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Un volumen en las manos

Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua

Las ciruelas se ablandaron primero

Ku Wuji · Creación con IA · 10259 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

Al volver a la entrada del callejón, Yao Jia vio a Lu Yan ante la puerta, mirando una hormiga. Estaba lejos del camino que seguían, pero justo tenía un pie atravesado junto a una grieta de la piedra, y al llegar a la punta de su zapato las hormigas se dispersaban a ambos lados. No levantaba el pie, quizá porque aún no se había dado cuenta. Ella se cambió de mano la cesta de brotes de bambú y pisó adrede un poco más fuerte. Él alzó la cabeza y lo primero que hizo fue apartarse de la puerta. El camino bajo su zapato quedó libre de golpe y pasaron unas hormigas que llevaban unas motitas blancas.

Ella le preguntó si llevaba mucho esperando. Él dijo que acababa de llegar, señaló el puesto de tortas de la bocacalle y añadió que había esperado a que saliera la segunda hornada de la mañana. Yao Jia se rio y dijo que, de haber sabido que era capaz de contar hornadas, se habría demorado medio cuarto de hora más. Él tendió la mano para coger el cesto de brotes de bambú, pero, al ver que ella no lo soltaba, no se lo quitó. Se limitó a sostener la puerta y esperó a que la astilla de bambú que sobresalía del cesto pasara de largo junto a su manga antes de entrar detrás de ella.

Era el tercer día de revisar las cuentas. Por la mañana, Yao Jia ya había consultado con una familia sobre las anotaciones pendientes del día anterior. En las otras dos habría que esperar a que volvieran al pueblo, así que Lu Yan sujetó aquellas tiras de papel aparte de las que ya estaban comprobadas. Al verlo pasar el cordel por los agujeros viejos, recordó que su madre solía dejar caer las tiras al hojear el libro. Ella se agachaba a recogerlas y siempre acababan preguntándole cuál faltaba. Ahora que estaban todas, por un instante le entraron ganas de que alguien le preguntara cuál faltaba, solo por oírse responder una vez.

El dueño para el que trabajaba el dependiente Chen llegó cuando el sol acababa de pasar el alféizar. Se apellidaba Bi y no era mayor. Llevaba las mangas muy nuevas, pero en las puntas de los zapatos se le había pegado una capa de barro del mercado oriental. Primero miró las tinajas del mostrador y luego los dos platitos de muestra en la mesa de Yao Jia. Preguntó si se los había guardado a él. Yao Jia asintió y le acercó un cuenquito de brotes de bambú frescos cortados en tiras. Esa mañana había probado un caldo claro de otro puesto del mercado. Al volver había moderado el azúcar y preparado las dos muestras por separado. Aún no sabría decir cuál era mejor.

El dueño, Bi, tomó un poco con los palillos, probó y preguntó si uno de los platillos tenía el sabor del vinagre madurado del día anterior. Ella dijo que sí, que el otro también venía de la misma tinaja, con un pequeño cambio en la mezcla. Él acercó los dos platillos, primero los olió y luego probó de nuevo. No se apresuró a elogiarlos. Tamborileaba con el dedo en el borde del cuenco, como si de veras estuviera pensando en cómo combinarlos con el caldo de sus fideos. Al mirarle la mano, Yao Jia se dio cuenta de que aún no había tocado el cuenco de vinagre puro que había en el mostrador.

Al final señaló el platillo del sabor más suave y dijo que todavía era algo intenso, pero que se acercaba más que el de ayer. Al oír aquel «pero», Yao Jia sintió que algo se le encogía por dentro. Enseguida recordó la cara del mozo el día anterior, plantado ante el mostrador con su mazacote de fideos, y no se apresuró a defenderse. Le preguntó qué más ponía en el caldo y el señor Bi se lo contó. Al hablar de las puntas tiernas de los brotes y del instante en que los fideos flotaban en la olla, se le aceleró la voz respecto a cuando había entrado. Quería que quienes fueran a su tienda en días de calor aún tuvieran ganas de beber un par de sorbos de caldo al terminar, sin que, después de un solo cuenco, les quedara sabor a vinagre en la garganta todo el día.

Lo había dicho con poca finura, pero ella podía comprobarlo con el paladar. Bajó la cabeza, acercó un poco hacia sí el platillo del vinagre madurado y dijo que entendía, que cuando diera con un sabor estable le guardaría una pequeña porción. Él quiso pagar lo de aquel día. Ella solo le cobró la jarrita que se llevaba y se quedó las muestras para seguir probándolas. El dueño Bi tampoco se sintió obligado por aquella atención a alabarle la receta de familia. Dijo que bien y se marchó. Al salir, todavía le gritó al dependiente Chen que comprara dos brotes de bambú menos, que ya tenían de sobra. Mientras los oía discutir en la puerta cuál era más tierno, Yao Jia comprendió de pronto que a aquel hombre le importaba a quién iba a darle de comer aquello, más que los años que llevaba en uso lo que su madre le había dejado.

