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Un volumen en las manos

Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua

El puesto de té, lleno de madera para una puerta

Ku Wuji · Creación con IA · 10703 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Al acabar el año, Asui pegó en el cuarto nuevo un papel rojo muy pequeño. Se lo había pedido a Fang Guiniang de entre los recortes que le sobraron. Alguien del patio que sabía escribir le puso los caracteres en un momento. No eran muy regulares, pero Asui se esmeró en alisar el papel al pegarlo. Huangdou se arrimó a mirar y una esquina levantada del papel le rozó el hocico. Dio un respingo hacia atrás y ella se quedó riendo sola un buen rato.

Xu Shen fue a cenar en vísperas del Año Nuevo. Llevaba algo menos de carne que otros años cuando volvía a la montaña, y su madre no preguntó. Primero le afiló las tijeritas y, al acabar, le preguntó de pronto si tenía a buen recaudo las doscientas treinta monedas. A Sui se apresuró a decir que sí, como si el dinero resistiera el frío mejor que las personas. Él iba a pedirle que en adelante procurara no tocarlo. Recordó que el primero en tocar su dinero había sido él y se limitó a devolverle las tijeras, sin añadir un segundo silencio a la cena de fin de año.

Después de comer, Fang Guiniang llamó desde el patio para que alguien vigilara la olla. Du Yin volvió a buscar una prenda y la puerta, tras quedar abierta un momento, volvió a cerrarse. Xu Shen le cambió el agua caliente a su madre y salió al patio. Vio pasar por la calle a Wei Ce, que llevaba unos protectores de palma de algodón basto. El muchacho lo vio, asintió también y dijo que se los había cosido su hermana. Siguió andando, sin detenerse como antes a enseñarle las puntadas.

Durante el primer mes, Xu Shen hizo algunos trabajos sueltos. Reparó un banco, recompuso un refuerzo de puerta y añadió un reborde discreto a un armario viejo. Algunos se los había pasado Ren Quan. Otros venían de antiguos clientes que aún recordaban lo hábil que era. Tenía que examinar cada trabajo antes de aceptarlo y lo que cobraba apenas daba para presumir. A Sui quería preguntarle cuándo haría la puerta nueva, pero temía que su hijo se tomara sus seiscientos wen como una forma de meterle prisa. Así que, durante la comida, solo comentó de pasada que el tiempo estaba seco últimamente y preguntó si la madera se conservaba bien.

La puerta original de la botica llevaba ya un mes firme. Xu Shen aún miraba el apoyo inferior cuando pasaba por allí. Al verlo derecho, sentía primero alivio, pero luego veía a Zhou Tong sujetar el papel con la mano izquierda dentro del local y ya no conseguía relajarse del todo. Ningún cliente le metía prisa por hacer una puerta nueva. Era él quien, cada vez que pasaba, sentía que los demás aún no habían visto lo que de bueno podía hacer.

El tercer día del segundo mes fue primero al cobertizo del té. Era la fecha que él mismo había prometido el año anterior y no podía seguir aplazándola. Además, iban a traer material nuevo al rincón exterior de la tienda de Ren y tenía que sacar de allí sus maderos. Le ofreció sesenta wen a Shi Yan por el viaje. Primero llevarían al cobertizo las tablas y las piezas del marco que cupieran en el carro. En el depósito de madera de Shikou habían quedado otras más largas que él mismo iría a recoger.

Como siempre, Shi Yan se negó a dejar que las piezas largas de madera sobresalieran arrastrando por detrás del carro. Dijo que, con el vaivén de una curva, podían llevarse a alguien por delante. Harían dos viajes. Por ahorrarse tan poco podían acabar atascados en mitad del camino. Xu Shen dijo que ya lo sabía, con la cara un poco encendida. Cada vez que decía que ya lo sabía, ahora le parecía que volvían a preguntarle qué era exactamente lo que sabía antes. A Sui se adelantó con la llave del cobertizo exterior. Quería despejarle un poco el sitio a su hijo para que no tuviera que ponerse a ello en cuanto llegara.

