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Un volumen en las manos

Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua

Reparar la puerta para los vivos

Ku Wuji · Creación con IA · 11419 caracteres · Aproximadamente 13 minutos

Wei Ce vino el diecisiete del cuarto mes a recoger los protectores para las palmas. Traía un paquete de papel aceitado. Dentro llevaba dos tortas para comer él a mediodía, no un dulce para A Sui. Dejó el paquete junto a la puerta y primero se probó el protector. Metió los dedos, comprobó que la banda de la muñeca le ajustaba bien y, al empuñar el formón, sintió una capa mullida sobre la palma que no le estorbaba en las articulaciones.

A Sui esperó a que se los probara tres veces antes de preguntar si eran demasiado gruesos. Wei Ce dijo que estaban bien de grosor, que había recortado el borde duro de la lona original y que la costura también era firme. Pagó los doce wen, a tres por pieza, tal como habían hablado al ver la muestra, y guardó los cuatro protectores de palma. No le devolvió uno para que ella se lo quedara. Para coser, sus manos no necesitaban nada tan grueso y no hacía falta que, por apuro, se empeñaran en cederse uno.

Preguntó si estaba Xu Shen. Este vino del pozo pensando que Ren Quan tendría otro trabajillo para él, pero Wei Ce le dijo que el encargo lo había tomado él mismo. Los Nie, al norte de la ciudad, necesitaban reparar una puerta trasera. El marco estaba torcido y hacían falta dos personas para desmontarla. Ya había tomado las medidas y temía que, en media jornada y él solo, no pudiera dejarla firme. Le ofrecía veinticinco monedas por encargarse, dentro de la jornada, de ayudar a desmontar, sostener y volver a montar la puerta.

Xu Shen no aceptó enseguida. Primero preguntó quién pondría los materiales y dónde estaba torcido el marco. Wei Ce sacó un trocito de papel usado donde había dibujado el marco inclinado y el pie del muro. Dijo que el muro ya había cedido y que había que adaptar la reparación a la pared vieja, sin forzarla para dejar el marco tan recto como al principio. Ren Quan lo había visto y había dicho que la parte que soportaba el peso seguía firme. Le aconsejó que no se comprometiera a reparar un muro de tierra si no sabía hacerlo. Xu Shen lo escuchó, dijo que sí y preguntó a qué hora tenía que estar allí a la mañana siguiente.

Se encontraron al amanecer en el norte de la ciudad. El dueño de la casa de los Nie era un tejedor de esteras que pasaba de los cincuenta. Veía mal y solía trabajar bajo el alero, guiándose por el tacto para distinguir los juncos. La puerta trasera abría torcida y, para salir, primero había que esquivar una tinaja de agua. Por miedo a tropezar con ella, últimamente siempre empujaba la puerta con el hombro. Su nuera no quería que siguiera haciéndolo, pero el viejo Nie decía que llevaba más de diez años empujándola así y que cómo iba a estropearse justo ahora.

Wei Ce le pidió primero al dueño que les mostrara dónde solía tantear con la mano. El viejo Nie se impacientó, pero hizo lo que le pedía. Tocó primero el marco, bajó siguiendo la veta transversal y llegó al lugar del pasador viejo. El pasador estaba flojo y a menudo se le escurría de entre los dedos, así que empujaba la puerta hacia dentro con el hombro. Xu Shen se agachó a examinar el apoyo inferior del pivote. El agua había ennegrecido la madera vieja, pero solo le faltaba un trozo en la esquina exterior y el resto aún no se había podrido del todo.

El viejo Nie seguía quejándose de que su nuera exageraba. Ella estaba a un lado secando juncos y de pronto dijo que ya se había lastimado el hombro dos veces de tanto empujar y que cada vez se le oía quejarse por la noche hasta dos cuartos más allá. El viejo Nie lo negó enseguida. Dijo que lo que sonaba era la viga de la casa. En cuanto lo oyó, su nieto imitó los gemidos que hacía a medianoche, con tanta gracia que ni Wei Ce pudo contenerse. Picado, el viejo Nie alargó la mano para tocarle la cabeza al niño, pero solo encontró un aro de hierba. Lo tiró de nuevo al suelo diciendo que aquel niño no tenía ninguna maña con las manos.

