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Un volumen en las manos

Novela de artesanía y vida social de inspiración antigua

La primera vez que no se puede rehacer

Ku Wuji · Creación con IA · 10756 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

El día tres se levantó niebla en Yunjin. Gu Qing sacó la mano fuera de la galería y enseguida se le humedeció la palma. Aun al retirar la mano se dijo que la humedad no iba a durar cinco días seguidos. Entre los tallos preparados desde el veinticinco, los centros de flor que tenía guardados y el trabajo preliminar que Xiaoman había hecho según lo convenido, ya habían tomado forma más de cuarenta de las ochenta ramas. Las demás estaban desparramadas en cuatro bandejas poco profundas, como cuatro prendas que todavía no se habían cosido.

Gu Qing había trazado el calendario con carbón en un papel. En principio había reservado los dos últimos días para secar, escoger y encajar las flores. Las dos noches que su abuela pasó fuera, el tiempo que ella misma gastó en lavarse los ojos y preparar la comida, y varias pruebas de color le habían comido uno de aquellos días. No quería reducir más la variedad. Era el primer encargo que entregaría con su nombre a una tienda grande y, si llevaba solo los modelos más fáciles, en adelante pensarían que solo sabía hacer lo que daba menos trabajo. Así que cambió dos bandejas de pétalos de un rojo cálido por otros de un oro pálido nuevo y decidió marcar un pliegue más profundo en el borde fruncido.

Xiaoman miró el patrón de papel y dijo que los pétalos originales se volvían hacia fuera y que, si ahondaban el pliegue, la punta se endurecería. «Esta capa de apresto no puede ser más gruesa». Golpeó suavemente con la uña un pétalo pequeño que ya estaba seco. Sonó apenas, pero se oía lo quebradizo que estaba. Gu Qing sabía que tenía razón, aunque le molestó aquel tono, como si estuviera inspeccionando su trabajo. Golpeó la cuchara del apresto contra el borde del cuenco. «Las flores grandes tienen que sostenerse. En cuanto recorran un trecho dentro de la caja, las blandas se vendrán abajo. De momento, hazlo como te digo».

No era la primera vez que oía hablar de los problemas de la humedad. La caja de prueba de las flores azules de ciruelo seguía encima del armario alto, con una mancha de tinte en una esquina que no había salido al lavarla. Gu Qing la bajó para enseñársela a Xiaoman y dijo que ya había aprendido a dejar que corriera el aire. Esta vez dejaría espacio en cada capa y no cerraría herméticamente la caja exterior. Xiaoman apoyó los dedos en la esquina de la caja. Quiso decir que la humedad dentro y la falta de ventilación fuera eran cosas distintas, pero vio que Gu Qing estaba esperando para guardar la muestra y al final se limitó a poner la caja en su sitio.

Xiaoman había apartado una rama dorada clara a la que no había dado la segunda mano de apresto. La había hecho más alta de un lado que del otro. El lado alto se curvaba hacia fuera y el bajo dejaba ver un poco del centro. Puesta junto a un sombrero, parecía recién tocada por el viento. Gu Qing la metió entre las ochenta ramas y enseguida vio el desnivel. La sacó y dobló hacia dentro el lado alto. Xiaoman alargó de pronto la mano y sujetó el tallo.

«Esta rama me la quedo yo».

«¿Ya lo has recortado todo y aun así te lo quieres llevar?».

«Descuenta el material de lo que me pagues por este medio día. Si la quieres simétrica, queda otra cortada igual.»

Gu Qing soltó la mano. Podría haber dicho que una sola muestra no se descontaba, pero lo que le salió fue: «Pues llévate bien la cuenta.» Xiaoman guardó la florecilla en el bolsillo de la manga y no se la puso en el pelo. Por la tarde completó, como siempre, los tres lotes de tallos gruesos y se levantó a la hora acordada. Gu Qing le preguntó si podía quedarse un cuarto de hora más. Ella dijo que en la sombrerería iban a probar un modelo nuevo aquel día y tenía que ir a tomar medidas. Sentada a la mesa, Gu Qing sintió de pronto odio por aquella tienda en la que aún no había puesto un pie.

