Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua
La tercera bolsa de dinero
Ku Wuji · Creación con IA · 11344 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El día veintidós del cuarto mes, Gu Qing puso tres bolsas de dinero sobre la mesa. La de los gastos de casa era la más vieja, con las esquinas de abajo pulidas por el roce. La del capital llevaba dos vueltas de hilo alrededor de la boca. La del viaje aún era nueva: su abuela la había cosido aparte con tela gris. Antes de volcar las monedas, extendió el papel con lo que había averiguado en el embarcadero. La punta del pincel se le quedó un buen rato junto a las palabras «ida y vuelta». Que pudieran llegar hasta allí no quería decir que ya tuvieran todo el dinero para salir de casa.
Los pasajes de ida y vuelta para las dos, en las literas interiores que habían elegido, sumaban seiscientos cuarenta wen. Los gastos de transbordo quedaban aparte, en la reserva. El carro de Nanpu a Heze y de vuelta, la comida y el alojamiento del camino, el agua caliente y unos días más de estancia eran cosas que nadie iba a darles gratis con solo decir que eran paisanos. Escribió mil doscientos. Shen Su no entendía una cifra tan grande toda junta y le pidió que se la leyera de cien en cien. Al terminar, dijo que todos aquellos gastos menudos se comían más dinero que el barco para las dos.
A Gu Qing también le parecía mucho. Había pensado recortar ochenta monedas de la reserva. Hizo ademán de tacharlas, pero recordó el agua caliente y las tablas duras de aquella noche en Luwan. Su abuela le dijo que no tenían por qué gastarlo todo, que lo que trajeran de vuelta seguiría siendo dinero. Borró aquella raya apenas esbozada y dejó la cifra original. Al hacer las cuentas de la casa, vio que había que dejar dinero para el arroz y para comprar la primera partida de materiales a la vuelta. Apartarían otras trescientas monedas para las dos cosas y no las llevarían a bordo. Si faltaba dinero durante el viaje, antes acortarían la estancia que tocar aquel paquete.
A finales del segundo mes, en casa tenían cerca de cuatrocientas monedas en efectivo. Gu Qing había anotado los ingresos y los gastos desde el tercer mes hasta entonces en más de diez tiras de papel usado. La letra era unas veces grande y otras pequeña, y a menudo las cifras se apiñaban junto a los agujeros de aguja. Había cobrado doscientas cuarenta monedas por las últimas cuarenta ramas de la tienda de Yao, seiscientas por las tres tandas que ya había entregado a Luo Yi y doscientas veinte por la primera entrega al cliente de tocados y cinturones. También anotó por separado lo cobrado por las camelias y las flores de sombrero vendidas al detalle. Fue descontando uno a uno los materiales, la mano de obra, las muestras, el alquiler de tres días, el arroz y las verduras y el gasto de luz. Separó lo cobrado de lo pendiente. De momento dejó fuera del efectivo las cuatrocientas monedas de las dos tandas de Luo Yi aún sin entregar y las doscientas veinte de la tanda que le faltaba al cliente de tocados y cinturones.
Su abuela la ayudó a contar. Como no veía bien, palpaba el borde de las monedas de cobre y ensartaba cada cincuenta en un cordón corto. A medio contar, Gu Qing se dio cuenta de que había incluido entre los ingresos un abono por material devuelto y se apresuró a descontarlo. Después se quedó mirando, aturdida, el cordón que faltaba. Shen Su no intentó compensar la diferencia. Se limitó a mover aquel cordón junto al papel del material sin usar y dijo que ese dinero no les había llegado a las manos, que ahorrarse parte del coste del material era otra cosa.
Aún quedaban varios lotes por liquidar y, en efecto, por el momento no alcanzaba. Gu Qing no fue a casa de los Wen a preguntar si aún podían guardarle el trabajo de cuatrocientos wen. Primero llevó a la señora Ji las sedas de color violeta ahumado y de reflejo lunar sobre el agua. La señora Ji le dio el precio al que podía revenderlas en ese momento, sin basarse en el precio original ni redondear al alza por ser conocidas de antiguo. A Gu Qing le pareció poco y volvió a casa con las sedas. Las dejó allí media jornada, entre las ganas de sacar un precio mejor y el miedo a que el comprador ya no llegara a usarlas a tiempo. La abuela no intentó convencerla. Solo le dijo que preguntara en otra tienda.
En la segunda tienda también dijeron que los colores eran anticuados. Solo estaban dispuestos a separar el morado ahumado y pagar el resto como retales. Al oír la oferta desde la puerta de la tienda de telas, Gu Qing comprendió que la señora Ji no había intentado rebajarle el precio adrede. Se lo contó a su abuela al volver a casa. Shen Su se rio de que comparara la buena voluntad de la gente como si fuera un precio, como si bastara la comparación para saber quién se había portado mal. Gu Qing no se dio por vencida y le preguntó si en su día había perdido dinero al vender su pieza de seda de color agua de luna. La anciana dijo que sí, pero que también había sacado dinero para vivir y que, si algo recordaba ahora, era que la tela había dejado de estar aplastada en el fondo del arcón.
