Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua
La curva que deja sitio
Ku Wuji · Creación con IA · 11202 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Cuando llegó He Fengqiu, Gu Qing ya tenía cuatro flores de muestra listas para entregar. Las puso en una cajita de papel, dispuesta a ir primero a casa de los Wen para elegir los colores y volver después a cortar los pétalos restantes. Pero, nada más llegar, el albañil les pidió que taparan el pozo y luego señaló la mesa de materiales: había que meterla más adentro de la casa, o todo el polvo de derribar la pared caería sobre ella. Gu Qing se quedó en la puerta con la cajita en las manos; de momento solo pudo abrazarla un poco más arriba.
Durante los días de espera hasta que viniera el albañil, tuvo sus ocupaciones. Ya había separado los veinte tallos de bambú por largos y cortos, y había recortado y aprestado ligeramente las piezas para los pétalos. Solo faltaba elegir el color, teñirlas y rizarlas. Puso en cestos bajos, por separado, todas aquellas cosas que aún no eran flores. Había pensado que, llegado el momento, le bastaría con alargar la mano. No se imaginó que hasta el sitio donde dejara los cestos iba a depender de una pared.
El muro, por el que habían esperado más de diez días, no empezó enseguida a crecer siguiendo la curva que todos habían dibujado. He Fengqiu apuntaló ambos lados del muro viejo con listones y empezó a sacar ladrillos por un tramo alejado del árbol. Debajo de la primera hilada asomó barro de otra época. Gu Qing había creído que el muro viejo era de un solo gris, pero, a medida que lo desmontaban, más le recordaba a la chaqueta acolchada de su abuela. Había partes renovadas por completo y otras que aún guardaban algo del material original.
En el lado del tronco del ciruelo pegado al muro, el canto de los ladrillos había dejado una hendidura de profundidad desigual. El peón nuevo alargó la mano para arrancar un cascote encajado en ella, pero He Fengqiu le dijo que parara y se volvió a preguntar si había llegado el jardinero que habían llamado los Wen. Gu Qing miró enseguida hacia la puerta, como si al árbol fuera a pasarle algo por el menor retraso. He Fengqiu la miró de reojo. Llegara pronto o tarde, dijo, aquel día solo tirarían lo que tocaba. Nadie le había pedido que se clavara al lado del árbol.
Al final no se fue. Una vez elegidos los modelos de las veinte ramas, podía ponerse a hacerlas, pero volvió a dejar la caja bajo la ventana y salía a preguntar cada poco. Su abuela cortaba rábano dentro de casa y le dijo que, ya que estaba desocupada, lavara el arroz. Gu Qing contestó que sí y metió las manos en el agua fría, todavía pendiente de los martillazos al otro lado del muro. Al remover el agua, los granos de arroz le dieron vueltas sobre la palma y dos gotas salpicaron la caja de flores de seda que había bajo la ventana.
Qiu Shen no llegó hasta poco antes del mediodía, con una pala corta y un rollo de cuerda de paja al hombro. Sus zapatos eran aún más viejos que los del albañil. Primero dio una vuelta al círculo de cal sin mirar las flores. Luego se agachó junto al pozo de los Gu, apartó un poco de tierra suelta de la superficie y palpó la humedad del suelo. Shen Su salió de la casa y preguntó si aquella raíz no soportaría que la tocaran. Él dijo que las raíces vivas soportaban las heridas que les tocaba sufrir. Lo malo era que, si uno cavaba diciéndose que no pasaba nada, el daño solía ser mayor de lo que pensaba.
Gu Qing le preguntó si el árbol sobreviviría en caso de sacarlo siguiendo el círculo original. Qiu Shen ni se lo aseguró ni la asustó. Dijo que dependía de la estación, de la tierra que levantaran con las raíces y del sitio adonde lo llevaran. Ahora que estaba en flor, no era el momento de buscarse facilidades para trasladarlo. Aunque sobreviviera al trasplante, tampoco se podía dejar escrito de antemano cómo florecería al año siguiente. Wen Jichang escuchaba a un lado. Cerró la mano dentro de la manga, al parecer al darse cuenta de que todo aquel trabajo extra para conservar el árbol no se debía solo a que él fuera demasiado receloso.
«¿Y si lo dejamos donde está, seguro que estará bien?», preguntó.
Qiu Shen miró el muro viejo y dijo que, aunque no trasladaran el árbol, tenían que dejar respirar las raíces. Las grietas del muro eran justo por donde se comunicaban el agua y la tierra. Si levantaban uno nuevo sin una sola rendija y la acequia quedaba atascada, aun dejando el árbol en el mismo sitio surgirían otros problemas. No habló de cuánto valía el ciruelo. Solo preguntó quién viviría allí en verano, dónde pondrían la leña y qué sitio se mojaba primero cuando llovía. Gu Qing recordó aquellas cláusulas del papel y de pronto ya no se atrevió a decir que siempre lo había cuidado bien.
