Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua
El puesto de té encontró su propio ritmo
Ku Wuji · Creación con IA · 10678 caracteres · Aproximadamente 12 minutos
El día dos del cuarto mes, Liu Lan quemó la estera vieja que había fuera del puesto de té. Se había empapado y tenía virutas incrustadas. Después de varios días al sol aún olía a moho. La llevó a un claro, echó agua alrededor y solo entonces le prendió fuego. Las llamas eran bajas, pero el humo era espeso. El hijo de Zhou Qiao lo vio de lejos y gritó que el puesto volvía a arder. Ella lo regañó por lo fácil que le salía decir «otra vez», le tapó la boca con un puñado de tallos de verdura y le dijo que primero mirara bien.
El cobertizo exterior ya estaba despejado. Con las tablas que habían sobrado de aquella puerta nueva, Xu Shen hizo una plataforma baja. Llevó los maderos de debajo a un lugar seco y los fijó, para que sirvieran de algo más que de apoyo improvisado para los pies como aquella noche de lluvia. Puso al lado dos bancos viejos. Una pata de uno era medio cun más corta y él cepilló el otro extremo para nivelarlo. Liu Lan probó la plataforma y dejó la esquina rajada contra la pared, con el lado liso hacia los clientes. Por buena que fuera la madera, no iba a dejar que ocupara el centro del cobertizo.
El día veinticuatro del tercer mes habían contratado a un albañil para reformar el fogón interior. Había ensanchado el borde y despejado otro conducto para el humo. El barro recién aplicado ya había tenido tiempo de secarse. Aquel hombre llevaba décadas haciendo fogones y le bastó una mirada al diámetro de la olla de Daxiu para saber que no podía elevarse con un soporte de madera. Liu Lan pagó el trabajo con lo que sacaba del té y parte de sus ahorros. De momento no cambiaría una tinaja rota de casa. Así no tuvo que esperar a que Xu Shen encontrara a alguien que pudiera echarle una mano.
Cuando Daxiu vino a probar la olla, lo primero que hizo fue verter medio cucharón de agua y escuchar si se agitaba. La olla encajó sin balancearse por ningún lado. Luego sacó dos leños nuevos para comprobar si el humo se iba hacia atrás. Liu Lan, desde la puerta, estuvo a punto de decirle que el albañil hacía un trabajo de fiar, pero se limitó a abrir la ventana y dejó que Daxiu lo comprobara todo a su manera, cosa por cosa.
Habían pasado todos aquellos días y el viejo resentimiento entre las dos aún no se había disipado del todo. Al levantar el soporte de la olla, Daxiu todavía recordaba la mañana del día diecisiete del segundo mes, cuando sus tortas de verdura se llenaron de virutas y los clientes de siempre pasaron de largo para comprar los pasteles de otro. Liu Lan miró la olla y quiso decir que ella también había salido perdiendo, pero se volvió a por dos cuencos de agua fresca y le ofreció uno primero a Daxiu.
No retomaron el negocio de jornada completa de antes. Daxiu no podía dejar su puesto del sur de la ciudad y solo accedió a venir una vez cada cinco días. Vendería sopa de fideos por la mañana y se marcharía antes de la primera hora de la tarde. Si surgía algo en casa, mandaría aviso el día anterior. Liu Lan vendería el té por su cuenta, por la tarde prepararía solo dos cosas que pudieran comerse frías y cerraría el cobertizo algo antes. Quien llegara a la puerta al caer la tarde podría resguardarse un rato del viento. La comida caliente no estaba asegurada y ya nadie podría valerse de la confianza de tantos años para obligarla a mantener el fuego encendido.
El primer día Daxiu hizo sopa de brotes de bambú. Había poca carne en la olla y las hojas de cebolleta estaban cortadas muy finas. Apenas rompió a hervir, el aroma de los brotes llegó flotando al cruce. Pasó un hombre en un carro de bueyes, olió la sopa, se apeó y, nada más sentarse, preguntó cuánta carne llevaba. Daxiu le enseñó el fondo del cucharón y le dijo, riendo, que si quería más carne tendría que pagar un poco más. Él se palpó el monedero y pidió un solo cuenco. Al acabar, rebañó el caldo con media torta.
El hombre no había atado bien el buey. El animal estiró la cabeza para oler la cesta de hojas de mostaza que había junto a la ventana, se comió un manojo de encima y se quedó con una hoja colgando de la comisura. El hombre alzó los palillos para espantarlo, pero el buey agachó la cabeza, apartó la cuerda de un empujón y casi hizo caer a su dueño. Daxiu protegió la olla con una mano y señaló con la otra el árbol de atrás. Liu Lan se apresuró a meter la cesta de verduras y rezongó que el hombre aún no se había saciado y el buey ya había encontrado dónde comer gratis. El hombre, colorado, pagó dos wen por el daño. Liu Lan los aceptó y le dio al buey un puñado de hojas viejas, diciéndole que la próxima vez empezara por esas.
