Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua
La calle que ella quería ver
Ku Wuji · Creación con IA · 11028 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Yao Jia siguió el plano al que habían dado la vuelta una vez. Bajo el segundo puente se apretaban dos barquitas que vendían verduras. Las mujeres de los botes discutían el precio de una orilla de agua a la otra, y ninguna levantó la vista para orientarla. Yao Jia se detuvo en mitad del puente, distinguió el banderín de la tienda de especias y de pronto le pareció que Yuepu era mucho más grande que el día anterior.
En la tienda, las especias recién molidas se repartían en casillas poco hondas de madera, y los olores le llegaban en oleadas. Había pensado que con olerlas sabría enseguida cuál le convenía a su vinagre. Nada más entrar estornudó dos veces seguidas y se le llenaron los ojos de lágrimas. El tendero le tendió un paño limpio y le preguntó riendo si venía del lado oeste del puente, que los de allí siempre entraban cuando más picaban las especias. Yao Jia se enjugó los ojos. Los dos estornudos le habían desbaratado hasta la idea de a qué venía, así que se puso a oler despacio, empezando por la casilla más pequeña.
Un paquete de jengibre seco tenía un picor áspero. En cambio, la piel de mandarina de uno de los compartimentos era más fina que la que solía comprar en Changgan. Al partirla le quedó entre los dedos un amargor limpio. Compró doce wen de canela en rama y piel de mandarina. El tendero le preguntó cuántas tinajas iba a preparar y ella respondió que, de momento, era para comer en casa. Apenas lo dijo, le pareció una respuesta mezquina, como si quien regentaba una vinagrería, después de llegar tan lejos, tuviera que negociar una carga entera. El tendero ya atendía a los de atrás. Ella aplanó el paquetito, se olió las yemas y se tomó su tiempo antes de guardarlo como si fuera una compra del negocio.
En el puesto de al lado, las pinzas de bambú habían amarilleado al sol. Algunas estaban talladas en forma de cola de pez. Yao Jia eligió dos por seis wen y comprobó que no le pellizcaran los dedos. Pensó en la esquina del paño de las tinajas que siempre levantaba el viento y también en sujetar con una de ellas la cortina demasiado blanda de su ventana. Tardó tanto en decidir qué cola de pez estaba mejor rematada que el vendedor acabó riéndose y le dijo que ambas habían salido del mismo entrenudo de bambú. Ella también se rio, pero cambió la que tenía una muesca en el borde.
En la calle de los puestos de sopa, pidió un cuenco de tres monedas. Vio que todo el mundo le echaba una cucharada de salsa dulce y espesa y pidió también. El primer sorbo aún estaba bien. El segundo era tan dulce que le dejó la boca seca y ya no pudo distinguir aquel delicado aroma especiado. El vendedor le preguntó qué le parecía. Con la boca llena de dulzor, Yao Jia tardó un instante en decir que estaba un poco dulce. El hombre respondió que así era como estaba buena, que a todos en Yuepu les gustaba. Ella no se puso a discutir cuántos eran todos los de Yuepu. Compró aparte una torta fina por dos monedas y se acabó la sopa sorbo a sorbo.
Había pensado que, probando cosas por el camino, encontraría al menos una que pudiera llevarse de vuelta y que hiciera abrir mucho los ojos a Gao Jiang. Cuando llegó al muelle por la tarde, seguía sin haber comprado más que dos paquetitos de papel y las pinzas de bambú. El sol había declinado y la sombra del puente caía sobre los toldos de los barcos. Cerca, una mujer con una túnica vieja de color azul verdoso esperaba a alguien sentada en los peldaños de piedra, con una maceta en brazos. Las flores ya se habían mustiado. La mujer no se impacientó. Se limitó a girar un poco la maceta para dejar hacia el agua el lado que no se había quebrado.
Yao Jia se sentó dos escalones por encima de ella, desenvolvió el panecillo y se comió despacio la mitad que le quedaba. Después de recorrer aquellas calles, de veras le dolían las piernas. Se sorprendió pensando otra vez en su mostrador y en si al primer cliente del día nueve le parecería que se había ausentado demasiado. Pero si hubiera tenido que volver en ese mismo instante detrás del mostrador, sin siquiera haber probado aquel cuenco de sopa empalagosamente dulce, también le habría dado un poco de pena.
La mujer esperó hasta que llegó un anciano con un cesto vacío bajo el brazo. Apenas cruzaron unas palabras. El anciano tomó la maceta, la mujer le quitó de un manotazo un trozo de papel que llevaba en el hombro y los dos se alejaron despacio calle arriba. Yao Jia siguió la maceta con la vista hasta que se dio cuenta de que había retorcido hasta hacer un cordón el papel que envolvía la torta. Lo alisó, sacudió las migas y se levantó para buscar el camino de vuelta a la posada. Esta vez no necesitó volver a consultar el mapa.
