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Un volumen en las manos

Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua

Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón

Ku Wuji · Creación con IA · 10337 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

El día que terminó la cajita que Du Yin le había encargado, Xu Shen la puso en el alféizar y abrió y cerró la tapa más de veinte veces. Dentro había tres compartimentos, dos para los dedales y uno para la cinta métrica enrollada. La tapa abatible no llevaba cordel y se abría con solo levantarla un poco. No talló hojas. Se limitó a pulir una curva suave en el borde que más tocaría la mano de Du Yin. Después de palparlo, hizo una prueba con un trapo viejo. Solo cuando vio que no se enganchaba ninguna hebra barrió las virutas.

Du Yin volvió tarde, con un pequeño fardo de seda de Shikou. Apenas se puso bajo la lámpara, preguntó cuánto pesaba la cajita. Xu Shen había pensado que lo primero que haría sería mirar si había quedado bien. Al oír la pregunta, se la tendió en la palma de la mano. Ella la puso en su bolsa de viaje, comprobó el espacio que quedaba y dijo sonriendo que cabía justo. Así podría salir sin miedo a que los dedales acabaran rodando dentro de sus zapatos.

Iba a salir de viaje, pero su destino no era Shikou. La hermana de la señora Lu necesitaba confeccionar una partida de camisas de primavera en el distrito de Yuchuan y había llamado a dos costureras experimentadas para sacar adelante el encargo en unos diez días. Comerían y dormirían en casa de quien las contrataba y cobrarían por pieza. Saldría el día veintiséis del tercer mes y pensaba volver el seis del cuarto. Pasaría por Shikou y seguiría dieciocho li hacia el nordeste, hasta quedar a unos cuarenta li de la ciudad.

Al oír lo de los dieciocho li, Xu Shen puso primero la mano sobre la tapa de la caja y se la cerró. Du Yin preguntó si aquel compartimento era demasiado poco profundo. Él dijo que no, y solo al cabo de un rato le preguntó si conocía a aquella familia, cuántas personas iban y dónde dormirían. Ella le contestó a todo, pero él aún preguntó qué harían si llovía y qué pasaría si el dueño de la casa se negaba a pagarles el jornal.

«En la ciudad también hay gente que no paga», dijo ella. Al oírlo, Xu Shen recordó los ciento veinte wen que él mismo había llegado a deber y sintió que se le calentaba la cara, aunque también pensó que no se podían mezclar las dos cosas. Sacó el estuche del equipaje con el pretexto de que aún tenía que pulir el borde de la tapa y lo dejó a su lado. Du Yin miró el estuche y no volvió a cogerlo. Por la noche él se lo devolvió tal como estaba, sin volver a mencionar la fecha de su partida.

Al día siguiente, la señora Lu vino al patio a entregar la tela. Xu Shen estaba fuera arreglando el pivote de una puerta. Ella le habló a Guiniang de la comida de Yuchuan y de cómo en primavera les gustaba poner en las masas una hoja verde que al principio dejaba un ligero amargor en la punta de la lengua y luego un dulzor. Xu Shen se lo pensó un buen rato antes de intervenir. Dijo que al padre de Du Yin aún no le habían arreglado los zapatos y que probablemente en casa de sus padres no podían prescindir de ella. Preguntó si no podrían buscar a una bordadora que tuviera menos que hacer.

La señora Lu se quedó desconcertada y preguntó si eso era lo que quería Du Yin. Xu Shen dijo que ella no había dicho que no fuera, que solo era lo que él pensaba. La señora Lu guardó la tela sin responderle y entró en el cuarto del este a buscar a Du Yin. Dentro hablaban tan bajo que Xu Shen no distinguía las palabras, pero el pivote que tallaba se iba quedando cada vez más fino. Cuando se dio cuenta, tuvo que apartarlo y buscar otro trozo de madera.