Tras escucharlos, He Fengqiu volvió a disponer las tiras de madera formando el arco. El tramo que habían pensado ajustar mucho al árbol debía desplazarse unas pulgadas hacia el patio de los Gu, y junto al brocal del pozo convenía dejar una pequeña abertura para no tener que desmontarlo todo cada vez que se limpiara el canal. Gu Qing vio que aquella línea de madera invadía una esquina de su mesa de trabajo y dijo sin pensarlo que acababa de moverla hacia atrás. He Fengqiu retiró entonces la línea y dijo que podían acercarla más al árbol, pero que él no respondía por este: si después algo quedaba oprimido, no podrían decir que nadie lo había visto.
Shen Su se acercó a la mesa y tanteó una de las patas. El padre de Gu Qing la había hecho aprovechando la hoja de una puerta vieja. Los dos extremos habían sido desiguales desde el principio y la familia llevaba años usándola. Dijo que, si serraban aquella esquina, ya no podrían sentarse dos personas junto al muro, aunque para que Gu Qing cortara flores sola aún habría sitio. Gu Qing se apresuró a decir que no la serraran. Si estropeaban una mesa buena por un trocito de sitio, ¿cómo iban a devolverle luego su forma? Solo al terminar de hablar se oyó a sí misma y se dio cuenta de que había usado casi el mismo tono que unos días antes, al defender el árbol.
Qiu Shen siguió en cuclillas, sin meter prisa. Desde el otro lado, Xu Tan apartó un cesto de bambú y dijo que su patio de luz también perdía un sitio que les venía justo para apilar sacos, así que era pronto para decir que a alguien le costaba poco. Le enseñó a Gu Qing los calzos de madera que había bajo los sacos. Un hueco parecía vacío hasta que tocaba meter en él más de un saco. Gu Qing apretó los labios. Al final le pidió a He Fengqiu que volviera a colocar el listón que marcaba el trazado. Ella movería la mesa antes de pensar en serrarla y buscaría otros cestos para los materiales que no cupieran dentro.
Así se les fue otra media jornada en mudar cosas de sitio. La seda no podía tocar el suelo, los tallos de bambú eran sensibles a la humedad y las cajas de hilo debían quedar lejos de la lámpara. Antes a Gu Qing le molestaba el sitio que ocupaban los viejos patrones de papel de su abuela. Ahora descubrió que el cesto más grande era el de los recortes de pétalos que ella misma había ido guardando. Quería conservar un poco de cada color y, cuando se llenaba, apenas podía moverlo. Su abuela la ayudó a separar lo aprovechable, pero hasta los trozos que se deshacían con un tirón los apartaba primero en otro cuenco pequeño. Ninguna de las dos se resolvía a decir que los tiraran y, al final, el cuarto quedó más revuelto que antes.
En medio de aquel desorden, la obra al pie del muro avanzaba despacio. He Fengqiu escogió los ladrillos viejos que podían aprovecharse, mandó al peón que les quitara el barro con un cepillo y puso los nuevos donde tenían que soportar el peso. Gu Qing lo vio comprobar la vertical con la plomada y no pudo evitar preguntarle por qué, si iban a dejar el árbol, el muro tenía que quedar tan recto. El albañil se rio. Una curva era una curva y una torcedura era una torcedura. Tampoco ella podía coser los pétalos de cualquier manera y decir que una flor quedaba natural. Gu Qing se quedó sin respuesta, pero al oírle hablar de flores no pudo evitar acercarse a mirar cómo alineaba los ladrillos.
Para el día cinco, la primera hilada de ladrillos ya superaba el brocal del pozo y nunca había entrado tanta luz en casa de las Gu. Con el muro viejo desmontado, la galería destartalada de los Wen y el tendedero de las Gu quedaban bajo el mismo pedazo de cielo. En cuanto salió al patio, Shen Su se abrochó bien la chaqueta. Dijo que era como estar sentada en la calle. Gu Qing estuvo a punto de reírse de su recato, pero ella misma se volvía a cada rato mientras recortaba las flores, temiendo que desde el otro lado vieran el revoltijo de colores aún sin combinar sobre la mesa. Acabó colgando la cortina de tela solo hasta la mitad, para protegerse un poco de las miradas sin quitarle luz a su abuela.
Un niño vino a mirar el árbol desde el hueco del muro y preguntó si las Gu iban a abrir un jardín de flores. Gu Qing se rio y dijo que no. El niño no se iba y seguía con la vista las cuatro ramas de ciruelo de seda. Ella le dio la más pequeña para que la tocara y le advirtió que no tirara de ella. El niño tocó el ciruelo de verdad y luego el de mentira y preguntó cuál de las ramas estaba viva. Antes de que Gu Qing respondiera, su abuela dijo que con las dos había que tener cuidado. Lo que está vivo también se resiente si lo tocan con brusquedad y lo que no está vivo tampoco sale de la nada.
