Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua
Almuerzo en el callejón de las Tejas
Ku Wuji · Creación con IA · 11869 caracteres · Aproximadamente 13 minutos
La primera vez que Yao Jia fue a casa de los Yu fue el día catorce del quinto mes. El almacén fresco quedaba detrás del embarcadero, pero la casa estaba al sur, en el Callejón de las Tejas, después de rodear un patio donde tendían telas. Siguió las indicaciones y, al llegar a la puerta, lo primero que vio fue a Liang Baishun en cuclillas arreglando un taburete. Sin levantar el brazo derecho, lo sujetaba con la rodilla y, con la izquierda, iba metiendo una lámina de madera en la juntura floja. Al verla, sonrió y le dijo que no se apresurara a sentarse, que aquel taburete aún no había perdido las malas mañas.
Dentro había una mesa de comer, varios cuencos de distinta altura a ambos lados y dos paños viejos, recién lavados, secándose bajo la ventana. Yu Erniang cortaba verdura junto al fogón. Al oír el saludo, le dijo que empujara ella misma la puerta interior y que no dejara que el medio taburete de Liang le cerrara todo el paso. Yao Jia pensaba hablar del dinero nada más entrar, pero, al ver que Yu tenía las manos empapadas, guardó en el fondo del cesto la nota que traía y preguntó primero si había algo que lavar.
Yu Erniang le pasó una cesta de verduras. Se ahorró el «no hace falta» de cortesía y siguió ocupándose del resto de la cocina. Yao Jia las lavó junto a la puerta. Cuando el agua rebosó de la palangana, Liang Baishun se apresuró a apartar las tablillas que acababa de encajar. Dijo que bastante le había costado reunirlas aquel día, a ver si ahora se las dejaba blandas con tanto lavarlas. Desde dentro, Yu Erniang le contestó que, si el taburete de verdad aguantaba a alguien sentado, qué tenía que temer de una palangana de agua. Él se rio sin responder, se cambió la tablilla de mano e intentó sujetársela detrás de la oreja. No se sostuvo y le volvió a caer sobre la rodilla.
Yao Jia se rio con ellos. Aquella risa breve no formaba parte de lo que había preparado antes de venir. Hasta se olvidó de bajar primero la voz, como si quien viene a reconocer una falta tuviera que quedarse muy formal, sentado en la entrada. Cuando acabó de lavar, Liang Baishun le señaló un taburete bajo y firme. Lo había reparado él dos años atrás y, aunque no era bonito, aguantaba bien. Ella se sentó donde le indicó y solo entonces sacó la nota del fondo del cesto.
La noche anterior, el barco que subía el río había llegado primero a casa de los Yu. Habían contado los trescientos cuarenta y seis de la indemnización. En el comprobante de la casa de comercio figuraban noventa y seis y Lu Yan había adelantado doscientos cincuenta. Yu Erniang cobró cada importe según su comprobante y se quedó con una copia. La carta para Yao Jia llegó después. Lu había contado con todo detalle lo sucedido antes y después de aquella noche. Al terminar de leer, lo primero que recordó fue que se había parado a la puerta del almacén para preguntar si les quitaban sitio, y que nada más preguntar se había ido con él.
Sacó setenta wen y los dejó en la mesa. Yu Erniang levantó la vista y dijo que el día anterior ya le habían pagado toda la indemnización. Yao Jia respondió que lo sabía, que no quería hacerle cobrar otra cantidad. Pero el hecho de que Lu Yan no hubiera explicado bien las fechas no borraba de la noche que ella recordaba aquella pequeña pregunta que le había faltado hacer. Quería poner ella esos setenta.
«¿Cómo has calculado esos setenta?», preguntó Yu Erniang.
A Yao Jia se le encendió la cara al oírlo, pero no echó mano de las razones que ya se sabía de memoria. Dijo que la cifra no estaba fijada de antemano en ningún acuerdo. Le había dado vueltas y, si no aportaba nada, al volver a casa se quedaría con el beneficio y diría que toda la parte difícil que les había tocado a los demás era cosa de la casa de comercio. No sabía si a la otra mujer le parecería bien. No había venido a que le dijera sin más que se portaba con lealtad. Estaba dispuesta a poner aquello sobre la mesa y escuchar.
La señora Yu no contó el dinero enseguida. Primero le tendió el desglose de gastos que había dejado preparado la noche anterior y le pidió que lo leyera desde el principio. La rebaja respecto al precio original, el flete extra y el nuevo atado de los fardos tenían cada uno su partida. La compensación ya estaba completa y no se podía sumar más de ese lado. Al acabar de leer, Yao Jia preguntó si podía mandar el dinero de vuelta a la casa comercial para reembolsar con su parte lo que Lu Yan había adelantado. La señora Yu respondió que eso tendría que aclararlo con quien tramitara el pago. Ella podía volver a firmar en la casilla que daba la compensación por completa. Que los Yao aportaran su parte no haría que más adelante dijera que aún le debían otras setenta monedas.
