Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua
La mancha de tinta junto al caballo de bambú
Ku Wuji · Creación con IA · 11201 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Al encontrar su nombre en aquel libro de cuentas, Lu Yan puso primero la uña encima. El día anterior ya había visto el asiento de las ciruelas verdes y creía que el resto serían, a lo sumo, gastos menudos de los tratos de su madre. No esperaba que, dos páginas después, bajo una lista de mesas y sillas prestadas, apareciera otro 砚, el carácter de su nombre, todo torcido. Alguien le había pasado una raya oblicua que no llegaba a tacharlo del todo. Apretado a su lado había un 葭, el carácter del nombre de Yao Jia, todavía más pequeño.
En el patio de atrás, Yao Jia hablaba con el carpintero He de qué tinajas mover primero. A través de la ventana solo se oían retazos. Lu Yan no la llamó enseguida. Miró primero la fecha. Entonces él tenía nueve años y Yao Jia ocho. Aún no tenían edad para apartarse de la gente cuando querían hablar. Se celebraba una boda en el callejón y las dos familias prestaron sus bancos largos. Él se sentó a la mesa a apuntar los nombres, diciendo que había que poner de quién se tomaba prestado cada banco, empeñado en que también contara su banquito.
Ya no recordaba de quién era la boda. Solo que en el patio habían montado dos grandes ollas y que a cualquiera que pasara cerca se le pegaba a la ropa el vapor del arroz glutinoso. Él le llevaba a Ruan Xin una cesta de cuencos vacíos cuando, a medio camino, se rompieron dos varillas del fondo. Los cuencos no se quebraron, pero a todos les quedó una marca de barro en la base. Por miedo a que lo regañaran, se agachó junto al pozo a lavarlos. La cuerda del pozo era entonces más gruesa que su muñeca. Ruan Xin se acercó, no le pidió que siguiera llevándolos y se limitó a darle un pastel de arroz bien caliente.
De pronto quiso saber a qué hora había podido sentarse ella a comer. Siguió pasando páginas hasta dar con la anotación del banquete de boda. Figuraban el arroz y las verduras, el número de mesas y sillas, con sus respectivas marcas de devolución, y hasta un círculo junto a las dos palanganas de barro que había prestado su madre. Más abajo estaba la letra de Ruan Xin. Había escrito «hecho» y «entregado», y en la última línea constaba que se había gastado un saco de ceniza del fogón. Lu Yan se quedó mirándolo un momento y tendió la mano hacia su hoja nueva, dispuesto a añadir una partida, pero se detuvo.
Aquel libro de cuentas era más difícil de cuadrar que la carga de un barco. Había arroz sacado a crédito, tela vendida por cuenta de otros, mesas y sillas prestadas para banquetes de boda y muchos detalles a los que era imposible poner precio: a quién le habían cuidado un enfermo, a quién le habían atendido a los niños unos días. Hasta el caballito de bambú con que Yao Jia corría de niña alrededor del brocal del pozo figuraba en la esquina de una página. Decía que estaba hecho con lo que le había sobrado a una familia vecina al reparar sus cestas de bambú y que no habían cobrado nada.

La esquina de aquella hoja ya estaba blanda de tanto pasarla. Lu Yan vio los dos caracteres «竹马», caballito de bambú, y soltó una carcajada. Yao Jia se asomó por la ventana de atrás y preguntó qué pasaba. Él levantó el libro para que lo viera. Al principio ella no entendió, hasta que él señaló la anotación del material. Entonces le dijo que eran las sobras de cuando los Han repararon una cesta. ¿Aún se creía que había bajado él mismo aquel bambú del monte? Él respondió por instinto que al menos el cordel de la cabeza del caballo sí lo había traído él. Yao Jia se rio y dijo que lo habían cortado al lado del fogón de su casa.
Lu Yan encogió los dedos, como si de verdad aquella cuerda acabara de ceñírselos un instante. El carpintero He lo oyó desde fuera de la ventana y también se rio. Preguntó si hablaban de aquel armazón roto detrás de la puerta. El día anterior había buscado láminas de bambú para tapar la ventana y estuvo a punto de partirlo, pero Yao Jia no lo dejó. Lo trajo de paso. Media cabeza del caballo ya estaba suelta y, en algún año incierto, habían añadido al cuerpo de bambú dos cuerdas que no pegaban con él. Al moverlo no parecía correr, sino asentir sin parar.
Yao Jia dijo que lo había encontrado aquel año al ordenar el desván. Su tía lo había guardado para que jugara Xiaogeng, pero, al cogerlo y agitarlo, se le había caído del vientre un montón de hojas secas. No había quedado más remedio que dejarlo junto a la puerta hasta que ella lo desmontara. Lu Yan lo tomó sin atreverse a apretar, aunque las yemas encontraron enseguida el tramo por donde lo sujetaba antes. La piel del bambú había perdido hacía mucho su tersura, pero el lugar del agarre era un poco más claro que el resto. Allí, su mano de nueve años volvió de pronto a tener un tamaño que podía abarcar.