Cuando llegó la tía Liu, la puerta ya estaba abierta. A Sui llevaba un montón de esteras viejas en brazos y miraba qué sitios estaban secos y dónde cabían tablones largos. Al verla, sonrió y dijo que su hijo Shen llegaría en un rato, que le había venido muy bien tener la llave prestada. La tía Liu vio los trozos de madera que habían aparecido en el suelo, supuso que eran para reparar la ventana y la ayudó a apartar un banco. Para ella era sencillo. Si había que arreglar una ventana, el carpintero tendría que traer madera y no pasaba nada porque su amiga hubiera llegado antes.

El carro paró delante del puesto y fueron metiendo los tablones de uno en uno. Solo entonces se vio que era demasiada madera para una ventana tan pequeña. Daxiu estaba probando la olla con agua y, al levantar la vista, preguntó si con tanta madera pensaban desmontar medio puesto. Xu Shen se apresuró a decir que para la ventana no necesitaba tanto, pero que también tenía que rehacer una puerta y dejaría allí la madera unos días. A Sui intervino más rápido todavía. Dijo que era la puerta de la botica, que había que hacerla bien y que dejar todo aquello apilado en el taller de la ciudad le estorbaría al maestro.

La tía Liu entendió que un cliente seguía esperando una buena puerta, y se le atenuó un poco el disgusto de la cara. Sabía lo que había pasado en la botica, pero ignoraba que la puerta original llevaba tiempo bien reparada y menos aún sabía que la puerta que tenía delante era una idea que Xu Shen se había empeñado por su cuenta en llevar adelante. Al oír a su madre decir que al fin y al cabo había que hacerla bien, Xu Shen también supo que estaba contando solo parte de la historia. Aun así, primero apoyó bien la tabla que tenía en las manos y no la desmintió en el acto.

La ventana se arregló enseguida. Limpió el hueco de la espiga en la esquina vieja, lo calzó con un trozo de madera seca y colocó un travesaño nuevo. El viento dejó de colarse de frente por la rendija. Al hacer aquel trabajo que conocía bien, las manos de Xu Shen parecieron volver por fin a terreno conocido después de andar perdidas. Pasó el cepillo y levantó una viruta fina, la dejó caer y levantó otra, sin tener que preguntarse a cada pasada qué pensarían los demás. La tía Liu probó a empujar el postigo. Cerraba bien y a ella se le iluminó la cara.

Ella sacó treinta wen para pagarle el trabajo, pero Xu Shen no los aceptó. Cuando había prometido venir a arreglar la ventana al empezar la primavera, no lo había tomado por un nuevo encargo, y ahora que también le prestaban sitio, menos podía quedarse con aquella ristra de monedas. La tía Liu insistió dos veces y, al ver que él no tendía la mano, dijo que lo dejarían así y ya harían cuentas más adelante. Asui, que lo vio todo, pensó que su hijo había hecho un trabajo de verdad y que, si dejaban unos cuantos maderos más en el cobertizo, tampoco podría decirse que los suyos siempre se aprovechaban de los demás.

Nadie puso sobre la mesa aquella cuenta que habían dejado a medias entre ellos. Xu Shen tenía sus propios reparos para aceptar el dinero. A Sui lo daba por compensado con el espacio que les prestaban. La tía Liu simplemente había dejado de insistir por el momento. Que la ventana cerrara bien no hizo encajar todas aquellas intenciones que nadie había aclarado. Más bien hizo que todos los presentes sintieran que podían dejar aquella pequeña incomodidad para más adelante.

