Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua
Un platito de sabor más suave
Ku Wuji · Creación con IA · 10131 caracteres · Aproximadamente 11 minutos
Gao Jiang compró una vaporera usada y lo primero que hizo fue pedirle a Yao Jia que viera por dónde se le escapaba el vapor.
El día siete del sexto mes entró en casa de los Yao con la vaporera bajo el brazo. En la tapa quedaba medio círculo de tinta que había dejado el dueño anterior al anotar el tamaño. Después de lavarla, solo quedaba un trazo oblicuo. Xiao Geng iba detrás abrazado a las hojas para forrarla, con el cuidado de quien lleva un banquete entero. Por el camino preguntó si ese día podrían hacer panecillos al vapor. Gao Jiang le dijo que todavía no habían revisado la vaporera y él ya le había puesto hasta la masa a fermentar. El niño replicó al instante que solo había preguntado, que no le había pedido que los hiciera en ese mismo momento.
Yao Jia la cogió y la llevó a un sitio con luz. En el fondo de la vaporera había una tira de bambú floja. La abertura era pequeña, pero con la humedad se doblaría hacia abajo. La sostuvo con la base de los dedos y le dijo a Gao Jiang que la tocara. Las dos examinaron la vaporera por todos lados. Al comprarla, Gao Jiang había pensado que ocupaba demasiado sitio. Ahora que la veía junto al mostrador, le daba pena devolverla. Era justo lo que necesitaba para cocer al vapor una tanda pequeña de tortitas de bambú. La última vez, Qi Jia había dicho que las del mercado llevaban tan poco relleno que, al final, ya solo quedaba masa.
Xiao Geng se apresuró a meter baza y dijo que a él le gustaba la masa. Las dos se echaron a reír. Yao Jia sujetó provisionalmente la tira suelta con otra y le dijo a Gao Jiang que buscara a alguien que supiera reparar cestas para que se la ajustara de nuevo. Una hoja puesta en el fondo no bastaría. Gao Jiang guardó la vaporera, pero no tenía prisa por irse. Vio dos cuenquitos de vinagre en el mostrador y alargó la mano para probar. Yao Jia le dijo que empezara por un poco del suave, antes de que se le llenara la boca del sabor de siempre sin haber distinguido uno de otro.
Aquel vinagre ya había madurado, aunque llevaba algo menos de tiempo en reposo. En días anteriores lo había sacado varias veces, pero siempre acababa escondiéndolo detrás del vinagre fuerte y añejo de su madre. Hoy los dos cuencos estaban delante, cada uno con su propia cuchara. Gao Jiang probó el más suave, apretó un poco la lengua y dijo que se le notaba un leve dulzor a arroz. Iría bien con unas judías recién cocidas al vapor, aunque para la olla de carne de su casa seguramente tendría que echar más. Yao Jia asintió y apuntó lo que le decía en un pedazo de papel usado. Al llegar a la carne, lo probó también y, en efecto, seguía prefiriendo un sabor más intenso.
Una mujer que vendía alubias cocidas y las llevaba al hombro oyó la conversación desde fuera, se detuvo y preguntó si podía probar. Todos los días vendía un rato junto al muelle. Acababa de cocerlas y la caja de bambú aún estaba tibia. Temía el calor de la tarde y pensaba venderlas pronto para volver a casa. Yao Jia sacó un platillo, Gao Jiang compró una ración de la caja y, de pie ante el mostrador, cada cual probó un bocado. Xiao Geng quiso la cucharada más grande. Su madre le dio un golpecito y dijo que primero solo un poco, que iba a acaparar media caja antes de enterarse siquiera de si le gustaba.
A la mujer la llamaban señora Zhao. Yao Jia la conocía de vista, pero hasta entonces no sabía su nombre. Le preguntó si podía comprar una jarrita del vinagre tal como lo había probado ese día, sin añadir salsa. Yao Jia le preguntó cuánto necesitaba esta vez y, al ver lo poco que indicaba con las manos, sintió primero cierta decepción. Hacía un momento, con todos tan animados probándolo, ya se había imaginado entregándole media tinaja al día. La señora Zhao sacó una jarrita de debajo de la carga que llevaba al hombro. Solo entonces vio Yao Jia que la que usaba ya era de ese tamaño. Ni recorriendo media calle con la pértiga llegaba a vender de una tirada tanto como ella se había imaginado.
