Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua
La nieve llega al umbral
Ku Wuji · Creación con IA · 11013 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
A Sui metió el tarro de sal en el cesto de bambú y volvió a sacarlo. Una grieta fina le cruzaba la boca. Si lo envolvía en tela, ocuparía un poco más de sitio. Si lo dejaba sin envolver, temía llegar al cuarto que acababa de alquilar su hijo con un cesto lleno de tiestos. Se quedó mirando el tarro un rato y luego fue a sacar media medida de arroz. Al oírlo caer en la olla, Huangdou salió despacio de detrás de la puerta, pensando que también aquel día le tocaría su parte.
Apenas prendió el fuego, empezó a salir vapor blanco por el borde de la olla. A Sui arrastró con el pie el taburete bajo, se apretó la rodilla con ambas manos y esperó a que remitiera aquel dolor frío. En el bancal de fuera solo quedaban unas verduras que no habían acabado de crecer. La escarcha les había rizado los bordes de las hojas como un cerco de hilos rotos. Ayer había querido recogerlas, pero luego pensó que, con un día más, quizá crecerían lo suficiente para otro bocado. De haber estado allí su hijo, seguro que le habría preguntado qué más daba un bocado menos.
No le faltaba aquel bocado de verdura. Lo que le faltaba era saber, al marcharse, qué podía dar por terminado. Encima del armario había un hatillo viejo con el cordel entintado que había usado su difunto marido. El cordel llevaba tiempo quebradizo y la tinta estaba tan dura que al apretarla no soltaba color, pero aun así bajó el hatillo y le dio unas palmadas. Al lado había dos pares de sandalias de paja que acababa de trenzar. Las suelas eran tupidas y molestarían al pisar. Quería llevárselas a la ciudad para enseñárselas a la gente, pero temía que su hijo se riera de que, hasta para ir a la ciudad, se calzara como si aún tuviera que andar por los montes.
Cuando entró la tía Liu, A Sui estaba envolviendo los zapatos de paja en un paño. Huangdou reconoció sus pasos. Solo levantó la cabeza y barrió el suelo dos veces con la cola. La tía Liu vio enseguida la olla y dijo que A Sui debía de saber que venía, si hasta había echado más arroz. A Sui dijo que no, que, si había echado más, era para su hijo. Dicho eso, sacó un segundo cuenco, lo llenó hasta la mitad con las gachas espesas y se quedó con lo más aguado del fondo.
La tía Liu no aceptó el cuenco y devolvió la mitad a la olla con el cucharón. Después de dos rondas de insistir la una y ceder la otra, la tía Liu se puso a comer de pie y dijo que, si seguían así, acabaría comiéndose el desayuno de A Sui. A Sui le dijo entre risas que venía a sacarle gachas con engaños y le pidió que se sentara. Solo cuando ella misma se acomodó se dio cuenta de que había mantenido la espalda tensa todo aquel rato, como si al sentarse bien la casa volviera a parecer capaz de cobijarla otro invierno.
La tía Liu trajo un rollo de cuerda gruesa de cáñamo. Dijo que le había sobrado de atar la leña el año anterior, que no se preocupara por las astillas que llevaba pegadas. El manojo de llaves que llevaba a la cintura chocó con el borde del cuenco y sonó con un tintineo seco. A Sui le preguntó si también llevaba la llave del puesto de té. La tía Liu asintió y dijo que el techo, remendado el mes anterior, ya había aguantado dos lluvias y que, si de verdad nevaba ese día, sería buena ocasión para ver si había goteras. Habló como quien menciona algo sin importancia, pero se llevó la mano a la cintura y apretó un poco la llave más larga.
El cobertizo de té llevaba dos años cerrado, pero la tía Liu seguía entrando a descansar cada vez que iba al mercado. Su hijo quería que llevara el banco largo a la tienda de aceite. Ella había dicho que sí varias veces y otras tantas se había olvidado. A Sui sabía que no era olvido y no se lo recordó. Mientras raspaba el fondo del cuenco, la tía Liu dijo que al llegar la primavera pensaba volver a preparar algo de té. Los clientes de la ciudad sabían distinguir el té nuevo y ella solo sabía vender el té flojo de tetera grande. No sabía si todavía habría quien quisiera beberlo.
«Si tienen sed, beberán», contestó A Sui enseguida. «Además, ahora mi hijo Shen está en la ciudad y se trata con gente que tiene tienda. En cualquier sitio donde haya arreglado una puerta, claro que lo conocen».
La tía Liu levantó los ojos con una sonrisa. A Sui sonrió también. Después, de pronto le entraron ganas de que le preguntara un poco más por cómo le iba ahora a su hijo, pero la tía Liu solo preguntó si aquellos dos pares de zapatos eran para que los mordiera el perro. A Sui apretó el envoltorio de tela y se guardó que todo lo que acababa de decir eran suposiciones. Cuando Xu Shen volvía, solo hablaba de carpintería, de cuántas piezas había serrado o de la madera que se rajaba con la humedad de la lluvia. No le gustaba contar cómo lo llamaban los demás.
