Novela de rutas comerciales y reencuentros de inspiración antigua
Las hojas al sol
Ku Wuji · Creación con IA · 9890 caracteres · Aproximadamente 11 minutos
El sexto día del quinto mes, los Yu extendieron sus hojas al sol. Era otra partida recién recogida. Antes de llegar al almacén umbrío, a Yao Jia le llegó el aroma fresco de las hojas y aminoró el paso. Unas cestas vacías, devueltas el día anterior, descansaban contra la pared. Liang Baishun, sentado detrás de ellas, golpeaba con la mano izquierda una vieja palangana de madera y tarareaba una canción de barqueros. Al llegar a la nota alta se le quebró de pronto la voz, y él mismo fue el primero en bajar la cabeza entre tos y risas.
Al otro lado, Yu Erniang daba la vuelta a las hojas. Dijo que, si él pensaba ganarse la vida así, ya podían empezar a ahorrarse las comidas en casa. Él replicó que de joven había quien lo seguía para oírlo cantar. Ella dijo que sí, que lo seguían hasta el pozo para pedirle que se callara, que los niños no podían dormir. Yao Jia se quedó en la entrada. Tenía preparada una frase sobre que no habían descansado en todos aquellos días, pero Liang Baishun vio antes la jarrita de vino que llevaba y ella no pudo decirla como la había pensado.
Había comprado una jarrita de licor, pensando que, después de varios días de trabajo, podrían sentarse a tomar un poco y hablar con calma. Liang Baishun dijo que la dejara allí para la cena, pero Yu Erniang no tomó la taza y siguió dando la vuelta a las hojas que tenía delante. Yao Jia dejó la jarra junto a la palangana de madera sin servirse tampoco. Se agachó por el lado donde había más espacio y la ayudó a recoger dos hojas que se había llevado el viento.
Esta partida era distinta de los ocho fardos del cuarto mes. Seis de aquellos fardos habían llegado a Yuepu la noche del día dos. Se vendieron por separado el día tres y el comprobante no llegó hasta el cinco. Ya se sabía qué había sido tanto de la mercancía como del dinero de entonces, pero los días que se habían perdido no iban a volver con las hojas. Yu Erniang sacó varios papeles y se los dejó ver. Le preguntó si, ya que había venido, quería saber cuánto se había perdido en total.
Yao Jia asintió. Por los ocho fardos debía haber cobrado seiscientos veinticuatro. Los dos que llegaron a tiempo dieron los ciento cincuenta y seis acordados, y los seis que llegaron tarde solo se vendieron por ciento noventa y dos. En total, trescientos cuarenta y ocho, una diferencia de doscientos setenta y seis. La casa de comercio ya había devuelto los cuarenta y ocho del porte original. Enviar dos fardos de urgencia y los otros seis después había costado noventa y ocho, cincuenta más de lo previsto. Volver a atarlos había costado otros veinte. La pérdida total era de trescientos cuarenta y seis. Yu Erniang fue señalando cada partida y leyendo las cifras despacio. Al terminar, dejó el dedo en la marca que había hecho el destinatario.
«Los de la tienda Gao tampoco volvieron a acordar conmigo los pedidos que venían después», dijo. «Eso no lo apunto aquí. Liquidemos primero este envío. No metamos en un gran fardo todo lo que nunca se hizo, que luego van a creer que vendo aire».
Yao Jia miró los papeles. Antes había creído que, con tal de vender la mercancía más adelante, la pérdida sería algo menor. Ahora veía que hasta lo recuperado con la venta tenía su cifra, y que lo perdido seguía junto a la anotación original. Recordó que ya en las primeras pruebas con las dos tiendas de comidas se había puesto a arreglar el alero y a reservarse tardes libres en su imaginación. Si alguien le hubiera dicho que aquella vez no iba a salir y que esperara a la siguiente, tampoco a ella le habría sido fácil sonreír.
Dijo que había detallado la mano de obra y el porte de su propio envío, pero que no había preguntado lo suficiente por las hojas. Quería empezar disculpándose por Lu Yan. Yu Erniang levantó la vista y respondió que las disculpas de Lu tenía que darlas él. Yao Jia se apresuró a decir que también tenía su parte. La noche de la carga sí había visto los bastidores de las hojas. Después se había ocupado de lo suyo y, como había gente de la casa de comercio vigilando, no se había metido más. Al llegar ahí, se le enredaron los dedos en el borde de la falda mientras esperaba que la otra le dijera que con reconocerlo bastaba.
