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Un volumen en las manos

Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua

Ya no como de jóvenes

Ku Wuji · Creación con IA · 11300 caracteres · Aproximadamente 13 minutos

La primera vez que Yao Jia entró en la casa ancestral de los Lu a la edad que tenía ahora fue la tarde del día veintisiete del sexto mes.

Lu Yan le enseñó el plano de la reparación. Ella miró primero los novecientos ochenta anotados en la esquina, luego la ventana, y preguntó si de verdad pensaba abrir aquel rincón oscuro. Él asintió y le dijo que, si quería verlo, el carpintero He aún estaba allí. Ella solo lo había preguntado de pasada, pero al oír la invitación sintió una oleada de calor, como si después de ver aquel plano sus pies tuvieran que seguirla hasta dentro del dibujo.

Cerró media puerta de la tienda, dejó un cartelito avisando que volvería enseguida y cruzó con él el callejón del pozo. Nada más empujar la puerta de la casa familiar, les salió al encuentro el olor a madera y ceniza vieja. De niña había corrido por allí. Recordaba que, en cuanto se oía la voz de un adulto de los Lu, los dos salían disparados por la puerta. Ahora, de pie en aquel mismo sitio, el alero era más bajo de lo que recordaba. Junto a la puerta había aparecido una prenda de Lu Yan, lavada y a medio secar, de la que aún caía alguna gota por debajo de una manga.

Yao Jia apartó primero los ojos y se fue a mirar la ventana. El carpintero He golpeó el poste original con el dorso de la mano para que oyera qué extremo seguía firme. A su lado, Lu Yan señaló el nuevo hueco. No cambiarían toda la madera y entraría un poco más de luz. Ella pasó la mano por las vetas viejas debajo de la ventana. Se le llenaron de polvo las yemas de los dedos y recordó que una vez había escondido allí un puñado de hierba seca para asustar a Lu Yan cuando viniera a buscarla. Al final, su madre la había llamado de tal modo que fue ella la primera en salir de un salto.

El carpintero la oyó y dijo entre risas que, conque aquellas briznas podridas de la grieta tenían dueña. Yao Jia se ruborizó. Lu Yan también se rio y preguntó si era el mismo puñado con el que una vez le habían llenado los zapatos. Ella dijo que en los zapatos no, que no era tan mala. Él la miró y, de pronto, ella tampoco se atrevió a asegurarlo del todo. Acabó diciendo que, después de tantos años, aunque hubiera sido ella, lo único que podía hacer hoy era sacarle de allí las briznas.

El carpintero He se fue a revisar una viga en una casa al este de la calle, sin decidir quién tenía razón. Al irse, la casa se quedó de pronto en silencio y el agua se oyó con más claridad al otro lado de la ventana. Yao Jia vio que la cama estaba ahora en la parte más seca del interior, aunque una pata descansaba torcida sobre un retal de papel. Se agachó para sacarlo y Lu Yan se apresuró a pedirle que no lo tocara. La pata era más corta y, en cuanto sacara el papel, la cama empezaría a bailar. Ya lo había sacado medio cun, así que tuvo que volver a calzarlo. Se rio de sí misma por querer desarmarle el sitio donde dormía casi antes de poner un pie en la casa.

Lu Yan trajo una tablilla fina para sustituir el papel doblado, ya blando, y le pidió que sujetara un momento. Ella apretó un extremo con las dos manos y él levantó un poco la cama. Tenían los hombros muy cerca. Su vieja camisa olía un poco a sol, un olor que se mezclaba con el de la madera recién cortada que tenía en la mano. Yao Jia se dio cuenta de que no hacía falta apretar tanto, que él ya sostenía la cama. Aun así no soltó enseguida. Solo se levantó cuando él dijo en voz baja que ya estaba.

En la ventana había medio espejo viejo, oscurecido por detrás, que llevaba allí quién sabía desde cuándo. Ella lo limpió con un paño. Lu Yan le trajo una palangana de agua y de paso le arrimó un taburete bajo. Yao Jia se volvió y le vio un poco de polvo en la mejilla. Parecía que desde la noche anterior no había acabado de lavárselo. Se rio y le indicó dónde estaba. Él se tocó donde ella le señalaba y solo consiguió extenderlo más. A Yao Jia le tocó escurrir el paño, alargar la mano y decirle que no se moviera.

