Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua
El peine que quedó en el taller
Ku Wuji · Creación con IA · 11071 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
Xu Shen sacó el taladro largo de la bolsa y lo dejó bajo la ventana. La varilla seguía recta y el filo tenía dos puntos romos de cuando había abierto los agujeros largos de la puerta nueva días antes. Lo limpió con un trapo aceitado, desmontó el mango empapado aquella noche de lluvia, lo dejó secar un día entero y volvió a montarlo. A Sui miró largo rato y preguntó si se había estropeado algo. Él dijo que no, que pensaba venderlo.
Su madre se enderezó de inmediato, como si viera a su hijo a punto de venderse una mano. Xu Shen se adelantó a dejar al lado el taladro corto y dijo que con ese le bastaba para los trabajos finos que había hecho hasta entonces. El largo era bueno, pero no todas las piezas de madera lo necesitaban. Si de veras salía un trabajo que exigiera agujeros largos, primero tendría que ver si podía hacerse cargo.
Ella no volvió a detenerlo. Después de que se marchara, levantó de todos modos el hule para mirarlo. Conservaba la manchita de grasa amarilla de cuando él compró por primera vez la barrena y la trajo a casa. Entonces había dicho que algún día tendría su propio banco de trabajo y ya no tendría que preocuparse de si otros le prestaban las herramientas. Su madre solo había oído aquel algún día. Sintió que su hijo iba a llegar lejos y que ella misma rejuvenecía unos años con él.
Xu Shen fue primero al taller donde reparaban carros. El encargado examinó el filo y estuvo dispuesto a ofrecerle trescientos wen, ciento ochenta menos de lo que había pagado. Xu Shen dijo que solo lo había usado tres meses. El encargado señaló una rueda en el suelo a la que le faltaba un diente y dijo que, cuando compraba algo de segunda mano, le daba igual cuánto le costara al dueño desprenderse de ello. Solo se preguntaba cuánto se atrevía a pagar ese día. No buscaba ser hiriente. A su espalda aún tenía dos carros que sus clientes no habían recogido porque le debían dinero. Xu Shen miró y aceptó.
Al entregar el taladro no se fue enseguida. Le preguntó al encargado si había oído hablar la otra vez de lo de la puerta de la botica. Algo incómodo, el hombre dijo que solo lo había oído de pasada y que ya sabía que no todos los maestros trabajaban con la misma seguridad. Xu Shen se guardó los trescientos wen y le dijo que había sido él quien no volvió a medir el peldaño de piedra y quien luego eligió las cuñas sueltas. Wei Ce solo había ido a ver si el cantero seguía allí y no había tomado mal ninguna medida por él.
El encargado miró la varilla del taladro, como si dos asuntos se hubieran juntado de golpe sobre el mismo banco. Preguntó si Ren Quan también sabía lo de las cuñas provisionales. Xu Shen dijo que sabía que iban a quedarse puestas una noche, pero ignoraba que él había entregado la puerta sin cambiarlas. Al terminar sintió sed. No se puso a contar lo ocupado que había estado aquellos días ni le pidió al encargado que más adelante diera explicaciones por él. El hombre se limitó a murmurar un «mmm» y puso el taladro largo en el soporte de madera que ya tenía preparado.
Delante del taller de los Ren estaban descargando madera. Wei Ce sostenía un extremo con el hombro y le pedía a otro oficial que fuera más despacio. Xu Shen se acercó a ayudar y entre los tres dejaron la pieza en horizontal. Nadie interrumpió el trabajo por su llegada. En el suelo había un trozo de cordel viejo roto que se enganchó en la punta del zapato de Wei Ce. Xu Shen se agachó para soltárselo, pero Wei Ce se le adelantó, lo apartó de una patada y cogió la regla de medir para ir a otra cosa.
Xu Shen sacó ciento veinte wen y se los devolvió a Ren Quan. Había contado las monedas ristra por ristra, y Ren Quan también las contó. No se ahorró la cuenta por ver al otro avergonzado. Dijo que aquel dinero se lo tendría que haber devuelto hacía tiempo y Xu Shen le dio la razón. Ren Quan guardó las monedas y le preguntó si aún tenía el taladro largo. Xu Shen dijo que lo había vendido al taller de carros. Ren Quan se quedó pensativo un momento y dijo que el banco de taladrar de aquel taller sí estaba a la altura de esa herramienta, que allí no se desperdiciaría.
Xu Shen aún pensaba llevarse las piezas cortas de madera guardadas en un rincón del taller. Ren Quan le pidió que distinguiera él mismo cuáles tenían el precio anotado y cuáles seguían siendo del taller. Se agachó y les dio la vuelta una por una hasta reconocer una con un nudo negro. La última vez la había dejado allí al pasar con intención de apuntarla después, pero se le olvidó. Dejó aquella y solo se llevó las tres que había pagado. Ren Quan lo observó y dejó que lo hiciera por sí mismo.
