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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

Las cuentas de Xiaoman

Ku Wuji · Creación con IA · 10463 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

El uno del tercer mes, Gu Qing pasó por delante de la sombrerería sin entrar. El local era estrecho y de la entrada colgaban sombreros de paja y de tela. En lo más alto, un viejo sombrero de fieltro gris llevaba tres flores azules prendidas en un lateral del ala; la tercera caía, como si estuviera mal atada. Ella se detuvo a mirarla y pensó enseguida que aquella flor iba a caerse. Se volvió, pero no logró alejarse mucho y volvió a pararse al otro lado de un puesto de peines de bambú.

Las dos clientas venían de la tintorería y cada una llevaba una manchita azul en la manga. La más alta se caló el sombrero gris hasta taparse las cejas con el ala. La más baja se lo subió un poco y, entre risas, le dijo que parecía un escolta de caravanas entrado en años. Un anciano de la tienda iba a acercarse, pero Xiaoman salió primero. Levantó la tercera flor y les señaló el pequeño broche oculto debajo. La flor no estaba suelta. La que quedaba más baja se podía subir con el cordón o llevar pegada a la sien.

La mujer más alta dio media vuelta y enderezó la espalda. Al salir del trabajo siempre llevaba el pelo bien recogido, pero al probarse el sombrero se sacó dos mechones cortos por los lados y los enroscó con un dedo. Al ver aquel gesto, Gu Qing comprendió que también se llevaban sombreros aunque no se fuera a un banquete. A la mujer le parecieron demasiadas tres flores. Xiaoman quitó una para que viera cómo quedaba y le dijo que podía guardarla envuelta aparte y que, para lavar el sombrero, podía retirar el ramillete entero.

De dentro de la tienda llegó el regateo y, al final, el sombrero más caro quedó sin vender. La mujer eligió uno barato de tela azul oscura con dos flores azules, compró además un broche pequeño y se volvió para que su compañera le mirara cómo le quedaba por detrás. Cuando pasaron junto al puesto de peines de bambú, Gu Qing oyó a la más baja decir que la próxima vez quería una flor verde, del color de las hojas tiernas de las judías. El verde en la cabeza aún le parecía demasiado frío, pero ya no encontraba razón alguna para prohibirle aquella frialdad.

Xiaoman ya la había visto y le hacía señas desde dentro, así que Gu Qing no tuvo más remedio que entrar. Pensaba empezar diciendo que últimamente le salían bien las flores, pero al ver los pétalos asimétricos dispersos sobre la mesa cambió de idea y preguntó cómo aguantaban el viento. Xiaoman le mostró la presilla de hilo que se escondía bajo el broche fino. No se puso a ensalzar su idea. Se limitó a levantar un sombrero y sacudirlo. La flor se movió con él y el tallo siguió firme.

«Está bien firme», dijo Gu Qing, y añadió: «Sigue sin gustarme mucho que cuelgue de este lado».

Xiaoman se rio. «Pues a mí me gusta que cuelgue de este lado.»

El dueño, de apellido Fei, le acercó a Gu Qing un taburete con el pie y siguió ocupado midiendo la cabeza de un cliente con una cinta de sombrerero. No había tomado a Xiaoman como aprendiza. Le pagaba por pieza para que hiciera adornos florales, los modelos eran de ella y, si un cliente quería algún cambio, se lo consultaba. Gu Qing lo oyó llamarla sencillamente señorita Dong, sin tratarla de joven maestra ni de peona. Se quedó un rato en el taburete y aquel tratamiento acabó escociéndole más que su propia etiqueta de papel.

Volvió a casa e hizo una flor con la forma que había visto. Tenía tan arraigada la costumbre de dar la misma profundidad a los dos lados que, al darle la vuelta, el lado bajo le pareció enfermo. Como le parecía demasiado bajo, lo levantó, y como le parecía demasiado vacío, añadió pétalos. Al final de tanto corregir, le quedó una bola azul y pesada. Su abuela la vio desde la ventana y dijo que parecía un bollito al vapor teñido. Gu Qing le soltó que qué sabría ella, pero al coger la flor y zarandearla un poco también se rio. Solo después de reírse se avino a quitar lo que había añadido de más.

Lo intentó dos días más y seguía sin resolver el lado que debía quedar despejado. Sabía enrollar el hilo. Lo que le pasaba era que, si hacía menos, sentía que el cliente salía perdiendo y, en cuanto veía un hueco, quería llenarlo. Puso en fila los tres bollos azules que le habían salido mal en el estante bajo. Shen Su los bautizó Da Qing, Er Qing y San Qing, y cuando la llamó a comer le gritó Lao Qing. Gu Qing, enfadada, fue a recogerlos, pero la anciana los protegió y dijo que aquella risa la había pagado de su bolsillo y no se la podía llevar.