Lu Yan se quedó al lado sin intervenir. Cuando ella volvió, solo le preguntó si abría una página para el nuevo encargo. Ella dijo que aún no, que no habían cerrado nada y que ni en su propia casa sabían todavía qué sabor iban a conseguir. Él sacó entonces la hoja a medio escribir, la puso boca abajo y se la dejó para que anotara lo que hiciera falta la próxima vez. Ella la miró sin decir que temía escribir en balde, él tampoco se la llevó, y ambos dejaron que ocupara aquel poquito de luz en la esquina de la mesa.

Una vez comprobado el último asiento por la tarde, Lu Yan le leyó las páginas que acababa de pasar a limpio. En dos partidas, el arroz fiado se había compensado con verduras, y en la cuenta de las tinajas vacías de los Qin del año anterior faltaba una. El trabajo de su madre figuraba aparte, como asunto pendiente de hablar. No podían deducir su paga del dinero que ya habían devuelto. Anotaron aparte las tres noches en que su madre había ido a cuidar a su tía. Al lado de las noches en que la tía había ido luego a casa de los Yao a cuidarla a ella, dejaron escrito claramente «Yao Lan», en un asiento distinto del de quien había llevado el carbón. Al llegar a ese punto, Yao Jia pidió que esperara y tocó con la mano los dos caracteres, como quien toca unos pies llegados de lejos, con barro aún en las suelas.

Él lavó el pincel y se dispuso a llevar el libro de cuentas adentro. Ella le dijo que lo dejara allí, que aún tenía que mirarlo. Yao Jia sacó cincuenta y cuatro monedas de la caja, las contó dos veces y las ensartó en un cordón nuevo. Lu Yan vio el color del cordón en sus manos y pareció a punto de decir que no hacía falta tanto esmero. Al final se limitó a aceptarlo y preguntó si aún habría que descontar las comidas. Ella lo miró de reojo. Si en Yuepu también comía tan poco, dijo, con razón nada más volver solo pensaba en comprar ciruelas agrias.

En cuanto lo dijo, los dos se quedaron callados un instante. Yao Jia no había querido sacar el tema. Aquel día había visto asomar una esquina del papel por la manga de él. Las veces que volvió después siempre llevaba la manga izquierda un poco más apretada, así que ella no había querido destaparlo por su cuenta. Lu Yan se palpó la manga por instinto y la encontró vacía. Esa mañana no había traído el paquete. Lo había dejado en la mesa de la casa familiar, aún envuelto en el papel que se había mojado. Sonrió, muy cortado, le pidió que esperara un momento y se levantó de verdad para salir.

Yao Jia lo dejó ir y anotó primero en el libro lo que le debía por revisar las cuentas. Acabó de escribir «ya pagado» y dejó el libro abierto con la tinta aún húmeda. Los pasos cruzaron el callejón deprisa y volvieron algo más despacio. Lu Yan traía el paquete de papel entre las manos, como si llevara una mercancía en la que acababa de descubrir un desperfecto. Antes siquiera de dejarlo dijo que ya no estaban muy bien, que se habían ablandado un poco y que, de haberlo sabido, las habría sacado el primer día. Mientras hablaba, deshizo el nudo del papel. Dos ciruelas estaban pegadas y, al separarlas, soltaron un poco de jugo pálido.

Escogió una ciruela que aún estaba buena. Primero la olió y luego la mordió. La acidez le subió de golpe desde la punta de la lengua, tan familiar que casi cerró los ojos. Esta vez, aun cerrándolos, no podía decir enseguida, como de niña, que no estaba ácida. Lu Yan la miraba con una sonrisa que ya parecía esperar la suya. Yao Jia se quedó un momento con el bocado en la boca. Al fin dejó la otra mitad y dijo que ahora no podía comer algo tan ácido.

Él soltó primero un «ah» y volvió a alargar la mano hacia el paquete, como si fuera a llevárselas todas. Yao Jia sujetó una esquina del papel y dijo que aún se podían comer. Fue a la cocina de atrás por una tinaja pequeña y limpia, apartó las que tenían golpes y se quedó con las demás. Él la ayudó a escoger. Encontró una muy redonda y le preguntó si esa servía. Ella la tomó, vio que estaba abierta por debajo y negó con la cabeza. Él también bajó la cabeza y se rio, diciendo que hasta entonces solo se había fijado en la cara de arriba.

El tarro de azúcar estaba detrás del mostrador. Yao Jia lo trajo, sacó una cucharada y, al acordarse del platillo del día anterior, raspó un poco del borde. Lu Yan preguntó si también iba a quedar demasiado dulce. Ella lo miró y por fin se echó a reír. Lo de ayer era para acompañar los fideos. Esto iba a comérselo ella, así que podía quedar un poco más dulce. El azúcar cayó despacio y se adhirió primero a la piel húmeda de las ciruelas, como una fina capa de nieve. Cuando ella giró el tarro, él se lo sujetó por la base. Se rozaron los nudillos y ninguno retiró la mano enseguida.