La mujer rio un rato y luego les pidió a los dos carpinteros que no pusieran el pasador demasiado bajo. A veces volvía con las dos manos ocupadas de acarrear agua y quería poder correrlo un poco con el codo. Wei Ce comprobó su altura y le pidió al viejo Nie que se acercara a palparlo. Al final eligió un sitio que ninguno de los dos alcanzaba con dificultad. Xu Shen sujetó la madera para que Wei Ce diera el corte. Mientras tanto oyó decir a la nuera que de muchacha también sabía tejer esteras. Ahora casi siempre era ella quien recogía los juncos para toda la familia, pero cuando llegara la calma del otoño quería hacer otra estera con un dibujo distinto para venderla.

Antes habría pensado en hacer una puerta nueva entera, bien lisa y a escuadra, para que los dueños vieran de un vistazo si valía lo que costaba. Ahora empezó por preguntarle a Wei Ce cuánto había que cambiar. Wei Ce dijo que conservarían la hoja, empalmarían madera nueva en el tramo inferior del pivote, acercarían el pasador y pondrían debajo un tope que se pudiera reconocer al tacto. Cada uno se quedó mirando un rato y decidieron desmontar primero la puerta y ver qué piezas podían aprovechar una vez que vieran el interior.

A medio desmontar la puerta, se desprendió una lasca de yeso de la grieta del muro. Wei Ce mandó parar al instante. Xu Shen sostenía la puerta y se le tensaron de golpe los brazos. El viejo Nie dijo desde un lado que no pasaba nada, que otros años ya había caído yeso. Wei Ce le pidió a Xu Shen que apoyara bien la puerta y luego tanteó la grieta con una varilla de madera. Se había soltado el enlucido viejo y detrás estaba duro, pero aun así cambiaron la puerta de posición para que no cargara contra aquel tramo de pared.

A Xu Shen le dolía tanto el hombro que se le había entumecido. Sintió un asomo de disgusto y pensó que, si lo hubieran escuchado un poco antes, no tendrían que haber colocado la puerta otra vez. Abrió la boca para decirlo, pero Wei Ce se adelantó a preguntarle si podía sostenerla firme de aquel lado o si quería que se cambiaran. Dijo que podía y enseguida añadió que antes necesitaba descansar un momento. Wei Ce asintió, aseguró la puerta con un puntal corto y esperó a que soltara las manos para seguir trabajando.

El nieto pequeño de la familia Nie trenzaba un aro de hierba al lado. Había metido adrede unas briznas verdes entre las de color pardo amarillento, pero a mitad del trabajo se le deshizo y la hierba se esparció por el suelo. Se agachó a recogerla. Wei Ce le sujetó la trenza con un recorte de bambú. El niño había creído que el carpintero lo ayudaría a terminarla entera, pero, al verlo volver a su trabajo, hizo un mohín y acabó apretando él solo el aro, poco a poco.

Por la tarde volvieron a montar la puerta. El viejo Nie tanteó donde lo hacía siempre y la primera vez aún buscó el pestillo antiguo. Xu Shen quiso guiarle la mano, pero Wei Ce le pidió al anciano que probara otra vez. A la segunda, sus dedos encontraron el tope nuevo y, al seguir hacia arriba por el listón corto, dieron con el tirador del pestillo. Hizo fuerza, el pestillo se deslizó y la puerta se abrió sin el golpe sordo de su hombro contra la madera.

De pie en el umbral, preguntó por qué ya no se veía tan bien como antes. Su nuera fue la primera en reírse. Ella quería ponérselo fácil y él se quejaba de que la madera añadida era demasiado clara. Al ver la junta donde se distinguían tanto la madera vieja y la nueva, a Xu Shen también le picaron los dedos por tallar un adorno que disimulara la unión. Wei Ce dijo que tras unos días al sol los colores se parecerían más. Si no querían esperar, también podían pintarla, con tal de acordarlo aparte. Por hoy lo primero era que la puerta se pudiera usar.