Más tarde, Daxiu frió un trozo de carne que se había reservado. El fuego era suave y los bordes se doraron apenas. Liu Lan le dijo que no hacía falta que le diera, y ella, al darle la vuelta al trozo, respondió que era para ella misma, que después de tanto trajín desde la mañana bien podía comer algo que le apeteciera. Lo envolvió en una hoja de verdura y le dio un mordisco. El aroma de la grasa se extendió y a Liu Lan se le hizo la boca agua. Puso otro trocito en la sartén y las dos comieron cada una lo suyo junto al fogón, sin guardarlo como especialidad para los clientes.
El hombre del carro de bueyes se acabó también la sopa. Liu Lan sintió un poco de tranquilidad, aunque aún no quiso dar por hecho que el negocio marchaba bien. Por la tarde, las dos contaron los cuencos que habían vendido. Quedaban tres cuencos y medio de sopa. Daxiu se llevó un tarro a la ciudad y Liu Lan se quedó con el resto para ella. El buen tiempo no la llevó a poner otra olla al fuego por si venía más gente. Mientras recogían, oyeron rodar un carro por el camino y aún se les despertó la expectativa, pero en el fogón solo dejaron el rescoldo. Ya no corrían a echar leña en cuanto oían un ruido.
Liu Ting vino por la tarde a traer un saco de arroz, seguido de su hija. En efecto, la niña llevaba una trenza gruesa y otra fina, y la fina apuntaba al cielo. Daxiu se rio al verla y le preguntó quién la había peinado. Liu Ting tosió y dijo que a la niña le gustaban así. Pero su hija lo delató en el acto. Se las había hecho su padre, dijo, y le había dado tantos tirones que le había arrancado tres pelos. Ya los había contado.
Liu Lan alargó la mano para deshacerle las trenzas, pero la niña no paraba quieta, empeñada en mirar la olla. Aprovechando el buen humor de su madre, Liu Ting le preguntó si al día siguiente podía ir a la ciudad a preparar un par de comidas en casa. A su mujer ya se le había pasado la tos y quería visitar a su familia, y no había quien cuidara de la niña. A Liu Lan le salió primero un sí. Luego se quedó quieta con la cinta del pelo entre los dedos y dijo que al día siguiente tenía que comprar té, que solo podría llegar por la tarde y que de la comida se encargara él primero.
«Dicen que mis salteados quedan salados», dijo Liu Ting. Daxiu resopló a su lado y le dijo que echara medio pellizco menos de sal. En cuanto oyó que le tocaría comer lo que cocinara su padre, a la niña se le cayó la cara y Liu Lan casi cambió de parecer. Igualó de nuevo las dos trenzas y le dio un golpecito suave con el dedo en la frente. Le dijo que si a su padre no le salía bien, comiera primero un panecillo y que por la tarde la abuela le llevaría uno dulce.
La niña preguntó si podía quedarse a vivir con la abuela en el puesto de té. Liu Lan le dijo que ese día podía quedarse un rato, pero que antes de oscurecer tendría que volver a casa. Sacó del fogón un taro pequeño que había asado entre las brasas, lo peló y sopló para enfriarlo. Le dio la mitad a la niña y se comió la otra mitad. Al ver que su madre también comía, Liu Ting dijo riendo que ahora ya no se lo daba todo a la pequeña. Ella le lanzó una mirada y le mandó que primero llevara el saco de arroz de la entrada a un sitio seco, que no lo dejara por donde corría el agua.
Asui llegó al puesto de té el día tres con medio tarro de rábanos que había dicho que eran para Daxiu. Daxiu no estaba aquel día y Liu Lan le dijo que lo dejara allí, que en un par de días vendría a recogerlo. Asui puso el tarro dentro. Dejó donde estaba el cucharón vacío junto al fogón y tampoco preguntó cuántos días tendría que cuidarle el puesto. Fue derecha a la mesa baja, eligió un sitio donde no estorbara el paso y, al sentarse, palpó con la mano el canto recién cepillado.
Liu Lan le sirvió té y, como de pasada, le preguntó si no le había dolido desprenderse de aquellos seiscientos wen. En cuanto lo dijo, las dos se quedaron calladas un momento. Asui fue la primera en reírse. Dijo que sí le había dolido, que solo de pensarlo se le oprimía el pecho. Liu Lan bajó la cabeza y también se rio. Dijo que el día diecisiete del segundo mes ella había sentido la misma opresión. No se pusieron a medir cuál de los dos pesares pesaba más. El té estaba caliente y ninguna tenía que apresurarse a aliviarle el suyo a la otra.