Midió el vinagre para llenar la jarrita. Eran ocho wen. La mujer recogió su cuenco y dijo que, si a la mañana siguiente seguía abierto y aquel sabor les iba bien, volvería a comprar. Gao Jiang la oyó y comentó que eso aún dependía de cómo saliera la olla de judías de la mañana. La señora Zhao se rio y dijo que, si volvían a quedarle duras, que no le echaran la culpa al vinagre de los Yao. Las tres se rieron. Solo Xiao Geng tenía prisa por saber si podía comerse las judías que quedaban. Esta vez Gao Jiang se las dejó y el niño se llevó el cuenco a la puerta, donde se sentó más quieto que en todo el rato anterior.
Cuando se marchó la señora Zhao, Yao Jia guardó los ocho wen sin sumarlos a la hoja de las tres tinajas de los Qin. Las ventas sueltas tenían su propia página en el mostrador. Gao Jiang se llevó de vuelta el cuenquito, y para el último bocado eligió el vinagre más fuerte. Dijo que con la media rodaja de pepino que quedaba iba justo bien y que no se le ocurriera pensar que, por haber elogiado el suave, en su casa solo comprarían ese de ahora en adelante. Yao Jia sonrió y negó con la cabeza. Echó agua limpia para lavar los cuencos, y las dos cucharas chocaron con un sonido claro.
El día ocho por fin se cocieron al vapor los panecillos de bambú en casa de Gao Jiang. La masa quedó más gruesa de lo que esperaban. Yao Jia llegó antes del mediodía. El cestero ya había reforzado el fondo de la vaporera y, al destapar el primer piso, una bocanada de vapor blanco les dio de lleno en la cara a las dos. Xiaogeng gritó que no veía nada y alargó la mano para tocar. Gao Jiang se la apartó de una palmada y enseguida retiró la suya, también escaldada. Decía que había que esperar, pero tampoco ella había esperado lo suficiente.
Yao Jia cogió una torta con los palillos. La masa estaba tierna y el relleno asomaba por un lado. Qi Jia volvía de fuera y ya desde lejos dijo que le había llegado el olor. Gao Jiang levantó la cabeza y preguntó cómo estaban comparadas con las del mercado. Él dio un mordisco y lo primero que se le ocurrió decir fue que tenían mucha masa. El patio quedó en silencio de golpe. Xiaogeng anunció a voz en cuello que a él le gustaba la masa. Gao Jiang miró a su hijo y no pudo contener la risa. Le dijo a Qi Jia que en adelante hiciera el cambio con el niño, así uno se comería la masa y el otro el relleno.
Qi Jia hizo lo que le habían dicho y separó la masa de su mitad para dársela a su hijo. Encantado, el niño hizo repiquetear los palillos por todo el cuenco. Yao Jia también se rio. A medio comer se acordó del cuenquito que había llevado por la mañana y lo puso en medio. Allí estaban los dos sabores, el suave y el intenso, para que cada quien mojara el bocado a su gusto. Qi Jia fue primero al fuerte y Gao Jiang al suave. Xiao Geng no mojó el suyo en nada, por miedo a que la acidez tapara aquel poquito de dulzor que acababa de conseguir.
En ese momento vino Lu Yan a buscarla. Se quedó a la puerta de los Gao con dos listas de recipientes ya cotejadas y vestido con la ropa que usaba para embarcar. Al verlo, Gao Jiang lo invitó primero a comer un panecillo y enseguida se fue a lavar la vaporera, sin quedarse a facilitarles la conversación. Lu Yan tomó el panecillo algo cohibido. Al verle aquellos papeles en la mano, a Yao Jia se le encogió el corazón. Solo cuando él habló entendió que había venido a decirle que aquella tarde bajaba el río y que pasado mañana debía cotejar cifras en la casa de comercio. Antes solo le había dicho que volvería hacia el día seis. Ahora que ya lo sabía con certeza, había venido expresamente a avisarla.
Ella dijo que bien y preguntó qué fechas habían fijado sus padres para las tres noches. Él respondió que su madre saldría el doce y volvería el quince. Ya le había llegado el recado que ella mandó el día anterior y, cuando él volviera, podría relevarla a tiempo. Al oír que su madre se iba de verdad, Yao Jia sonrió y le dijo que no se le ocurriera volver a casa y empezar contándole lo mucho que se había cansado fuera. Lu Yan también se rio. Lo primero que ella le diría al verlo sería seguramente que no pisara la palangana. ¿Cuándo iba a tener tiempo de oír lo del cansancio?