Esperó a que Xiaoman se fuera y cambió todos los pétalos que aún estaban enrollados hacia fuera para hacerlos simétricos. Al ponerse a ello sintió una especie de desahogo. Por fin no tenía que dar explicaciones. Por fin todas las ramas parecían hechas por las mismas manos. Al llegar a la duodécima, la corona de pétalos estaba tan dura que no se dejaba volver. La ablandó un poco al vapor y la dobló. Al enfriarse conservó la forma, pero los pliegues blanquearon. Puso aquella rama en el sitio más oscuro, pensando que ya la revisaría al llenar la caja.

Shen Su se acercó a la puerta y miró un rato, sin decir cómo se hacía antes. Preguntó qué cenaban y Gu Qing respondió que lo que fuera. La anciana puso a cocer arroz con frijoles y le añadió rábano en dados. Cuando estuvo listo la llamó. Gu Qing dijo que aún le quedaban dos ramas. La segunda vez solo murmuró un «ajá». Shen Su se sirvió primero su cuenco y, después de comer, tapó el otro dentro de la olla, sin quedarse a esperar a que se le enfriara la cena. Cuando Gu Qing acabó y levantó la tapa, el arroz ya no quemaba. Mientras comía, se sentía agraviada. Al fin y al cabo, se daba tanta prisa por el futuro de las dos.

El día cuatro vino alguien de la tienda de Yao a buscar una rama de muestra para enseñársela a un cliente. Era la señora Han, encargada de secar las flores en el patio trasero, que siempre llevaba un dedal de cobre pulido por el uso. Vio el corredor de las Gu lleno de flores rojas y doradas colgadas y dijo que el cliente iba a estar en el banquete hasta tarde. Preguntó si podían coser polvo perfumado dentro de la base de la flor. No tenía que oler a flor de verdad, bastaba con que al acercarla despidiera un poco de aroma.

Gu Qing respondió: «Puedo hacer un saquito perfumado aparte, pero no puedo decir que la flor en sí tenga aroma. Si los polvos tocan la seda, dejan marca, y para cambiarlos habría que deshacer el soporte de la flor».

La señora Han dijo que solo venía a preguntar y que no podía comprometerse en nombre de los clientes. Recogió la muestra, frotó de paso un pétalo entre los dedos y comentó que había que darle tiempo suficiente para secarse. Gu Qing asintió. Cuando la mujer se fue, le pareció que aquellas palabras bien podrían ser un recado de Xiaoman. Sabía de sobra que no tenía en qué fundar la sospecha, pero acercó la bandeja de flores nuevas al brasero, pensando que, si se secaban del todo, nadie podría ponerles un pero.

El brasero no estaba cerca, pero el calor llegaba por un solo lado. Gu Qing daba la vuelta a la bandeja cada pocos minutos. La capa de fuera se secó enseguida, pero el apresto húmedo entre los pétalos superpuestos seguía pegajoso. Por la noche probó a cerrar una flor. Del centro encerrado salió un ligero olor agrio y la desmontó al instante. Los bordes de los pétalos se deshilacharon al desarmarla y ya no servían para el primer lote. Escondió el montoncito de pétalos estropeados debajo del cuenco de té para que no lo viera su abuela y volvió a cortar otros de los retales.

La mañana del día cinco, Zhou Jiping pasó a recoger la regla de madera que había prestado la vez anterior. Gu Qing había dispuesto tres filas de taburetes en el patio e intentaba ir moviendo las bandejas siguiendo la luz. El sol de invierno siempre rozaba lo alto del muro al pasar, y lo recién puesto a secar caía en la sombra en menos de dos horas. Al verla perseguir la luz, Zhou Jiping fue a levantar, casi sin pensar, la bandeja más pesada. Ella le dijo que no la tocara. Él dejó la mano suspendida, se volvió para enderezar un taburete vacío que se había caído y preguntó dónde podía ponerlo.

