Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua
El fuego prestado del patio
Ku Wuji · Creación con IA · 10273 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
A primera hora del día diez, cuando A Sui fue a encender el fuego, buscó primero la boca del fogón en el lado equivocado. La del cuarto pequeño se abría a la izquierda y la de la casa del campo daba a la derecha. Se puso en cuclillas y la astilla que llevaba para prender el fuego chocó con la pared. Se rio y, solo después, reparó en que la estera donde dormía Xu Shen ya estaba enrollada. Su hijo se lavaba la cara en el patio. Apenas se oía salpicar el agua, como si temiera que, tan temprano, ya se arrepintieran de haberles alquilado el cuarto.
Le pidió que tomara algo caliente antes de irse. Xu Shen asomó la cabeza para mirar el fogón y dijo que no le daba tiempo, que en el taller tenían que empezar a cortar la madera. Dejó un hatillo junto a la cesta de costura, con los bollos al vapor que le habían sobrado de la compra, y volvió a llenar el recipiente de agua del día anterior. A-Sui iba a decirle que ella podía sacar agua, pero vio que ya se había puesto una venda limpia en el dorso de la mano. Se tragó las palabras y solo le preguntó si volvería a mediodía.
«Ya veré cuando termine», dijo.
Aquello no era una hora concreta, pero tampoco una negativa a venir. A Sui dejó aquellas palabras junto al oído, como quien dispone un hilo largo sin saber por qué aguja debe pasarlo. Xu Shen salió del patio. Huangdou lo siguió dos pasos hacia la puerta, hasta que una tabla baja le cerró el paso; olfateó por la rendija y luego volvió a tumbarse a sus pies. Esta vez no ladró. A Sui pensó que lo había calmado bien y quiso abrirle para que se tumbara un rato al sol, pero oyó salir al niño de la habitación delantera y se quedó quieta.
La olla grande estaba en el fogón comunal del patio. Fue a buscarla y vio que sobre el fogón ya había un barreño de arroz en remojo y que dentro ardía el fuego. Fang Guiniang volvió del molino de arroz y dijo que el agua de aquella olla era para escaldar el tamiz del arroz, que no echara allí el arroz de la comida. A Sui se apresuró a apartar su ollita y a ponerla en la otra boca del fogón, pero allí había un barreño de madera que chorreaba. Solo después de dar una vuelta al fogón comprendió que, por muy juntas que estuvieran las casas en la ciudad, no siempre había sitio donde cocinar.
Du Yin salió del cuarto del este con dos prendas gruesas en brazos. Parecía más joven que el día anterior. Llevaba el moño sujeto de cualquier manera y un cabo de hilo junto a la oreja, quizá porque la noche anterior no había tenido tiempo de quitárselo. Retiró la palangana de madera y dijo que el agua apenas estaba tibia y que no tenía prisa. Asui le dio las gracias y colocó su olla en el fogón. Alabó lo trabajadora que era, pero se quedó mirando los puños distintos de las dos prendas, una de hombre y otra de mujer.
«Son de clientes. Las estoy lavando», dijo Du Yin.
A Sui murmuró un sí, como si ya lo supiera, y preguntó cuántos eran en casa. Du Yin sacudió con una pinza de madera los pliegues de la manga y dijo que su padre vivía en Houfang, que ella aceptaba encargos allí y que cada uno comía por su lado. A Sui no sacó en claro si tenía marido y fue a medir el arroz. Cuando hirvió el agua, añadió a propósito media medida más y dijo que, ya que le había prestado el fuego, desayunarían juntas.
Du Yin iba a rehusar, pero todavía le goteaban en las manos las mangas de la ropa y A Sui ya le había servido. Tendió la ropa y se sentó en el taburete junto a la puerta, con el cuenco bien sujeto, sin entrar en el cuarto de A Sui. A Sui pensó que le daba miedo el perro y se apresuró a decirle que Huangdou había estado muy tranquilo la noche anterior, que ni siquiera ladró cuando ella se levantó. Du Yin asintió, tomó un sorbo y elogió lo crujiente que estaba el rábano encurtido. Fue como si a A Sui le hubieran abierto otra caja. Se puso a hablar de los rábanos de la montaña que mejor se conservaban.
Cuando ya casi se habían acabado las gachas, la conversación acabó volviendo a Xu Shen. Cuando trabajaba, no sabía lo que era el sueño. Con el cepillo en la mano, no oía nada de lo que le dijeran. Unos años atrás le había dado fiebre y tampoco había dicho nada. Solo se habían enterado de que estaba enfermo porque el maestro Ren había mandado aviso. A fuerza de hablar, A Sui se dio cuenta de que solo estaba enumerando las virtudes de su hijo, así que añadió que a veces era terco, igual que su padre.