La tía Liu ayudó a reunir la ropa en un fardo y sacó de entre las prendas una chaqueta corta tan gastada en los brazos que casi transparentaba. Asui dijo que llevaba años entre los humos del fogón y que en invierno, puesta por debajo de la ropa, era lo que más abrigaba. La tía Liu la volvió a meter sin insistir en tirarla. Luego sacó de detrás del fogón un trocito de madera dura y dijo que aquello tampoco podía ocupar sitio en el carro. Asui lo cogió y reconoció el sobrante de cuando Xu Po cambió el eje del molino de piedra. Era de corazón compacto y llevaba muchos años detrás del fogón, así que volvió a ponerlo donde estaba.
«Cuando venga, lo va a querer», dijo. En realidad, la última vez que había venido su hijo ni siquiera había mirado allí.
Antes de mediodía el cielo se encapotó. La tía Liu, por miedo a la nieve, lavó el cuenco vacío y no quiso quedarse a esperar a Xu Shen. Asui la acompañó hasta el borde del patio. Vio avanzar entre la hierba seca las perneras bien atadas, una detrás de la otra, y de pronto la llamó para preguntarle si habían alargado otro tramo el puente sobre el río del sur de la ciudad. La tía Liu volvió la cabeza y dijo que ella ni lo había visto y que Asui ya andaba pensando en él. Asui respondió que se lo había oído decir a gente de paso, que solo preguntaba. Se volvió para entrar en casa, sin poder contener una sonrisita.
Cuando llegó Xu Shen, llevaba unos copos finos sobre el rollo de la colcha al hombro. Huangdou ladró primero. Al segundo ladrido lo reconoció y se le apretó contra las piernas, a punto de empujarlo contra el marco. Con una mano sujetó al perro y con la otra alzó la puerta. Antes de afirmarse bien en el suelo, ya estaba preguntando por qué había vuelto a bajar. A Sui le cogió el bulto. Al oír aquel «vuelto», recordó que la otra vez solo habían calzado la ranura del cerrojo con una lámina fina de bambú.
Dejó el edredón nuevo sobre la cama y pasó los dedos por el borde, como quien examina un mueble que se hubiera deformado en unos meses de ausencia. A Sui le dijo que comiera primero, pero él siguió junto a la puerta probando a abrirla y cerrarla. Al mover la base de la hoja, cayeron suavemente unas virutas. Se agachó a palpar, se le pegó a las yemas un polvo blando y gris blanquecino y se le ensombreció la cara. El pivote de arriba seguía bien. El alojamiento de abajo se había ahondado y la cuña de bambú que habían puesto se había desgastado hasta agujerearse.
«Mañana nos vamos a primera hora». Se levantó y se sacudió las manos. «A saber si me oíste la última vez, cuando te dije que no pusieras leña detrás de la puerta».
A Sui miró los dos haces pequeños de leña seca sin responder. Si llovía, se mojarían en el patio. Detrás de la puerta estaba el sitio seco más cercano al que podía llevarlos. Su hijo había visto la puerta nada más entrar. No había visto el suelo recién barrido junto a la cama ni las dos almohadillas de tela que ella había guardado para el cuarto nuevo. Echó de nuevo en la olla las gachas que le había servido para calentárselas y golpeó adrede el borde de hierro con el cucharón un poco más fuerte de lo habitual.
Xu Shen lo oyó y se volvió para preguntarle si el fuego estaba flojo. Ella dijo que ardía, que ardía de maravilla, y le preguntó si también quería que serraran la cama para llevársela. Solo entonces él se rio y le dijo que en la ciudad había cama, que no hacía falta acarrear aquel trasto viejo. Al hablar de la ventana del sur se le iluminó la voz. Dibujó con la mano una franja oblicua de luz sobre la pared y hasta describió con detalle qué mesita podían poner debajo de la ventana. Asui lo escuchó y, entre el vapor, se le fue aflojando el enfado de hacía un momento, aunque no lo olvidó.
Después de comer recogieron las cosas y volvieron a detenerse ante el armario grande. Xu Shen dijo que, por ancho que fuera el carro, no convenía llevarlo. Había medido la entrada de la casa en la ciudad y no cabía. Asui abrió el cajón de abajo del todo y sacó un ovillo del tamaño de medio cuenco, unas agujas envueltas en tela y un espejito de bronce que había perdido el brillo. La verdad era que el armario contenía poca cosa. Cerró el cajón y preguntó dónde pondrían lo que quedaba. Él tampoco supo responder en el momento.
