Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua
Daxiu se llevó la olla
Ku Wuji · Creación con IA · 10721 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El día diecisiete del segundo mes, Liu Lan se levantó antes que el gallo. Molió las habas que había dejado en remojo la noche anterior, coló el líquido blanco y untó el fondo de la olla con una fina capa de aceite. El cielo seguía gris, pero ya se distinguían bien las maderas del cobertizo exterior, todas atravesadas justo donde pensaba colocar los bancos. Se puso de lado y sacó un banco a rastras. Una pata se enganchó en la estera vieja cubierta de virutas y las láminas de madera que había encima se desparramaron por el suelo de golpe.
No llamó a Xu Shen. Él había venido el día anterior y había dicho que aún quedaban unas mortajas por abrir, que quería terminarlas mientras durara el tiempo seco. Ella le preguntó cuántos días necesitaba. Él miró el cielo y respondió que cuatro o cinco más. La puerta aún no estaba hecha, pero siempre lo decía como si solo le faltara el último golpe. Liu Lan se acordó de cuando reparó su tejado en el décimo mes del año anterior. Faltaban unas pocas tejas, un poco de paja y algo para pagar la mano de obra. Solo cuando de veras tuvo que vivir bajo la lluvia entendió cuánto tiempo llevaba cada uno de aquellos pocos.
Daxiu entró con los cestos de verduras al hombro y lo primero que hizo fue golpear dos veces los zapatos de paja contra el umbral. Llevaba una chaqueta larga azul mineral, con los puños recién vueltos, pero los bajos del pantalón seguían siendo los viejos. Habían quedado en que aquel día probaría a vender desayunos en el cobertizo, una olla de sopa de fideos de harinas mezcladas. En cuanto la vendiera, volvería al sur de la ciudad a atender su puesto. También había preparado veinte tortas de verduras, bien envueltas en papel aceitado y tapadas en el cesto.
«¿La olla sigue apoyándose solo por un lado?», preguntó. Liu Lan sacó una olla pequeña y dijo que para empezar cocinarían menos cantidad. Daxiu abrazó su gran olla de hierro y buscó el saliente del fogón. Le dio dos vueltas, pero el fondo seguía en el aire. Había visto fogones pequeños antes, pero esa era la primera olla que había comprado ella misma. Podía hacer sopa para seis personas de una vez. Antes, cuando pedía prestada una olla, siempre venía alguien a levantar la tapa para ver cuánto le tocaba.
Asui había llegado en el primer carro. Había dejado descansar la pierna unos días en la ciudad y aquel día se había puesto expresamente zapatos limpios y había traído un paquetito de rábano encurtido para felicitar a Liu Lan por la reapertura. Xu Shen le había pedido que esperara dos días más, pero en cuanto oyó «abrir de nuevo» no pudo quedarse quieta, como si, de no estar ella un rato en el cobertizo, aquellos años de antes no hubieran vuelto de verdad.
Al ver a Daxiu dando vueltas alrededor de la olla, le dijo que a fuego lento salía más sabroso. Daxiu levantó la olla y le mostró el hueco del fogón: «Da igual cómo esté el fuego. El borde de la olla no se sostiene». A Sui palpó el fogón y se le ennegreció la mano. Como para disimular, se rio diciendo que al fin y al cabo su hijo era carpintero y de aquello no entendía, que tendrían que haber llamado antes a un albañil. Daxiu preguntó: «¿No dijo usted entonces que en cuanto viniera él podría arreglarlo?».
Llegó un hombre con una carga de agujas de pino. Era un viejo conocido de A Sui. Al verla, la llamó señora Lin y le preguntó si había sopa caliente ese día. Ella se apresuró a decirle que sí, lo invitó a pasar y sentarse y le pidió a Daxiu que echara un poco más de fideos. Liu Lan buscaba cambio, pero Daxiu se quedó quieta, con el cucharón de agua en la mano, sin responder. Solo entonces se dio cuenta A Sui de que había hablado como si siguiera sentada ante el fogón de su antigua casa.
La carga de acículas de pino quedó junto al camino y enseguida llegaron otras dos mujeres que vendían huevos. Una, en cuanto vio la madera, preguntó si todavía no habían acabado de arreglar el puesto. La otra levantó la tela de su cesta para enseñarle a Asui el primer huevo de dos yemas. Asui las invitó a entrar a las dos. Liu Lan llevó hasta la puerta la única mesita que no estaba bloqueada. Dos personas se sentaron y la tercera tuvo que hacerse un hueco en el borde de la pila de madera.
