Ir al contenido principal

Buscar en CooLWJ

选择搜索范围,输入关键词后按回车。

Idioma

Un volumen en las manos

Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua

El vaho de la boca de la tinaja

Ku Wuji · Creación con IA · 10894 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Xiao Geng dijo que la manga era demasiado corta. Levantó el brazo y se le vio un trozo de barriga. Yao Jia volvió a sentarlo en el taburete y le preguntó cuántos cuencos había dejado de tirar gracias a las mangas tan largas que llevaba antes. El niño no respondió. Siguió mirando hacia donde se había ido aquel hombre y de pronto preguntó: «¿Viene de donde están peleando la guerra?».

«Se dedica a llevar mercancías». Yao Jia cortó con los dientes el último hilo.

«¿Y por qué tiene la cara tan oscura?»

Había pensado decirle que su padre tampoco volvía precisamente blanco de recoger las redes en el río, pero al levantar la vista vio que el niño esperaba de veras una respuesta. Era pequeño y todo lo que venía de lejos traía consigo un brillo un poco temible. Le dijo que era de tomar el sol en el barco. Xiaogeng se tocó entonces la punta de la nariz, como si la luz del sol pudiera guardarse en una jarra igual que el vinagre y solo pudiera traerse de vuelta haciendo un viaje. Iba a preguntar más, pero Gao Jiang entró por la puerta y lo agarró por detrás del cuello de la ropa. Él la llamó primero, «mamá».

Gao Jiang tenía almidón en las manos y cogió la prenda con dos dedos limpios. Miró los puños y dijo entre risas que estaban perfectos, que así de cortos no podría mojarlos en el cuenco. Xiao Geng protestó y siguió alzando los brazos. Yao Jia se contuvo la risa y le estiró el bajo de la ropa. El niño salió corriendo a jugar y se hizo el silencio en la entrada. Aquel pedacito de pared que la ropa ya no tapaba pareció de pronto mucho más vacío que cuando estaba colgada.

«¿De los Lu?», preguntó Gao Jiang.

Yao Jia dijo que sí. Gao Jiang llevaba menos tiempo viviendo en el callejón y solo conocía el nombre de oídas. Se asomó a ver la jarra de barro basto que acababa de vender y dijo que siempre era bueno que volviera la gente, que de noche aquella casa abandonada quedaba oscura como si le faltara un ojo. Sin preguntarle a Yao Jia si estaba contenta, ya se había recogido la ropa exterior y se había plantado junto a la pila de piedra del patio trasero. El sol iba girando. Había que limpiar bien las dos tinajas de encurtidos de la pila mientras quedara luz, o al dejarlas secar hasta el día siguiente se les pegaría otra capa de polvo.

Yao Jia entró tras ella y le tendió un paño. El agua de la pila de piedra estaba fría. Si dejaban mucho rato las manos dentro, se les abrían las grietas finas de las yemas, así que lavaban un poco y cambiaban de mano. Gao Jiang limpiaba el borde por fuera y Yao Jia la pared interior. Parecía que cada tinaja abarcaba medio cuerpo de una de ellas. Yao Jia dijo primero que ese día solo eran aquellas dos, que no se pusieran a lavar cada vez más, como la última vez. Gao Jiang replicó enseguida que se acordaba, que aún tenía que ir a recoger ropa al almidonador y que ella no era la diosa tutelar de su casa. Rieron cada una al otro lado de la boca de su tinaja. Las paredes de barro devolvieron un eco apagado.

Cuando Ruan Xin vivía, aquellas risas solían llegar pronto. A su madre le gustaba ser la primera en hablar mientras trabajaba. Bastaba que alguien trajera arroz a la puerta para que ella le sacara en qué casa se había vuelto a soltar el perro de camino. A veces, con todo el mundo en la casa tan ocupado que apenas tocaba el suelo con los pies, eran precisamente esas menudencias las que los sostenían hasta la hora de comer. Ahora, cuando se acercaba el mediodía y Yao Jia oía a alguien a mitad de una frase, se le aceleraban las manos sin querer, por miedo a hacer esperar a la gente. Para cuando quería intervenir, ya estaban hablando de otra cosa.