«¿Tienes sitio libre bajo algún alero?», preguntó.

«Estos días hay paraguas recién aceitados y huelen fuerte. En la tintorería de al lado también hay humedad.»

Al oír que tampoco quedaba sitio en el taller de él, se le pasó parte del enfado. Hasta se rio de haber imaginado que todos los bastidores del callejón estarían vacíos. Él le ayudó a atar dos cañas de bambú a los respaldos de los bancos, de modo que las bandejas quedaran un poco inclinadas y la luz llegara mejor a las de abajo. Antes de irse, señaló el brasero. «A una persona le da calor tenerlo cerca, pero las flores quizá no lo aguanten». Ella no le replicó y volvió a llevar el brasero junto a la boca del fogón.

Aquel día salió el sol durante media tarde. Shen Su llevó una jarra de agua caliente al patio. Gu Qing, en cuclillas, daba la vuelta a las bandejas mientras su abuela pelaba ajo sentada a su lado. Las sombras de las dos se fueron encogiendo hasta el pie del brocal. Por primera vez, Gu Qing vio con claridad que las flores de oro pálido de aquella bandeja ya no tenían el lustre del día anterior. Las partes secas brillaban. Donde el apresto era más grueso, los pétalos quedaban tiesos. Sacó unas ramas, las que más había retocado, pensando en rehacerlas. Volvió a mirar la fecha que había marcado, el día ocho, y por fin detuvo la mano.

La diferencia sí la veía. Temía que, si cedía esa vez, nadie volviera a confiarle doscientas ramas. También temía que Yao Liao le preguntara por qué seguía haciendo cambios a esas alturas y le dijera que se había comprometido a la ligera. Puso aquellas ramas a la derecha y dejó a la izquierda las que de veras no había que tocar. Las contó por la noche. A la izquierda solo había cuarenta y cuatro.

Si mandaba aviso en aquel momento y reconocía que solo podía entregar esas flores en la primera partida, la cosa no tenía por qué empeorar. Se quedó en el umbral con la lámpara en las manos. Hasta había calculado a qué hora pasaría al día siguiente por el callejón la persona que enviaría la tienda de Yao a recoger el pedido. Fuera del patio oyó a la tía Chen recoger el tendedero y luego las voces de los Wen contando la mercancía que movían. Cuando los oyó llegar a ochenta, bajó la cabeza, llevó la lámpara de vuelta a la mesa y volvió a contar las treinta y seis ramas de la derecha.

Aquella noche aún vino alguien a comprar flores. Era la molinera que ya le había comprado una camelia en el mercado del oeste y quería añadir algo al ajuar de su hermana. Solo quería un tallo rojo. Gu Qing dijo que aquel lote no podía tocarlo y sacó del armario los modelos viejos. La mujer eligió la primera flor blanca de ciruelo que había hecho, pero le pareció que el blanco no cuadraba. Se la devolvió, se quedó allí un momento y luego se fue. Gu Qing la acompañó hasta la puerta y casi le dijo que esperara dos días, que se la llevaría. Se tragó las palabras justo antes de decirlas. Había llegado al punto de no poder prometer ni una sola flor roja.

Fuera, la mujer acababa de atar los sacos de harina al carro y tenía los dedos tan helados que no podía doblarlos. Gu Qing le pasó el cabo de la cuerda y la oyó decir que a su hermana no le gustaba el rojo vivo, que quería un rojo un poco gastado, como el de una chaqueta que llevara dos años poniéndose. Gu Qing alzó la cara y de pronto recordó que las flores de la derecha, cuyo color ella había oscurecido, habían tenido justo ese rojo gastado. Le preguntó si podía volver pasado mañana. La mujer negó con la cabeza. El día auspicioso no esperaba, así que buscaría en otra parte. Las ruedas pasaron por encima de una capa fina de hielo y las esquirlas saltaron hasta la punta del zapato de Gu Qing. Se quedó allí hasta que el carro dobló la esquina, luego entró sin volver a desmontar una bandeja de flores por aquella pequeña venta.