De pronto se oyó a Xiao Geng llamar desde fuera. A la puerta, el niño tironeaba del puño nuevo con una brizna de hierba. Venía a quejarse a Yao Jia de que su madre no le dejaba atrapar los bichos de las grietas del pozo. Ella lo invitó a entrar a beber agua, pero al verle las dos manos llenas de barro lo paró en el umbral y fue por un cucharón de agua para que se enjuagara. Lu Yan se hizo a un lado y miró aquel remiendo azul claro en la manga. Tenía la mirada más relajada que unos días antes, aunque preguntó en voz baja si era el niño de los Gao.

«Es el hijo de Gao Jiang. Cuando viniste anteayer, justo estaba recogiéndole la ropa», respondió ella. «Cuando su madre anda ocupada, a veces viene a sentarse aquí. Sabe mejor que yo junto a qué tinaja se pueden esconder saltamontes».

Al oír la palabra «esconder», Xiao Geng se volvió enseguida y dijo que no había escondido nada, que al de antes ya lo había soltado. Yao Jia le pidió que se lavara primero, no fuera a dejar todo el barro estampado en la ropa nueva antes de acabar de defender la inocencia del bicho. Lu Yan bajó la cabeza al reírse. El niño creyó que se ponía de su parte y se arrimó a él, pero apenas había dado un paso cuando Yao Jia lo detuvo suavemente con el mango del cazo. Los tres quedaron apretados junto a la puerta. El agua bajó por los escalones de piedra e hizo girar un hueso de ciruela.

Cuando el niño se marchó, Lu Yan miró hacia fuera y dijo que el otro día había estado a punto de hacer una pregunta tonta. Yao Jia no fingió no entenderlo; respondió que se había dado cuenta. Él preguntó si, de haberla hecho, ella le habría impedido entrar. Lo pensó en serio y dijo que no necesariamente; seguramente le habría dejado comprar primero el vinagre y preguntar después. Él se rio. Esta vez no apretó once años de palabras en aquella risa, y ella tampoco tuvo que buscar otra frase para encubrirlo.

Poco antes de cerrar, sacó la sillita que antes reservaba para su madre, dispuesta a quitarle el polvo de debajo. Lu Yan vio una grieta vieja en el asiento y preguntó si convenía reforzarlo con un listón. Ella dijo que otro día se lo enseñaría al carpintero He, que no hacía falta arreglarlo todo de una vez. Él asintió y no se ofreció a encargarse de más. Agachada junto a una pata de la silla, Yao Jia pasó el paño y dijo en voz baja que, en sus últimos años, su madre se había planteado cambiar de puesto y buscar un fogón con más luz. No le bastaba con oír los elogios de los vecinos.

Lu Yan esperó junto a la puerta a que ella terminara. Yao Jia añadió que entonces siempre le aconsejaba a su madre que no se mudara, que costaba dinero y que en el puesto de siempre ya la conocían. Solo después de perderla se le había hecho fácil oír todo lo que su madre había dicho como si se redujera a un «estoy cansada». Fue limpiando poco a poco el polvo acumulado bajo la silla hasta que asomó la madera clara de una reparación antigua. Al verla, le escoció de pronto la nariz, pero no lloró. La tinaja de ciruelas en azúcar seguía quieta sobre el mostrador. El dulzor de aquel día aún no había penetrado en las ciruelas. Al marcharse, Lu Yan dijo que volvería a probarlas en unos días. Ella respondió que primero vería cómo iban en la tinaja y entonces lo llamaría. Los dos oyeron aquella respuesta tan corriente.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.

Índice del libro · 38 capítulos
  1. Las ciruelas verdes en la manga
  2. El vaho de la boca de la tinaja
  3. Solo acepta ciento sesenta
  4. Una cucharada demasiado dulce
  5. La mancha de tinta junto al caballo de bambú
  6. Las ciruelas se ablandaron primero
  7. Los días de volver al barco
  8. El trato que no salió
  9. Un cuenco que se enfría en la espera
  10. La lengua no se acuerda
  11. El hueco que no daba para más
  12. Dos copias del acuerdo de transporte
  13. Las hojas que quedaron en tierra
  14. La pregunta que quedó sin hacer
  15. No queda sitio en el río
  16. Los fideos de verano tienen un sabor demasiado intenso
  17. Padre sigue junto a la mesa
  18. Las hojas al sol
  19. Contar todo lo de aquella noche
  20. Almuerzo en el callejón de las Tejas
  21. Antes de saldar la cuenta
  22. Quién falta en las cuentas
  23. Tres días río arriba
  24. Estos once años no han estado vacíos
  25. Devolverlos fardo a fardo
  26. Un platito de sabor más suave
  27. Los tres días de madre
  28. La acidez que nunca llegaba
  29. Cuando vuelvas
  30. Ya no como de jóvenes
  31. Los barcos tienen su turno
  32. Un platillo de ciruelas que no se venden
  33. La luz desciende hacia el agua
  34. Dos días río abajo
  35. En su orilla
  36. La calle que ella quería ver
  37. Un cuarto donde se puede vivir
  38. Aún queda sitio en la página nueva

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