«También dijiste que era un regalo para mí», dijo Yao Jia.
Él lo admitió entre risas. Entonces había levantado el caballo muy alto, empeñado en que ella lo llamara primero «hermano mayor Lu» para bajarlo. Ella se negó. Dieron una vuelta alrededor del pozo y acabaron los dos pisando el agua embarrada que se había desbordado. Ruan Xin agarró a uno con cada mano y les dijo que miraran los tesoros que llevaban en los pies. Lo que a él siempre se le quedó grabado fue que Yao Jia había aceptado el caballo. Había olvidado que, antes de aceptarlo, le había llevado a casa los zapatos llenos de barro.
El carpintero volvió a la parte de atrás para seguir examinando la madera. Yao Jia dejó el caballo de bambú roto junto a la pared y dijo que no dejaran a Xiaogeng montarlo de verdad, a ver si de tanto sentarse encima acababa estropeando también la pata buena. Lu Yan miró la cabeza torcida del caballo y se guardó de decir que bastaba con arreglarlo un poco. Sacó del aro de bambú una pluma de gallina recién caída y la dejó junto al mostrador. De pronto sintió que había regresado cargado de cosas que otros ya habían desmontado, remendado o destinado a otros usos, y que él siempre había creído que seguían esperándolo.
Por la tarde revisaron las cuentas de las familias para las que Ruan Xin había preparado encurtidos más adelante. El comercio Tan, los Yu, los Chen del extremo este: los nombres se repetían por turnos. Al principio juntaban unos pocos tarros de cada uno; después aumentaron tanto que una página ya no bastaba. Yao Jia sacó una tira de papel algo más reciente, conservada de cuando su madre había preguntado por una participación en el negocio. Era muy pequeña, como si no la hubieran cortado para guardarla; en el reverso todavía se veía la mitad del nombre de una botica.
Lu Yan leyó el comienzo, alzó los ojos y preguntó de cuándo era. Yao Jia dijo que de hacía seis años, cuando ella tenía veintitrés. Su madre decía que la hija ya había aprendido a hacerlo a su lado y que en adelante no podían depender solo de cuántas verduras quisieran traer los demás. No siguió contando lo que su madre pensaba entonces. Dejó la nota bien plana junto a la mano de él y se volvió a recoger las telas de las tinajas que había tendido fuera de la ventana. Lu Yan vio anotados el arroz, la sal y los recipientes que aportaban las familias que trabajaban juntas. La última línea decía que Xin aportaba su trabajo, y lo que venía después estaba en blanco.
Se acordó de Qin Shouyi, que había pasado por delante de la puerta aquella mañana. El comerciante había engordado un poco y seguía llevando la misma ropa parda de cuello rígido que antes. Primero le preguntó por Lu Zai. Al saber que se encontraba bastante bien, le dio una palmada en el brazo y elogió lo capaz que era la muchacha de los Yao. Qin Shouyi dijo que alguien así, si formaba una familia en Changgan, seguro que se las arreglaría bien. En aquel momento Lu Yan solo se había preocupado de que no se le notara demasiado la sonrisa y ni siquiera había preguntado de qué se sostenía en realidad aquella vida de muchacha tan capaz.
«¿Eso quiere decir que no llegaron a un acuerdo?», preguntó.
Yao Jia iba doblando los paños uno a uno. Respondió que su madre había dicho que sí había sacado el tema, pero que el señor Qin y los de otras casas le habían dicho que los vecinos se habían ayudado siempre y que, si ajustaban cuentas al detalle, se enfriaría el trato. Después alguien le había mandado a su madre un cestillo de castañas. Otro le dijo que se llevara un par de tinajas más para vender, que de algún modo saldría compensada. Su madre no volvió a discutirlo con ellos. Al llegar ahí, Yao Jia soltó una risa más tenue que la de antes con el caballito de bambú. Dijo que, al volver, su madre incluso había pelado las castañas del cestillo y le había escogido las mejores.
Nunca había oído a su madre decir cuánto debía ser exactamente aquella parte. En las cuentas no se distinguían uno por uno los años trabajados, las manos que habían intervenido ni siquiera quién había llevado una vez de más la carga al hombro. Solo sabía que, después de aquella nota, su madre siguió trabajando tres años más. Los «hecho» que venían después estaban cada vez más apretados. Una vez, estando enferma, no conseguía asentar bien el pincel y aun así le pidió a Yao Jia que añadiera la fecha en que habían entregado las tinajas aquel día. Por entonces, Yao Jia todavía esperaba que, con tal de que se vendiera bien aquella partida, la próxima vez costaría un poco menos sacar el tema.