Du Yin raspó con la cuchara unos granos de arroz pegados al borde del cuenco y preguntó si Xu Shen seguía trabajando aquel día en la puerta de la botica. A Sui alzó enseguida la vista y dijo que sí, que a él siempre le quedaban firmes esas puertas grandes. Aún no la había visto, pero hablaba con mucha seguridad. Du Yin dijo que sabía que tenía buena mano, pues un par de años antes había reparado el estante de libros de su padre. Dicho esto, lavó el cuenco y lo llevó de vuelta junto a la puerta, sin seguir hablando de lo afable que era Xu Shen.
A Sui sintió una leve decepción, pero le pareció que Du Yin sabía medir sus palabras y eso hizo que le gustara todavía más. Le preguntó si su familia no apremiaba a una muchacha como ella para que se casara. El cuenco que Du Yin tenía en la mano dio contra el borde del barreño. No fue un golpe fuerte, pero se oyó con claridad. Ella lo secó con un paño y dijo que sí la habían apremiado, pero luego cada cual se ocupó de sus cosas y todos dejaron el asunto. A Sui iba a preguntarle por qué lo habían dejado, pero Du Yin ya se había levantado a tender la ropa. Al desplegar el paño mojado, dejó la segunda mitad de la pregunta del otro lado, en el viento.
Hasta la tarde A Sui no descubrió que se había quedado sin arroz. El medio saquito que había traído le habría durado dos días en la montaña. Pero la noche anterior había cocido arroz una vez más y esa mañana había servido un cuenco de más. En el fondo solo quedaban unos granos. Volvió el saco del revés y lo sacudió. Cayó un cerco de polvo fino, y le pareció increíble que su nueva vida tropezara de entrada con algo tan pequeño. Su hijo no había vuelto y en el patio todos andaban ocupados. Como acababa de llegar, no quiso ponerse a llamar a las puertas para preguntar esto y aquello. Volvió primero a su cuarto a rebuscar en la cesta de costura.
Pero en el cesto de costura tampoco había arroz. Sentada bajo la ventana sur, A Sui oía a intervalos el ruido de los recipientes de medir. Sabía que la tienda estaba cerca, y aun así le entró una timidez que hacía años que no sentía. Si un desconocido le preguntaba cuántos sheng quería, quizá no sabría cuántas veces había que llenar su cuenco de madera para igualar aquellas medidas de la ciudad. Y si contaba mal las monedas y se reían de ella, tendría que seguir pasando todos los días por delante de aquella puerta.
Cuando Du Yin volvió a recoger la ropa, la vio junto a la puerta con una bolsa de tela vacía en la mano. A Sui le preguntó primero hacia qué lado quedaba el río y después añadió la pregunta por la tienda de arroz, como si comprar arroz fuera cosa de paso. Du Yin miró la bolsa y tomó su propio monedero. Dijo que justo le faltaba un poco y que podían ir juntas. Esta vez A Sui aceptó y cerró bien la puerta con llave. Huangdou dio con el hocico en la tabla desde dentro y ella le dijo a través de la puerta que volvería enseguida, que no se iba lejos.
El viejo dueño de la tienda de arroz era, en efecto, duro de oído. A-Sui empezó hablando con su volumen habitual. El tendero no la entendió bien, señaló una medida de un dou que tenía arriba y preguntó si quería un dou. Ella se apresuró a negar con la cabeza. Él volvió a preguntar si quería mijo o arroz blanco. Después de unas cuantas frases cruzadas, Du Yin se rio a su lado y a A-Sui se le encendió la cara. Al fin alzó la voz y dijo que, de momento, le pesara lo que pudiera llevar a casa, menos de un dou.
Eso sí lo oyó entero el tendero. Le miró la rodilla, cambió a una medida más pequeña y le preguntó si bastaba. Los granos cayeron con un suave rumor y Asui se tranquilizó de pronto. Resultaba que no había un local lleno de gente esperando para reírse de ella, ni nadie daba por sentado que una vieja de la montaña tuviera que saberlo todo. Siguió contando las monedas despacio al pagar y el tendero se limitó a esperar con los brazos cruzados. Al oír a Du Yin mencionar a su padre, hasta le preguntó si ya le habían reparado la encuadernación del libro viejo.