Gao Jiang le preguntó si quería sacar también la tinaja del fondo. Al verla negar con la cabeza, la dejó donde estaba. Yao Jia, sin embargo, la miró de reojo. El borde tenía una franja oscura de tantos años de roce con las uñas de su madre. Ya habría debido cambiarla, pero el barro seguía sin agrietarse y le parecía que aún servía. Sabía qué tinajas viejas dejaban filtrar el agua y cuáles no conservaban el sabor aunque se sellaran dos veces. Solo con aquella se le iba siempre primero la mano hacia otra parte.

Delante, alguien golpeó el mostrador con un cuenco, y las dos tuvieron que dejar lo que estaban haciendo. Era un dependiente de la tienda de fideos en caldo que acababa de abrir. Traía en una cesta de bambú un cuenco de fideos que ya se habían apelmazado. Se apellidaba Chen. Como era la primera vez que venía, se apresuró a dar el nombre del negocio. Dijo que el dueño le había encargado que llevara menos de medio cuenco de vinagre para probar. Con la llegada del verano querían un caldo más ligero y no podían echarle tanto como el año anterior al guiso de cordero.

Yao Jia sacó una cucharada de la tinaja de vinagre añejo y le pidió que lo probara él mismo. El ayudante aspiró, tragó y dijo primero que el vinagre era bueno. Luego añadió que esta vez lo querían un poco más suave. Al oír lo último, a ella se le quedó la cuchara de bambú en la boca de la tinaja. El vinagre había pasado un invierno entero allí. La aspereza se había asentado, al principio recogía la boca y al final dejaba el dulzor del arroz. Ella lo había esperado mucho tiempo. Aquel «un poco más suave» le sonó a que le pedían sacar a cucharadas precisamente lo que más había valido la pena esperar.

«Según cuánto caldo echéis, ponedle un poco menos de vinagre», dijo ella.

El dependiente explicó que su patrón ya había hecho la prueba. Con menos vinagre se perdía aquel toque de aroma, y con más quedaba tapado el sabor de los brotes frescos de bambú. Yao Jia miró los fideos que había traído. Solo se veían unas hebras blanquecinas de bambú y el aceite del caldo ya se había cuajado en el borde del cuenco. Le preguntó cuánto había tardado en llegar. Él dijo que había dado la vuelta por la noria del extremo este, casi media hora. Ella acabó por reírse y dijo que, con un cuenco que llevaba así tanto rato, ningún vinagre le sentaría bien. El dependiente se rio también, aunque encogió un poco los hombros, como si entre risas le hubieran señalado una falta que no le correspondía remediar.

Al marcharse, compró solo dos wen de vinagre, en vez de la media jarra de la que había hablado al principio. Yao Jia dejó el cucharón de bambú en su sitio, convencida de que le había dado la cantidad justa y de que no se había equivocado al hablar. A su lado, Gao Jiang olió lo que quedaba en el cuenco y se empeñó en sacar un bocado con los palillos. Los fideos estaban fríos y tan pegajosos que los palillos no se separaban. Cuando acabó de masticar, dejó el cuenco delante de Yao Jia y dijo que el vinagre era bueno, y que del sabor del bambú tierno tampoco quedaba rastro.

Yao Jia la miró. Gao Jiang levantó enseguida la mano, con un poco de almidón aún en los dedos, y dijo que solo se había comido ese bocado, que no estaba regateando por el dueño. Yao Jia no se enfadó. Tomó los palillos y probó. Al primer bocado recordó la sopa de brotes de bambú de invierno y huesos de cordero que hacía su madre. Recordó cómo, en los días de mucho frío, cerraban la puerta y el aroma a vinagre se imponía al olor de toda la ropa húmeda de la casa. Era el calor que más le gustaba. Se tragó los fideos sin decir que en verano debieran saber igual. Los palillos repicaron suavemente dos veces en el borde del cuenco.

