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Un volumen en las manos

Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua

Los fideos de verano tienen un sabor demasiado intenso

Ku Wuji · Creación con IA · 11332 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

La noche del día dos del quinto mes, el barco que subía el río trajo de vuelta ochocientos cuatro wen.

Yao Jia volvió a abrir la puerta, invitó al mensajero a sentarse ante el mostrador y fue a servirle agua tibia. Él acababa de subir de la ribera y llevaba barro húmedo hasta los tobillos. No quería pisar el suelo que ella acababa de limpiar, así que Yao Jia extendió una estera vieja y le dijo que estaba precisamente para apoyar los pies, que no hacía falta beber de pie. Él acabó el agua y se comió la torta fría que traía del barco con un poco de melón en salsa que ella le dio. Después le fue entregando los acuses de recibo de los dos negocios.

El sello estaba intacto, la entrega se había aceptado según lo acordado y el resto del pago descontaba los gastos de transporte: todo cuadraba. Al leer que la casa Tao decía que era justo lo que necesitaban en su cocina, Yao Jia no pudo evitar una leve sonrisa. Enseguida recordó el rostro de Yu Erniang ante el mostrador y dejó el papel. Poco después volvió a leer aquella línea. No todo había sido falso cuando esta vez limpió los recipientes, envasó los condimentos y negoció con los clientes. Pero tampoco podía permitir que, entre aquella frase alegre y el desembarco de la familia Ye, solo una de las dos cosas tuviera voz en la noche.

Juntó el dinero con los setecientos ochenta que ya tenía reservados. En total eran mil quinientos ochenta y cuatro. Primero separó los ciento veinte de la fianza por las vasijas vacías. Sus dueños podrían venir a reclamarlos más adelante, así que no podía gastarlos en arreglar el alero. También tenía que reservar por separado lo que le correspondía por envasar el vinagre y lo que había invertido en hacerlo. Al terminar de contar, se dio cuenta de que Lu Yan había escrito un recibo tan detallado y aun así no había dedicado ni una línea al cargamento de hojas. Tomó papel para responder. Al principio solo escribió que lo había recibido. Después añadió que los Yu habían logrado adelantar dos fardos río abajo, que seis seguían en el embarcadero local, y le preguntó si había visto los dos al llegar allí.

La pregunta no era un reproche, pero escrita sonaba muy seca. Pasó la mano por el borde del papel y estuvo a punto de tachar «si los has visto» y sustituirlo por un saludo de cortesía. Al final lo dejó como estaba. La carta salió río abajo el día tres del quinto mes y, como pronto, llegaría la noche del cuatro. No le pidió al mensajero que la entregara en mano en casa de los Lu. Solo dijo que iba para Lu Yan, de la casa comercial Yonghe, y que dejara constancia del día en que la recibiera.

Antes del mediodía del día tres, el señor Bi llegó con un cuenco de fideos de verdad calientes. Había venido deprisa, con el cuenco guardado en una cestita con tapa. Al destaparla, el vapor del caldo subió y volvió a hacer brillar el sudor de un lado de su cara. Le acercó el cuenco y le explicó que ese día había puesto menos caldo de huesos. En cuanto apretaba el calor, los clientes pedían sabores más ligeros. Le rogó que lo probara una vez más.

Yao Jia miró los brotes tiernos de bambú sobre el cuenco y recordó que el día diecinueve él había dicho que el sabor más suave se acercaba a lo que buscaba. Ella también había reservado una tinaja de vinagre ya maduro, aunque con menos tiempo de reposo. No solía ofrecérselo a quienes tomaban caldos fuertes. Puso un poco en un platillo y lo ajustó. Tenía un aroma más tenue que el más añejo. Había hecho varias pruebas, pero todavía le costaba dejar que aquel sabor saliera solo en primer plano. Hoy, al ver que el señor Bi traía en persona los fideos calientes, la mano se le fue primero a la tinaja que mejor conocía, convencida de que, si afinaba la cantidad, acabaría por apreciarse lo bueno del vinagre.