En la parte de atrás del taller había una ventanita por instalar. Ren Quan estaba cepillándole el canto y Xu Shen se quedó a su lado, contándole otra vez lo de los peldaños de piedra de la botica, el pivote superior demasiado corto y el apoyo de la puerta que no había cambiado. Al oírle decir «Después todavía quise que Wei Ce admitiera que se había equivocado al volver a medir», Ren Quan dejó quieta la mano sobre el mango del cepillo. Al cabo de un buen rato dijo «Esto va más allá de rehacer un trabajo».
Wei Ce estaba junto a otro banco de trabajo. Oyó su nombre, pero no se acercó. Xu Shen fue hasta él y le dijo que pedirle en aquel momento que mirara si el cantero se había ido era muy distinto de la segunda medición de la que había hablado después. Ya no podía seguir confundiendo las dos cosas como si hubiera dicho lo mismo. Wei Ce fue poniéndose colorado. Se llevó la mano al nudo del protector de palma. Estaba bien atado y aun así lo apretó dos veces.
«Aquel día me preguntaste por qué no me había dado cuenta», dijo Wei Ce. Xu Shen asintió. Wei Ce le preguntó entonces si ya sabía que, si él aceptaba la culpa, Zhou Tong en adelante solo recordaría que el aprendiz había medido mal. Xu Shen respondió que sí. Wei Ce dejó la pieza corta que tenía en las manos. Había humedecido un poco un extremo de tanto apretarlo. No lo insultó ni dijo que lo olvidaran. Solo le pidió a Xu Shen que se apartara, porque tenía que entrar a buscar una cuchilla.
Xu Shen se quedó allí de pie un momento. Ren Quan no llamó a Wei Ce para que volviera. Se giró y recogió el peine de madera que había junto a la puerta del taller. Dijo que se le acababa de olvidar a Wei Ce y que bastaba con dejárselo en una esquina de la mesa. Xu Shen vio que uno de los dientes ya se había redondeado por el uso y recordó que muchos años atrás también él había hecho un peine para su madre. Había tallado los dientes demasiado juntos y cada vez que se peinaba le arrancaba varios pelos. Su madre se empeñaba en decir que era bueno.
Dejó el peine en su sitio y fue a la botica a buscar a Zhou Tong. La puerta de antes tenía una hoja abierta. El apoyo inferior estaba firme y el eje superior quedaba oculto en la madera. Quien la usara a diario ya no se fijaría en él. Zhou Tong estaba pesando un ingrediente con la mano izquierda y tardaba un poco más en colocar las pesas. El ayudante quiso hacerlo por él, pero negó con la cabeza y lo mandó atrás a traer el tamiz. Xu Shen esperó a que acabara de pesar antes de acercarse al mostrador.
Después de escucharlo, Zhou Tong no le preguntó por qué había tardado tanto en contárselo. Se quitó la venda de la mano derecha y la dejó extendida al borde del mostrador. La hinchazón de los dos dedos había bajado, pero al doblarlos hasta la mitad seguían rígidos. Probó con unas tijeras pequeñas y no consiguió cortar el cordel fino. Tuvo que pasarlas a la izquierda para cortarlo. Xu Shen miró los cabos recién cortados y supo que ninguna frase, por clara que fuera, podía devolverle la mano de antes.
«Acepté los mil doscientos que me devolviste», dijo Zhou Tong. «Y seguimos usando la puerta. El señor Qi no quiere asegurar cómo me quedará la mano. Las ventanas de primavera ya se las encargué a otro». Bajó la cabeza y empujó el paquete de hierbas hacia la mujer que esperaba fuera, sin darle pie a Xu Shen a contar qué había hecho con la puerta nueva bajo la lluvia. Xu Shen se tragó lo que iba a decir y, al salir, cerró con suavidad la hoja abierta.
Antes de salir de la botica, Xu Shen se detuvo un momento en la galería trasera. Allí seguía el banco estrecho que había aplastado el tarro roto de Chen Sheng. Debajo había un tapón hueco de bambú que rodó hasta sus pies. Lo recogió y pensó en volver a meterlo en el cesto de las hierbas, pero antes de alargar la mano le preguntó al ayudante qué era. El ayudante dijo que se había desprendido de un cedazo viejo, que ya no servía y podía echarlo al cesto de la leña. Así lo hizo. Oyó el golpecito del tapón al caer al fondo.
La mujer que vendía panecillos al vapor en la esquina seguía llamándolo maestro Xu y le preguntó cuántos quería aquel día. Él dijo que dos, sin añadir relleno de carne, y los pagó con unas monedas de trabajos sueltos que ya llevaba encima, sin tocar el dinero de la venta del taladro. Ella creyó que le molestaba la subida de precio y abrió uno expresamente para mostrarle lo gruesa que era la masa. El vapor le dio en la cara. De pronto sintió un hambre tremenda: se comió uno de pie bajo el árbol y guardó el otro para llevarlo a casa, sin desviarse otra vez a mirar la tela de color rosa loto.