El veinticinco, Gu Qing entregó los tres retales de seda que tenía sin usar y recibió ciento noventa y ocho wen en total. Ni siquiera se guardó un trocito de muestra. La señora Ji le pidió que los midiera ella misma, para que viera bien que por cada cun que se guardara le pagarían un cun menos. Midió como correspondía y dejó correr la tela entre los dedos. La gris, la morada ahumada y la parda clara de tono frío quedaron enrolladas como las necesitaban otras manos. El dinero no abultaba en la mano tanto como la tela, pero pesó mucho más al meterlo en la bolsa del viaje.
De camino a casa compró también una tira pequeña del verde claro que necesitaba en ese momento. Solo pagó por lo que iba a usar aquel día. Vender el material viejo para comprar nuevo parecía una vuelta inútil, pero esta vez cortó el verde claro en cuanto entró en casa, sin volver a reservarlo para un gran cliente que quizá llegara algún día. Cortó despacio y, cuando sobró una tira de un dedo de ancho, la dobló a su medida y la guardó en el papel original. Aún le quedaban dos tandas que entregar antes de partir, y con el entusiasmo solo no iba a acabarlas deprisa.
Antes, el veintitrés, se liquidó la cuarta entrega de Luo Yi y, el veintiséis, la segunda de los adornos para tocados. Gu Qing cobró según lo acordado y primero le pagó a Xiaoman lo de cada lote. La preparación, la elección de colores, la colocación del broche y la prueba de desmontaje tenían cada una su día. Ya no hacía todo de principio a fin en una sola jornada. Cuando Xiaoman no venía, la abuela hacía a veces unos tallos gruesos y Gu Qing le pagaba por tanda. Si la anciana iba a casa de los Chen, los tallos se retrasaban medio día, sin quitarles a la fuerza tiempo a las labores finas bajo la lámpara. Dos días trabajaron más de lo habitual. A Gu Qing le dolía la muñeca y a la mañana siguiente se limitó a seleccionar materiales, sin contarse a sí misma entre las varillas de bambú que nunca se cansaban.
Las últimas diez flores para cajas no las recogerían hasta el veintinueve. Mientras tanto habían seguido con las pequeñas ventas en casa. Los vecinos compraban alguna, volvían clientes de antes del Mercado del Oeste y al cabo de varios días se juntaba una sarta pequeña, de ocho wen aquí y diez y pico allá. Entre el tercer y el cuarto mes habían vendido al por menor varias decenas de ramas corrientes, muchas terminadas entre el patio de luz, el fogón y los idas y venidas. No había para ellas un gran pedido que luciera sobre el papel, pero poco a poco habían cubierto el arroz, la verdura y el carbón que habían necesitado comprar de más. Solo entonces entendió Gu Qing que, de haberse quedado mirando únicamente el papel de los mil wen, el dinero de cada día se le habría escurrido hacía tiempo.
La noche del veintisiete, Shen Su sacó su bolsita. Esta vez volcó el contenido para que Gu Qing pudiera hacer algo más que palparlo. Había más de sesenta monedas viejas, más lo ganado últimamente por envolver tallos gruesos y lo que había ido apartando al comprar judías y verduras. En total, ochenta. Dijo que, si aquellas ochenta monedas se iban de viaje, las gastaría ella misma. En Nanpu, cuando quisiera decidir dónde alojarse o qué comer, primero preguntaría bien el precio. No compraría porque alguien la engatusara ni se quedaría cada vez con la mano tendida esperando que Gu Qing decidiera por ella.
Gu Qing había pensado volver a guardar la bolsita para que la abuela tuviera unos ahorros que le dieran tranquilidad. Ya iba a decirlo cuando se acordó del cordón de la cortina de bambú que la abuela podía alcanzar por sí sola. Puso la bolsita junto al dinero del viaje. «Lo que pagues por el camino, lo apuntamos juntas. Si te apetece comprarte alguna cosita, sacamos primero de tu bolsa».
Shen Su asintió con seriedad. Luego sacó una moneda de las ochenta y dijo que tenía el borde rajado, que no se la llevaría y la cambiaría por una buena. Gu Qing se rio de que hasta escogiera las monedas del viaje por su aspecto. La anciana dijo que no era por eso, que al ensartarlas era fácil que el borde cortara el cordón. Apartaron la moneda rajada y ensartaron bien las que estaban en buen estado. Shen Su siguió llevando aquella bolsita pegada al cuerpo. No la vació en la bolsa grande de Gu Qing.
