Novela de aventuras fluviales en un pasado imaginario
La frase que faltaba en la carta
Ku Wuji · Creación con IA · 10662 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
La carta llegó envuelta en un retazo de tela azul vieja, atada por fuera con dos tallos de hierba.
El mensajero llegó por la mañana al embarcadero de Linjiang y buscó allí al tío He. Solo cuando llegó al barco de los cañones supo que había salido temprano hacia casa de los Tao para saldar unos jornales pendientes. Cuando el tío He regresó por la tarde, el hombre se había dormido en el umbral de la posada. Se le había salido un zapato del talón, pero aún apretaba el paño azul en la mano. El tío He lo despertó. Lo primero que hizo el hombre fue proteger el paquete contra el pecho. Abrió los ojos, lo reconoció y dijo riendo que solo llevaba dos hojas de papel y las había custodiado como si llevara oro.
La tela azul no era sobre. Era aquel rincón que Fang Jin le había cortado la última vez que le envolvió la ropa de invierno; en el borde tenía dos hileras de marcas de aguja, y él las reconocía. Los tallos que ataban el papel eran nuevos; el mensajero contó que a medio camino lo sorprendió un aguacero, su envoltorio se mojó, arrancó el papel grueso empapado de afuera y, al ver que la tela azul de adentro seguía seca, la volvió a atar con dos tallos de hierba.
El tío He recibió la carta en la mano y preguntó primero por la casa.
El hombre respondió que todos bien; lo pensó un momento más y aclaró que él tampoco había entrado en la casa, que sólo en el molino de Zaowan había visto a He Ling; ella se la dio para que la trajera y le metió además dos tortas, ya comidas por el camino, así que ya no podía mostrárselas. Riendo, extendió las manos vacías, como temiendo que el viejo fuera de veras a reclamarle aquellas dos tortas. El tío He también se rio y le pidió que esperara un momento; entró en el cuarto a servirle agua.
Servía a medias cuando, con la carta en la esquina de la mesa, miró de reojo y el pico de la tetera se le ladeó. El agua corrió por fuera del cuenco; el hombre se apresuró a secar con un trapo, y el tío He bajó la tetera con un golpe suave contra el borde de la mesa. De pronto le pareció que aquella posada era hoy demasiado estrecha: la mesa, el taburete, la tetera, cada cosa puesta donde la mano no debía ir.
El mensajero bebió y se fue. Él cerró la puerta, la encontró oscura, la reabrió hasta la mitad y se sentó a la luz a deshacer despacio los tallos. La letra del papel iba pareja: era la mano de He Ling. Cuando la niña era pequeña él andaba casi siempre fuera, y no vio las primeras páginas de caligrafía; cuando ya le escribía, venía así: trazo a trazo bien plantado, y hasta las curvas que a él más le gustaba abreviar quedaban enteras.
Al principio decía que todos en casa estaban bien y que no empezara preguntando a otros si alguien estaba enfermo.
El tío He acababa de sonreír cuando oyó pasos bajo el alero. Vino el dueño de la posada a recoger la ropa lavada y preguntó si aquella prenda era suya. El cuello remendado con dos telas distintas; se levantó a recibirla, el posadero vio la carta sobre la mesa y sonrió diciendo que, con carta de casa, esa noche seguro aceptaría cenar un poco más temprano. Dicho esto se fue con su palangana; él se quedó en el umbral mirando la espalda de aquel hombre, con una vergüenza inexplicable, como si el asunto de su regreso ya lo hubiera oído antes todo el muelle.
No siguió leyendo: tomó la carta y se fue a buscar a la abuela Yu.
Las tortas se hacían en la cabecera del puente; pasado el mediodía el carbón seguía rojo, y debajo, una junto a otra, dos tinajas astilladas, con la tabla puesta sobre sus bordes siempre un poco más negra que la de las demás. La abuela Yu daba vuelta las tortas mientras regañaba a su hijo menor, Yu Gui: ella le había pedido afinar tres bambúes, no tallar pértigas para todo el río, tan largos que ya no entraban por la puerta. El muchacho subió de bajo el puente con dos bambúes largos al hombro; el extremo de atrás barrió las hojas del árbol y le llovió verde en la cabeza.
Al ver llegar al tío He, Yu Gui lo saludó riendo, corrió a apartar los bambúes y por poco roza la oreja de un comprador de tortas. La madre alzó un trapo seco amenazando con pegarle; él se escurrió primero, diciendo que eran para el velero y que si los cortaba corto ella volvería a regañarlo. La abuela Yu rió de pura rabia y mandó que entonces los llevara, que no se quedara allí afeitando cabezas ajenas.
