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Un volumen en las manos

Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua

Un cuarto cálido no es un remedio

Ku Wuji · Creación con IA · 10282 caracteres · Aproximadamente 11 minutos

Las cebolletas bajo la ventana sur habían crecido medio dedo. A Sui las había regado por la mañana y, después de comer, tanteó de nuevo el fondo de la maceta. La tierra seguía húmeda. Se contuvo y se sentó a esperar a Gu Qin. Anteayer habían quedado en que, si hacía bueno, irían juntas al río a ver el teatro ambulante recién llegado. Se puso unos zapatos de suela blanda, se abrigó bien la rodilla y hasta se guardó de antemano el monedero en la manga. El sol pasó por encima del muro y fuera del patio aún no se oían pasos.

Salió dos veces a mirar. Fang Xiao le preguntó si esperaba a Xu Shen y ella dijo que no, con un deje de orgullo que ni ella misma advirtió. La niña soltó un «ah» y siguió hurgando con un palo en el hormiguero del suelo. A Sui se quedó en la entrada del callejón, con el viento de primavera colándosele por el cuello, y de pronto se dio cuenta de que sabía aún menos qué hacer con las manos que cuando esperaba a que su hijo volviera a casa.

Gu Qin llegó por la tarde con dos fardos de retales sin vender al hombro. Junto al río se había encontrado con un cliente habitual, se había puesto a buscar hilo a juego y luego había pasado un buen rato ayudando a un anciano a escoger cuerda para remendar una red. Solo al recoger el puesto recordó que habían quedado. A-Sui iba a decirle que no importaba, pero lo que le salió fue que, si no iba a venir, le mandara recado. Gu Qin se secó el sudor, se quedó un instante perpleja, admitió primero que se le había olvidado y luego preguntó si todavía iban.

De pronto, A Sui no supo qué hacer con aquel poco de enfado. Había pensado que Gu Qin diría que no podía dejar el puesto, que aprovecharía para aplazar la salida y que ella también podría decir que tampoco le importaba tanto. Pero Gu Qin dejó la tela en el cesto que Guiniang le prestaba para guardar cosas, se enderezó y esperó a que A Sui recogiera su bastón. Cuando salieron del callejón, Fang Xiao les gritó desde atrás que no se olvidaran de mirar si había una función de monos. Gu Qin se volvió y dijo que los monos no habían querido, que ese día actuaban personas.

El teatro cubierto era pequeño. Unas cañas de bambú delimitaban un claro. La obra trataba de dos hermanos que se repartían los bienes de la casa. La anciana madre conservaba una tinaja vacía que ninguno de los dos quería, hasta que oyeron que quizá guardaba plata y se disputaron quién se la llevaba. Asui frunció el ceño. ¿Dónde se habían visto unos hijos tan tontos? Con sacudir la tinaja ya sabrían si tenía plata. Gu Qin dijo que los personajes siempre iban un paso por detrás del público, porque, si no, ¿qué iban a representar?

En el escenario, la anciana sacudió la tinaja de veras. Algo repiqueteó dentro y sus dos hijos cayeron de rodillas y se abrazaron a sus piernas. Lo que salió de la tinaja fueron judías secas, y el público estalló en carcajadas. Asui también rio. En mitad de la risa volvió a acordarse de la viga de la casa vieja y sintió que algo se le encogía un poco por dentro. Se palpó la manga. El monedero seguía allí, bien seguro. No había ninguna tinaja ni nadie arrodillado para disputársela.

En un puestecillo junto al teatro vendían pájaros moldeados en masa. Asui se encaprichó de uno con la cabeza ladeada y preguntó si podía cambiarle las alas por unas menos rojas. El niño del puesto le tendió otro pájaro. Gu Qin se burló de ella y le preguntó si lo compraba para enseñárselo a Huangdou. En cuanto el perro oliera la masa, le comería media cabeza. Solo entonces devolvió el pájaro. Dijo que lo quería para Fang Xiao, aunque sabía que Fang Xiao jamás había visto aquel pájaro y que solo ella había pasado tanto rato mirando los dos.

Al actor que hacía de hijo menor se le olvidó de pronto el parlamento y le pidió a la anciana madre que siguiera ella. Quien hacía de madre abrazó la tinaja y, remedando la voz de una anciana, dijo que ya era vieja y no se acordaba. Le preguntó al hijo por dónde iba. El público volvió a reírse y el hijo menor se salió del papel de tanta risa. Se agarraba la barriga y durante un buen rato no pudo seguir cantando. Asui se rio hasta darse una palmada en la rodilla. Dio justo donde le dolía y aspiró con fuerza. Gu Qin se apresuró a sostenerla, pero Asui se agarró a ella para que no se fuera y le dijo que esperaran al final del acto.

Antes de que terminara la función, Gu Qin tuvo que volver al puesto. Aquel día había vendido poco y, si seguía sin trabajar toda la tarde, el dinero para comprar agujas pasado mañana tendría que salir del capital. A Sui se sintió algo decepcionada, pero no volvió a decir que ya que habían llegado hasta allí debían quedarse. Caminaron juntas hasta la cabecera del puente; Gu Qin tomó hacia el este y ella hacia el oeste. En el río había una barquita cargada de tinajas. El barquero iba moviendo las vacías una tras otra, con un ruido que parecía el de un grupo de personas tosiendo en voz baja.