Gao Jiang tenía prisa por irse. Llevó a Xiao Geng hasta la puerta y se volvió para preguntar si por la noche quería comer arroz con frijoles con ellos. Yao Jia dijo que todavía tenía dos tinajas por sellar y que seguramente acabaría tarde. Gao Jiang le respondió que, aunque llegara tarde, habría comida, que no esperara a ponerse a cocinar para ella sola, y se llevó al niño de la mano. Nadie se quedó a ayudar a Yao Jia a sellar las tinajas. De pronto sintió un pequeño vacío y, como le daba vergüenza decirlo, se agachó a escurrir otra vez el paño que acababa de lavar.

Al atardecer, Yao Lan trajo un platillo de verduras crujientes. Su tía llevaba también unos zapatos nuevos hechos para ella. Nada más entrar se sentó, estiró los pies por debajo del taburete y dijo que había recorrido medio mercado del Este y que de tanto oír precios le dolía la cabeza. Yao Jia se fijó en la orla fina del empeine y preguntó si aquel color no se ensuciaría enseguida. Yao Lan se recogió los zapatos en el regazo y dijo que, cuando se ensuciaran, los lavaría. ¿Es que solo se merecía andar toda la vida eligiendo los que mejor resistieran el barro? A Yao Jia le entró la risa y los tocó. El cuero era suave de verdad.

Su tía probó un sorbo de vinagre y dijo que la tinaja de aquel año tenía el sabor de lo que hacía antes la señora Xin. Yao Jia se alegró al oírlo y se apresuró a servirle un poco más. Pero Yao Lan hizo un gesto con la mano y dijo que no iba a comer carne grasa para cenar y que tampoco hacía falta probar la tinaja entera. Siempre hablaba así de su madre. Primero venía el elogio y luego una frase que lo dejaba a medias. A veces Yao Jia pensaba que le bastaba con oír el principio. Aquel día, al mirar la media cucharada que su tía no le había aceptado, se acordó de los fideos de hacía un rato.

Yao Lan sabía que había vuelto alguien de los Lu y preguntó cómo andaba de salud Lu Zai. Yao Jia respondió que, según él, todos estaban bien. Su tía dijo que entonces quizá no estuvieran del todo bien. Qué hijo que ha salido de su tierra iba a contarles a los vecinos de antes lo que sufrían sus padres. Mientras hablaba, se puso los zapatos nuevos para probarlos de pie. El izquierdo le apretaba un poco. Dio dos pasos con cara de que no pasaba nada. Yao Jia lo vio y no la descubrió enseguida. Se limitó a apartar la cesta de bambú de la puerta para dejarla andar un poco más.

De pronto su tía dijo que, ya que había vuelto, estaría bien verlo. De espaldas a ella, Yao Jia juntó en un manojo los cabos sueltos de la cesta de bambú y respondió que ya lo había visto aquel día. Yao Lan se rio. Ella solo había preguntado por los vecinos de antes, a ver quién era la que había pensado enseguida en otra cosa. Yao Jia se volvió, dispuesta a replicar, pero vio que su tía aplastaba a escondidas el talón del zapato con el pie y acabó diciéndole que se los quitara, que no se destrozara los pies por lucirlos. Las dos se rieron y ahí quedó la conversación.

Después de comer, cerró la tienda. El olor a vinagre se asentó y del suelo subió un fresco húmedo. Yao Jia llevó el cuenquito del fogón al mostrador y sacó el libro de cuentas antiguo, envuelto en tela azul. Cuando lo recibió de manos de su madre, el cordón ya se había roto una vez del desgaste. Ella lo había sustituido por uno nuevo, pero guardó el hilo original. No servía para nada. Al quitarlo, su madre dormía. Como no le había preguntado dónde tirarlo, lo había conservado todo aquel tiempo.

En el viejo libro de cuentas había varias caligrafías. Las primeras páginas eran de su padre, en columnas finas. Las de en medio eran de su madre, que a menudo metía medio carácter en el renglón de arriba. Ella había seguido después, con números más grandes y una pausa cada vez que tenía que escribir «赊», a crédito. Sabía leer los trazos que usaban en casa, pero a menudo, pasados unos años, no distinguía si una partida se había compensado ya o si solo se había prometido compensarla. Dos días antes, cuando el carpintero He vino a ver el tejado y dijo que harían falta unos cuantos maderos más, había pensado en poner el libro en orden. Al oír a Lu Yan hablar de pronto de las cuentas antiguas, recordó que las de su familia, en efecto, figuraban allí.