Lu Yan vino al atardecer. Al ver las dos pinzas de bambú, preguntó si eran para sujetarle la tela azul. Yao Jia le puso una en el borde de la manga y dijo que también podía sujetarlo a él. ¿Cuándo pensaba secarse de una vez la tela azul? Él contestó que la había retirado ya al mediodía, con el aire de quien lamenta haberse perdido un rato de claridad. Al verlo, a ella le entraron de pronto muchas ganas de volver a aquel cuarto. Pero a la mañana siguiente tenía que embarcar, aún no había hecho el equipaje y sus piernas no querían andar otros dos li.
Los dos se sentaron en los taburetes de la puerta lateral de la posada. Ella le habló de la sopa y describió aquel cucharón de almíbar como si pudiera pegar un barco al sitio. Lu Yan se rio y dijo que aquel era precisamente el local al que le gustaba ir a su padre. Al oírlo, Yao Jia recordó las manos de Lu Zai partiendo el pastel con tanta atención y también se rio; luego le ofreció la corteza de canela para que la oliera. Él se inclinó demasiado y la punta de su nariz le rozó los dedos. Yao Jia no retiró la mano; esperó a que levantara los ojos para decirle en voz baja que esta vez ya conocía el camino por sí misma.
Lu Yan dijo que la próxima vez podía llevarlo con ella. Yao Jia asintió, aunque sintió que algo se le apretaba por dentro al oír «la próxima vez». Mañana él volvería a su trabajo en la casa comercial y ella subiría al barco, tal como estaba previsto. Decir «la próxima vez» no les iba a regalar más tiempo para estar sentados juntos como hoy. Ella alargó la mano para quitar la pinza de bambú, pero siguió sujetándole el borde de la manga. Al cabo de un rato, le preguntó si podría venir la mañana del día seis. Lu Yan dijo que sí. Puso la mano sobre la de ella y se la sostuvo un rato antes de dejar que subiera a preparar el equipaje.
El día seis, con el cielo aún gris, el posadero Qiu ya estaba quitando los tableros de la entrada. Yao Jia contó las tres noches que había pasado allí, la del tres, la del cuatro y la del cinco. Había dormido a pierna suelta en aquella cama y aun así le parecía que se marchaba enseguida. Recogió un pelo que había caído junto a la palangana, tocó el pestillo, se aseguró de no dejarse el paquete de papel y bajó con el equipaje en brazos. Lu Yan estaba fuera. Llevaba las manos libres, sin un montón de cosas nuevas que a ella le costaría cargar. Solo le tomó el hatillo de siempre.
El pasaje en el barco que remontaba el río costaba ochenta wen. Los contó en la proa y pagó el importe entero. Lu Yan sostenía el hatillo y ella le tenía cogida la mano que le quedaba libre. Los dos se quedaron junto a la pasarela, aún mal asentada, sin saber qué más decirse antes de despedirse. Él le preguntó si la próxima vez volvería a tomar aquella sopa. Ella lo miró y le dijo que iría a otro puesto, que todavía no se había comido toda la calle. Él se rio y, al acabar, volvió a apretarle un poco los dedos.
El barquero apremió a los pasajeros a subir. Antes de volverse, Yao Jia se puso de puntillas y le rozó suavemente la mejilla. Enseguida recogió el hatillo y subió por la pasarela por su cuenta. Junto al toldo, levantó la mano hacia Lu Yan. Quiso decirle que la cinta color albaricoque seguía en su sitio, pero apretó los labios y se limitó a mirarlo. La orilla fue alejándose despacio. Él anduvo unos pasos y se detuvo junto a un noray. Una larga tira de bambú que alguien llevaba a hombros le rozó el borde de la ropa, pero él seguía mirándola. Ella no se sentó hasta que otra embarcación con toldo se interpuso y lo perdió de vista.
Remontar el río era más lento que a la ida. El casco atravesaba una ola y tardaba mucho en parecer que de veras había avanzado un trecho. A la ida, ella contaba los cuartos de hora que faltaban para verlo. Ahora, frente al mismo sauce inclinado de la orilla, no dejaba de pensar en aquellos dedos que hacía un momento se resistían a soltarla. Abrió el hatillo y volvió a cerrarlo. Al final sacó dos pinzas de bambú y sujetó con ellas el pico de tela del toldo que no paraba de rozarle la cara. La anciana de al lado la vio y le pidió prestada una.