El día veintinueve, Luo Yi se llevó la última tanda. Las cinco tandas de cincuenta flores, por un total de mil wen, estaban pagadas. Una flor de la última tenía el broche un poco apretado y volvieron a pasarle el cordón en su presencia antes de meterla en la caja. También habían cobrado los cuatrocientos cuarenta wen por las veinte flores de tocado. Gu Qing pagó los materiales y la mano de obra, dejó preparado el arroz y la verdura que necesitarían hasta el día de partir y repasó todos los papeles de las cuentas. Sin contar el dinero de la venta de seda, que había apartado, en casa tenían mil doscientos veintidós wen disponibles para el viaje. Sumados los ciento noventa y ocho de la seda vieja y los ochenta de su abuela, daban mil quinientos justos. Trescientos se quedarían en casa y los otros mil doscientos serían para el viaje de las dos.
Aquellas mil doscientas veintidós monedas no eran todas ganancias recientes. Parte era dinero que había guardado desde el undécimo mes, parte se había ido juntando con ventas sueltas y otra parte era lo que quedaba de los encargos grandes. No podía recuperar lo que ya se había gastado en flores estropeadas y en trabajos atrasados. Al dorso del papel, Gu Qing apuntó en dos líneas lo de la venta de seda y lo que ponía su abuela, para no entusiasmarse más adelante y volver a pensar que el último negocio las había llevado por sí solo al sur. Escribía despacio. Cuando acabó aquellas dos líneas, el nivel del aceite en la lámpara había bajado visiblemente.
Gu Qing levantó las sartas que se llevarían de viaje y la muñeca se le venció de inmediato. El dinero para el viaje, unas pocas palabras sobre el papel, tenía más peso que una caja de flores acabadas. Al principio quiso coserlo todo por dentro de la ropa. Se la puso para probar, pero a los dos pasos el bajo empezó a golpearle las piernas y Shen Su se rio de que pareciera llevar un cinturón de balancitas. Tuvo que deshacer el arreglo. Dejó a mano monedas sueltas para el camino, apartó la señal del barco para ir al embarcadero una vez resuelto el cuidado del árbol y envolvió las sartas grandes que quedaban en dos paquetes, sin mezclarlas con la ropa seca y las medicinas en un amasijo del que no pudiera sacar nada.
Su abuela también volvió a atar el paquetito con sus ochenta monedas y cambió el hilo viejo. Lo levantó ella misma para tantear el peso y, como vio que podía con él, no dejó que Gu Qing lo llevara por ella. Probaron a meter en el equipaje, por este orden, el dinero, la ropa seca, el reposapiés y la manta fina. Tal como esperaban, el colchón grueso que habían escogido antes no cabía. Gu Qing lo sacó, todavía con cierta pena. Shen Su puso en su lugar el cojín blando en el que solía sentarse y por fin pudieron cerrar el bulto. Ningún paquete podía llevarse consigo todas las comodidades de casa. Gu Qing lo llevó hasta la puerta, hizo dos veces el trayecto de ida y vuelta y envolvió con otra capa de tela el asa de cuerda que se le clavaba en la mano.
Después de probar el equipaje, devolvieron cada cosa a su sitio: las rodilleras lavadas y aún húmedas debían secarse, y el dinero no podía quedarse toda la noche extendido sobre la mesa. Shen Su puso el sombrero marrón claro sobre la cajita del loto gris y dijo que así no lo aplastarían al recoger. Gu Qing midió con la mano y dejó un hueco del tamaño de un puño; por primera vez no pensó que allí aún cabían dos flores para vender.
Una vez repartidas las cosas en los tres bultos, quedó sobre la mesa una moneda de la vuelta de comprar verdura. Gu Qing la puso encima de la hoja del itinerario, que el viento había levantado. De pronto, Shen Su dijo que en unos días el árbol necesitaría más agua, que no se olvidara de comentárselo a Qingniang. Gu Qing respondió que al día siguiente iría a preguntar cuánto cobraría. La anciana miró la bolsa del dinero. Ya no dijo que había que dejar arreglado lo del árbol antes de pensar en salir. Era como si ya tuviera una barquita en la cabeza, y el dinero y el equipaje fueran subiendo poco a poco a bordo.
Guardaron los bultos. Bajo la ventana, la primera rama de ciruelo de seda seguía mostrando su blanco tenue, aunque las puntas de los pétalos ya amarilleaban. Gu Qing trajo un cepillo suave, le quitó el polvo de una pasada y lo guardó, sin retocar el color. Aún tenía que acordar con alguien que se encargara del cuidado y después ir al embarcadero a pagar la señal del barco. Al volver tocaría encender el fogón y cortar seda. Aquella vieja rama no tenía que demostrarles que el viaje valdría la pena. Se quedó en su rincón de siempre, junto a la ventana. En la punta del tallo se había aflojado una vuelta de hilo. Gu Qing la apretó y ahí detuvo la mano.
· Fin del capítulo ·
Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.
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