Cuando sirvieron la sopa caliente, Xu Shen acababa de entrar con las herramientas a la espalda. Anteayer había pasado medio día arreglando la cerradura de un armario en una casa y solo aquella mañana había cobrado las veinte monedas. La noche anterior no se había atrevido a presentarse con las manos vacías ante la tía Liu. Al ver a cuatro personas apretujadas a la entrada del cobertizo, fue primero a mover las piezas largas de madera. La más exterior ya tenía una ranura tallada y, al hacer fuerza, la media hoja de puerta que colgaba del armazón se inclinó con ella. Se apresuró a sujetarla, pero aun así se derramó la mitad de la sopa del cuenco.
Una de las vendedoras de huevos se levantó y se golpeó la rodilla contra el banco de cepillar. Apretó los dientes de dolor. Daxiu pasó un trapo húmedo por la mesa, pero apenas desenvolvió las tortas de verdura se les pegaron las virutas. Xu Shen dijo que en un momento estaría todo listo, alzando la voz por encima del agua que hervía bajo la tapa. Liu Lan le puso una mano en el hombro y le pidió que se quedara quieto por ahora, para dejar salir a los clientes a comer. Los cuatro cuencos acabaron sobre las piedras del camino y la sopa se enfrió enseguida con el viento.
El hombre que vendía agujas de pino terminó de comer, se sacudió la pechera y se dispuso a irse. Creía que aquel día los viejos conocidos se habían reunido para inaugurar el cobertizo; A Sui no había mencionado el dinero y él tampoco había preguntado. Da Xiu lo detuvo y le dijo que la sopa costaba cuatro monedas y la torta otras dos. Él se quedó sorprendido y se volvió hacia A Sui. A ella le ardió el rostro. Dijo que, por supuesto, había que pagar, pero su mano ya buscaba la bolsa para hacerlo por él.
Daxiu no tomó el dinero de A Sui y siguió mirando al hombre. Al fin, el vendedor de acículas de pino sacó seis wen y dijo que antes, cuando la señora Lin le daba unas gachas, no había tanto que hablar. A Sui quiso contestar algo con una sonrisa, pero Liu Lan salió a alcanzarle la cuerda de carga que se había dejado junto a la mesa. Le dijo que aquellas gachas eran de entonces y que Daxiu tenía que vivir de esto ahora. Apenas lo dijo, se le secó la garganta.
La vendedora de huevos, en cambio, había guardado el de doble yema y le pidió a Liu Lan que lo abriera allí mismo para que todos lo vieran. Esperaba que se maravillaran, pero, al cascarlo, solo salió una yema grande. Otra mujer se dobló de risa y dijo que tanto había presumido de su gallina que hasta la había enseñado a hacer trucos. A Sui también rio. Luego, con la punta de los palillos, apartó bien la clara y dijo que la gallina no la había oído hoy, que quizá mañana se animara a poner dos yemas. Daxiu consiguió prestada una sartén pequeña y se lo frió. Por un momento, el olor a huevo frito pudo más que el de la madera. La vendedora lo partió para repartirlo entre todos y se reservó justo el trozo más tostado.
Antes del mediodía, Liu Ting trajo media cesta de verduras baratas. Había cubierto primero el turno de otra persona en la tienda de aceite. Al ver que la madera por la que había pedido prestado el carro y perdido un día seguía allí tirada, no dijo nada. Dejó la cesta y se disponía a marcharse. Liu Lan lo llamó para que comiera un trozo de huevo. Se acuclilló fuera del cobertizo y lo masticó deprisa, con aquel olor a aceite que ni lavándose lograba quitarse de las manos. Su madre preguntó si su mujer estaba mejor. Él dijo que tosía por la noche y que, al peinar a su hija, le había hecho una trenza gruesa y otra fina. Liu Lan le mostró con las manos cómo separar el pelo. Él la imitó con media brizna seca y, al ver lo ridículo que resultaba, madre e hijo se echaron a reír.
Por la tarde no llegaron más clientes. La madera tapaba la entrada del cobertizo, que parecía un lugar donde trabajaban carpinteros. Los caminantes lo veían desde lejos y preferían ir a comer las tortas de trigo que Zhou Qiao tenía ya hechas. Daxiu volvió a envolver las once tortas de verdura que le quedaban. La sopa de la olla pequeña había espesado tanto que se podía sacar a cucharadas, pero ya no verter. La probó y le dio pena tirarla. La repartió en dos tarros de barro para llevárselos al hombro y venderla en el sur de la ciudad.
Xu Shen se agachó junto al fogón para medir el ancho, pensando en levantar un poco la olla con un soporte de madera. Daxiu le quitó la regla y la dejó sobre la bolsa de herramientas. «Con mi olla no hagas pruebas. Si el soporte se prende, aunque me pagues otra, tendré que parar varios días más». Él se quedó pálido. Recordó que antes también había llamado provisional a la cuña de madera y no siguió con el trabajo.
