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Un volumen en las manos

Novela extensa de costumbres con ambientación china antigua

El agua del deshielo se filtra por el muro sur

Ku Wuji · Creación con IA · 10646 caracteres · Aproximadamente 12 minutos

Lo primero que vio Xu Shen fue un par de zapatos que aún no se habían secado. Estaban a los pies de la cama, junto al cajón viejo. Por fuera no tenían barro, pero por dentro estaban tan húmedos que al apretarlos no conservaban la forma. Recordó que anteayer su madre había dicho que no había ido al río. Los levantó y le preguntó cómo se habían mojado otra vez. A Sui bajó la vista y dijo que quizá Huangdou no se había aguantado por la noche.

Al oír su nombre, el perro levantó la cabeza y volvió a echarse. Xu Shen palpó el trapo sobre el que se acostaba. Hasta la pared que quedaba detrás estaba fría. Tiró del borde de la cama para apartarla. A Sui alargó enseguida la mano para impedírselo, pero no llegó a tiempo. El trapo viejo que cubría el pie de la pared resbaló y dejó a la vista una marca de agua de arriba abajo. Madre e hijo se quedaron callados a la vez, como si detrás de la cama hubiera debido ocultarse algo aún más difícil de sacar a la luz del día.

«¿Desde cuándo está eso ahí?»

«Hace un par de días», dijo Asui. «Al principio no había tanta».

Xu Shen no la creyó. Pasó el dedo por la pared y se desprendió un poco de mortero. Se levantó tan deprisa que tiró el taburete. Huangdou, asustado, se metió debajo de la cama con un gruñido bajo. Sin pararse a levantar el taburete, Xu Shen le preguntó a su madre por qué no se lo había dicho si ya lo sabía. A Sui miró el taburete caído y también se encendió por dentro. Cada vez que él entraba por la puerta decía que en el taller andaban atareados y que la madera estaba cara. ¿Acaso le iban a salir otras dos manos si ella le decía todo lo que iba mal?

Ella se guardó todo aquello y se limitó a decir que tampoco iban a vivir allí cien años, que bastaba con dejar secar la pared al sol. Al oírla, Xu Shen se ensombreció aún más. Sintió que su madre sacaba lo de que estaban allí de paso para llevarle la contraria. Cuando pagó había preguntado por la luz y por el umbral. Hasta había contado los pasos que había del fogón a la cama, pero no había preguntado por qué borde de las tejas podía colarse el agua de la nieve. Su madre la había tapado, como si temiera admitir que él también podía equivocarse al gastar su dinero. Y él tenía todavía menos ganas de hacer como si no pasara nada.

Fang Guiniang entró, vio que habían apartado la cama y frunció el ceño. Preguntó por qué lo habían revuelto todo así. Antes de que acabara, Xu Shen le puso un trapo húmedo en la mano. Ella palpó la pared y moderó el tono, aunque siguió diciendo que el cuarto había estado vacío una temporada, que el primer año siempre salían humedades y que por ver un poco de agua no había que dar por estropeadas todas las tejas. Al oírla, A Sui se dio cuenta de que la casera le estaba diciendo lo mismo que ella acababa de decirle a su hijo.

Xu Shen señaló que el agua venía de arriba y que no subía del suelo. Fang Guiniang miró hacia arriba y al cabo de un momento salió a buscar la escalera. Al llegar a la puerta se volvió para decir que, antes de Año Nuevo, los tejeros tenían mucho trabajo y que quizá no bastara con llamarlos para que vinieran. Él insistió en preguntar cuánto tendrían que esperar. Ella dijo que no era tejera, que cómo iba a saberlo. Los dos alzaron la voz y hasta cesaron un momento los golpes de majar arroz en el patio. En el cuarto del este, Du Yin acababa de cortar un hilo y se quedó con la mano suspendida.