La tarde del día seis, Gu Qing volvió a pedirle a Xiaoman que viniera, como habían acordado, a atar las últimas bases. Xiaoman fue tomando las ramas una a una. Notó que algunos tallos ya se habían desatado dos veces y no hizo más preguntas. Gu Qing, en cambio, le preguntó por qué no llevaba aquellos días la flor dorada pálida. Xiaoman dijo que se la había puesto para ir a la sombrerería y que allí la habían guardado para probar colores. Podía llevársela cuando quisiera. A Gu Qing se le cerró la garganta. Dijo que el material de la flor era suyo y que solo le había dado permiso para quedársela, no para dársela a otros a vender.

Xiaoman terminó de atar la rama que tenía entre manos antes de contestar. «No la he vendido. Me descontaste el material, así que tampoco te debo el de esta rama».

Gu Qing no supo qué contestar. Contó seis wen y los dejó en el borde de la mesa. Xiaoman los recogió y, delante de ella, trazó tres rayas cortas en un papelito. A Gu Qing aquel leve ruido le dolió más que una discusión. Quiso decir que, aunque en la tienda de Yao solo figuraba su nombre, más adelante habría otras oportunidades. Abrió la boca, vio que Xiaoman ya se había guardado las agujas en el bolsillo de la manga y volvió a cerrarla.

La noche del día siete, las ochenta ramas quedaron repartidas en cuatro cajas viejas. Gu Qing dejó que corriera el aire entre los separadores, fijó los tallos y no volvió a apretar las ataduras de fuera. Hizo con cuidado cada cosa que aún podía hacer bien. Repartió entre todas las cajas las treinta y seis ramas con demasiado apresto. No las puso en una sola, como si así hubiera un error menos que saltara a la vista. La abuela acercó una lámpara para alumbrar. Gu Qing cubrió con la mano la esquina de la caja, por miedo a que cayera dentro aceite de la lámpara. Se retiró la luz y las flores doradas pálidas siguieron despidiendo en la oscuridad un brillo rígido. Al bajar la tapa, le cayó en el dorso de la mano una escama finísima. La barrió hacia la palma y cerró el puño.

· Fin del capítulo ·

Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «Flores de ciruelo», de Wang Anshi, y del relato original de este sitio «No se vende la brisa primaveral». Los personajes, los negocios, la geografía y la cronología son ficticios; no es una biografía del poeta. Se conservan las decisiones centrales del relato original: proteger el árbol, las flores de seda sin aroma y la contemplación de los lotos por un abuelo o abuela y su nieto o nieta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. El perfume frío no está en la seda
  2. El lugar cercado por la cal
  3. Las tijeras bajo la luna
  4. Flores de ciruelo de seda sobre la mesa
  5. La puerta da al otro lado
  6. Dos pequeñas sartas de monedas
  7. La curva que deja sitio
  8. Un letrero sin perfume
  9. El jornal de medio día
  10. Flores que no son flores
  11. Embalaje después de la nieve
  12. Cuánto cuesta una flor
  13. La víspera de Año Nuevo en casa ajena
  14. Después de la floración
  15. Imprimir el nombre en el papel
  16. Un cuenco de comida que ya no está caliente
  17. La primera vez que no se puede rehacer
  18. Las cajas devueltas
  19. Un patio para dos
  20. La lluvia corre por la vieja acequia
  21. Las cuentas de Xiaoman
  22. El sitio libre junto al paraguas
  23. La primavera que quieren los clientes
  24. Las flores que quedaron en la mesa
  25. El camino de una sola persona
  26. El quinto mes no será para el negocio
  27. Quienes miran las flores
  28. La tercera bolsa de dinero
  29. ¿Qué hacemos con el árbol en verano?
  30. Antes de embarcar
  31. El primer tramo por agua
  32. Las hojas del loto aún no se han abierto
  33. La flor en el corazón del agua
  34. De vuelta, sin correr tras la floración
  35. La sombra estival del ciruelo
  36. Hacer otra flor nueva

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