Al final solo se llevaron un cajón. Xu Shen quitó las clavijas de madera y A Sui limpió el fondo con una prenda vieja. Dijo que, si en la ciudad no había armario, con meter el cajón debajo de la cama bastaba. Él vio dentro un alfiletero mal hecho, con marcas de sierra en un costado, y estaba a punto de preguntar cuando su madre ya le había puesto encima el espejo de bronce boca abajo. Lo había tallado él mismo. Resultaba que su madre había recogido la mitad de debajo de una pata de la mesa sin decírselo jamás.
Cuando la nieve empezó a espesarse, Xu Shen salió al patio a separar la leña. A Sui creyó que iba a quemar la sobrante y se apresuró a mirar desde la puerta. Él metió la suficiente para aquella noche, apiló el resto en un rincón junto al muro y lo cubrió con una estera rota. Luego le preguntó si se llevaba los dos pares de sandalias de paja. Antes de que ella respondiera, añadió que comprarían zapatos de tela en la ciudad; en invierno no hacía falta llevar aquello. Ella miró fijamente las sandalias que tenía en las manos y extendió las suyas para recuperarlas. Solo dijo que las dejara de momento, que no le estorbaban para extender la ropa de cama.
Al oscurecer, la tranca todavía no entraba bien. Xu Shen la quitó, rebajó una cara con la escasa luz que quedaba en la casa y la probó dos veces, sin atreverse a desmontar la puerta entera. El hueco del eje en la pared también estaba gastado; si perforaba sin localizar antes una parte firme, podía dejarlo aún más flojo. Había dejado la barrena larga en el taller, y el pequeño formón que traía solo le permitía arreglarlo despacio. Al verlo fruncir el ceño, A Sui dijo que, cuando se marcharan mañana, nadie vería si cerraba mal; para qué molestarse tanto. Él no respondió. Apoyó la tranca junto al fogón y levantó el agua que llevaba ya mucho rato fría.
A cuatro li de allí, en el cruce de la sófora, solo asomaba una esquina del letrero. Chen Sheng se echó la cuerda de la pértiga más atrás sobre el hombro, quitó la nieve de la tabla y distinguió el carácter 城 («ciudad»), pero no vio hacia dónde apuntaba la flecha. La noche anterior había dormido en Shikou y esa mañana quería llegar temprano a la cabecera del distrito para cobrar. Por el camino había dado un rodeo para llevar hilo grueso a una familia y luego no había querido perder tiempo parándose a coser la suela que se le había abierto del desgaste.
Llevaba veinticuatro vasijas de barro basto, acomodadas sobre paja en el cesto grande de un extremo de la pértiga. En el otro llevaba tela de algodón y mercancías menudas envueltas en hule. Las vasijas estaban vacías y aun así le dejaban el hombro dormido. Se les juntaba un anillo blanco de nieve en la boca y cada trecho tenía que quitárselo, por miedo a que la paja húmeda se pegara al barro y en la tienda le dijeran que no las había limpiado bien. La botica le pagaba el porte según la distancia, pero cuando se rompían vasijas las contaba con especial cuidado.
Al entrar por el desvío en el segundo bosque de abetos, ya sabía que iba mal. El camino principal no debía subir tan deprisa ni debía haber al borde unas únicas huellas viejas. Dejó la carga en el suelo para coger un bocado de sus provisiones, pero la cuerda vieja de atrás, húmeda, se soltó de pronto. Los cántaros de barro chocaron contra las piedras endurecidas por el hielo. Los golpes se atropellaron, como si alguien tocara deprisa un tamborcillo bajo la nieve. Alargó la mano para detenerlos y en la palma solo sintió un borde frío y quebrado.
Al llegar al duodécimo dejó de contar. Lo del extremo cubierto con la lona encerada estaba bien. Puso primero a salvo la tela de algodón, pasó delante de sí las vasijas que no se habían roto e intentó varias veces equilibrar de nuevo la carga al hombro, sin conseguirlo. La nieve se le colaba por la suela abierta y a cada paso era como si se le clavaran láminas de hielo bajo los dedos. A lo lejos vio un tejado bajo y creyó que era un puesto de té. Al acercarse oyó ladrar a un perro y alguien respondió desde dentro con una voz algo envejecida.
Chen Sheng se detuvo fuera del patio, dejó a sus pies la pértiga con la carga ladeada y tocó suavemente con el dorso de la mano el portón de ramas. Dentro se oía raspar madera una y otra vez. El ruido cesó. Primero dijo que se había equivocado de camino y luego preguntó si podían darle un poco de agua caliente, en una voz tan baja que la nieve casi se la tragó. Un hombre dijo tras la puerta que al día siguiente se mudaban. Chen Sheng se apresuró a hacerse a un lado diciendo que entendía, aunque la mano seguía aferrada al cesto de bambú que ya no tenía asa de cuerda.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.
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