De vuelta, Du Yin compró otro manojo de verduras de hoja. Mientras caminaba, iba arrancando con los dedos las hojas de fuera, muy deprisa. A Sui quiso llevárselo, pero ella dijo que pesaba poco y, en vez de dárselo, le tendió un pedacito de tallo para que probara si estaba tierno. A Sui lo masticó. Picaba un poco. Dijo que los de la ciudad no sabían escoger las verduras mejor que los de la montaña. Esta vez Du Yin se rio de veras y se comió ella misma la otra mitad del tallo.
No llegaron al río. Al alcanzar la entrada del callejón, A-Sui sintió que se le hinchaban las rodillas. No dijo que estuviera cansada; solo se detuvo y preguntó por qué en una tienda de cuencos de porcelana los ponían todos boca abajo. Du Yin la miró y, sin ponerla en evidencia, aprovechó para detenerse también a escoger cuencos. Estuvo mirando un rato y no compró ninguno. El tendero puso los ojos en blanco ante las dos. A-Sui contuvo la risa a su lado y, solo después de pasar la tienda, murmuró que por culpa de ella también parecía una de esas personas que solo miraban la mercancía sin comprar.
Aquella noche Xu Shen volvió tarde. Asui ya había calentado dos veces la olla de gachas. Los granos de arroz estaban casi deshechos y sobre el caldo flotaba una película espesa. Al entrar, él miró primero el fogón y dijo que en adelante no hacía falta que esperara. Su madre respondió que ella también acababa de comer. Du Yin pasó ante el cuarto, oyó aquello y se detuvo un instante sin intervenir. Xu Shen ignoraba que a mediodía ella había visto la bolsa de arroz vacía. Le pareció que su madre había pasado un día bastante bueno en la ciudad, así que tomó el cuenco y se puso a contarle cosas del taller.
A-Sui se alegró al oír que Ren Quan quería encargarle más trabajos. Ya no volvió a sacar el tema de la inseguridad que sentía al caminar. Alabó lo bien que Du Yin hacía la compra y lo resolutiva que era. Luego tanteó el terreno diciendo que tampoco era fácil aceptar encargos por su cuenta. Xu Shen levantó la vista y de pronto entendió adónde iba a parar aquel hilo. Dijo «madre». Ella le acercó el platillo de verduras encurtidas y le dijo que comiera, que nadie le estaba pidiendo que hiciera nada.
Los días once y doce, el desayuno del patio empezó a tomar su orden. Asui dejó de ocupar antes que nadie la olla grande y Fang Guiniang arrimó un poco más hacia dentro la palangana del arroz. No habían acordado el uso de cada palmo, pero cada una había visto por su cuenta que, si seguían moviéndolo todo de aquí para allá como el primer día, ninguna podría trabajar. Fang Xiao fue a ver una prenda roja tendida junto al cuarto del este y siguió dando un rodeo para evitar la puerta del cuarto del sur. Asui no volvió a llamarla para que acariciara al perro.
Al anochecer del tercer día, Huangdou oyó ladrar fuera y, en efecto, se puso a ladrar también. Asui se apresuró a bajarle la cabeza con la mano. Él no entendió y ladró aún con más apremio. Sin saber ya qué hacer, ella abrió la ventana interior para que oliera, a través del enrejado, la comida que estaban preparando en el cuarto de delante. El perro no encontró al otro perro que ladraba fuera del patio. Olfateó largo rato, se distrajo con el vapor del fogón y acabó echándose despacio.
Fang Guiniang se acercó y, al ver que la tabla baja seguía en su sitio y que el suelo estaba barrido, se limitó a decir que por ahora podían tener así al perro, que no se les ocurriera salir a poner buena cara cada vez que ladrara. Su tono no fue precisamente amable, pero A Sui entendió que de momento el asunto estaba resuelto. Fang Xiao, detrás de su tía, miró desde lejos el mechón blanco de la coronilla de Huangdou. No volvió a llorar, aunque todavía no quiso cruzar el umbral.
Cuando se fueron, Asui extendió un trocito de tela debajo del perro. Desde fuera llamaron a Du Yin para que dejara el trabajo. Ella contestó que aún le faltaba una esquina y tardó un rato en apagar la lámpara. Asui quiso llamar a su puerta para preguntarle si preparaba también su desayuno. Alargó la mano y volvió a retirarla. Primero recogió su propio saco de arroz. De noche, por la ventana del sur no se veía nada, pero ella ya recordaba por qué puerta tenía que salir para comprar arroz. Antes de dormirse, volvió varias veces a ese recuerdo, más que al elogio que le habían hecho de día por lo hacendosa que era.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.
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