del patio vacía, también debía pensar que ese espacio no le daría dinero por cada saco que allí habría cabido. Wen Jichang volvió la cabeza para mirar el ciruelo y dijo que lo sabía. Ya habían dado su palabra y no iban a volver sobre ello en ese momento.

Por un instante Gu Qing quiso ir a explicar de qué otras maneras se podían colocar cosas debajo del árbol, como si necesitara sacar algún rendimiento del espacio libre que había conservado para no quedar en deuda con los Wen. Llegó a la puerta y volvió a detenerse. Aquellas cuentas les tocaba discutirlas a los de esa casa. Ella no tenía que aportar veinte ramas de flores cada vez que oía hablar de un problema. Apiló bien los cuencos vacíos y le preguntó a Xu Tan dónde había agua para lavarlos, sin asomarse a escuchar la frase siguiente.

Después de comer, Achun sacó un trocito de torta de miel para compartir con sus compañeros. Lo había traído de casa y en todo el camino no se había atrevido a comérselo. Ya solo quedaba el borde duro. Wen Jichang le dijo que, si estaba duro, no se empeñara, pero él lo partió de todos modos en varios trozos y dijo riendo que, duro y todo, sabía a casa. Gu Qing probó un bocado. Se le pegaron granitos de azúcar en los dientes y recordó lo ofendida que se había sentido en el Mercado del Oeste cuando le preguntaron por el aroma. Resultaba que había sabores que nadie más podía dar, y que aquello no dependía solo de que la flor se vendiera cara o barata.

No dijo en voz alta lo que pensaba. Su abuela remojaba el pastel duro en agua tibia cuando Wen Jichang le preguntó si, después de tantas décadas haciendo flores, había alguna que le resultara la más difícil. Ella dijo que lo difícil era el centro. De joven siempre quería ajustarlo más que las demás, porque creía que en lo apretado se veía la destreza. Al llegar a ese punto, una esquina del pastel se deshizo en el agua. La recogió despacio con la cuchara y añadió que solo más tarde había comprendido que algunas flores no se podían cerrar de aquel modo.

Xu Tan preguntó sonriendo si se refería a las flores azules de ciruelo que hacía Gu Qing ahora. La abuela miró a su nieta y dijo que Xiaoman también había puesto de su parte. A Gu Qing primero se le calentó la cara. Luego recordó que ella misma se lo había dicho a Luo Yi. Si ahora no soportaba oírselo decir a otra persona, lo suyo habría sido solo una cortesía para la clienta. Contó lo del ala torcida del pájaro de papel sin mencionar a Zhou Jiping. Solo dijo que había gente capaz de hacer decenas de armazones de paraguas todos iguales y que luego no acertaba a doblar un pajarito. Alrededor de la mesa volvieron a reírse.

La tía Chen tenía que irse antes. Su hija volvería a casa el día seis del primer mes y todavía tenía que orear la ropa de cama al sol. Gu Qing había pensado pedirle que volviera a la mañana siguiente para ayudar a su abuela a probarse la chaqueta, pero al oírla se quedó callada. Shen Su, en cambio, la invitó por su cuenta a ir juntas unos días después al Puente del Sur a comprar arroz. La tía Chen sabía escogerlo, dijo, y ella de momento solo sabía tantear la esquina de los sacos. Gu Qing iba a decir que ella también sabía comprar arroz, pero acabó preguntando si querían que llevara el carrito. Su abuela negó con la cabeza. Solo iban a echar un vistazo por allí cerca y no hacía falta hacer toda la compra de la casa cada vez que salían.

El día siete del primer mes, las dos salieron de verdad. Gu Qing se quedó en casa haciendo flores. Al principio agradeció el silencio, pero luego levantaba la vista hacia el callejón a cada rato. Su abuela volvió con un paquetito de fruta seca y apenas medio dou de arroz. Dijo que se había encontrado con gente de antes y se había quedado un rato más. Cuando Gu Qing la vio sacar dinero de su propio bolsillo, se dio cuenta de que aquel no era el monedero que usaban en casa. Las esquinas de la tela brillaban de puro gastadas y hasta el nudo estaba hecho de otra manera.

Quiso preguntar cuánto dinero había dentro, pero temió que sonara como si estuviera vigilando a alguien que gastaba a escondidas, así que solo preguntó quién había pedido la fruta seca. Su abuela dijo que le apetecía a ella. Gu Qing se quedó perpleja y enseguida volcó la fruta en un platito. Resultaba que aquel bocado agridulce podía ser una compra que valiera la pena por sí sola, sin que mediara ningún cliente ni encargo de flores. Probó un pedacito y entrecerró los ojos de lo ácido que estaba. A su lado, la abuela volvió a reírse y preguntó cómo era posible que alguien que hacía flores no aguantara aquello.

Gu Qing no sacó el tema de Heze hasta la noche del día nueve. Le preguntó por qué en el banquete había hablado como si hubiera estado allí. La mano de Shen Su se quedó quieta sobre el estuche de agujas. Primero dijo que se lo habían preguntado de pasada y que ella tampoco había dicho que hubiera tomado tal o cual barco. Gu Qing estuvo a punto de preguntarle por qué entonces no lo había dicho claramente, pero vio que su abuela se había quitado la flor de la sien y que se le habían soltado unos mechones. De pronto entendió que hay cosas difíciles de decir incluso delante de gente mayor, y que haber trabajado durante décadas no hacía más fácil admitir que solo conocía aquel lugar de oídas.

Shen Su le contó despacio que, cuando era joven, le habían pedido que fuera al sur a ayudar una temporada en un taller de flores, con alojamiento y comida. Ya casi podía partir cuando en casa hubo una persona más a la que cuidar. Luego tuvo otra oportunidad, pero ganaba poco y el viaje era caro, así que pensó que iría al año siguiente. No le contó a Gu Qing uno por uno los nombres de aquellas personas ni dijo que nadie le hubiera echado a perder la vida. Solo dibujó con la yema del dedo una hoja ancha de loto sobre la mesa y dijo que las flores que crecían en el agua de verdad seguramente no eran como las que se hacían con seda.

Gu Qing dijo que, cuando se estabilizara el negocio de aquella temporada, la llevaría. Habló muy deprisa, como si ya pudiera destinar por orden al viaje a Heze todo lo que ingresara por las flores después de Año Nuevo. Shen Su no accedió de inmediato. Preguntó quién haría el trabajo de mayo y quién cuidaría de la casa. Gu Qing dijo que, llegado el momento, encontrarían la manera. Su abuela esbozó una sonrisa. No se enderezó como cuando Achun le habló de la ruta por el centro del agua. Se limitó a atar el costurero y dijo que ya era tarde, que primero tirara el agua de aquella palangana.

Gu Qing salió a tirar el agua y vio que al otro lado del muro nuevo habían caído unas cuantas flores más del ciruelo. Con la escoba juntó suavemente las flores mojadas y levantó la vista hacia el sur. No se veía el río ni se veían los lotos. Aquel «cuando el negocio se estabilice» había sonado firme dentro de casa. Fuera parecía un tallo que todavía no habían envuelto bien, fino y largo, y que por el momento no sabía en qué botella poner.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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