Al oírlo, Yao Jia sintió todo aquello muy cerca. Casi podía ver aquella puerta que nunca había cruzado, con una maceta de cebolletas dentro y una mujer capaz de señalarle a él dónde ponía los pies. Ya no veía solo a dos mayores desdibujados en aquel «todos están bien» de antes. Quiso preguntar algo más, pero Xiao Geng le plantó medio pastelillo delante de los ojos. Le preguntó al tío Lu si él también quería cambiar la masa. Lu Yan miró muy serio el pastelillo y dijo que dependía de cuánto relleno quedara.
Xiaogeng retiró enseguida el panecillo y dijo que solo él tenía derecho a mirar primero. Los dos que estaban a la mesa se echaron a reír. Yao Jia le dio a Lu Yan uno que aún no había tocado y le dijo que se lo comiera antes de partir, que no esperara a acordarse en el barco. Desde el fogón, Gao Jiang dijo que podía comérselo, pero que se ahorrara los elogios. Qi Jia ya había dicho «mucha masa» bastante alto. Lu Yan bajó la cabeza para morderlo y, en efecto, se guardó los elogios. El vapor le envolvió las mejillas, pero Yao Jia vio que la risa seguía en sus ojos.
Al marcharse, no le entregó las dos hojas de los envases. Eran de la casa comercial y se las llevaría él mismo al puerto principal. Yao Jia lo acompañó hasta la puerta y recordó que aún le faltaba desearle buen viaje, pero al abrir la boca le salió que no se olvidara de beber agua al llegar. Él se volvió, dijo que sí y volvió a mirarle el pelo. Ese día llevaba la cinta color albaricoque enrollada del otro lado. Pareció a punto de decir algo, pero al final solo sonrió, enderezó una escoba que estaba a punto de caerse junto a la puerta y se alejó callejón abajo.
Yao Jia se quedó allí un rato. Gao Jiang la llamó desde dentro y le dijo que si tanto le costaba despedirse, lo acompañara al embarcadero y dejara de hacer de cortavientos en la puerta de su casa. Yao Jia se volvió para replicar. Gao Jiang tenía las manos llenas de harina y las estiró a propósito hacia su hombro. Ella se esquivó y a las dos les dio tanta risa que ya no podían hablar. Xiao Geng levantó la cabeza y preguntó por qué, si tenía tanta gracia, no se lo contaban también a él. Gao Jiang le dijo que se lo contaría cuando acabara toda la masa que tenía en el cuenco.
El día nueve, la señora Zhao volvió, tal como había dicho. Compró otra jarrita. A los frijoles de aquel día les había añadido cebolleta de su casa y se los trajo a Yao Jia para que los probara. La acidez era algo más suave que la vez anterior. El primer impulso de Yao Jia fue decirle que aquello no era lo que le había vendido, pero se detuvo al probarlo y dijo que así también estaba bueno, aunque junto a una carne de sabor fuerte se quedaría corto. La señora Zhao respondió que aquel día no vendía carne, y las dos se rieron. Yao Jia le preguntó qué extremo de la pértiga le rozaba el hombro y se enteró de que solo la cargaba por la mañana. Por la tarde volvía a casa a coser fundas para cestas viejas por encargo.
Los dos días siguientes no apareció de repente una fila más larga de clientes esperando. Algunos habituales seguían pidiendo expresamente el vinagre fuerte y añejo de su madre y ella se lo servía como siempre. A uno, el suave le pareció falto de fuerza y se fue después de probarlo. A ella aún le costaba resignarse. Por la noche, al lavar las cucharas, devolvió cada una a su cuenquito. Le quedó en los dedos un poco de olor ácido y maduro. Lo olió y comprobó que el sabor de siempre aún era el que más le abría el apetito.
Al anochecer del once tronó un rato, pero llovió poco. Recogió los paños que había puesto a secar bajo el alero y, al oír el leve burbujeo del fermento nuevo en un rincón del patio, volvió a echarle un vistazo. A aquella tinaja aún le faltaba. No la destapó para pasarla a la fila de las que podía vender. Se limitó a asentar bien la tapa que se había aflojado de un lado y volvió al fogón a servirse su arroz.
En el platillo quedaban unas hebras de bambú de aquel día. Primero les puso del suave, probó y añadió media cucharada del fuerte. Los dos sabores convivieron en el platillo sin pelearse, aunque en la boca el resultado era algo distinto del de la mañana. Comió despacio y solo al acabar se acordó de la tanda de panecillos de masa gruesa de Gao Jiang. Fuera, una hoja arrancada por la lluvia se había pegado al umbral. La apartó con la punta del pie, volvió a sentarse y se acabó el medio cuenco de arroz aún tibio.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.
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