A Sui quiso tirar de su hijo para apartarlo. Dijo que lo dejaran, que no hacía falta que los oyeran los vecinos. Xu Shen se soltó de un tirón y ella se acordó de cuando, de niño, se reían de lo lento que era con las manos. Se soltaba igual y se iba a quedar solo en otra parte. Entonces ella salía en su defensa. Ahora ni siquiera sabía al lado de quién ponerse: la cama estaba mojada y su hijo tampoco vivía allí de balde. Pero, en cuanto discutían, parecía que hasta aquel poco de buena vida que había conseguido al mudarse a la ciudad iba a darles a otros motivo de risa.

Al final fue Fang Guiniang quien subió primero por la escalera. Xu Shen la sujetó desde abajo. Ella tanteó con una mano el canalón del alero y sacó un pegote de hojas podridas con hielo, mezcladas con briznas caídas de las esteras que secaban delante de la casa. Al tirar, el agua se escapó por el otro extremo y casi le empapó la cabeza a Xu Shen. Du Yin trajo una palangana para recogerla. A mitad de faena se le cansó el brazo y le dijo que dejara de mirar arriba y le sostuviera un rato la palangana.

Además del atasco en el canalón, había dos tejas flojas en un lateral. Fang Guiniang quiso enderezarlas con la mano, pero Xu Shen le pidió que parara. Si al pisarlas rompía alguna, sería más difícil arreglarlo. Mejor esperar al tejador. Por su trabajo de carpintero sabía moverse en lo alto, pero también sabía que ignoraba qué teja montaba sobre cuál. Esta vez se ahorró la fanfarronada delante de su madre. Sujetó bien la escalera y esperó a que Fang Guiniang bajara para recoger en el recogedor el puñado de hojas podridas.

Por el momento no se podía dormir con la cama donde estaba. Xu Shen quiso llevarse a su madre al taller, pero A Sui negó enseguida con la cabeza. Preguntó si dormiría en el cobertizo de la madera o si el maestro Ren tendría que desocuparle otro cuarto. Como él se quedó callado, ella quiso volver a poner la cama en su sitio. Dijo que con que se secara un poco por dentro bastaría. Du Yin se hartó de oírlos y señaló el centro de la pared. Les dijo que pusieran la cama atravesada y la apartaran primero de la pared húmeda. Quedaría poco sitio para pasar, pero sería mejor que andar de un lado a otro con la ropa de cama a cuestas.

Mientras hablaba, fue ella misma la primera en mover los arcones. Asui vio cinco piezas de tela nueva dentro del cuarto del este y se apresuró a decir que en aquel rincón había suelo seco y que por lo pronto podía poner allí su arcón. Du Yin le cerró el paso y le dijo que necesitaba aquel sitio para secar las telas de los clientes, que no podía poner nada encima. Ya habían movido tantas cosas que estaban por todo el patio, y que un rincón se viera vacío no quería decir que nadie lo usara. Al terminar, también a ella le pareció que había hablado con dureza. Se calmó un poco y le trajo a Asui un paño seco para poner bajo la pata de la cama.

Esta vez A-Sui dejó de pensar en ella en términos de lo servicial que era. Todo lo que hacía la joven tenía quien lo necesitara. Que pudiera darle un paño no significaba que pudiera cederle el cuarto entero. A-Sui limpió una esquina del arcón y lo empujó debajo de su cama. De pronto pensó que, si de verdad hubiera bajado de la montaña el armario viejo, seguramente aquel día no quedaría ni un resquicio por donde pasar. Entre aquel suelo mojado y el suelo seco, lo que tanto le había costado dejar atrás ya no pesaba igual.

El tejador no tuvo un rato libre hasta el día veintiséis. En las dos noches de por medio, su madre durmió en el lado de la cama más cercano al centro del cuarto. Xu Shen se quedó la primera noche, pero la segunda tuvo que vigilar el fuego con que secaban la madera de la puerta y no pudo quedarse. Antes de irse preguntó tres veces si había algún otro sitio húmedo. Harta de tanta pregunta, Asui señaló la estera del perro bajo la cama y dijo que, si esta vez se mojaba, ya no podrían echarle toda la culpa a él. Xu Shen se rio por fin y enderezó el taburete que había torcido de una patada durante la discusión del día anterior.