Cuando el paño le tocó la cara, Lu Yan se quedó de veras quieto. La miraba a los ojos. La mano de Yao Jia se hizo de pronto más lenta. El dorso de los dedos le rozó el pómulo a través del paño húmedo y el calor le llegó desde el otro lado. Había pensado bromear con que, en ese estado, todavía presumía de distinguir los sellos de arcilla. Ahora no le salía una palabra. Se limitó a limpiarle con suavidad aquel punto, retiró la mano y se adelantó a mirar si el agua de la palangana se había enturbiado.

Tardó un poco en preguntarle si ya tenía mejor aspecto. Yao Jia asintió. Ahora parecía alguien que no acababa de salir de un montón de ceniza. Él se rio bajito y ella se rio también, pero la prenda de encima que aún goteaba dentro del cuarto pareció quedar de pronto muy cerca de ella. Colgó el paño húmedo y miró adrede hacia otro lado. Solo entonces vio, sobre el estante alto de madera, el muñequito cabeza abajo que ella había dibujado.

El papel estaba desplegado, sin quedar aplastado bajo las listas de recipientes. Ella se lo acercó, dijo primero que el dibujo le había quedado feo y le preguntó para qué lo guardaba. Lu Yan tendió la mano para recogerlo y solo dijo que quería guardarlo. Ella tardó en dárselo. Le dio la vuelta para mirarlo y dijo que así quedaba mejor. Él se rio y dijo que el muñeco ya estaba colgado boca abajo y que, si lo ponía derecho, ya no habría voltereta. A ella se le escapó la risa, se lo devolvió y, al verlo ponerlo otra vez en un sitio seco, sintió como si alguien le apretara suavemente el pecho.

Aquel día no le dejó recogida toda la casa. Aún tenía que abrir la tienda, y alguien la llamó desde el otro lado del callejón para comprar vinagre. Le contestó y, antes de irse, preguntó hasta dónde llegaría la luz de la tarde si para el octavo mes ya estaba abierta la ventana. Lu Yan señaló un pedacito de suelo bajo ella. Yao Jia se puso allí, ladeó la cabeza e imaginó que el sol entraba de veras por un lado y caía justo donde él había dejado aquel día la palangana. El plano del carpintero He era pequeño y la habitación también. Aun así, se quedó un buen rato en aquel poquito de luz que aún no existía.

Al atardecer del veintinueve había un espectáculo de variedades en la desembocadura. Yao Jia le había dicho a Gao Jiang que quería ir, pero aquel día ella tenía visita de su familia y, entre risas, le dijo que no tenía por qué guardarse también su parte de la diversión hasta la próxima vez. Yao Jia guardó unos envases vacíos, salió y vio a Lu Yan lavándose las manos en el pozo. Lo llamó por su nombre y le preguntó si, de tener la noche libre, le apetecía ir un rato a verlo.

Él levantó la cabeza, como si temiera haberse perdido algo. Ella lo repitió. En la desembocadura, había función, y que no la dejara allí plantada hasta tener que cantarle hasta el título. Lu Yan sonrió, dijo que sí y colgó de nuevo el paño a toda prisa. Al llegar a la boca del callejón se dieron cuenta de que él aún tenía los bordes de los zapatos mojados. Yao Jia le preguntó si acababa de lavarlos. Él bajó la cabeza y dijo que se había salpicado al sacar agua. Ella se rio de que conociera tan bien el muelle y, al parecer, donde mejor sabía perder pie era junto al pozo.

En la desembocadura no había demasiada gente. Unas lámparas bajas de aceite iluminaban una vieja tela colgada al frente. Salían dos cómicos por turnos, uno flaco y otro alto. Al flaco siempre se le quedaba a la vista media bola de bambú después de esconderla. El alto fingía que no la veía, daba vueltas y más vueltas y al final sacaba de su propio sombrero un puñado de hierba. Los niños eran los que más alto se reían. Yao Jia se rio también. A su lado, Lu Yan había empezado mirando la bola muy serio y, solo al verla reír, entendió que había algo más que acertar dónde estaba.