Yu Erniang no se lo dijo. Le preguntó si, de haberse quedado en tierra las doce vasijas de los Yao aquella noche, habría podido acostarse a esperar al día siguiente con solo oírla decir que el encargado Lu encontraría una solución. Yao Jia lo pensó un momento y negó con la cabeza. Seguramente se habría quedado al cuidado de las vasijas hasta que subieran todas, una por una. Aunque el sello ya llevara su huella, habría querido ver con sus propios ojos cómo las embarcaban. La respuesta le vino tan deprisa que ya no pudo escudarse en que no entendía de barcos.
Liang Baishun dejó de tararear y le trajo agua. Estaba apenas tibia. Yao Jia la aceptó, pero apenas había bebido unos sorbos cuando se acordó de la jarra de vino y preguntó si no sería mejor servir un poco. Yu Erniang hizo un gesto con la mano. En cuanto bebieran, dijo, los demás darían por hecho que habían hecho las paces, y cuando viniera el dependiente Yan a preguntar, tendría que explicarlo todo desde el principio. Ese día iba a llevar los papeles a la casa de comercio y no quería dejarle a nadie tan fácil decir que ya estaba todo arreglado entre ellos.
A Yao Jia le ardió la cara y se apresuró a decir que no pretendía comprarle una palabra amable. La otra mujer murmuró en respuesta y siguió ordenando los comprobantes. Yao Jia miró aquella mano que no se detenía y se sintió un poco herida. Había ido de verdad a asumir su parte y no merecía que la tomaran por alguien que solo sabía tapar las cosas con regalos. La punzada le fue subiendo hasta sacarle una frase que no pensaba decir allí. «Cuando mi madre preparaba las verduras para vuestras casas, también decía que entre vecinos no estaba bien llevar las cuentas al detalle».
La mano de Yu Erniang se detuvo. Liang Baishun también levantó la vista. Fuera, el viento arrastró una hoja hasta el peldaño de piedra y le dio dos vueltas. Al cabo de un rato, Yu Erniang dijo que cuando la señora Xin preparaba las verduras, ella había aportado tinajas. También había llevado arroz y carbón cuando los Yao pasaron apuros. No se había quedado de brazos cruzados esperando a que la otra lo hiciera todo. Al oír aquello, Yao Jia tuvo por un instante la sensación de haber encontrado algo a lo que agarrarse. Iba a señalarle la línea del libro antiguo cuando vio que el papel que Yu Erniang seguía sujetando bajo el cuerpo era el recibo de entrega de Gao Ji.
No sirvió en las tazas el licor que acababa de comprar. Yu Erniang le preguntó si había alguna cuenta antigua que quisiese cotejar. Podía venir otro día, porque ella tampoco lo recordaba todo. Pero ¿cómo hacía eso que dejara de valer la hoja de carga del veintinueve del cuarto mes? En la segunda mitad de la pregunta bajó la voz, y Yao Jia se atrevió todavía menos a mirarla. Por poco había usado los agravios que su madre había soportado durante años para saldar la pregunta que ella había dejado de hacer esta vez.
—No debí mezclar las dos cosas —dijo.
Yu Erniang guardó el papel. No aprovechó aquella frase para borrar también lo ocurrido con Ruan Xin; solo dijo que hablarían de lo anterior en otro momento. Separó las tres hojas que debía entregar aquel día en el negocio y puso al fondo del cesto la que reservaba para sí. Pidió a Liang Baishun que se fijara bien y no volviera a usarla para apoyar la palangana. Él asintió y dejó la palangana de madera rota boca abajo en otro sitio. Dentro aún quedaba medio eco de los golpes de antes. Nadie volvió a cantar.
Yao Jia tendió la mano para ayudar a dar la vuelta a las últimas hojas. Esta vez preguntó primero hacia qué lado. Yu Erniang se lo indicó. Las nervaduras no debían doblarse. Le dio la vuelta despacio a una hoja muy grande, con un pequeño agujero viejo de insecto en el borde, y se detuvo antes de ponerla con las buenas. Yu Erniang la miró y dijo que se la quedaría para envolver porciones sueltas de arroz, que no la mezclara con las intactas. Yao Jia la apartó como le había pedido y solo entonces pudo volver poco a poco la vista de las cifras del papel a aquella hoja verde que tenía delante.