Reparar las tejas no era algo que se resolviera con un rato de golpes. El tejador pidió primero a los de la casa que apartaran todo lo que pudiera llenarse de polvo; también había que mover los sacos de arroz de Fang Guiniang. Ella miró la hilera entera de sacos junto al fogón, suspiró y se inclinó a cargarlos por sí misma, sin volver a llamar a la anciana del cuarto sur. Xu Shen se acercó a levantar una esquina y descubrió que el fondo del saco estaba cubierto de salvado y barro húmedo: ser responsable de aquella casa pesaba mucho más de lo que había imaginado cuando creía que bastaba con pagar.

Cuando Wei Ce llegó de la carpintería para meterle prisa, los encontró cargando los sacos. Se quedó en la puerta y, al ver las mangas de Xu Shen cubiertas de polvo, dijo que el maestro Ren preguntaba si la madera había vuelto a humedecerse y si pasado mañana podrían empezar con los ejes de la puerta. Xu Shen iba a pedirle que volviera y dijera que llegaría enseguida, pero tenía el saco de arroz a medio mover. Tuvo que dejarlo bien asentado antes de pedir al muchacho que esperara un momento. Wei Ce no añadió nada; alargó las manos y tomó el saco más ligero. Cuando terminó de trasladarlo, tampoco pidió paga por aquel rato.

A-Sui reconoció que era el muchacho que había tallado el peine pequeño. Recordó que su hijo había dicho que se distraía y había pensado mencionárselo cuando lo viera, pero, después de verlo ponerse a cargar arroz antes de nada, ya no le salían las palabras. El joven tampoco sabía nada de aquel pequeño juicio que ella ya había resuelto para sus adentros. Se limitó a saludarla respetuosamente llamándola tía y recibió con las dos manos el cuenco de agua que le tendió. Tenía serrín fino debajo de todas las uñas.

Le pidió a Wei Ce que se sentara un rato y le preguntó cuántos años tenía y cuántos eran en casa. Wei Ce dijo que tenía diecinueve y una hermana menor. En cuanto lo dijo, miró a Xu Shen, temiendo que su compañero mayor volviera a tomarle el pelo con el peinecito. Xu Shen andaba pensando en cómo adelantar el trabajo y esta vez no se rio. Le dijo que volviera primero al taller, respetara los dos cantos largos del diseño y no se pusiera a tallar en cuanto viera el adorno. Wei Ce asintió y dejó el cuenco con más cuidado que al llegar.

Aunque el tejado quedó reparado, el suelo no se secó de inmediato. Du Yin les prestó un viejo armazón de tiras de bambú que había dejado de usar y les dijo que, por ahora, mantuvieran la ropa lejos del suelo. A Sui puso encima un paquete de agujas e hilos y descubrió que era como haber tomado prestado de nuevo un pedacito de suelo seco y familiar detrás del fogón de su antigua casa. Quiso prepararle un cuenco de sopa a la muchacha, pero en la olla solo había para ella y Xu Shen. Mientras vacilaba, Du Yin ya se había acercado con un puñado de tiras de rábano asadas y dijo que las calentaran juntas, sin encender otro fuego.

Cuando Xu Shen volvió del trabajo, cada uno de los tres cogió unas tiras de rábano. Sabían más dulces que la sopa de costumbre. Mientras comía, Asui no pudo evitar volver a mirar a su hijo y a Du Yin. Xu Shen mantuvo la cabeza baja, retirando una raíz gruesa del borde del cuenco sin alzar los ojos, y ella se sintió un poco decepcionada. Du Yin fue la primera en levantarse después de comer. Dijo que Mo Ying vendría a la mañana siguiente a recoger las cinco prendas y que esa noche aún le quedaba una abertura por rematar. Se llevó incluso su cuenco para lavarlo ella misma.

Cuando quedaron solos madre e hijo, A Sui le preguntó si no le gustaba mucho hablar con la gente. Xu Shen se quedó desconcertado y le preguntó si aquella noche aún no habían hablado bastante. Ella lo regañó entre risas por hacerse el despistado. Él estaba de veras demasiado cansado para averiguar qué se escondía detrás de cada malentendido. Se limitó a acabar la sopa y a decirle que al día siguiente, cuando pusiera la colcha al sol, no se empeñara en levantarla hasta lo más alto. Él volvería en un par de días.