Al oírla, Gu Qing se enterneció. Volvió al cuarto y dejó junto a la mano de su abuela la caja de hilo para las camelias pequeñas, pensando pedirle que le diera unas cuantas vueltas. Pero Shen Su dijo que en ese momento quería descansar y no la cogió. Aquel instante de ternura se cortó de golpe. Gu Qing estuvo a punto de preguntarle cuánto podía cansar dar unas vueltas de hilo, pero volvió la cabeza, vio que su abuela se frotaba los dedos dentro de la tela de algodón y se llevó la caja de nuevo a su lado. Alguien pidió agua desde fuera de la ventana. Fue a por el cubo y se quedó sin decir lo que iba a decir.
La tarde del día seis cayó un chaparrón leve. Para que la lluvia no arrastrara el mortero, He Fengqiu mandó tender una vieja lona aceitada, y por fin sirvieron las varillas de bambú que había traído Zhou Jiping. Gu Qing sostuvo una esquina con una caña y enseguida se le cansó el brazo. Al otro lado, Xu Tan desvió el goteo hacia donde nadie pisaba. Las gotas repicaban muy cerca de ellas sobre la lona, pero en el patio cada una seguía teniendo un sitio seco. De pronto Gu Qing comprendió por qué habían medido una por una las varillas de aquellos armazones de paraguas aún sin cubrir. Para hacer un techo hacía falta algo más que sostenerlo.
Cenaron más tarde que de costumbre. Le llevó a su abuela las gachas calientes y dejó las suyas junto al fogón. Cuando se sentó, ya se les había formado una película en la superficie. Su abuela le preguntó si había elegido los colores de las flores. Solo entonces se acordó de golpe de la caja de papel y corrió a verla. En el fondo aún quedaba una pequeña mancha de agua. En dos de las cuatro ramas de muestra, la seda de la base había quedado marcada por la presión. Aún se podían usar, pero en cuanto se las pusiera delante a Xu Tan saltaría a la vista su descuido. Pasó media noche dándoles vueltas y arreglándolas, sin convertir el percance en un reproche a quien supuestamente debiera haberle cuidado la caja.
El día siete por fin llevó las flores. Xu Tan eligió la mitad en rojo claro y la mitad en blanco marfil y le preguntó si llegaría a tiempo a la siguiente entrega. Gu Qing dijo que sí y, en cuanto se oyó decirlo, se dio cuenta de lo poco que había hecho en aquellos días. Xu Tan no volvió a probar el aroma. Solo puso una flor en una jarra de barro vacía que aún estaba torcida en la oficina de cuentas y miró si quedaba cerca de la ventana. Gu Qing quería contarle que la base de aquella flor se había mojado y acabó diciéndoselo antes de seguir. Xu Tan la examinó y dijo que entonces no la contaran como parte de la entrega formal. Se quedaría de muestra y el resto se haría de nuevo.
Salió de la oficina de cuentas con cierta pena. Ya había invertido el trabajo de sus manos en aquellas dos flores, y su intención de entregarlas como pago no bastaba para convertirlas en dinero. No pidió que las incluyeran en la cuenta. Volvió a casa y se puso a cortar pétalos nuevos. Solo al oír que recogían las herramientas al otro lado del muro se dio cuenta de que había vuelto a anochecer. Desde que metieron la mesa en casa quedaba menos sitio para sentarse. Al girarse para coger hilo rozó a su abuela, y quedaron hombro con hombro, como en aquellos años en que aprendía a coser de niña.
El día ocho quedó rematado el último tramo de la curva. He Fengqiu quitó con la mano mojada la cal sobrante del borde de los ladrillos y le pidió a Gu Qing que no se acercara a tocarlos todavía. Un pequeño tramo del árbol había quedado libre del muro viejo. La corteza áspera aún conservaba las marcas de cuando estaba apretada. La pulcritud de los ladrillos nuevos no iba a rejuvenecerla. Wen Jichang se quedó mirando largo rato desde su lado y dijo que a partir de entonces aquel sitio tendría que quedar vacío. Al oírlo desde el otro lado del muro, Gu Qing se acordó de la media mesa de trabajo que le quedaba en casa y tampoco le dijo que no era para tanto.
Aquella noche, ella y su abuela terminaron de repartirse el último cesto de retales de seda. Shen Su sacó un trozo amarillo pálido de entre los de color marfil y dijo que sería perfecto para el corazón de una flor; Gu Qing, en cambio, quería ponerlo junto a los nuevos ciruelos, donde la luz del sol le daría algo más de calidez. Discutieron un par de frases y cada una se quedó con la mitad. En la primera noche en que se detuvieron junto a aquel muro nuevo, ninguna se lo cedió todo a la otra; bajo la ventana, dos montoncitos de seda brillaban cada uno por su cuenta a la luz de la lámpara.
· Fin del capítulo ·
Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.
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