Al despedirse, iba a decir que podía adelantar una parte, pero Yu Erniang se le adelantó. Para aclarar aquellos papeles había que hablar con quien había llevado el asunto en la casa Yonghe. Primero se cuadraban las cifras y luego se veía qué parte asumía cada cual. Que la primera persona que sacara dinero en la puerta no acabara respondiendo por todos. Yao Jia detuvo la mano que ya le había llegado al monedero. Respondió que, una vez cotejadas las cuentas, diría lo que le tocaba decir. No dejaría que tuvieran que recurrir solo a Lu Yan.
Yu Erniang la miró un momento y asintió una vez, sin decir que de allí en adelante todo seguiría como antes. Yao Jia sabía cuánto deseaba oírlo, pero no volvió a insistir. Liang Baishun la acompañó a la puerta, con la mano apoyada en la palangana de madera rota. Le dijo que dejara la jarra, que no iban a desperdiciar el vino y que harían un pescado para cenar. Después miró a su mujer. Yu Erniang solo hizo un gesto para que no acabara metiendo en el vino las hojas frescas del día y no retiró los papeles destinados a la casa comercial.
Al día siguiente volvió, esta vez sin vino. Yu Erniang había enviado el día anterior la reclamación formal río abajo. Podía llegar a Yuepu, como pronto, aquella noche. Había adjuntado los comprobantes originales de recepción y devolución, sin pedirle a Yao Jia que suavizara ninguna frase. En esta visita, ella solo ayudó a Liang Baishun a colocar unos cestos viejos donde no quedaran apretados contra la pared húmeda. Luego cada cual siguió con lo suyo, sin que nadie se quedara allí el día entero para demostrar que estaba dispuesto a reconocer su error.
La tarde del ocho, Yao Jia fue al mercado a comprar mechas. El puestecito de cintas de tela se había instalado al lado. Sobre un aro de bambú colgaban varias cintas para el pelo de color albaricoque claro. Cuando soplaba el viento, las hebras finas de las puntas se inclinaban todas hacia el mismo lado. Les echó un vistazo al pasar y, al llegar al puesto de mechas, volvió la vista. La horquilla de madera oscura que usaba ya le sujetaba bien el pelo y aquel toque claro no venía a suplir ninguna falta de la tienda. Y aun así daba un poco de calor a la vista.
La vendedora de cintas la reconoció y preguntó si a su tía le habían quedado bien los zapatos que había cambiado unos días antes. Yao Jia dijo sonriendo que sí y que ella no se los había probado. Entonces la mujer le dijo que se probara aquella cinta, que por lo menos no le apretaría los pies. La hizo reír. Yao Jia alargó la mano y tocó la tela. No era muy cara y la trama fina se sentía distinta del borde de su ropa. Preguntó el precio, contó el dinero y se la compró, sin pedir que se la apuntara para saldarla con la próxima compra de mercancía.
La mujer le pasó la cinta una vez alrededor de la horquilla. Tenía las manos rápidas y no le preguntó primero quién iba a verla. Yao Jia levantó la cabeza. Le habían recogido los mechones de la frente y un toque de color albaricoque asomaba detrás de la oreja. Era tan pequeño y, sin embargo, parecía que le hubiera cambiado la luz de toda la cara. Se lo tocó y preguntó si no sería demasiado llamativo. La mujer le dijo que lo viera ella misma y señaló una palangana de agua limpia que tenía junto al puesto para asentar el polvo de los cordones.
Bajó la cabeza. El viento movía un poco la superficie del agua y la cara reflejada se alargaba y se acortaba. Una muchacha que compraba hilo a su lado le dijo entre risas que no se fiara de aquella palangana, que hacía un momento se había visto un ojo más grande que el otro. Yao Jia se rio también, sostuvo el borde con dos dedos y esperó a que las ondas se calmaran. Por fin vio bien aquella línea fina de color junto al pelo. Empujó suavemente la punta de la horquilla para afianzarla, recogió las mechas y dio unos pasos. Volvió a tocarse el pelo y todavía no se le había borrado del todo la sonrisa.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA, que amplía 《长干行二首》 (Dos cantos de Changgan), de Li Bai, y el relato original de este sitio 《青梅旧账》 (Viejas cuentas de las ciruelas verdes). Los personajes, las casas comerciales, los precios, la geografía y la cronología son imaginarios; conserva el núcleo del original: aclarar las viejas deudas, volver a reconocer el valor del oficio y del trabajo y acordar de nuevo, ya en la edad adulta, cómo relacionarse. No es una biografía del poeta.
Sección de comentarios
Cargando comentarios…
¿Qué te gustaría decir?Inicia sesión para participar en los comentarios →