El dueño Bi probó y negó con la cabeza. No dijo que estuviera malo, solo que seguía siendo demasiado fuerte y que, después de dos bocados seguidos, en la boca no quedaba más que un aroma. Yao Jia dejó el cucharón de bambú y el tono se le endureció. Dijo que para conseguir aquel aroma había que esperar mucho tiempo, que si solo quería un punto de acidez suave, en el extremo este lo encontraría más barato. Nada más decirlo, supo que no había estado bien lo de «más barato». Sonaba como si también mirara por encima del hombro a quienes comían esas cosas.

Los palillos del cliente quedaron suspendidos sobre el cuenco. Levantó la vista y le preguntó si quería que él reconociera lo bueno que era su vinagre o que quedara bueno aquel puñado de brotes de bambú. Ella quiso decir que podían lograrse las dos cosas, pero lo primero que le salió fue que su madre lo había hecho durante años y que la gente de la calle estaba acostumbrada a comerlo. Él dejó los palillos con suavidad y respondió que acababa de abrir su negocio y que entre sus clientes también había gente que se había criado en otras calles.

Gao Jiang acababa de entrar detrás y se paró al oír la última frase. Yao Jia notó su presencia y le costó aún más dar marcha atrás. Se empecinó en decir que, con tantas pruebas, también tenía otros trabajos que hacer. El señor Bi asintió. Dijo que ya la había entretenido bastante y que por hoy lo dejarían ahí. Dejó en la mesa las porciones que había separado para probar y volvió a guardar en la cesta el resto de los fideos, para que Yao Jia no tuviera que tirarlos. Pagó el poco vinagre que se llevaba y, al salir, dijo que volvería si algún día quería el sabor original para un caldo fuerte. Para los fideos de verano preguntaría primero en otro sitio.

Cuando el hombre se alejó, Yao Jia siguió de pie, inmóvil. El otro platillo, el del sabor más suave, seguía tapado en el mostrador. Habría podido sacarlo primero, pero había preferido dejarlo allí. Gao Jiang dejó el paño seco que tenía en la mano, tomó con los palillos un bocado del que el cliente le había dejado en un poco de caldo caliente, lo mojó también en el platillo del vinagre suave y se lo comió despacio. Yao Jia le miró la cara y le preguntó si a ella tampoco le parecía bueno el vinagre de la tinaja que acababan de probar.

Gao Jiang contestó que en su casa siempre habían usado con gusto el vinagre de aquella tinaja para aliñar las verduras de invierno. Yao Jia se quedó insatisfecha e insistió en que, si era bueno, ¿por qué se empeñaba él en cambiarlo? Gao Jiang alzó la vista y dijo que quien comía aquellos fideos ese día era él y que el caldo que ella acababa de probar también era el de él. No podía traer el cuenco del invierno y bebérselo en su lugar. Lo dijo sin alzar la voz, todavía con los palillos en la mano, pero a Yao Jia le pareció que hasta su amiga se había puesto enfrente, del lado del paladar de un desconocido.

«Esto que dejó mi madre no se reproduce así como así con un par de mezclas», dijo ella.

Gao Jiang dejó de comer. Al cabo de un momento puso los palillos en horizontal y preguntó en voz baja cuándo había dicho ella que tuviera que saber igual. A Yao Jia le ardió la cara. Bajó la cabeza para doblar unos paños secos. Cada vez le quedaban más torcidos y al final los metió de golpe debajo del mostrador. Quiso decir que no iba contra ella, pero a mitad de la frase se oyó a Xiaogeng llamar a su madre desde fuera para que fuera a ver un barquito de hojas que acababa de echar al agua junto al pozo y que ya se había atascado.

Gao Jiang no aprovechó para quedarse a insistir. Recogió su bolsa de tela y dijo que al atardecer harían fideos en caldo en casa. Si Yao Jia quería, podía ir a comer, pero hoy ya no podía ayudarla a sellar otra hilera de tinajas. Solo había venido a entregar la tela prestada y Yao Jia no le había pedido que hiciera nada, pero al oírla sintió como si le hubiera adivinado lo que no había llegado a decir. Asintió y vio a la madre y al hijo llegar al brocal. El niño se quedó un buen rato en cuclillas y acabó sacando de la grieta el barquito de hoja con una brizna larga. Se alegró tanto que acabó con los dos pies en lo mojado.