Se abrió paso hasta un lado y se plantó allí. Un niño alzó una tablilla para adivinar bajo qué cuenco estaba la bola de bambú. Quien acertara se llevaría una flautita de bambú delgado. Falló dos veces seguidas y se volvió para tirar de un adulto, que también se equivocó. Desde el escenario le preguntaron si lo intentaba otra vez. Yao Jia no pudo contenerse y señaló el tercero. Lu Yan dijo por lo bajo que era el segundo. Ella lo fulminó con la mirada y dijo que solo valía uno, que entre los dos no podían acaparar los tres cuencos.

Apostó una moneda suya y volvió a señalar el tercer cuenco. El cómico alto lo levantó y, en efecto, debajo había una bola. Al entregarle la flauta de bambú, le dijo que tenía buena vista. Yao Jia la cogió y, ufana, miró primero a Lu Yan. Él levantó las manos en señal de derrota y dijo entre risas que solo sabía examinar tinajas, que los cuencos eran demasiado pequeños para él. Ella apretó la flauta, a punto de replicar, cuando en el escenario levantaron también el segundo cuenco. Debajo había otra bola. Estallaron las risas alrededor. Los dos se quedaron pasmados y enseguida se doblaron también de risa.

La flautita pesaba poco y uno de los extremos del bambú estaba tallado de forma un tanto irregular. Por miedo a cortarse los labios, lo palpó antes de soplar. A la primera solo salió aire. Lu Yan preguntó si podía probar y ella escondió la flauta a la espalda y le dijo que esperara a que aprendiera ella. Él esperó muy obediente. Ella volvió a intentarlo y por fin sacó una nota tan aguda que fue la primera en encoger los hombros. Un niño de al lado se tapó los oídos y gritó que era más feroz que el pato del escenario. Yao Jia se puso colorada del enfado y al final tampoco pudo contener la risa.

A la vuelta, el viento del río agitaba la cinta junto al pelo de Yao Jia. Lu Yan iba por el lado de fuera, dejando paso a quienes venían con pértigas al hombro. En un escalón mojado, ella tanteó primero con el pie. Él le tendió la mano y ella se agarró a su muñeca. Una vez al otro lado, siguió sujetándola un momento más. La mano estaba tibia y tenía los nudillos duros. Era distinta de la letra que ella reconocía en las cartas, del pincel que le había visto usar ante el mostrador y del leve frescor que había sentido al rozar la tinaja. Siguió andando con la vista baja y solo al llegar a terreno llano lo soltó despacio.

Lu Yan no la apuró para que lo soltara. Miró al frente y al cabo de un rato preguntó si la flauta aún sonaba. Ella dijo que sí, pero que a aquellas horas, si volvía a tocarla, despertaría a todas las gallinas del callejón. Él se rio y señaló una puerta que seguía abierta más adelante. Allí tenían gansos, que eran más fieros. Mejor no atraerlos también. Yao Jia apretó la flauta. De pronto no le apetecía llegar tan pronto a su puerta y aflojó el paso un poco. Lu Yan también fue un poco más despacio.

Él tenía que partir el primer día del séptimo mes, llegaría a Yuepu la noche siguiente y el día tres haría el recuento de la mercancía en la casa comercial. Todo figuraba desde hacía tiempo en el calendario del viaje. Durante aquellas dos noches, Yao Jia pensó en preguntarle si podía quedarse un día más. Ya tenía las palabras en la punta de la lengua cuando volvió a ver el registro de envases devueltos que él llevaba en las manos durante el día. Seguía queriendo que se quedara. Solo que, en una noche así, con aquel viento, no quería dar a entender que, si volvía a Yuepu, la estaría dejando otra vez.

Al llegar a la puerta, ella abrió primero la cerradura y se volvió para preguntarle si también esta vez iría apretado por la noche en el barco. Lu Yan dijo que sí, que le bastaba con poder estirar las piernas, y siguió mirándola. Ella le dijo que entonces volviera a casa aquella noche y durmiera bien. Lu Yan asintió, pero se quedó donde estaba. Ella tampoco tenía prisa por entrar. Con la puerta entreabierta y un breve trecho de suelo iluminado entre los dos, escucharon los últimos golpes de gong que, a lo lejos, despedían la función.