Asui vio una cestita junto a la pared y preguntó qué había dentro. Liu Lan sacó un puñado de setas recogidas después de la lluvia. Aunque ya las había escogido con cuidado, dijo que esperaría a que las viera alguien que las conociera bien, que no tenía prisa por echarlas a la olla. Asui empezó a señalar una, diciendo que esa se podía comer seguro, pero a medio gesto retiró la mano. Dijo que, aunque tenía el aspecto de las comestibles, también se había equivocado alguna vez. Liu Lan volvió a poner el puñado en la cesta y esperó a que viniera alguien.
Por la tarde llegaron dos viajeras que pidieron prestada la mesa para volver a atar sus fardos. Una puso a secar sus zapatos bordados al borde de la tarima baja. Asui se hizo un poco a un lado y la oyó contar que en el puente de la ciudad vendían títeres capaces de dar volteretas. Ella les contó la función de la tinaja que había visto. Cuando llegó a la parte en que salían las judías secas a borbotones, Liu Lan se volvió desde la boca del fogón y se rio tanto que se le ladeó la tetera.
Las dos viajeras se sumaron a sus risas y después cada una volvió a su camino. A Sui se dio cuenta de que hacía mucho que no hablaba así con Liu Lan de algo que no tuviera que ver con su hijo ni con el fogón. Liu Lan le preguntó si el teatro ambulante seguía allí. A Sui le dijo que, según Gu Qin, lo habían trasladado al Mercado del Este. Si iba a la ciudad en un par de días, podía ir primero a verlo, sin necesidad de ir directamente a buscarla al callejón Nanhuai.
El día cinco del cuarto mes, Liu Lan fue en efecto a la ciudad a comprar té y pasó primero por el mercado del Este. Aquel día representaban otro acto en el teatro. No entendió muy bien el enredo amoroso de la parte central, pero le gustó especialmente un bufón que siempre cogía el sombrero equivocado. Esperó a que terminara la función antes de ir a ver a Asui. Asui no se quejó de haber esperado tanto. Le enseñó las cebolletas de debajo de la ventana, que tenían las hojas algo más altas y de las que ya había cortado una tanda para hacer fideos.
Asui preguntó quién se había equivocado de sombrero al final de la obra. Liu Lan dijo que había sido uno que hacía de funcionario del distrito y que se había puesto el sombrero del novio. Asui no se lo creyó. ¿Cómo iba a ser igual el sombrero de un funcionario que el de un novio? Discutieron un buen rato hasta darse cuenta de que Liu Lan había salido a mitad de la función a comprar un paquete de judías tostadas y, para cuando volvió, aquel personaje ya se había hecho pasar por otro. Ella fue la primera en reírse. Asui se burló de que con la vista tan mala aún quisiera ir a ver enredos de amor. Liu Lan le dio un golpecito con la punta del dedo en la manga azul y le dijo que acababa de enterarse de cuál de sus mangas era más larga. Fang Xiao, que llevaba un buen rato escuchando en cuclillas junto a la puerta, preguntó si podían pedirle al tío Xu que hiciera dos sombreros de madera. Las dos se apresuraron a decirle a la vez que no.
Xu Shen regresó antes del anochecer. Al oír la voz de la tía Liu, vaciló un poco al entrar. Liu Lan lo miró y dijo que la superficie de la mesa resultaba práctica; si volvía a levantarse alguna astilla, lo llamaría otra vez para que la cepillara. Él respondió que sí. Ella se levantó para probar la manga azul de su madre y dijo que, en efecto, la derecha era algo más ancha. Su risa hizo que también se relajaran las comisuras de Xu Shen.
Antes de marcharse, Liu Lan le trajo el dinero de los nabos que Daxiu le había encargado entregar, ocho monedas por medio tarro. A Sui las aceptó y quiso devolverle dos como obsequio, pero a mitad del gesto le cogió la muñeca y le dijo que se fijara, de camino, en el letrero nuevo del puesto de bollos al vapor. Le pareció que contarle cara a cara algo gracioso se parecía más a como eran antes que andar pasándose las mismas monedas de una mano a otra.
Después de eso, el puesto de té aún tuvo sus momentos de calma. Los dos días que llovió, Liu Lan dejó los bancos dentro y se sentó a coserse una prenda de primavera. No tenía la paciencia de A Sui y las puntadas le salían torcidas, pero la prenda era holgada y cómoda. Cuando oía pasar a alguien por el camino de la montaña, levantaba la cabeza. Si alguien pedía té, se levantaba a prepararlo. Si nadie paraba, seguía cosiendo, sin tener que oír en cada paso una orden de ponerse a trabajar.
· Fin del capítulo ·
Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.
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