Después de comer, Du Yin se acercó a la puerta del cuarto del sur. Asui reconoció sus pasos e hizo ademán de levantarse para ofrecerle asiento. Du Yin le indicó con la mano que no hacía falta, que solo buscaba a Xu Shen. Los dos salieron al patio. Ella no le preguntó por qué había hablado en su nombre. Primero sacó el estuche y lo puso al alcance de su mano junto con los quince wen acordados. Las monedas apenas pesaban, pero en cuanto él bajó la mano sintió que el estuche de madera iba a resbalar.

«¿Mi padre te pidió que me convencieras de quedarme?», preguntó. Xu Shen negó con la cabeza. Ella le preguntó si alguna vez le había dicho que le daba miedo salir de viaje. Él volvió a negar con la cabeza. Du Yin lo miró. En sus ojos había más cansancio que ira, como si llevara varias noches cosiendo a toda prisa con una aguja fina y justo para la última puntada tuviera que volver a enhebrarla.

Dijo que solo estaba preocupado. Ella abrió la tapa del estuche para enseñarle la curva suave del borde: «Cuando lo acabes bien, lo usaré. Si crees que me va a pasar algo malo por ir, no digas que mi padre no puede arreglárselas sin mí». A Xu Shen se le cerró la garganta. Quería decir qué harían si pasaba algo, pero por fin oyó lo que llevaba dentro aquella frase. Ya la estaba sujetando en nombre de una desgracia que aún no había ocurrido.

Du Yin dijo que su padre ya lo sabía. La antevíspera hasta había mandado preguntar si podía traerle un poco de fermento de Yuchuan para hacer vino. No necesitaba que su hija se quedara a cuidar de sus botas. Dicho esto, recogió el estuche, volvió al cuarto del este y cerró la puerta sin dar un portazo. A Xu Shen aquel cierre apenas audible le hizo sentirse peor que un reproche. Dejó quince wen sobre la mesa y no los tocó en toda la noche.

A Sui preguntó qué había pasado y él dijo que había hablado de más. Su madre quiso ir al cuarto de Du Yin a calmar las cosas, pero él la detuvo. Había hablado él y no hacía falta que su madre añadiera nada. Al decirlo, aún no tenía claro cómo arreglarlo. Solo sabía que, si dejaba ir también a su madre, entre él y Du Yin ya no habría una sola puerta, sino una capa tras otra de gente convencida de actuar por su bien.

Al día siguiente fue a ver a la señora Lu. En el patio estaban tendidas las prendas de primavera y sus cintas finas se levantaban con el viento como un manojo de alas blandas. La señora Lu lo vio, pero no lo invitó a entrar, de modo que él le dijo desde la puerta que el día anterior no venía de parte de Du Yin y que la fecha de partida sería la que ella misma confirmara. La señora Lu lo miró un momento y le dijo que el encargo ya estaba acordado y que nunca había pensado aceptar que un carpintero pidiera permiso en nombre de una bordadora.

Xu Shen se quedó fuera del patio. Quiso reírse, pero no le salió la risa. Preguntó si habría que ir a ver el camino de antemano. Ella dijo que alguien de los que iban con Du Yin ya había hecho el trayecto dos veces y que no hacía falta. De vuelta dio un rodeo por el callejón de Liujing. Du Ji estaba en cuclillas a la puerta, descosiendo un zapato viejo. Al oírle mencionar a su hija, dijo que, si podía traer el fermento para el vino, bien, pero que no fuera a estropear las telas por meter aquel bulto. Xu Shen asintió y no se le ocurrió nada más acertado que decir.

La bordadora Zhang Rong, que viajaría con ella, llegó primero al patio para revisar juntas la prenda de muestra. Su marido la seguía con una cesta larga para telas en brazos. Él quería reducir lo que llevaba dentro, pero Zhang Rong le sacó de la manga dos pares de sus propios calcetines gruesos: temiendo que a su mujer se le enfriaran los pies en el camino, los había metido a escondidas. Aún tenían ceniza de leña en las suelas. Los dos se pusieron allí mismo a reír y reñirse. Zhang Rong sacudió la ceniza, guardó un par y le pidió que se llevara el otro a casa para lavarlo.