El tío He dejó la carta bajo un cuenco vacío y esperó a que ella terminara. La abuela Yu le sacó una torta caliente y preguntó cuántas cosas había recuperado ya. Contestó que aún no terminaba. Ella preguntó entonces por las dos varas de sondar: tan largas, ¿también las llevaría a cuestas de vuelta a Zaowan, para que el caballo de casa las usara de muelas?
—Ciego el caballo, pero todavía reconoce lo que se puede comer —dijo él.
—Y aun ciego sabe que esa tuya no hay quien la muerda.
Ella le enrolló la torta y se la dio, sin preguntarle si la quería. El tío He buscó el dinero; ella le golpeó la mano con la espátula de madera y le dijo que primero la tomara, que esa tenía el borde quemado y no quería que la vieran los clientes de atrás, que todavía pensaba vender las bonitas. Sólo al tenerla en la mano descubrió que era apenas un poco más de crujiente en el borde; la partió, el olor a cebolla del centro le subió directo a la nariz, y aquel vacío que llevaba en el estómago despertó del todo.
La abuela Yu lo vio mirar la carta y preguntó si la señora Fang tenía prisa. Respondió que no, que sólo decía que había que reparar la casa. Ella tomó la carta y la miró: reconocía algunas letras, pero no quiso leérsela cambiada, así que detuvo al vecino papelero que justo venía a devolver canastas vacías y le dijo: tienes la voz ociosa, léale dos líneas al maestro He, y no andes otra vez desviando el tema a cuántos patos les salieron este año.
El hombre se sentó riendo y leyó primero que todo estaba en paz; luego leyó que los azufaifos negros de noche habían aplastado la cerca del huerto y que, a la mañana, una era entera de hortalizas no era más que tallos. El caballo no veía, ni se le podía espantar ni guiar, y atado tropezaba siempre en el mismo sitio; Fang Jin decía que si él no volvía pronto a echar una mano, de verdad iba a buscar a quien se lo comprara, que no esperara a que se lo llevaran, aunque también decía que no pensaba seguir teniéndolo.
El tío He bajó la cabeza a comer su torta, masticando muy despacio.
“Siempre dice lo mismo”, dijo. “El año pasado también dijo que lo vendería”.
El hombre que le leía la carta preguntó si debía seguir, y él respondió que sí. La línea siguiente decía que aprovecharían el tiempo seco de otoño para reparar la casa; la madera de los vecinos ya había llegado y el albañil decía que podría quedar libre a finales del noveno mes. Desmontarían los tejados de las tres habitaciones por turnos, dejando un sitio donde guardar las cosas. Al oírlo, He Bo levantó la cabeza y preguntó si era ella misma quien había dicho que ya tenían material.
El hombre le señaló el papel. He Ling lo había escrito por encargo. Decía que su madre ya había visto la madera con el proveedor, que aún no estaba toda pagada y que, al volver, su padre tendría que ir primero a identificar el montón. El tío He asintió y enseguida se puso a explicarle a la abuela Yu Chun que en la casa vieja había un cuarto orientado al oeste, con el pie de la pared seco, justo para guardar los aparejos del río cuando volvieran. Podían reservar otro para cuando vinieran los hijos. No hacía falta desmontar la casa entera hasta que no se encontrara ni la puerta.
La abuela Yu dio vuelta otra torta y dijo que el chico de aquella casa ya hacía tiempo que vivía en casa propia.
«Aunque solo venga una vez, necesita un sitio».
Ella dijo que sí, que hacía falta un sitio, y dejó ahí la frase. El copista esperó a que él acabara de hablar y solo entonces siguió leyendo: «En el cuarto del oeste da el sol más horas. Madre dice que, si pone allí el telar, tendrá más luz que antes, detrás del fogón. El año que viene también quiere aceptar un par de encargos…».
—De aquí en adelante es esto mismo; no hace falta seguir leyendo —dijo el tío He.
El papelero alzó la vista. Él extendió la mano a recibir el papel; antes de que llegara, se rio primero y dijo que esas menudencias domésticas qué gracia tenían leídas en voz alta. El otro también se rio, soltó la carta para que la mirara, y al irse le señaló todavía la última línea: era He Ling diciendo que los dos niños estaban bien, que Yi Gu estos días hacía la guardia de noche en el molino, y que las habas que la madre llevó ya estaban recibidas.
El tío He volvió a doblar la carta. Lo escrito sobre la habitación del oeste quedó plegado adentro; la esquina del papel no quería quedar pareja y a media vuelta saltaba otra vez. La presionó una vez más, puso la torta sobre las rodillas y sólo entonces recordó que la tela azul que mandaba Fang Jin se había quedado en la posada, sin traerla con él.
—Tú todavía no has dicho qué día te vas —preguntó la abuela Yu.