El viejo Nie tanteó dos veces más y de pronto le pidió a su nieto que le trajera el aro de hierba y lo pusiera en el tirador del pasador nuevo, para reconocerlo mejor. El niño se alegró. El aro quedó colgado de lado y aquella pieza suya tapó la mitad de la junta entre los dos tonos de madera. Xu Shen lo miró, guardó la cuchilla de tallar que había pensado volver a sacar y les barrió las astillas del suelo.

Al poco de ponerlo, el aro de hierba se aflojó. Al tantear el pestillo, el viejo Nie se llevó por delante una brizna. El nieto pensó que lo iban a regañar y se escondió detrás de su madre, pero el anciano recogió la brizna a tientas y le pidió que viniera a trenzar el aro de nuevo. El niño preguntó si podía añadir un poco de rojo. El viejo dijo que sí, para que su madre dejara de decir que él solo tenía ojos para el amarillo de siempre. La mujer se rio a su lado y sacó del bolsillo un trocito de hilo rojo para dárselo. Era corto y todos se juntaron para decidir si convenía atarlo al principio o al final.

Los Nie le pagaron el trabajo a Wei Ce, y Wei Ce le dio allí mismo veinticinco monedas a Xu Shen, sin dejar que su compañero mayor cobrara primero y luego repartiera. Xu Shen las contó, las guardó en la bolsa y cada uno se echó sus herramientas a la espalda. Al llegar al cruce, Wei Ce le preguntó si podía seguir llamándolo cuando salieran trabajos así que necesitaran dos personas. Xu Shen dijo que sí, y que cuando él tuviera trabajo también se lo diría. No tenía que ser Wei Ce quien viniera a esperar todas las veces.

No se fueron a beber juntos. Wei Ce tenía que comprar una madejita de hilo rojo para su hermana y Xu Shen volvía al callejón Nanhuai a dejar las herramientas, así que se separaron en el cruce. La botica, con las ventanas nuevas instaladas aquella primavera, se veía especialmente luminosa desde la calle. Al pasar, Xu Shen aminoró el paso un instante. La puerta estaba abierta y el apoyo que había reparado estaba seco. En las ventanas de dentro no estaban las hojas que había dibujado al principio, pero entraba luz de sobra.

Zhou Tong enrollaba un cordel fino junto al mostrador. Ya podía sujetarlo con los dedos de la mano derecha, aunque aún no podía pellizcar una esquina muy pequeña de papel. Al ver a Xu Shen, asintió con la cabeza y le preguntó si habían reparado aquel día la puerta de los Nie. Xu Shen dijo que sí, que el anciano ya podía abrirla solo. Zhou Tong murmuró que bien y acercó al cliente el papel con el remedio que acababa de pesar, sin hacer más preguntas. Xu Shen dio dos pasos y lo oyó llamar al siguiente. Su voz sonaba como siempre.

Cuando llegó a casa, su madre le preguntó si había ido bien el trabajo con Wei Ce. Xu Shen dijo que sí y, después de pensarlo un poco, añadió que a ratos también le habían dado ganas de replicarle. Asui se rio y dijo que hablaba como un niño. Cuando dejó de reírse, preguntó si habían repartido el dinero. Él le enseñó veinticinco wen, separó diez y los puso en un cuenco pequeño. Dijo que era el primer abono de los seiscientos, que iría devolviendo el resto poco a poco cuando le sobrara algo, sin prometer un plazo de un mes entero que no pudiera cumplir.

A Sui había querido rehusar el dinero y decir que, entre madre e hijo, qué importaban aquellas cuentas. Pero se le vino a la memoria el día de la viga trasera, cuando le preguntó dónde estaba el dinero y él bajó la cabeza. Guardó las diez monedas en el monedero de siempre, sin tomarlas por prueba de que su hijo fuera bueno con ella ni devolvérselas a la bolsa. Allí tenía ciento ochenta monedas. Aquel día había sumado doce por los protectores de palma y diez que le devolvía su hijo, de modo que el monedero estaba un poco más abultado que días atrás.

Al atardecer, Du Yin vino a pedir prestada una piedra de grano fino para afilar agujas y oyó a madre e hijo hablando de la puerta. Recibió la piedra en la palma y preguntó primero si habían tocado la pared torcida y si Wei Ce había sabido calcular bien. Xu Shen le contó cómo desmontaron la puerta y cómo cayó el polvo de la pared. Ella escuchó con atención y le preguntó si en aquel momento le dolía el hombro. Él dijo que sí, que él mismo había propuesto parar un rato, y ella alargó la mano y le apretó suavemente el hombro.