El treinta del sexto mes, guardó la flauta de bambú en un sitio seco del mostrador. Xiao Geng la vio y preguntó de dónde había salido. Ella le dijo que se la había ganado acertando y el niño quiso probar suerte enseguida. Conocía los cuencos mejor que nadie, dijo. Yao Jia se rio. Se guardó el truco de la noche anterior, el de los dos cuencos con bola, y solo le dejó soplar dos veces. La última nota casi le voló las cejas al propio niño. Gao Jiang entró de la calle y, del susto, lo primero que preguntó fue quién le había pisado la cola a su gato.

Al día siguiente, cuando Lu Yan embarcó, Yao Jia sí fue al muelle a acompañarlo un trecho. No tenía que inspeccionar mercancía para nadie. Se quedó en la orilla, mirándolo guardar bien su equipaje y responder al barquero. Antes de partir él preguntó por la flautita. Ella dijo que estaba en el armario y no le pidió que se la llevara. Lu Yan sonrió y dijo que la próxima vez tendría que oírla tocar un trocito entero. Ella le replicó al instante que habría que ver qué día tenía él los oídos tan desocupados. Se hizo la desdeñosa, pero se acordó de lo que le había pedido.

Cuando el barco se apartó de la orilla, no mantuvo la mano en alto mucho tiempo. La alzó una vez y la bajó, aunque en la palma aún recordaba aquel poco de calor de la noche anterior. Vio pasar la vela más allá de la bahía exterior, se apartó para dejar paso a quienes venían a recoger los cabos sueltos y regresó a su callejón del pozo. La puerta de la tienda estaba entreabierta. Los clientes de siempre vendrían antes del mediodía, como de costumbre, y la flauta de bambú seguía escondida en el mostrador. La partida de un barco no la había vuelto de pronto tan ligera como para perderla de vista.

Al caer la tarde del día tres, probó a sacar dos notas de la flauta. La primera aún salió desviada, pero la segunda sonó un poco más firme. Fuera, alguien de la casa vecina gritó a Xiao Geng que dejara de hacer ruido. Ella dijo por la ventana que no era Xiao Geng. La persona se quedó desconcertada, se rio y preguntó quién era entonces. Ella se quedó con la flauta en las manos y el calor le fue subiendo a la cara. Al cabo de un rato volvió a soplar suavemente por aquel agujerito y sacó una tercera nota.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.

Índice del libro · 38 capítulos
  1. Las ciruelas verdes en la manga
  2. El vaho de la boca de la tinaja
  3. Solo acepta ciento sesenta
  4. Una cucharada demasiado dulce
  5. La mancha de tinta junto al caballo de bambú
  6. Las ciruelas se ablandaron primero
  7. Los días de volver al barco
  8. El trato que no salió
  9. Un cuenco que se enfría en la espera
  10. La lengua no se acuerda
  11. El hueco que no daba para más
  12. Dos copias del acuerdo de transporte
  13. Las hojas que quedaron en tierra
  14. La pregunta que quedó sin hacer
  15. No queda sitio en el río
  16. Los fideos de verano tienen un sabor demasiado intenso
  17. Padre sigue junto a la mesa
  18. Las hojas al sol
  19. Contar todo lo de aquella noche
  20. Almuerzo en el callejón de las Tejas
  21. Antes de saldar la cuenta
  22. Quién falta en las cuentas
  23. Tres días río arriba
  24. Estos once años no han estado vacíos
  25. Devolverlos fardo a fardo
  26. Un platito de sabor más suave
  27. Los tres días de madre
  28. La acidez que nunca llegaba
  29. Cuando vuelvas
  30. Ya no como de jóvenes
  31. Los barcos tienen su turno
  32. Un platillo de ciruelas que no se venden
  33. La luz desciende hacia el agua
  34. Dos días río abajo
  35. En su orilla
  36. La calle que ella quería ver
  37. Un cuarto donde se puede vivir
  38. Aún queda sitio en la página nueva

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