Contestó que, muy tarde, el quince. Entregadas las dos varas y aclaradas con A-Shuan unas cuantas rayas más del mapa viejo, antes de irse tenía aún que recoger el paquetito de dinero guardado; llevar demasiado en el camino tampoco estaba bien, sólo lo justo para volver a casa. Veinticuatro cuerdas de monedas acumuladas tantos años en la mano: Fang Jin guardaba dieciséis, él ocho; ni una moneda era de hoy, y sin embargo, al decir que iba a gastarlas, le resultaron más extrañas que cuando las ganó.
La abuela Yu dijo que si ella ya había ido a ver los materiales, no lo demorara. El tío He la miró dar vuelta una torta y preguntó si A-Shuan últimamente no dormía de noche, que el día anterior tenía ojeras. Respondió primero que no sabía; luego añadió que anteanoche fue rematar el borde del chaleco nuevo, con la lámpara tan pequeña, cosiendo hasta la medianoche, y que ella lo había regañado. Aquella prenda, desde que la compró, venía ancha; por miedo a que se enganchara en las cuerdas a bordo, mejor cambiarla, pero él no quería, empeñado en que de rojo iba bien.
—Con el cargo nuevo, ya no reconoce ni los zapatos de antes —dijo el tío He.
La espátula de madera de la abuela Yu se detuvo un instante.
Apartó la torta hacia un lado y, sin mirarlo, dijo sólo que el hijo llevaba mucho esperando ese día; ella sabía que tenía prisa, y el maestro He también lo sabía. Desde los doce iba con él, y al volver hubo una época en que dormido recitaba las profundidades del agua, volteándose y soltando por la boca palabras enterradas en lodo; ella lo oía de noche: al principio miedo, después costumbre, y hasta le servía el sueño de su hijo para saber a qué paraje del río habían ido.
—Ahora que lo mandan de verdad, bien está —dijo ella.
El tío He apretaba la media torta que le quedaba. No es que ignorara que A-Shuan debía tener barca propia; quien decía eso no era sólo ella: el mismo A-Shuan lo decía, Tao Si también, y cada vez que lo oía lo entendía; sólo que al oír lo del chaleco rojo y lo de no reconocer los zapatos, las palabras le salían solas de la boca, como queriendo agarrar algo y plantarse enfrente, para que los demás no se llevaran todavía todo.
La abuela Yu volteó la torta siguiente. Al levantarse el olor a aceite se volvió a atender a los clientes, dejando claro que llevaban cebolla y nada de carne, que no fuera a creer alguien, porque hubiera mucha gente, que en el precio venía contado algo de más. El tío He, sentado, escuchando, de pronto le preguntó si en adelante seguiría sacando ella sola el puesto.
—¿Quieres echarme a mí una mano de pie aquí? —se rio ella—. Para empezar, no midas las tortas como esa agua tuya de capa sobre capa.
«Digo que A Shuan gana más».
—Que él gane lo suyo. Esta olla mía no se embarcó con él.
Mientras hablaban, Yu Gui volvió con las manos vacías y un hilo de corteza de bambú enganchado en la manga; la madre lo mandó a lavarse y a fregar la mesa. Al muchacho le daba miedo el calor y metió dos veces las puntas de los dedos en el barreño; la muchacha que compraba tortas a su lado se rio, y él entonces retorció el trapo con estrépito a propósito, rojo hasta detrás de las orejas. La abuela Yu no atendió ya al tío He: primero hizo que su hijo apartara los cuencos lejos, no fuera que alguien, al volverse, los tirara.
El tío He se terminó la media torta y se recogió en la palma las migas que tenía en las rodillas. En una esquina de la carta había una gota de grasa. Al limpiarla no hizo más que extenderla, como un charquito de agua amarilla y clara. Miró los dos caracteres 西间, «cuarto del oeste», y al final dejó de empujarlos hacia el pliegue. Sujetó el papel con el cuenco vacío y le pidió a la señora Yu Chun un trozo de carbón. Quería escribir al dorso de la carta que él regresaría el día quince.
Cuando el carbón llegó a su mano, dejó caído un diez, pero la punta se le detuvo en la raya siguiente. A su lado, Yu Gui cargaba ya el taburete bajo que él le cedía para los clientes; su hatillo seguía al pie del taburete y el muchacho pasó por detrás sin pedirle que se levantara. Escribió despacio un cinco, la letra un poco torcida todavía reconocible; esperó a que pasara aquel temblor de la mano y sólo entonces devolvió el carbón.
· Fin del capítulo ·
Libro de creación original escrito con ayuda de IA, ampliado a partir de «El Yangtsé y el Han», de Du Fu, y del relato original de este sitio «El viejo caballo reconoce los bajíos ocultos». Los personajes, la cronología, los tramos fluviales, los tipos de embarcaciones y las normas militares son ficticios; no es una adaptación del poema ni una biografía del poeta.
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