Daxiu, en cambio, no podía esperar. Cuando puso su olla grande en el fogón viejo, el borde solo apoyaba bien de un lado y del otro había que sostenerlo provisionalmente con un ladrillo. Le pidió a Xu Shen que lo mirara con la misma naturalidad con que le había pedido que arreglara la ventana. Él se agachó a examinarlo un buen rato. Dijo que el mango de madera se podía cambiar, pero que para el aro del fogón hacía falta alguien que supiera de albañilería. No bastaba con cepillar un trozo de madera y calzarlo debajo.

Daxiu alzó la cabeza hacia A Sui. A Sui recordó que aquel día había dicho que no tenían por qué preocuparse por un fogón tan pequeño. Se le encendió la cara y se apresuró a decir que solo había propuesto echarle un vistazo primero, que cuándo había dicho que no hubiera que llamar a nadie más. A ella le pareció que solo matizaba un poco sus palabras. Para Daxiu, que llevaba más de un mes esperando, sonó como si de pronto cambiara lo dicho. Daxiu no discutió allí mismo. Retiró la olla y la dejó en el suelo, con la falda cubierta de ceniza.

Xu Shen sabía que su madre se sentía incómoda allí. A él tampoco le gustaba dar la impresión de que, aparte de reparar la ventana, no podía hacer nada más. Dijo que volvería a preguntar al albañil que conocía en la ciudad. Antes había que averiguar si podía venir y qué día. La tía Liu se apresuró a decir que no corría prisa, que aún faltaba medio mes para abrir el puesto. Daxiu pasó la mano por todo el borde de la olla y guardó silencio. Lo que esperaba dejar resuelto con aquella visita volvía a quedar en una espera sin forma.

La tía Liu preparó un almuerzo sencillo, arroz con judías, agua caliente y un platito de verduras encurtidas bien escurridas. A Sui la vio ir varias veces hacia la cocina y, por costumbre, quiso levantarse a ayudar a servir. La rodilla se le puso rígida y tuvo que apoyarse en la mesa. La tía Liu le dijo que se sentara, que ya lo hacía ella. Se lo dijo con menos dulzura, como si estuviera más cansada que antes. A Sui se quedó sentada y de pronto se dio cuenta de cuántos gestos que antes hacía ella tenía ahora que ver hacer a otros. Y aquello no le producía solo alivio.

Después de comer, Xu Shen fue a medir el sitio donde guardaban la madera. Si armaba allí las dos hojas nuevas, ocuparían media sala y todavía habría que poner un caballete. A su espalda, la tía Liu dijo que abriría el diecisiete del segundo mes. ¿Dónde iba a sentarse la gente? Para entonces no podía seguir allí toda la madera. Xu Shen se apresuró a decir que no tardaría tanto. En cuanto llegaran las piezas largas, podría levantar la puerta en unos días. Dijo unos días con la misma soltura que antes del accidente con la otra puerta. Se oyó a sí mismo, pero le dio vergüenza corregirse y decir que no estaba seguro.

Daxiu llevó de nuevo el banco largo bajo la ventana y se encontró con que topaba justo con un atado de tablas y no podía empujarlo más. Levantó la vista y A Sui le dijo que lo dejara apoyado allí de momento, que cuando viniera Shen al día siguiente ya lo colocaría más adentro. No pretendía obligar a nadie a dar un rodeo. Solo que aquellas piezas de madera estaban ligadas a sus seiscientos wen y, sin darse cuenta, primero les buscaba a ellas un sitio seguro y luego pensaba en el banco donde se sentaba la gente.

La tía Liu puso el banco de través en la entrada y dijo que la gente tenía que poder pasar. No regañó a nadie ni sacó la madera fuera, pero A Sui notó que su amiga hablaba aquel día con menos suavidad que antes, y sintió un malestar que se guardó para sí. Llevaban tantos años siendo vecinas. Ahora que a los de la ciudad les tocaba hacer algo difícil, ¿cómo podía ser que de pronto hubiera que dejar tan claro hasta en qué sentido se ponía un banco? No siguió preguntando. En el fondo sabía que a la tía Liu no le faltaba razón.