El día cuatro del primer mes volvió a la tienda de adornos para sombreros con cincuenta wen. Diez eran para que Xiaoman le enseñara durante una tarde a modificar el broche y la curva hacia fuera del pétalo, sin ceremonia de ingreso como aprendiza. Los otros cuarenta eran, si Xiaoman aceptaba, para comprarle un modelo de pétalos curvados que pudiera usar en la feria de flores de primavera, en veinte de las cuarenta ramas que aún debía a la tienda de Yao. Si más adelante lo querían otros clientes, volverían a hablarlo. Comprar una flor para sombrero no daba derecho a usar el modelo de por vida. Había tardado mucho en calcular la cantidad y aún temía que a Xiaoman le pareciera poca, pero esta vez no se adelantó a presentar el pago como un favor.

Xiaoman no cogió las cuarenta monedas. Primero preguntó cuántas flores había que hacer y quién las compraba. Gu Qing rodeó con un círculo el veinte del papel y añadió que la tienda de Yao quería dos colores, que no todas debían ser del azul del sombrero gris. Xiaoman tomó el carboncillo y trazó dos arcos, uno grande y otro pequeño. «Si lo cambiamos así, asoma un poco el centro y se ve de lado. ¿Cómo ponemos los nombres?»

«Dong Xiaoman diseña el patrón, Gu Qing hace las flores».

Xiaoman la miró un rato, como si tratara de averiguar si aquella frase era solo para quedar bien ese día. Gu Qing no añadió que antes ya había querido escribirlo. Solo dijo que no lo había hecho por miedo a que la dueña pensara que no podía arreglárselas sola. Dentro, el señor Fei discutía con un cliente por el contorno de la cabeza y hablaba tan alto que casi ahogó la segunda mitad de la frase. Xiaoman sí la oyó. Tomó el pincel y añadió «este lote» al lado de «veinte». Luego le dijo que la próxima vez pidiera a alguien que supiera escribir que lo copiara con claridad, para que no quedara tan torcido como lo suyo.

La tarde en que le enseñó a hacer flores, Gu Qing recibió por primera vez un golpecito en el dorso de la mano. Xiaoman la tocó con una varilla fina de bambú para que aflojara el pulgar y el pétalo no volviera a su forma anterior. Gu Qing se empeñaba en sujetar la forma con una mano y atarla con la otra, pero Xiaoman le indicó que se apoyara primero en la curva del ala del sombrero, sin tener que abarcarlo todo con la mano. Aflojó un poco y, en efecto, una punta azul claro se desplegó hacia fuera siguiendo el borde, como quien por fin relaja los hombros tensos.

Cuando lo terminó, no pudo contenerse: lo sostuvo en la palma y lo miró por todos lados. Xiaoman se puso a su lado y señaló que aquella flor seguía siendo demasiado redonda y que, colocada en el sombrero, miraría hacia el cielo. Gu Qing apretó los dientes, deshizo dos hilos y volvió a ajustarla. Recordó la poca paciencia que antes tenía cuando otros repetían un trabajo y cuánto deseaba hoy que alguien le indicara justo aquel punto. Xiaoman no le cobró más por ello, pero al atardecer recogió la mesa y dijo que al día siguiente tenía otro trabajo y no podía quedarse más.

Gu Qing volvió a casa con la muestra nueva y compró de camino dos tortas con cebolleta, una para su abuela y otra que se fue comiendo por el camino. Se manchó de aceite el puño de la manga y, de pronto, tampoco le entraron ganas de correr a casa a lavarlo enseguida. Aquella flor no era enteramente suya, pero la alegría que sentía en las manos era muy real, aún más inmediata que la de escribir su nombre en el papel de las flores.

El día seis, las dos fueron a la tienda de Yao a ver qué quedaba del pedido. Gu Qing explicó primero que harían veinte ramas según el modelo de Xiaoman y que ella misma pagaría el diseño, sin cobrarle más a Yao Liao. Yao Liao examinó la muestra y dijo que, si servía para lo que hacía falta, podían dejar claro de quién era. En la tienda seguiría vendiéndose bajo el nombre de Liaohuaji. La etiqueta de papel iría dentro del envoltorio, sin ocupar sitio donde los clientes escogían las flores. Xiaoman aceptó, pero pidió ver antes la etiqueta definitiva. Gu Qing escuchó a su lado sin apresurarse a responder por ella.