El hombre preguntó qué hacer si las gallinas no volvían al gallinero de noche. Ella le dijo que las arreara como siempre desde el muro sur y que no encerrara también al gallo de los vecinos como la última vez. Él dijo que ya lo sabía y se volvió hacia Du Yin para preguntarle si podía procurar que su mujer no comiera demasiadas cosas crudas o frías. Du Yin respondió riendo que a ella también le apetecían. Por fin dejó de dar encargos, tomó el cesto vacío y se marchó. Solo al llegar al portón se acordó de que no debía llevárselo y volvió, colorado, a dejarlo. Xu Shen oyó las risas desde dentro y no pudo evitar reírse también. Cuando se le pasó la risa, sacó el gran trozo de torta de pan que pensaba meter a escondidas en el hatillo de Du Yin y lo dejó otra vez sobre la mesa.

El día veinticinco, Du Yin aireaba el equipaje en el patio. A Sui vio varios dedales envueltos en tela y se acercó. Iba a decirle que no se preocupara por llevar demasiado equipaje y metiera más comida, pero acabó diciéndole que fuera despacio. Du Yin le dio las gracias y de pronto le preguntó si, cuando salía de viaje, siempre quería llevarse todo lo que tenía en casa. A Sui se rio y dijo que, al mudarse a la ciudad, había querido meter en el carro hasta el cucharón roto.

Du Yin le enseñó su bolsa. Dentro solo llevaba dos mudas, un paquetito de agujas e hilo y la caja de madera. A Sui vio dentro la cinta de medir, con el extremo pulido por el uso, y de pronto sintió que los cuarenta li que iba a recorrer aquella joven quedaban más lejos que los dieciocho que ella había hecho al mudarse de la vieja casa a la ciudad. Volvió a su cuarto, cortó dos rodajas de rábano encurtido y le preguntó si quería llevarlas. Du Yin dijo que sí, pero poca cantidad, que lo salado le daba sed.

Por la noche, cuando Du Yin guardaba los dedales en la caja nueva, uno de los pequeños rodó hasta los pies de Xu Shen. Él lo recogió e intentó ponérselo, pero no le entraba de ninguna manera y los dos se rieron. Se lo devolvió a la palma. Tenía un puntito rojo de un pinchazo de aguja fina. Él se quedó mirándolo un instante de más y Du Yin cerró la mano y le preguntó si aún quería tomar medidas. Con las orejas ardiendo, él dijo que no, que había hecho la caja a la medida del dedal que ella ya usaba. Du Yin bajó la vista y abrió la tapa. En efecto, encajaba a la perfección. Esta vez no lo felicitó por su maña. Se limitó a poner primero el dedal que más usaba en el compartimento que quedaba más a mano.

Por la noche, Xu Shen dejó un bastón junto a la puerta del cuarto oriental. Lo había hecho con la madera dura que sobró de reparar el banco. Solo había quitado las astillas, sin tomarse la libertad de grabarle un nombre. Después de dejarlo, volvió a recogerlo y llamó para preguntar si ella lo quería. Du Yin abrió la puerta, probó la altura y dijo que era un poco largo. Él lo cortó a la altura a la que ella lo agarraba, y el trozo sobrante cayó justo entre las puntas de los zapatos de los dos.

Ella probó a dar un par de pasos, dijo que le servía y preguntó cuánto costaba. Él estuvo a punto de decirle que nada, pero se detuvo un momento y dijo que era un retal que se había guardado y que cobraría cuatro monedas por el trabajo. Ella sacó el dinero y él lo aceptó. Para su sorpresa, no sintió el frío de la otra vez, cuando vendió la caja. Sabía que, si ella no lo necesitaba, podía dejarlo, y que él ya no tenía que esconder una muestra de afecto en un objeto que ella se viera obligada a aceptar.