Antes de irse, Xu Shen volvió a probar la ventana nueva, como si quisiera que todos vieran algo que sí había terminado. La ventana se cerró suavemente. Había quedado muy bien. La tía Liu asintió y le dio las gracias, pero el ruido del agua con que Daxiu lavaba la olla al fondo ahogó su voz. A Sui, al lado de su hijo, iba a decir que volvería a sentarse allí cuando empezaran a servir el té de primavera. Al posar la vista en los tablones, acabó diciendo que volvería cuando estuviera hecha la puerta.

Para volver a la ciudad no tomaron el carro de Shi Yan. El carretero tenía que ir luego a Shikou a recoger mercancía ajena y no podía andar siempre pendiente de los Xu. Xu Shen ayudó a su madre a llegar al lugar donde paraba el carro de pasajeros. Esperó a que se sentara bien y siguió despacio a pie, con las herramientas a la espalda, para ahorrarse un pasaje. Asui lo miró por el costado del carro. Solo entonces vio que el mango del taladro largo nuevo, que sobresalía de la bolsa, ya estaba cubierto de polvo y había perdido el brillo del día en que lo compró.

Tenía muchas ganas de decirle que dejara de hacer aquella puerta nueva, pero se guardó las palabras. Ella había puesto el dinero primero y había dicho por él que había que hacerla bien. Si ahora le decía que la dejara, era como si aquellos seiscientos wen se hubieran convertido en una cuerda para traer y llevar a su hijo. Solo apretó contra sí el cesto vacío. Dentro no había comida de Año Nuevo ni una equivocación que pudiera deshacer en el acto. Se quedó frotando una y otra vez la astilla del borde, ya gastada y lisa.

Por la noche, Xu Shen volvió a las afueras del taller y sacó el otro dibujo de la puerta. Las ondas del agua eran más finas que en el anterior y las hojas estaban más completas. Pensó en la ventanita que acababa de hacer en el puesto. La habían probado tres veces y habían aceptado usarla. No necesitaba tantos detalles que delataran quién la había hecho. Pero la idea apenas le duró un instante. Su mano volvió a seguir el borde del adorno nuevo, como si aún se negara a creer que tanta gente ya hubiera tenido que apartar sus cosas para hacer sitio a una puerta que nadie le apremiaba a terminar.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Aquella habitación orientada al sur
  2. La nieve llega al umbral
  3. El tercer cuenco
  4. Antes de que cayera la puerta
  5. Letras negras en la encrucijada
  6. La puerta de la ciudad por la tarde
  7. El fuego prestado del patio
  8. Una puerta de igual valor
  9. La puerta a la que no llamaron al mediodía
  10. El letrero quedó vuelto hacia otro lado
  11. Un par de manos junto al cesto de costura
  12. El agua del deshielo se filtra por el muro sur
  13. Un asiento para volver al pueblo
  14. Una división de la regla que pasó inadvertida
  15. La mano bajo la puerta
  16. Lo que su madre dijo por él
  17. El puesto de té, lleno de madera para una puerta
  18. El atajo por el que no pasa el carro
  19. ¿De quién es el patio trasero?
  20. Una carga al hombro, dos cuerdas
  21. Daxiu se llevó la olla
  22. El taburete en el que nadie se sentó
  23. ¿Quién comprometió la casa vieja?
  24. Poner la puerta nueva bajo la lluvia
  25. La habitación que aún no ha dejado
  26. El peine que quedó en el taller
  27. El cartel no lleva el nombre de nadie
  28. Un cuarto cálido no es un remedio
  29. Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón
  30. El cesto de las agujas que no se vendió
  31. El puesto de té encontró su propio ritmo
  32. El trato por la madera de la montaña
  33. ¿De manos de quién aceptar la carga?
  34. Una olla de arroz que no tiene que enfriarse primero
  35. Reparar la puerta para los vivos
  36. Hasta dónde ha bajado el sol

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