El toque fue muy leve, pero él se quedó rígido un instante. A Sui, a su lado, enhebraba la aguja con la cabeza gacha y dijo adrede que aquel día la lámpara daba poca luz. Du Yin retiró la mano, también con la cara caliente, y volvió a su cuarto con la arenilla. Al llegar a la puerta, se volvió a decir que, si en verano le entraba otra partida de tela, querría pedirle que le hiciera un estante que se pudiera llevar, sin clavarlo en su cuarto. Xu Shen dijo que sí y que lo haría cuando ella tuviera decididas las medidas.

Cuando Du Yin se fue, A Sui no pudo evitar preguntar si habría alguien más para ayudarla en casa durante el verano. Xu Shen dijo que no lo sabía. Su madre respondió que solo preguntaba y volvió a pasar el hilo sin acertar en el ojo de la aguja. Él tendió la mano para cogerla, pero ella se la apartó de un manotazo risueño. Dijo que sus ojos aún no estaban tan viejos como para no poder hacer aquello. Al cabo de un rato añadió en voz baja que, si Du Yin tenía que salir, él debía respetar sus compromisos de trabajo y no volver a hablar con los Lu en su nombre como la otra vez. Xu Shen dijo que sí. A Sui no siguió dándole lecciones. Ella misma aún no acababa de saber dónde pondría sus cosas si algún día de verdad hubiera una persona más en casa.

Por la noche ordenó las herramientas a solas. En la bolsa faltaba el taladro largo y en su lugar llevaba ahora unos cuantos puntales cortos. Como no podía hacer agujeros grandes, no se comprometía a la ligera. Si necesitaba pedir prestada alguna herramienta, lo aclararía de entrada, sin decir que sus manos llegaban más lejos de lo que de verdad alcanzaban. Echó a la cajita de la chatarra un clavo que había torcido aquel día y escogió otros dos rectos para la mañana siguiente.

Su madre ya dormía. Los doce wen de los protectores de palma, junto al cesto de las agujas, no estaban muy escondidos. Los había dejado en la bolsa que usaba a menudo. Xu Shen añadió un poco de aceite a la lámpara y la llama se alzó en silencio, iluminando el umbral de madera que las suelas habían dejado lustroso. Uno de los zapatos de su madre seguía junto al borde de la cama. Se levantó, quitó unas virutas que había junto al zapato y lo empujó suavemente debajo de la cama.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Aquella habitación orientada al sur
  2. La nieve llega al umbral
  3. El tercer cuenco
  4. Antes de que cayera la puerta
  5. Letras negras en la encrucijada
  6. La puerta de la ciudad por la tarde
  7. El fuego prestado del patio
  8. Una puerta de igual valor
  9. La puerta a la que no llamaron al mediodía
  10. El letrero quedó vuelto hacia otro lado
  11. Un par de manos junto al cesto de costura
  12. El agua del deshielo se filtra por el muro sur
  13. Un asiento para volver al pueblo
  14. Una división de la regla que pasó inadvertida
  15. La mano bajo la puerta
  16. Lo que su madre dijo por él
  17. El puesto de té, lleno de madera para una puerta
  18. El atajo por el que no pasa el carro
  19. ¿De quién es el patio trasero?
  20. Una carga al hombro, dos cuerdas
  21. Daxiu se llevó la olla
  22. El taburete en el que nadie se sentó
  23. ¿Quién comprometió la casa vieja?
  24. Poner la puerta nueva bajo la lluvia
  25. La habitación que aún no ha dejado
  26. El peine que quedó en el taller
  27. El cartel no lleva el nombre de nadie
  28. Un cuarto cálido no es un remedio
  29. Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón
  30. El cesto de las agujas que no se vendió
  31. El puesto de té encontró su propio ritmo
  32. El trato por la madera de la montaña
  33. ¿De manos de quién aceptar la carga?
  34. Una olla de arroz que no tiene que enfriarse primero
  35. Reparar la puerta para los vivos
  36. Hasta dónde ha bajado el sol

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