No insistió. Al oír en el patio el leve golpeteo de los cuencos, recordó que la noche del veintitrés había tapado el agua para ahorrarse un problema y al final había pasado tres días moviendo la cama y cambiando los sacos de sitio, y por poco había acabado echándole la culpa al perro. Si su hijo no se hubiera levantado temprano a mirar los zapatos, quizá ella habría seguido tomando la humedad de la pared por un frío que podía secarse al sol. Al pensarlo, lavó el trapo viejo que tapaba el rastro del agua y lo tendió junto a la ventana, en vez de volver a esconderlo bajo la cama.

Antes de marcharse, Xu Shen recorrió con la mano la esquina reparada de la ventana. Fang Guiniang guardó la escalera y, al verlo aún intranquilo, le dijo que esta vez lo había arreglado el tejador y bien podía fiarse un poco de él. Xu Shen percibió una pulla en sus palabras, pero no le replicó. Asintió y dijo que entendía. Solo al salir del patio se dio cuenta de que había pasado el día ocupado con el cuarto de su madre. El dibujo de la puerta de la botica seguía enrollado en la bolsa de herramientas y la humedad le había arrugado una esquina.

Cuando volvió al taller, Ren Quan ya había cerrado media puerta y le preguntó si al día siguiente por fin podría ponerse a preparar la madera con calma. Xu Shen dijo que sí y empujó un poco más la media puerta abierta para poder entrar con las piezas en brazos. No quería volver a dar explicaciones sobre la pared de su madre ni decir en qué momento del día había descuidado de veras algo. Extendió el dibujo de la puerta nueva y sujetó con un taco de madera la arruga, pensando que, con tal de que la puerta quedara bien, todos aquellos pequeños sobresaltos irían menguando uno a uno.

· Fin del capítulo ·

Este libro es una obra original escrita con ayuda de IA y ampliada a partir de Alojamiento entre la nieve en casa del dueño de la montaña Furong de Liu Changqing y del relato original de este sitio La puerta abierta en la noche de nieve. Los personajes, la ciudad del distrito, las rutas y la trama son ficticios y se sitúan en un mundo imaginario de inspiración Tang; no se trata de una traducción del poema original ni de una biografía del poeta.

Índice del libro · 36 capítulos
  1. Aquella habitación orientada al sur
  2. La nieve llega al umbral
  3. El tercer cuenco
  4. Antes de que cayera la puerta
  5. Letras negras en la encrucijada
  6. La puerta de la ciudad por la tarde
  7. El fuego prestado del patio
  8. Una puerta de igual valor
  9. La puerta a la que no llamaron al mediodía
  10. El letrero quedó vuelto hacia otro lado
  11. Un par de manos junto al cesto de costura
  12. El agua del deshielo se filtra por el muro sur
  13. Un asiento para volver al pueblo
  14. Una división de la regla que pasó inadvertida
  15. La mano bajo la puerta
  16. Lo que su madre dijo por él
  17. El puesto de té, lleno de madera para una puerta
  18. El atajo por el que no pasa el carro
  19. ¿De quién es el patio trasero?
  20. Una carga al hombro, dos cuerdas
  21. Daxiu se llevó la olla
  22. El taburete en el que nadie se sentó
  23. ¿Quién comprometió la casa vieja?
  24. Poner la puerta nueva bajo la lluvia
  25. La habitación que aún no ha dejado
  26. El peine que quedó en el taller
  27. El cartel no lleva el nombre de nadie
  28. Un cuarto cálido no es un remedio
  29. Aquella invitación antes de la Fiesta de los Barcos Dragón
  30. El cesto de las agujas que no se vendió
  31. El puesto de té encontró su propio ritmo
  32. El trato por la madera de la montaña
  33. ¿De manos de quién aceptar la carga?
  34. Una olla de arroz que no tiene que enfriarse primero
  35. Reparar la puerta para los vivos
  36. Hasta dónde ha bajado el sol

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