Pasó a aquella página. El borde del papel tenía manchas de vinagre y dos agujeros viejos cosidos con cordel fino. Debajo de «青梅二担» («dos cargas de ciruelas verdes») habían añadido unos apuntes en letra pequeña, apretados a un lado. Nadie había olvidado anotarlos ni los había raspado para borrarlos. Acercó la lámpara y reconoció el carácter «退» («devolución»). Luego sacó el recibo de la madera que estaba guardado detrás. Al poner juntos los dos papeles, vio que entre sus fechas había caído precisamente aquella lluvia de entonces.

Durante sus últimos tres años, cada vez que Ruan Xin acababa de preparar la verdura que le traían los vecinos, buscaba primero sus nombres entre las familias anotadas alrededor de aquella página. Cuántas monedas costaba la sal, qué día volverían las tinajas vacías, todo constaba con claridad. Al llegar a su trabajo, solo ponía «hecho». Yao Jia le había preguntado por qué no anotaba cuánto. Su madre había dicho que antes había que salir del ajetreo de aquel encargo. Cuando por fin pasó el ajetreo, los demás seguían recordando lo buenas que estaban las verduras crujientes de los Yao. Pocos volvían a preguntar quién había dormido menos noches por aquel platillo de verdura. Yao Jia apoyó la mano en el papel. Bajo la palma quedó una pequeña mancha de tinta corrida, ya seca.

Fuera se oyó a alguien sacar agua y, al otro lado del callejón del pozo, se encendió una lámpara en el patio abandonado de los Lu. Yao Jia se levantó a mirar. La luz oscilaba detrás de la vieja ventana; no era más brillante que la suya, pero llenaba un rincón antes oscuro. La contempló un rato y volvió a doblar los dos recibos, sin envolver de nuevo el libro de cuentas. Ya había encontrado dónde anotar aquella deuda de la que Lu Yan hablaría a la mañana siguiente; en cuanto a las demás palabras, aún no había una página que las hubiera escrito por ella.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.

Índice del libro · 38 capítulos
  1. Las ciruelas verdes en la manga
  2. El vaho de la boca de la tinaja
  3. Solo acepta ciento sesenta
  4. Una cucharada demasiado dulce
  5. La mancha de tinta junto al caballo de bambú
  6. Las ciruelas se ablandaron primero
  7. Los días de volver al barco
  8. El trato que no salió
  9. Un cuenco que se enfría en la espera
  10. La lengua no se acuerda
  11. El hueco que no daba para más
  12. Dos copias del acuerdo de transporte
  13. Las hojas que quedaron en tierra
  14. La pregunta que quedó sin hacer
  15. No queda sitio en el río
  16. Los fideos de verano tienen un sabor demasiado intenso
  17. Padre sigue junto a la mesa
  18. Las hojas al sol
  19. Contar todo lo de aquella noche
  20. Almuerzo en el callejón de las Tejas
  21. Antes de saldar la cuenta
  22. Quién falta en las cuentas
  23. Tres días río arriba
  24. Estos once años no han estado vacíos
  25. Devolverlos fardo a fardo
  26. Un platito de sabor más suave
  27. Los tres días de madre
  28. La acidez que nunca llegaba
  29. Cuando vuelvas
  30. Ya no como de jóvenes
  31. Los barcos tienen su turno
  32. Un platillo de ciruelas que no se venden
  33. La luz desciende hacia el agua
  34. Dos días río abajo
  35. En su orilla
  36. La calle que ella quería ver
  37. Un cuarto donde se puede vivir
  38. Aún queda sitio en la página nueva

Sección de comentarios

Cargando comentarios…

← Volver a la estantería, leer la siguiente historia

Elige tu tema

El tema se aplica a todo el sitio.