Asui recorrió media calle más junto al río y vio a alguien que vendía retales. Escogió uno azul, más claro que la chaqueta de invierno de Xu Shen y más vivo que el viejo paño de guardar las agujas. Lo midió y daba justo para cambiar los dos puños. Costaba dieciocho wen. Ella ofreció diecisiete, pero el vendedor no aceptó y desplegó la tela para enseñarle el orillo intacto. Después de regatear un buen rato, acabó comprándola al precio que le habían pedido. Al llevarla en la mano, sintió en la cara más calor aún que durante la función.

Al volver a la entrada del callejón, Xu Shen ya la estaba buscando. Ese día había acabado temprano las puertas de un armario y, al regresar y ver que faltaba el bastón de su madre, pensó que le había vuelto a doler la rodilla y había ido sola a la botica. A Sui alzó la tela azul para que la viera, pero él se fijó primero en el barro que llevaba en los pies. Dijo que junto al río soplaba mucho viento y preguntó cómo era que nadie la acompañaba.

«No me dejaron allí tirada», dijo. Xu Shen se quedó atónito. A Sui se guardó la tela entre la ropa y cruzó el umbral por su cuenta. La rodilla sí le dolía, porque había pasado mucho rato de pie viendo la función, y a medio paso tuvo que agarrarse a la puerta. Xu Shen le tendió la mano y ella no la apartó. Una vez bien sentada, volvió a sacar la tela y la extendió para enseñársela.

Xu Shen dijo que el color era bonito. Su madre preguntó si sería demasiado juvenil para unos puños. Él dijo que no y enseguida añadió que, si a ella le gustaba, estaba bien. A Sui lo miró de reojo, molesta de que hablara como quien intenta venderle tela a una clienta. Le dio la vuelta al puño de su blusa vieja para que lo viera. En la parte desgastada se superponían las capas. Antes aún podía echarle otro remiendo, pero ahora, si lo hacía, sería como llevar dos aros rígidos en las muñecas.

Aquella noche tenía la rodilla más hinchada que el día anterior. Xu Shen calentó agua y le fue cambiando los paños calientes. Se enfriaban enseguida y hasta las manos de él blanquearon de tanto mojarlas. Asui temió que volviera a decirle que no debía haber salido y se adelantó a decir que ese día había andado poco, que lo que había durado demasiado era la función. Xu Shen, sentado al borde de la cama, miró el lado gastado en diagonal de la suela de su madre y no respondió. En el patio, Fang Xiao preguntó si al final había actuado el mono y, al oírla, su madre fue la primera en soltar una carcajada.

Al día siguiente, el médico Qi volvió a decir que era la dolencia de siempre. Estar en un cuarto templado y exponerse menos al frío le sentaría bien, pero no podía revertir de golpe el desgaste de tantos años. Fang Guiniang dijo que a su hermana mayor le pasaba lo mismo, que estaba bien tres días y mal dos, y que convenía no alejarse mucho en cuanto mejorara. A A Sui siempre le había molestado que la pusieran en el mismo grupo que los enfermos. Ahora, con dos preparados medicinales de doce monedas en la mano, de pronto solo se sentía cansada y sin fuerzas para llevar la contraria.

Du Yin le lavó la tela nueva y la tendió al abrigo del viento. Asui dijo que haría ella misma los puños, que nadie tenía que tomarse el trabajo. Du Yin le prestó las tijeras y le dio una aguja de ojo grande, dejando la labor en sus manos. Asui intentó enhebrarla dos veces con el hilo fino y en ninguna acertó. Pasó al hilo grueso que Chen Sheng había enhebrado la noche de la nevada. A la tercera puntada el hilo ya empezaba a deshilacharse junto al ojo.

Fuera de la ventana, la luz del sol se desplazaba palmo a palmo. Cortó primero la manga derecha y luego la izquierda, pero cortó esta última al revés. Al superponer las dos piezas vio que al lado que ya era estrecho le faltaba medio dedo y que no había manera de dejarlas idénticas. Se quedó sentada largo rato. Al fin sacó el hilo y estrechó un poco también la derecha, sacrificando una franja azul. Ella misma había elegido aquel color y ahora le tocaba verlo desaparecer bajo sus propias tijeras.

Du Yin le dejó un platito de brotes de soja aliñados. A Sui los probó y dijo que llevaban demasiado vinagre. Du Yin tomó unos cuantos con los palillos y dijo que a ella le gustaban así. Cada una se sirvió la mitad en su cuenco. A Sui añadió una cucharadita de agua tibia y el sabor se suavizó. Iba a aconsejarle a la joven que comiera menos cosas ácidas, pero se lo pensó, se ahorró el comentario y señaló el borde de la tela para preguntar si debía dejar margen para dos puntadas más. Du Yin le puso las dos mangas una sobre otra para que las viera, sin aprovechar para devolverle el plato de brotes.