Lu Yan ya había mojado la pluma en tinta, pero la mantenía suspendida. Era el momento que más detestaba en la casa de transportes, cuando entendía bien lo ocurrido y aun así no encontraba ninguna cifra. Si el agua echaba a perder varios cestos de judías, las judías se podían contar. Si se rompía una tinaja, se podían barrer los pedazos y dar explicaciones al dueño. Ahora tenía delante una línea en blanco y ni siquiera sabía a cuántas personas tendría que preguntar para empezar. Iba a decir que podía ir a ver al señor Qin, pero, al levantar la cabeza, vio que Yao Jia también miraba la pluma.
«Anota primero qué queda por comprobar», dijo ella. «Te he pedido que lo mires, no que vayas a conseguirme unas palabras bonitas».
Él asintió y anotó en un papel aparte «mano de obra sin registrar». Luego le preguntó si su madre había recibido antes dinero o arroz de aquellas familias, aparte de lo que había adelantado para preparar las verduras. En cuanto hizo la pregunta, vio tensarse la mirada de Yao Jia y casi quiso tragarse la última parte. Ella tardó en responder. Fue al patio trasero, desdobló un paño que acababa de plegar, lo sacudió y lo tendió en una vara de bambú, como si de pronto todavía no estuviera seco del todo.
Lu Yan bajó la cabeza y esperó. Al cabo de un rato ella volvió y dijo que, el año en que enfermó su padre, los Qin sí les habían prestado arroz y los Yu también les habían llevado carbón. Algunas cosas las habían devuelto y de otras no se había hablado. Él dejó una columna aparte, sin usarla para compensar la anotación anterior de «mano de obra sin registrar». Ella se quedó mirando a su lado y fue arrimando un poco el taburete. Dijo que sí se podía preguntar por esas cosas. Lo que pasaba era que, cada vez que alguien preguntaba, parecía que con aquel saco de arroz ya no hiciera falta mencionar todos los años que había trabajado su madre.
Fuera volvió a sonar el balancín del vendedor de tofu. Lu Yan oyó aquel leve golpeteo de las tablillas y recordó el trocito de más que había cortado el día anterior. Sin sacar conclusiones por Ruan Xin ni por los Qin, separó, tal como le iba diciendo Yao Jia, lo que se sabía con certeza de lo que faltaba preguntar. Cada vez había más que escribir en el papel, aunque seguían quedando muchos huecos. De pronto, Yao Jia extendió la mano y señaló una anotación. Aquel año la enferma había sido su tía, no ella. Su madre había ido a pasar tres noches allí y más adelante la tía también había venido a cuidarla. Que las palabras estuvieran juntas no quería decir que todo hubiera corrido por cuenta de los Yao.
Él dijo que de acuerdo y lo corrigió. Ella fue a retirar la ollita del fuego. Quizá lo hizo demasiado deprisa, porque la tapa tintineó contra el borde del fogón. Yao Jia siseó por lo bajo y Lu Yan se levantó enseguida, pero ella alzó la mano que no se había quemado y dijo que no era nada, que apenas lo había rozado. Él se quedó en la puerta mirándola enjuagarse un lado de los dedos con agua fría. Recordó la naturalidad con la que el día anterior había dicho que sabía lo que había sufrido su familia. Solo entonces vio que muchas cosas que creía saber eran apenas una frase que había oído.
Al atardecer, antes de guardar el pincel, leyó de principio a fin los nombres de las personas a las que tocaba preguntar por las cuentas de aquel día. Al llegar a Yao Lan, Yao Jia le dijo que no fuera ya al día siguiente. Su tía tenía pendiente cambiar los zapatos nuevos y, si iba a verla aquel día, quizá no la escuchara ni media frase. Lu Yan, riendo, escribió en la esquina del papel exactamente eso, «primero cambiar los zapatos». Yao Jia se acercó a mirar. Primero quiso que lo tachara, luego se rio también y dijo que lo dejara, que así no se les olvidaría.
Él dejó bien sujeto el papel. Al otro lado de la ventana, el viento hizo girar un poco el caballito de bambú. La vuelta de hilo rojo que quedaba en la cabeza ya no dejaba adivinar su color de antes. A Lu Yan le entraron de pronto ganas de preguntarle qué más había conservado todos aquellos años. Pensándolo mejor, si preguntaba así, parecería alguien que acababa de aprender a reconocer las cosas y ya tenía prisa por atribuirse todo lo que había en la habitación. Al final solo preguntó si volvía a la misma hora a la mañana siguiente. Ella dijo que un poco más tarde, que antes iría a comprar brotes de bambú. Esta vez él se acordó de ese rato de más y dejó que ella decidiera cuánto comprar.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.
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