Cautivo de la primavera
En el instante en que Lu Qing convirtió en muro la puerta sur del antiguo palacio al pintarla, olvidó en qué calle vivía su madre. Le habían ordenado pintar para el nuevo soberano una primavera eterna de su antiguo reino: las torres, los pabellones y los manzanos en flor debían ser como antes, pero no podía quedar ninguna salida. El maestro de flauta encerrado en la torre también empezaba a olvidar el río de su antigua ciudad. El regalo de cumpleaños estaba casi terminado y el viento del este volvía a soplar tras la ventana; con el pincel en la mano, Lu Qing ya no se atrevía a trazar un muro a la ligera.
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