Cuando Xu Shen volvió por la noche, vio la mesa llena de cabos de hilo y quiso acercar la lámpara. Ella levantó la cabeza y le preguntó si otra vez quería hacerle el trabajo. Él dijo que todavía no sabía coser mangas un carpintero. Asui lo regañó recordándole que, de pequeño, se le había roto la entrepierna del pantalón y la había atado con un cordel hasta dejarla como una bolsita. Al acordarse de aquello, los dos se rieron sin poder parar. A ella se le saltaron las lágrimas y alzó la mano para frotarse los ojos. Su hijo se apresuró a detenerla, pues aún tenía la aguja entre los dedos.

Los puños no habían quedado iguales. Cuando se probó la prenda y alzó la mano derecha, por ese lado asomaba una tira de tela azul más que por el izquierdo. Du Yin dijo que aún podía arreglarlo. A Sui lo pensó y dijo que de momento lo dejaría así. Fang Xiao dio vueltas a su alrededor, repitiendo que le gustaban las mangas nuevas, y le preguntó si podía darle la tira azul que había sobrado para hacerle un collar al gato dibujado en el suelo. A Sui guardó un trocito y le dio el resto. La niña se alegró como si de verdad tuviera un gato.

Dos días después se le deshinchó la rodilla, pero A Sui no fue enseguida al río. Apoyó el pie en un taburete bajo y oyó que Gu Qin la llamaba desde fuera. Esta vez Gu Qin iba a abastecerse de agujas. Dijo que volvería en una hora y preguntó si se llevaba una moneda para comprarle una. A Sui dijo que no, que aún tenía agujas en casa, y le preguntó en cambio si al volver podía decirle si habían trasladado el cobertizo del teatro junto al puente. Gu Qin se lo prometió y se alejó deprisa, con los zapatos de tela repiqueteando sobre las piedras.

A Sui se sentó bajo la ventana y miró las hojas de las cebolletas, mitad al sol, mitad a la sombra. Antes siempre había creído que, al mudarse a la ciudad y tener un cuarto más cálido, la rodilla también mejoraría. Ahora el calor era real, y el dolor también. Sin su hijo en casa no le faltaba ni un dedo de sitio donde sentarse, aunque, cuando se retiraba el sol, aún tenía que ser ella quien recogiera primero aquella pierna.

Al mediodía, Xu Shen le había llevado un cuenco pequeño de arroz con unas verduras de hoja y, al salir, le dijo que quizá fuera a casa de los Liu a recoger por última vez los recortes de madera. Ella le dijo que bien. Al caer la tarde volvió a tapar el arroz por costumbre y se resistió a empezar a comer. El puño de la manga azul tocaba el borde del cuenco y el vapor le había oscurecido un poco la tela. Se acordó de aquella tinaja vacía para los frijoles en la obra de teatro. De pronto apartó con los palillos la tela que tapaba el cuenco, pero solo comió dos bocados y volvió a cubrirlo.

Huangdou dormía echado en la luz de la ventana, con la punta del hocico estremeciéndose a ratos. Aquel día no se había acabado la comida y las gachas que quedaban en el fondo del cuenco iban formando una película. A Sui apartó un poco el cuenco para no atraer hormigas y le acarició detrás de la oreja. Huangdou abrió los ojos. Una leve neblina gris le velaba la mirada, pero todavía reconoció aquella mano y apoyó la barbilla en la manga azul recién cosida. Ella lo dejó estar.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Aquella habitación orientada al sur
  2. La nieve llega al umbral
  3. El tercer cuenco
  4. Antes de que cayera la puerta
  5. Letras negras en la encrucijada
  6. La puerta de la ciudad por la tarde
  7. El fuego prestado del patio
  8. Una puerta de igual valor
  9. La puerta a la que no llamaron al mediodía
  10. El letrero quedó vuelto hacia otro lado
  11. Un par de manos junto al cesto de costura
  12. El agua del deshielo se filtra por el muro sur
  13. Un asiento para volver al pueblo
  14. Una división de la regla que pasó inadvertida
  15. La mano bajo la puerta
  16. Lo que su madre dijo por él
  17. El puesto de té, lleno de madera para una puerta
  18. El atajo por el que no pasa el carro
  19. ¿De quién es el patio trasero?
  20. Una carga al hombro, dos cuerdas
  21. Daxiu se llevó la olla
  22. El taburete en el que nadie se sentó
  23. ¿Quién comprometió la casa vieja?
  24. Poner la puerta nueva bajo la lluvia
  25. La habitación que aún no ha dejado
  26. El peine que quedó en el taller
  27. El cartel no lleva el nombre de nadie
  28. Un cuarto cálido no es un remedio
  29. Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón
  30. El cesto de las agujas que no se vendió
  31. El puesto de té encontró su propio ritmo
  32. El trato por la madera de la montaña
  33. ¿De manos de quién aceptar la carga?
  34. Una olla de arroz que no tiene que enfriarse primero
  35. Reparar la puerta para los vivos
  36. Hasta dónde ha bajado el sol

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