Asui ya no aguantaba sentada. Se apoyó en la rodilla para levantarse y tirar el agua sucia. Daxiu se llevó el agua ella misma y, al volver, frotó la olla hasta dejarla reluciente. Se quitó la horquilla del pelo y con ella sacó la suciedad acumulada en los agujeritos de las asas. Al ver aquel gesto, Liu Lan supo que ese día no dejaría allí la olla. Las que se ganaban la vida haciendo de comer siempre recogían primero su propia olla al dejar un fogón.
«Hoy mi puesto del sur ha estado cerrado medio día», dijo Daxiu. No le pidió a Liu Lan que la compensara ni dijo que volvería otro día. Al echarse la pértiga al hombro, llevaba la olla en un extremo y el cesto de verduras en el otro. Ajustó la carga dos veces y un lado seguía pesando más. Liu Lan la ayudó llevando en la mano un tarro de sopa espesa y la acompañó hasta el cruce. Por el camino, la oyó contar que junto a su puesto se había instalado hacía poco alguien que vendía pastelitos y que sus antiguos clientes ya empezaban a sentarse allí.
Cuando volvió al puesto, A Sui le estaba diciendo a Xu Shen que Daxiu era impaciente. Al oírlo, Liu Lan se detuvo un instante. Puso sobre la mesa una tetera vacía que quedaba junto a la puerta y dijo en voz baja «Daxiu tiene motivos. Le pedí que viniera a trabajar y ni siquiera le busqué sitio para la olla». A Sui dijo que ella también había querido ayudar y que quién iba a imaginar que la madera de Xu Shen se retrasaría. Xu Shen se apresuró a decir que trabajaría más deprisa y que ese día se saltaría la comida.
«¿Por saltarte una comida van a aparecer tres taburetes más?», preguntó Liu Lan.
A Sui nunca la había oído hablarle así a Xu Shen y sintió como si también a ella la hubieran reprendido a la cara. Apretó el hatillo de tela con los rábanos encurtidos y dijo que, si tanto estorbaba, no debería haber venido. Liu Lan la detuvo y no le dejó llevarse los rábanos. Luego se volvió y descolgó de la viga un par de zapatos de paja, los mismos que en invierno Xu Shen le había pedido a Liu Ting que le llevara. Tenían una fina capa de polvo, pero los nudos seguían bien hechos.
A Sui vio el nudo de paja con que habían remendado el costado del zapato. Ella misma había enseñado a Xu Shen a hacerlo hacía años. Entonces se quejaba de lo torpe que era el niño, de que sus nudos siempre abultaban más que los de los demás y rozaban al caminar. Ahora que los zapatos estaban allí, casi deseaba que Liu Lan se quejara de lo mal hecho que estaba el nudo, porque así aún podría recoger el zapato, deshacerlo y trenzarlo de nuevo. Liu Lan ni miró el nudo. La miraba a ella, con un abanico de arrugas finas en el rabillo de los ojos por el cansancio.
«Este par sigue sin estrenar, llévatelo», dijo Liu Lan. «El otro se lo llevó alguien puesto y ya no se puede devolver». A Sui no lo tomó, y Xu Shen tampoco se atrevió. Las sandalias de paja quedaron en el centro de la mesa, al lado de la jarra vacía. Ninguna de las dos cosas valía gran cosa, pero ninguno de ellos podía hacer como si no las hubiera visto.
Xu Shen trabajó aquel día hasta la puesta del sol. Llenó medio saco de astillas y aún no podía levantar la puerta. Para esquivar la grieta de la esquina de la pieza larga que se había rajado en el bambusal, tendría que cambiar las medidas originales. No volvió a decir cuatro o cinco días, y Liu Lan tampoco volvió a preguntarle. Al cerrar la puerta interior de la cocina, se quedó un rato con la llave apretada en la palma y se la llevó a su casa.
De vuelta en la ciudad, A Sui escondió el par de sandalias de paja debajo de la cama. Huangdou olió la paja, agachó la cabeza y las empujó con el hocico. Los talones asomaron como si hubiera alguien de pie debajo de la cama. A medianoche ella se despertó con sed y buscó la jarra a tientas. Xu Shen la oyó y quiso levantarse, pero ella le dijo que no hacía falta. Él se quedó sentado un rato al otro lado de la cortina y, cuando su madre bebió, oyó un levísimo sollozo que se le atascó en la garganta.
La leña que sobró aquel día en el puesto acabó partiéndola Liu Lan sola. Despejó el lugar de la olla que Daxiu se había llevado. Quedó más vacío de lo que se había imaginado. Al día siguiente, alguien que pasaba preguntó si había sopa caliente. Dijo que solo tenía té. El hombre compró un cuenco por dos monedas, se lo bebió y se fue. Ella no tuvo que explicarle a nadie por qué ese día todavía no había hecho de comer.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.
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