Una vez añadida la nota en el papel, los setenta wen volvieron a manos de Yao Jia. Los envolvió sin esconderlos en el paquete del depósito por la devolución de los utensilios. Era dinero contante que había guardado haciendo artículos con materiales viejos y vendiendo vinagre a granel. Más adelante le permitiría pagar una pequeña parte menos de la reparación del alero; lo había calculado, y aun así quería aportarlo de aquella manera. Yu Erniang la observó volver a atar el nudo y solo entonces suavizó un poco la voz. Le dijo que no hiciera que el mensajero recogiera únicamente un paquete de dinero: debía escribir a quién devolvía el adelanto, para que, al cruzar el río de boca en boca, un asunto claro no volviera a deshacerse.
Liang Baishun terminó de arreglar el taburete y se sentó a probarlo. Balanceó los pies un momento y quedó muy satisfecho. El arroz acababa de hacerse. Yu Erniang trajo las verduras y le preguntó a Yao Jia si había comido. Dijo que no. Pensaba terminar pronto de hablar y marcharse, y le daba apuro que tuvieran que poner otra ración. Liang Baishun ya estaba sacando un cuenco. Si no se podía añadir ni ese poco de arroz, dijo, tampoco habrían dejado que lavara aquella cesta de verduras. ¿Cómo iban a hacerla venir con el estómago vacío a arreglarles el umbral?
Se quedó a comer. El arroz llevaba judías y en la mesa había un plato de cortezas de melón salteadas que olían de maravilla. Yu Erniang las había cortado gruesas para comerlas en casa, sin igualar las tiras como cuando las mandaba a las casas de comidas. Yao Jia probó un bocado. Las cortezas crujían. Preguntó si había que ponerlas otra vez al sol. Yu Erniang contestó que en casa se las comían con el secado que llevaran. Aquel día corría buen aire y se las comían así. Yao Jia quiso preguntar cómo las preparaba, pero oyó que Liang Baishun ya estaba hablando de las patas del taburete y volvió a llevar los palillos al cuenco.
Liang Baishun dijo que hasta en un taburete al que le faltaba una pata se podía uno sentar si lo arrimaba a la pared. Yu Erniang se rio y le dijo que ya iba siendo hora de que se sentara él contra la pared, en vez de llevar a cada visita a sentarse en el roto. Conversaban desde los dos extremos de la mesa y cada uno sabía cuándo el otro estaba bromeando, sin tener que esperar al final de la frase para ver si se había enfadado. Con un bocado de verdura entre los palillos, Yao Jia sintió de pronto un poco de envidia. Sabía que también habían pasado sus apuros. Lo que la hacía envidiarlos era pensar que ella y Lu Yan, por ahora, parecían tener que tantear el terreno antes de cada frase.
Yu Erniang la vio detener los palillos y le preguntó si el arroz estaba duro. Ella negó con la cabeza y dijo que estaba rico. La otra dejó de estar pendiente de ella y se sirvió también media cucharada. El que ese día hubiera venido alguien a hablar de errores del pasado no convirtió la comida en otro interrogatorio sobre lo que estaba bien o mal. Liang Baishun fue cogiendo despacio las habas con los palillos en la mano izquierda. Se le cayeron dos veces y, al final, cogió una cuchara. Fue el primero en reírse y dijo que esta vez las habas no habían llegado a conocerle la mano.
Después de comer, ella ayudó a recoger los cuencos. Liang Baishun se quedó junto a la ventana, puliendo una pieza de madera muy fina. Yu Erniang explicó que aquello no era para vender. Se le había metido en la cabeza tallar un muñeco que diera volteretas para los niños que veían los números de variedades en la bocacalle, y hasta el día de hoy solo había conseguido que se quedara boca abajo. Yao Jia se acercó. En la pieza de madera había, en efecto, dos piernas torcidas. Al tirar del hilo, la cabeza dio primero contra la mesa, sin rastro de voltereta.
Ella soltó una carcajada, pero Liang Baishun dijo muy serio que el problema era el centro de gravedad y no las piernas. Volvió a probar, y la figurilla cayó otra vez de bruces. Él tampoco pudo contener la risa. Le pidió que preguntara por él al carpintero He, sin traerlo para que le hiciera el trabajo. Solo quería consultarle cómo repartir el peso. Ella accedió. A su lado, Yu Erniang le puso a la figurilla de madera un cinturón de papel para taparle de momento la cintura que él había dibujado mal. Liang Baishun le dijo que hasta de eso tenía que ocuparse, y los dos volvieron a reírse.
Yao Jia recordó aquel caballo de bambú roto y preguntó de pronto si se acordaban de que a su madre también le gustaba ver espectáculos de variedades. Yu Erniang dijo que cómo no iba a recordarlo. Una vez, para llegar a la última función de Hekou, Xinniang se negó a preparar dos tinajas más de verduras que los Tan le pidieron a última hora. Ya había acordado hacer solo lo previsto. Cuando los Tan insistieron, tapó la olla y se marchó con su hija. Al mencionar a la hija, miró a Yao Jia y preguntó: ¿de verdad tú misma lo habías olvidado?