Por la tarde llegó otra nota río arriba, enviada por el encargado de compras de Songhe. Decía que aceptaban la primera partida según lo acordado y que el sabor añejo iba bien con su caldo de huesos de cerdo de siempre. En verano pasarían a un caldo claro. Ya lo habían probado varios de la cocina y por el momento no renovarían el pedido. Devolverían las tinajas vacías al terminar, como se había convenido, sin descontarlas del precio de la mercancía. Cuando acabó de leer, se quedó aún más quieta que antes frente a los fideos calientes. Allí ni siquiera había nadie a quien replicar. No habían dicho que su madre lo hiciera mal, pero eso fue lo primero que ella oyó.

Puso la nota al lado de aquella en que Lu Yan celebraba que el vinagre le fuera bien a la casa Tao. Las dos casas habían recibido vinagre de la misma partida y daban dos respuestas distintas sobre lo que harían en adelante. Solo entonces comprendió que, desde el principio, había querido que aquel primer pedido demostrara algo que iba mucho más allá de aquellas ciento veinte jin. Que el trabajo de su madre había valido la pena, que siempre habría quien aceptara el nuevo precio y que, cuando Lu Yan le dijo que podía arreglarlo, no lo había dicho solo por contentarla. Ahora, lo único que de veras encajaba era aquel sabor en la cocina de la casa Tao. Todas las demás cosas que había querido demostrar con él tendrían que encontrar otro apoyo.

El día cuatro abrió la tienda como siempre. Un cliente habitual vino a comprar vinagre fuerte. Lo probó y se rio, diciendo que el de los Yao sí que lo espabilaba a uno al comer. Ella se rio también, le envolvió bien el pico de la jarra y le preguntó con qué solía tomarlo. Al cliente le extrañó aquella pregunta nueva. Respondió que con panceta curada salteada con brotes secos de bambú, para que no resultara pesada. Ella lo anotó en una esquina de la hoja nueva. No dio por hecho que el elogio de aquel día compensara en las cuentas al cliente que había perdido anteayer.

Por la tarde vinieron de la familia Qin a recoger los encurtidos de antes. Al levantar la tinaja, el mozo se quejó de que la boca era estrecha y tardaban en llenarla; comentó de pasada que, cuando estaba Xin, siempre conseguía tenerlo listo un poco antes para ellos. La cuchara de bambú de Yao Jia se detuvo y volvió a encendérsele aquel pequeño fuego que llevaba reprimiendo desde el día anterior. Quiso ponerle ante los ojos la página del viejo libro de cuentas donde no constaba el trabajo, pero aquel mozo aún era joven: cuando Ruan Xin preparó su última tanda de encurtidos, él ni siquiera hacía recados para los Qin.

Al final, solo le pidió que sujetara bien la tinaja y que, con las prisas, no golpeara el borde. En adelante, que avisara el día anterior a la recogida. El trabajo que ya tenía desde primera hora no podía detenerse por quien apareciera a última hora. El mozo dijo que de acuerdo, sin advertir, por lo visto, cuánto más había puesto ella en esas palabras. Cuando se llevaron el encargo, seguía disgustada, pero había evitado que alguien que solo venía a levantar una tinaja tuviera que quedarse en el umbral pagando por todos los favores de antaño.

Al caer la tarde del día cinco, volvió a llegar por el callejón el olor a fideos de casa de Gao Jiang. Yao Jia acababa de lavarse las manos. Se quedó un rato pensando en la puerta y fue a sacar de debajo del mostrador un platillo de pepino en salsa. Dejó allí tanto el vinagre nuevo que estaba probando como cualquier papel que necesitara el visto bueno de alguien. Cuando llamó a la puerta de los Gao, Xiao Geng ya estaba sentado con el cuenco delante y las mangas otra vez dobladas hasta los codos. Al reconocerla, lo primero que le preguntó fue si venía a rescatar aquel barquito de hoja.