Al llegar a casa, sacó ciento sesenta de los ciento ochenta wen que le quedaban y los envolvió aparte en el paño aceitado con que limpiaba el taladro. La pieza larga de madera del tendero Hong ya se había estropeado. Lo que debía eran esos ciento sesenta y el hecho de que ya no fuera a hacer aquella puerta no podía convertir la deuda en palabras vacías que nadie vendría a reclamar. Dejó veinte wen en la bolsa de diario. La comida, el papel y el agua del camino eran cosas por las que alguien todavía tendría que pagar con dinero de verdad.
Al anochecer se lo contó a su madre. Dijo que la próxima vez subirían juntos a la montaña y que antes de hablar de la vieja casa pasarían por Shikou a devolver el dinero. A Sui le preguntó si había pedido al señor Hong unos días más de plazo. Él dijo que aquel día ya había reunido lo necesario y que no esperaría más. Ella alargó la mano y palpó el hatillo de tela. Al sentir las monedas de cobre que llevaba dentro, retiró la mano, como si hubiera querido acariciar la cabeza de su hijo y se hubiera encontrado con que ya le sacaba mucha altura.
Al día siguiente, Ren Quan mandó a Wei Ce con un taburete pequeño que necesitaba arreglo. El cliente ofrecía doce monedas. Si Xu Shen quería el trabajo, el taller se quedaría con tres y el resto sería para él. Una pata se había rajado y había que rehacer el ensamble. Un poco de cola no bastaría para dejarlo firme. Dicho esto, Wei Ce se disponía a marcharse cuando Xu Shen lo llamó y le preguntó si no había querido venir. Wei Ce contestó «El maestro me mandó traer el taburete. No me mandó hacerte compañía».
Xu Shen asintió y se puso el taburete en las rodillas. La grieta era muy profunda. Al desmontarlo estropeó un travesaño y tuvo que hacer otro con uno de los recortes que guardaba para sí. De los nueve wen del trabajo todavía tendría que descontar aquel trocito de madera. Asui vio que se le iba toda la tarde en aquello y dijo que no le salía a cuenta. Él pensaba lo mismo. Pero, al terminar de cepillarlo, lo dejó en el suelo y, como ya no se tambaleaba, alzó la mano y le acarició el asiento.
Por la noche probaron varias veces las patas del taburete. Se sentó A Sui y también vino a sentarse Fang Xiao. A la niña le pareció feo y preguntó por qué no le tallaba un gato. Xu Shen dijo que el taburete nunca había tenido un gato y que su dueño tampoco se lo había pedido. Fang Xiao le echó una mirada decepcionada, se acuclilló junto a la puerta y dibujó uno en el suelo con una piedra, con la cola enroscada tres veces. Huangdou se acercó olfateando las vueltas y fue a sentarse justo en la cabeza del gato. La niña se revolcó de risa en brazos de Guiniang.
Al tercer día entregó el banco y cobró solo los nueve wen acordados. El cliente se lo llevó en brazos sin preguntar por la puerta ni proponerle un trabajo mayor. En la calle vendían verduras de primavera y compró un manojo por tres wen. De vuelta a casa, el agua retenida en los pliegues de las hojas le mojó el bajo del pantalón. Metió los seis wen restantes en la bolsa. Con los veinte que había apartado al vender el taladro, sumaban veintiséis. Al día siguiente Liu Ting vino a la ciudad y Xu Shen le dio veinticuatro wen, doce por el día que había contratado el carro y otros doce por el día de demora. Por fin quedó pagado el porte. Liu Ting contó el dinero y lo guardó. Solo dijo que en la tienda de aceite ya habían encargado a otro la descarga de los barriles que él no había hecho aquel día.
Du Yin salió del cuarto del este y lo vio separando en dos montones la madera estropeada que había quitado del banco. Guardaba la que aún estaba firme y dejaba la podrida para leña. Le preguntó si había vendido el taladro largo y él dijo que sí. Se quedó un rato a su lado y señaló un recorte de madera que todavía estaba bien. Si podía hacer una cajita para guardar dedales, le gustaría comprársela. Él preguntó de qué tamaño. Ella se lo indicó con las manos y aclaró enseguida que no le hacía falta ese mismo día, que acabara primero los encargos que ya tenía.
En cuclillas, Xu Shen trazó con carbón tres rayas cortas en el reverso de un trocito de madera. Esta vez no añadió de entrada ninguna hoja ni le dijo que se lo regalaba. Preguntó si prefería una tapa corredera. Du Yin se agachó e hizo el gesto con la mano. Mejor una que se levantara, dijo, porque sería más fácil abrirla con el hilo pegado a los dedos. Las sombras de sus manos cayeron sobre el mismo trozo de madera y ninguno tuvo prisa por alzar la vista.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.
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