El día de la partida, Xu Shen no fue corriendo a despedirla a la puerta de la ciudad. Por la mañana se había comprometido con Mo Ying a reparar el bastidor para sacar agua. La madera estaba rajada de un lado y, si lo dejaba para después de comer, ella tendría que retrasar medio día el lavado de la ropa de cama. Mientras trabajaba en el patio, oyó a Du Yin reír y charlar con las bordadoras que iban con ella. Oyó a Fang Xiao preguntar si podía traerle un pájaro de Yuchuan, y a Du Yin contestarle que los pájaros tenían alas y no querrían viajar en su bolsa.

Antes de marcharse, Du Yin se detuvo a su lado, posó la mano un instante sobre la cajita nueva y le preguntó si podía esperarla hasta que volviera para ir juntos a comer fideos al puesto del río. Xu Shen alzó la cabeza y casi tomó aquellas palabras por una especie de promesa. Tardó un momento en decir que sí. Ella añadió que no hacía falta esperar hasta la Fiesta del Bote del Dragón. Si conseguía volver el día seis, irían el siete. Si se retrasaba en el camino, ya hablarían cuando regresara.

La vio salir por la puerta y se quedó un momento con el formón en alto antes de dejarlo a un lado. A Sui estaba sentada bajo la ventana y no dijo si aquello era bueno. Sostenía una hebra nueva y tardó un buen rato en pasarla por el ojo de la aguja. Al alzar la vista y ver que su hijo seguía mirando hacia la puerta, le dijo que hiciera un poco más alto el soporte para sacar agua, porque el cubo de Mo Ying era más grande que el suyo.

Por la tarde, Xu Shen asentó bien las patas del soporte y Mo Ying vino con un cubo lleno para probarlo. Como el soporte no se movió, dejó el cubo y soltó el aire. Dijo que por fin podría dejar de sujetarlo con la rodilla. Xu Shen cobró lo acordado. De vuelta a su cuarto vio que la ventana del cuarto del este estaba medio cerrada y que en el alféizar quedaba una hebrita azul. La recogió y la dejó del lado de dentro del umbral de Du Yin, para que no se la llevara el viento.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Aquella habitación orientada al sur
  2. La nieve llega al umbral
  3. El tercer cuenco
  4. Antes de que cayera la puerta
  5. Letras negras en la encrucijada
  6. La puerta de la ciudad por la tarde
  7. El fuego prestado del patio
  8. Una puerta de igual valor
  9. La puerta a la que no llamaron al mediodía
  10. El letrero quedó vuelto hacia otro lado
  11. Un par de manos junto al cesto de costura
  12. El agua del deshielo se filtra por el muro sur
  13. Un asiento para volver al pueblo
  14. Una división de la regla que pasó inadvertida
  15. La mano bajo la puerta
  16. Lo que su madre dijo por él
  17. El puesto de té, lleno de madera para una puerta
  18. El atajo por el que no pasa el carro
  19. ¿De quién es el patio trasero?
  20. Una carga al hombro, dos cuerdas
  21. Daxiu se llevó la olla
  22. El taburete en el que nadie se sentó
  23. ¿Quién comprometió la casa vieja?
  24. Poner la puerta nueva bajo la lluvia
  25. La habitación que aún no ha dejado
  26. El peine que quedó en el taller
  27. El cartel no lleva el nombre de nadie
  28. Un cuarto cálido no es un remedio
  29. Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón
  30. El cesto de las agujas que no se vendió
  31. El puesto de té encontró su propio ritmo
  32. El trato por la madera de la montaña
  33. ¿De manos de quién aceptar la carga?
  34. Una olla de arroz que no tiene que enfriarse primero
  35. Reparar la puerta para los vivos
  36. Hasta dónde ha bajado el sol

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