Se rio y dijo que el barco ya había pasado, que venía a comer fideos. Gao Jiang se volvió desde el fogón, le echó un vistazo y sacó un cuenco vacío sin mencionar el disgusto del día tres. Qi Jia aún estaba fuera recogiendo las redes. Sirvieron primero a quienes ya estaban para comer. Xiao Geng sacó en un par de movimientos las tiras de bambú a la superficie y dijo que empezara por ellas, que si se empapaban se pondrían blandas. Yao Jia probó un bocado. El caldo caliente era muy claro y el sabor no era del todo el que ella acostumbraba, pero al terminar quiso beber un poco más.

Preguntó de qué tienda era el vinagre y Gao Jiang dijo que de la del extremo este. Yao Jia bajó la cabeza y bebió otro sorbo, sin buscar enseguida qué virtud le faltaba. Gao Jiang la miró y se sentó también. Le dijo que por la mañana había cambiado otro ingrediente. Un cuenco entero no se sostenía solo con el vinagre de una tienda. Siguieron comiendo, hasta que Xiao Geng se quejó de que los mayores hablaban del cuenco como si hablaran de una viga y de que, con tanto hablar, se le iba a enfriar el suyo. Las dos se echaron a reír.

Yao Jia llevaba medio cuenco cuando dijo que el día tres había hablado con brusquedad. Gao Jiang le pasó un puñadito de brotes de bambú cortados en tiras y respondió que ya la había oído, que hasta había pensado que en adelante, cada vez que comieran algo más suave, tendrían que pedirle perdón primero a la señora Xin. Yao Jia volvió a ruborizarse. Se quedó sin réplica, por más gracia que le hiciera. Al cabo de un buen rato, dijo en voz baja que quizá su madre ni siquiera habría puesto esa pega. Su amiga no se apresuró a hablar en nombre de su madre. Solo le dijo que comiera antes de que se enfriara, que quedaba más en la olla.

Al volver ya era de noche. Los platillos de la tienda seguían boca abajo. Yao Jia les dio la vuelta, los lavó y los puso por separado. Anotó el dulzor del bambú que había saboreado en aquel cuenco de fideos y extendió la nota de Songhe para tenerla a mano cuando devolvieran los envases vacíos. Fuera, el viento pasó sobre el brocal. El barquito de hoja ya no estaba en la rendija entre las piedras. Miró un rato, dejó la puerta entrecerrada lo justo para oír si llamaban y volvió a encender la lámpara.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.

Índice del libro · 38 capítulos
  1. Las ciruelas verdes en la manga
  2. El vaho de la boca de la tinaja
  3. Solo acepta ciento sesenta
  4. Una cucharada demasiado dulce
  5. La mancha de tinta junto al caballo de bambú
  6. Las ciruelas se ablandaron primero
  7. Los días de volver al barco
  8. El trato que no salió
  9. Un cuenco que se enfría en la espera
  10. La lengua no se acuerda
  11. El hueco que no daba para más
  12. Dos copias del acuerdo de transporte
  13. Las hojas que quedaron en tierra
  14. La pregunta que quedó sin hacer
  15. No queda sitio en el río
  16. Los fideos de verano tienen un sabor demasiado intenso
  17. Padre sigue junto a la mesa
  18. Las hojas al sol
  19. Contar todo lo de aquella noche
  20. Almuerzo en el callejón de las Tejas
  21. Antes de saldar la cuenta
  22. Quién falta en las cuentas
  23. Tres días río arriba
  24. Estos once años no han estado vacíos
  25. Devolverlos fardo a fardo
  26. Un platito de sabor más suave
  27. Los tres días de madre
  28. La acidez que nunca llegaba
  29. Cuando vuelvas
  30. Ya no como de jóvenes
  31. Los barcos tienen su turno
  32. Un platillo de ciruelas que no se venden
  33. La luz desciende hacia el agua
  34. Dos días río abajo
  35. En su orilla
  36. La calle que ella quería ver
  37. Un cuarto donde se puede vivir
  38. Aún queda sitio en la página nueva

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