Con una pinza menos, la tela todavía se movía. Las dos cambiaron un poco de sitio sus pinzas y, con lo justo, lograron sujetarla. La anciana sacó una pera de la cesta para dársela. Yao Jia hizo ademán de rechazarla y la anciana cortó un trocito con un cuchillo. Solo entonces lo aceptó. Estaba tan ácido que frunció los ojos al instante. La mujer se rio al verla y dijo que pensaba llevársela a su nuera, pero temía que le pareciera demasiado ácida y ni ella misma se había atrevido a probarla. Yao Jia se quedó con el trocito de pera en la boca. Mientras oía decir que antes a la nuera le gustaban y ahora les ponía pegas, recordó que su madre también le había servido año tras año un plato de verduras en conserva que le encantaba de niña, y que hasta el último año le había preguntado por qué no comía.
El agua poco profunda empezó a sonar bajo el barco. La anciana volvió a envolver la pera y le dio también un mordisco. Yao Jia oyó un leve siseo. Las dos se miraron y no pudieron contener la risa. Con aquella risa, el vacío que aún no había acabado de asentarse en su pecho por fin hizo sitio para unos bocados de comida caliente.
La primera noche atracaron en un embarcadero estrecho. En un fogón de la orilla cocían gachas de arroz. El segundo día el viento venía de través. Los sirgadores avanzaban paso a paso delante del barco, y a bordo todo se hizo más lento. Ella gastó seis wen en las gachas y las verduras que compró durante esos dos días de viaje. Por lo demás, siguió comiendo las tortas secas que le había dado Gao Jiang. El tercer día aún quedaba un poco. El borde se había endurecido, así que lo empapó en agua caliente y le encontró un ligero aroma a salvado de trigo que antes le habría parecido basto. En la bolsa aún le quedaban setenta y ocho wen. En todo el viaje no había tocado el dinero de los depósitos ni el de los ingredientes, guardados aparte en el mostrador de Changgan.
La noche del día siete cayó de pronto un chubasco fuera del toldo. Las gotas repiqueteaban muy cerca. Yao Jia despertó creyendo que seguía en la posada, pero al alargar la mano tocó su equipaje, y no podía estirar las piernas como en la cama. Se movió un poco para dejar espacio a quien tenía al lado y escuchó hasta que paró la lluvia. Cuando pensaba en Lu Yan, hasta la tela azul que había tapado la pared blanca le parecía bonita. Estaba absorta en esos pensamientos cuando un ronquido sonoro en la parte delantera del barco le arrancó una risa.
El día ocho, cuando el barco pasó por una curva conocida del río, se sintió aún más incapaz de quedarse quieta. La anciana del asiento contiguo le devolvió la pinza de bambú. La tomó y dio la vuelta a las dos colas de pez, sin apresurarse a sujetarla de nuevo al toldo. Llegaron a Chengzhou cuando ya anochecía. Al pisar la pasarela de su propio embarcadero, a Yao Jia le flaquearon las piernas, como si llevara también a cuestas los tres días de barco. Esperó un rato a un lado y después cargó ella misma el bulto, que no pesaba mucho, y fue recorriendo poco a poco los dos li que la separaban de Changgan.
La primera puerta que se abrió fue la de su tía. En cuanto la vio, Yao Lan le preguntó si había comido. Ella dijo que sí, en el barco, pero su tía le trajo igual medio cuenco de gachas claras que había mantenido tibias. Le dijo que no había habido goteras y que el día cuatro había venido alguien a preguntar por el vinagre suave. Al ver el cartel que anunciaba que abriría las tinajas el día nueve, había dicho que volvería entonces. Al oír lo del cliente, Yao Jia estuvo a punto de preguntar de qué casa era, por costumbre. Se le quedó la pregunta en la boca con un sorbo de gachas y en su lugar le preguntó a su tía si aún le rozaban los zapatos nuevos al caminar.
Una vez recuperada la llave, tardó un buen rato en abrir la puerta de la vinagrería. El aroma agrio de siempre la envolvió de golpe. Dejó el equipaje, tocó el borde del mostrador y se le escapó una risa. En aquellos días de barco había echado de menos hasta el punto exacto de aquel canto donde al pasar la mano se notaba una muesca. El cartel de papel seguía colgado por dentro de la puerta. Lo quitó. El viento había dejado una capa de polvo fino en el reverso. Guardó la canela y la piel de mandarina en un sitio seco y usó las dos pinzas de bambú para sujetar primero la cortina.
Se lavó la cara. No volvió a abrir el libro nuevo ni se apresuró a anotar todo lo que se había dicho en Yuepu. En la cama pudo al fin estirar las piernas. Antes de cerrar los ojos, recordó que Lu Yan le había preguntado dónde comerían la próxima vez y lamentó un poco haberle rozado tan apenas la mejilla el día seis. Junto a la ventana, la cola de pez proyectaba en la pared una sombra tan pequeña que parecía capaz de irse nadando. Se volvió hacia dentro, tanteó la cinta color albaricoque y la dejó sujeta junto a la almohada.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.
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