Se quedó perpleja un instante y poco a poco recordó aquella noche. Su madre había comprado dos tortas calientes y, como temía que entre tanta gente la niña no viera, la había alzado hasta una piedra. Entre los empujones perdió un zapato y solo lo encontró a la vuelta. Antes, Yao Jia recordaba las tortas calientes, el caballito de trapo y la risa de su madre con un zapato menos. Después, cuando hablaba de lo mucho que su madre había trabajado, era como si de ella solo quedaran dos manos que no paraban en toda la noche.
Preguntó si aquella vez habían dicho de su madre que era difícil tratar con ella. La señora Yu se rio y dijo que claro que sí. Luego, en Año Nuevo, volvieron por sus verduras y a nadie se le vio morir de hambre. Pasada la risa, dijo también que Xin-niang sí había acabado rendida aquellos tres últimos años y que ella, que se había beneficiado de su ayuda, tampoco había insistido entonces hasta averiguar qué parte le correspondía. Lo dijo despacio, sin volver a sacar a relucir los días en que le habían mandado arroz y carbón. Yao Jia tampoco aprovechó para pedirle que respondiera de antemano por todas aquellas familias.
Alguien vino a pedir prestada una pértiga de carga. Liang Baishun respondió, se levantó y le llevó la que estaba en buen estado, quedándose con la agrietada. Al verlo, Yu Erniang le dijo que las cambiara, y añadió que el otro llevaba poca carga y que, cuando devolviera la buena, tuviera cuidado de que nadie se la llevara por error creyéndola suya. Él asintió dos veces, con evidente prisa por volver a ver aquel muñeco que solo sabía quedarse boca abajo. Yao Jia los vio pendientes cada uno de sus pequeñas cosas y comprendió que tampoco debía llevarse a casa lo que había oído aquel día para concluir que, a fin de cuentas, nadie lo había pasado tan mal.
Al despedirse, no volvió a preguntar si seguirían yendo a buscar las verduras de los Yao. Pensó que, una vez que las dos partes hubieran hecho lo que les tocaba esta vez, si de verdad querían más podrían pedírselo directamente. Yu Erniang la acompañó a la puerta y le señaló otro camino con más sombra. Le dijo que no diera la vuelta por el almacén, porque por la tarde pasaban muchos carros. Yao Jia tomó nota y añadió que preguntaría por cómo repartir el peso del muñeco de madera. Liang Baishun la oyó desde dentro y se apresuró a pedirle que no dejara que el carpintero se riera de él por llevar tantos años sin aprender todavía a mantenerse en pie.
Fue primero al puerto local y entregó al mozo Yan los setenta wen con un justificante que explicaba el pago. Adjuntó una nota breve para Lu Yan: «Esta es mi parte. No hago como si no supiera lo que ocurrió aquella noche. Recupera lo que adelantaste y no hace falta que vuelvas a mandarlo». Yan recibió la suma exacta, extendió un recibo y dijo que saldría en el barco de ese día río abajo. Como pronto, llegaría a Yuepu la noche siguiente. Al recibir su copia, ella sintió por fin que aflojaban un poco los hombros, que llevaba tensos toda la mañana.
Al atardecer del quince, calculó que, si todo había ido bien, el paquete de dinero ya habría llegado a Yuepu. La respuesta tendría que remontar el río otros tres días. Ella no fue a meter prisa al muelle cada mañana. Siguió sirviendo vinagre a los clientes habituales, les preguntó para qué plato lo querían y les ofreció probar primero tanto el de la tinaja suave como el de la fuerte. Hablaba menos que los días anteriores y sus manos no se apresuraban si el cliente no la elogiaba enseguida. Gao Jiang vino a pedirle prestado un platillo. Mientras lo buscaba, le habló del muñequito de Liang Baishun que caía de cabeza. Gao Jiang se rio tanto que tuvo que sujetarse al mostrador. Que por nada del mundo se lo enseñara a Xiao Geng. Si el niño aprendía aquello, a saber cuántas patas de madera tendría ella que ir a recoger como cadáveres.
Después de comer, fue a la puerta del carpintero He para preguntarle por aquel problema de equilibrio. El carpintero estaba afilando la cuchilla del cepillo. La escuchó sin reírse, tomó un retal de madera para mostrarle cómo hacerlo y le dijo que se lo llevara a Liang para que probara él mismo, procurando que la parte de arriba no le quedara más pesada que los dos pies. Ella se tomó en serio la indicación. Al volver al callejón con la madera, oyó a lo lejos un fragmento algo desafinado de un canto de barqueros. Cuando llegó al punto donde antes se quebraba la voz, esta vez bajó el tono y siguió despacio.
Se quedó un rato de pie y guardó el retal de madera en el cesto con una sonrisa. La tienda de los Yao aún no había cerrado. La lámpara junto al mostrador iluminaba la esquina de un papel nuevo. Al volver, anotó cuántos platillos había prestado, pero al lado dibujó un muñeco que solo sabía agachar la cabeza. Le salió más torcido aún que el de Liang Baishun. Lo miró un instante y le añadió dos pies muy anchos. Esperó a que secara la tinta y solo entonces cerró con suavidad el cuaderno.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.
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