Al ver que la flor tenía un lado más alto que el otro, Yao Liao preguntó si se aplastaría al embalarla de lado. Gu Qing sacó los separadores que había modificado y, por primera vez, no se apresuró a asegurar que todo saldría bien. Probaron a embalar seis flores y abrieron la caja al día siguiente. El lado bajo se había aplastado. Las tres cogieron una rama cada una y miraron el mismo punto. Xiaoman retrajo apenas el pétalo bajo, Gu Qing ensanchó el compartimento con un corte y la señora Han les quitó un nudo del cordel. Escribir los nombres no resolvía el problema por sí solo. Cada una de las veinte ramas seguía exigiendo todo aquel trabajo.

Gu Qing le encargó aparte a Xiaoman solo los veinte tallos gruesos de aquel lote, a las dos monedas por pieza de antes. Acordaron tres entregas y que, si Gu Qing cambiaba el modelo y había que deshacer algo, ese trabajo se pagaría aparte. Xiaoman seguiría haciendo los adornos de sombrero como siempre y empezó por decir qué dos días no podía venir. Mientras le daba las horas, Gu Qing las fue marcando con carbón en su propio papel, sin llenar todos los huecos con días en los que esperarla.

En la segunda entrega de aquella tanda de tallos gruesos, Xiaoman llegó con un cuarto de hora de retraso. Gu Qing alzó la cabeza y ya tenía la boca abierta cuando recordó que Xiaoman le había avisado de que tenía que vigilar una cuba con un tinte nuevo. Xiaoman apartó un tallo defectuoso. Le había dado una vuelta de más al apretarlo, dijo, y se lo llevaría para envolverlo de nuevo. Ese no contaba como entregado. Gu Qing lo examinó. Estaba firme, pero el hilo se había deshilachado al enrollarlo. Si lo aceptaba, en adelante volverían a quedarse sin un criterio para distinguir lo bien hecho de lo mal hecho. Le devolvió aquel tallo y aceptó los buenos en la cantidad acordada, sin aprovechar para sacar a relucir errores de antes.

Esa tarde examinó a solas cinco flores terminadas. Frotó suavemente la parte más fina con un paño viejo y le dio la vuelta para ver si desteñía también del otro lado. Su abuela preguntó si había valido la pena escribir aquella etiqueta de papel. Ella alzó el paño de prueba y dijo que, valiera la pena o no, primero tenía que hacer bien aquello. Después de frotar cinco veces, el paño blanco seguía blanco. Lo lavó y lo tendió. Entraron dos muchachas que querían comprar flores sueltas. Primero miraron las de pétalos planos que había hecho ella y luego las de pétalos rizados de Xiaoman. Cada una escogió una y ninguna dijo que la otra fuera fea.

Al salir de la tienda, Xiaoman preguntó de pronto: «¿Todavía tienes los tres bollos azules?»

Gu Qing le preguntó, sorprendida, cómo lo sabía. Xiaoman dijo que la abuela había ido el día anterior a llevar tela a la tintorería y lo había contado de tal manera que ya lo sabía casi todo el callejón. Gu Qing se puso colorada y refunfuñó por lo bajo que a su abuela le faltaba tiempo para contarlo todo. Xiaoman se rio hasta tener que apoyarse en el marco de la puerta. Al final Gu Qing tampoco deshizo las tres flores. Dejó una en una esquina del estante para doblarla cada vez que probara un apresto nuevo, y así no volver a hacerse la valiente con mercancía buena.

El día ocho quedó lista la primera etiqueta interior. Como Gu Qing todavía leía despacio, le pidió a Ding Fengquan que copiara la frase que habían acordado. No hacía falta escribirla en grande, con que se leyera bastaba. El señor Ding se la leyó a ambas y esperó a que cada una diera su conformidad antes de recortarla y meterla en la caja de prueba. Gu Qing notó una leve aspereza en el borde del papel y se acordó del sello en el que había querido grabar solo su nombre. De haberlo mandado hacer entonces, ahora habría tenido que añadir otra línea.

Al llegar a casa, la abuela cosía el forro de un sombrero pardo claro. Era un sombrero viejo que la tía Chen ya no quería. La anciana había remendado las roturas y pensaba ponérselo para protegerse del sol de primavera. Gu Qing sacó la flor nueva y la probó en un lado del sombrero. Shen Su la miró un buen rato, señaló el pétalo más bajo y dijo que parecía torcido de un golpe. Gu Qing se rio, giró un poco la flor hacia un lado y dejó el pétalo donde estaba. «Si no te gusta, también puedo hacerla plana», dijo. La abuela se miró un poco más, eligió precisamente la torcida y se fue con ella puesta a mirarse en el agua del pozo.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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